Volver a la Rebelión de Stonewall: retrocesos y alternativas
Cada junio, el mes del Orgullo remite a la memoria política de las movilizaciones que siguieron a la redada policial contra el Stonewall Inn, un bar de Greenwich Village en Nueva York, frecuentado por personas gays, lesbianas, trans, drag queens, trabajadoras del sexo, racializadas, jóvenes sin hogar y otras comunidades perseguidas por las normas sexuales y de género de la época. Aquella madrugada del 28 de junio de 1969, la respuesta colectiva frente al hostigamiento policial dio lugar a nuevas formas de organización y, un año después, a las primeras marchas de conmemoración que originaron el calendario contemporáneo del Orgullo.
Volver hoy a la Rebelión de Stonewall, sin olvidar el precedente de la revuelta de la cafetería Compton'sde San Francisco de 1966, nos ayuda a mirar las celebraciones actuales desde una perspectiva histórica amplia y compleja. Nos permite reconocer los avances alcanzados, atender los retrocesos en curso y preguntarnos qué elementos de aquella tradición de protesta, cuidado comunitario y desafío a la exclusión siguen siendo útiles para enfrentar el presente.
Y es que el presente nos obliga a abandonar cualquier lectura complaciente del Orgullo. En 2025, el gobierno de Trump comenzó con una serie de órdenes ejecutivas que pretendían imponer en todo el gobierno una definición rígida de sexo limitada a “hombre” y “mujer”, eliminar reconocimientos previos de la identidad de género y revisar documentos, formularios, fondos y políticas públicas bajo esa nueva línea. Otra orden instruyó al gobierno federal a dejar de financiar, o respaldar, la atención médica de afirmación de género para personas menores de 19 años. Esa política fue validada judicialmente, cuando en el caso United States v. Skrmetti del 18 de junio de 2025, el Tribunal Supremo decidió que Tennessee podía mantener su prohibición de ciertos tratamientos médicos para menores trans sin que se examine la ley con el nivel más estricto de protección constitucional. Este fallo dio mayor margen a los estados para sostener restricciones similares y mantuvo prohibiciones adoptadas por al menos veinticinco estados con consecuencias directas para cientos de miles de jóvenes trans. Mientras tanto, las legislaturas estatales siguieron ampliando el frente de ataque.
En 2026, la ACLU sigue rastreando más de 500 proyectos antiLGBTQ+, una cifra que confirma la continuidad del patrón de medidas sobre documentos de identidad, acceso a servicios de salud, participación de estudiantes trans en la escuela, contenidos educativos, definiciones legales del sexo y exenciones religiosas que pueden usarse para negar servicios o limitar protecciones civiles. Es decir, la avanzada regresiva trabaja sobre los mecanismos cotidianos que hacen posible circular, estudiar, atenderse, identificarse y ser reconocidx por el Estado. Es en el ámbito administrativo, aparentemente técnico, en que se decide qué cuerpos serán legibles como parte de la ciudadanía ordinaria y cuáles quedarán expuestos a una vida más vigilada, más precaria y más difícil de sostener.
Un patrón similar, de retrocesos por la vía administrativa y judicial, se reproduce, con el agravante del estado colonial, acá. En Puerto Rico, el litigio por el marcador “X” evidencia la mezcla de avances parciales y frenos políticos que atraviesa la coyuntura. En 2018, el caso Arroyo González v. Rosselló Nevares invalidó la prohibición que impedía a las personas trans corregir el marcador de género en sus certificados de nacimiento; desde entonces, el Registro Demográfico tuvo que crear un procedimiento para cambiarlo de masculino a femenino o de femenino a masculino. Ese avance fue importante, pero dejó fuera a las personas no binarias ya que el formulario seguía obligando a escoger entre dos opciones. Por esa razón, en 2023, seis personas no binarias nacidas en Puerto Rico presentaron una nueva demanda para que se les permitiera acceder al mismo tipo de documento correcto sin tener que encajar en una categoría que no describe su identidad.
El 30 de mayo de 2025, una jueza federal les dio la razón y ordenó al Registro Demográfico añadir la opción “X” al entender que no había justificación razonable para permitir documentos corregidos a personas trans binarias y negárselos a personas no binarias. Pero esa decisión fue apelada por el gobierno de Puerto Rico liderado por la gobernadora Jenniffer González y, el 30 de julio de 2025, el Tribunal de Apelaciones para el Primer Circuito paralizó provisionalmente la orden, por lo que los certificados han seguido expidiéndose solo con los marcadores masculino o femenino mientras continúa el litigio. En abril de 2026, el caso aún estaba ante el Primer Circuito. Al mismo tiempo, avanzan medidas mucho más restrictivas como la Ley 63 de 2025, Ley para la protección de la salud y el bienestar de los menores de edad en Puerto Rico que prohíbe a profesionales e instituciones de salud realizar intervenciones quirúrgicas, o tratamientos con medicamentos, para tratar disforia de género o facilitar una transición de género en personas menores de 21 años, e impide, además, usar fondos públicos para esos procedimientos. De hecho, incluso establece penas de cárcel, multas y revocación de licencias.
Luego, la Ley 26 de 2026, Ley para la Regulación de Espacios Sanitarios Públicos del Gobierno de Puerto Rico, obliga a que los baños múltiples en agencias públicas, municipios, corporaciones públicas y la Universidad de Puerto Rico estén divididos por “sexo biológico”, prohibiendo así los baños inclusivos, mixtos o neutros en esas dependencias. A esto se suma la Ley 14 de 2025, Ley del derecho fundamental a la libertad religiosa en Puerto Rico, que amplía protecciones para reclamar exenciones religiosas frente a acciones del gobierno. Aunque su texto afirma que no debe usarse para discriminar en servicios públicos, su amplitud ha generado preocupación por el modo en que podría invocarse en contextos de salud, educación o trámites administrativos.
¿Por qué las vidas trans ocupan el centro de esta ofensiva? La derecha ha encontrado en las vidas trans, en particular, un punto de mira para reorganizar su bloque político. Susan Stryker (2026) lo formula con precisión en la entrevista realizada por Ira Hybris y Paula Serna publicada por Viento Sur al evaluar la situación de las personas trans y su instrumentalización en la coyuntura política actual en los Estados Unidos. Las personas trans cuestionan la idea de que el sexo y el género sean realidades naturales e inmutables, por lo que las disputas en torno a sus derechos terminan convirtiéndose en disputas sobre quién tiene autoridad para definir la realidad social. Como señala: “si tienes que legislar o declarar que algo es real, entonces no es real. Es ideológico (...) Es solo una relación de poder”. Esa capacidad de convertir una cuestión compleja en un supuesto asunto de "sentido común" explica por qué la derecha ha situado las vidas trans en el centro de su estrategia política.
En palabras de Stryker: “las cuestiones trans se utilizan como arma dentro de un ataque político mucho más amplio”. Advierte, además, contra la tentación de una parte de la izquierda de tratar la lucha trans como un asunto menor o como una distracción respecto de la clase: “Y creo que es muy desalentador ver cómo, en cierto modo, incluso en la extrema izquierda, a veces, hay gente que está dispuesta a sacrificar a las personas trans porque piensan que es un tema menor. Que no es nuestro problema. O, ya sabes, que todo el mundo debería tener libertad, pero eso son sandeces”. Dejar que la derecha defina el terreno, insiste, favorece a las fuerzas más reaccionarias. Presto atención a esa advertencia. Veo en la ofensiva antitrans una pedagogía de obediencia. Enseña que el Estado puede decidir qué cuerpo cuenta, qué sexo será válido, qué nombre vale, qué tratamiento médico será permitido, qué familia merece autoridad, qué documento tendrá valor, qué vida podrá circular sin sospecha.
Dean Spade, por su parte, en Una vida “normal”. La violencia administrativa, la política trans crítica y los límites del derecho (2015) nos ofrece ideas clave para leer esta coyuntura. Su crítica al marco de igualdad legal señala que la inclusión formal en instituciones estatales no transforma, por sí misma, los sistemas que producen pobreza, criminalización, vigilancia y muerte prematura entre personas trans y de género no conforme. Spade llama la atención sobre el derecho administrativo y la violencia que generan los trámites de formularios, prisiones, agencias, beneficios, documentos, certificados, fronteras, hospitales. Spade propone mirar ahí porque esos sistemas son los que administran el poder, distribuyen acceso, protección, castigo:
A medida que cambiamos nuestra forma de entender el poder de una perspectiva individual/intencionada a una perspectiva basada en las normas que gobiernan y ordenan la población, empiezan a aflorar distintos ámbitos del derecho como lugares clave del sufrimiento de los grupos vulnerables. El objetivo de conseguir que la ley declare que un grupo es igual, mediante la legislación antidiscriminatoria y sobre los delitos de odio se desvanece, y comienzan a interesarnos los regímenes jurídicos que generan seguridad y vulnerabilidad en la población, dividiéndola entre aquellas cuyas vidas son favorecidas y aquellas que son abandonadas, recluidas o destruidas. (p. 141)
Así, las disputas sobre marcadores de género, nombres, baños, atención médica, documentos oficiales o exenciones religiosas son formas de decidir quién puede circular por el mundo con reconocimiento básico y quién debe pasar la vida explicándose, negándose, arriesgando servicios, evitando instituciones o quedando expuestx a vigilancia. Spade identifica tres zonas decisivas de la administración del género: los documentos identificativos, los espacios segregados por sexo y el acceso a la atención sanitaria de afirmación o confirmación de género: “Para las personas trans, la clasificación que hace la administración del género y los problemas que produce para quienes son difíciles de clasificar, o son clasificados erróneamente, genera una violencia importante y recorta las oportunidades y expectativas vitales” (p. 148).
Peter Drucker nos permite situar estos retrocesos en el contexto de las dinámicas históricas del capitalismo. En Desviades: normalidad gay y anticapitalismo queer (2023), publicado originalmente en inglés en 2015, reconstruye la relación entre formaciones sexuales y fases del capitalismo. Drucker muestra cómo, durante el neoliberalismo, ciertas victorias LGBT convivieron con la emergencia de una “normalidad gay” articulada al mercado, a la pareja respetable, a la domesticidad propietaria, al consumo urbano y a formas de ciudadanía compatibles con el orden existente. Esa normalidad dejó fuera a quienes no podían o no querían entrar en la nueva norma: personas trans, intersex, no binarias, racializadas, pobres, migrantes, trabajadoras sexuales, personas con VIH, jóvenes expulsades de sus hogares:
La combinación entre mercantilización y aumento de la tolerancia social hacia ciertas identidades gais y lesbianas normalizadas constituye la fuerza impulsora de la homonorma: la imposición de un conjunto de normas que definen que ciertas personas LGBT se hallen a sus anchas en la sociedad neoliberal, mientras que otras se encuentran excluidas o marginadas. El auge de la homonorma en absoluto debilita la norma heterosexual. (p. 311).
El argumento de Drucker apunta a la totalidad social. Las sexualidades y los géneros se organizan históricamente dentro de un capitalismo racializado, generizado, imperial y globalmente jerarquizado. Es por ello por lo que señala la necesidad de una “queerización” de los movimientos organizados en torno a demandas económicas y sociales o la “queerización del futuro” (p. 26; pp. 512-16). Una política cuir debería comprender cómo ciertos patrones sexuales quedan imbricados en un orden económico y político más amplio. El momento actual revela el límite de la integración selectiva. La normalidad gay pudo celebrar matrimonios, campañas publicitarias y representación mediática mientras la estructura material de la vida queer seguía, y sigue, atravesada por desigualdades de clase, raza, territorio, ciudadanía y género.
Vemos que cuando la derecha reorganiza su ofensiva, ataca primero las zonas menos protegidas por esa normalidad como a las juventudes trans, personas pobres, cuerpos racializados, quienes dependen de servicios públicos y de trámites administrativos, quienes no tienen redes familiares de apoyo o no son suficientes. El backlash crece precisamente en las grietas de esa inclusión liberal.
Stonewall visto desde la reacción actual
Para imaginar qué oponer a este orden, conviene volver al acontecimiento que originó la conmemoración del Orgullo. Pienso en el nervio político de Stonewall: la revuelta de junio de 1969 se produjo en un contexto de redadas, extorsión policial, control de la vestimenta, criminalización de la calle y vigilancia de los espacios donde las personas disidentes encontraban alguna forma de comunidad. En la entrevista de Eric Marcus, Sylvia Rivera, la activista trans de origen puertorriqueño-venezolano, recuerda la rutina de la extorsión, la entrada de la policía al bar, la salida forzada a la calle y el momento en que la rabia acumulada estalla:
La policía entró. Entraron para cobrar su tajada, como siempre. Llegaban, ponían el maldito candado en la puerta. Tan pronto se iban, allí estaba la Mafia, cortando la puerta; ya tenían una caja registradora nueva, tenían más dinero y tenían más alcohol. Eso era con lo que habíamos aprendido a vivir en aquel momento. Teníamos que vivir con eso. Teníamos que vivir con eso hasta ese día.
No sé si fueron los clientes o si fue la policía. De pronto, [chasquea los dedos] todo hizo clic. Era como que todo el mundo pensó ¿por qué carajo estamos haciendo todo esto? La gente que iba a esos bares, especialmente al Stonewall, participaba en otros movimientos, y todo el mundo dijo algo así como está bien, tenemos que hacer lo nuestro. Vamos a lanzarnos. Y cuando nos sacaron, estuvo bien, ya sabes, cuando muy amablemente te ponen de patitas en la calle. Entonces estás parada al otro lado de la calle, en Sheridan Square Park, y piensas: pero ¿por qué? ¿por qué? De repente sientes eso… Todo el mundo mirándose entre sí. ¿Por qué tenemos que seguir aguantando esto constantemente? Y empezaron a volar las monedas de cinco, de diez, los centavos y las pesetas [...]. (traducción de la autora)
Drucker, siguiendo a Stryker, confirma que, si bien la rebelión de Stonewall representa un mito fundacional, constituye realmente la continuidad de un proceso de creciente toma de conciencia política y de luchas que se venían gestando décadas antes:
Las personas trans que en los años cincuenta a menudo habían restado importancia por completo al sexo, hacia fines de los sesenta ponían su sexualidad en primer plano, montadas sobre una creciente erotización de las mujeres trans en libros, tabloides y en la fotografía. Este telón de fondo pone de manifiesto que la rebelión de Stonewall en 1969 en Nueva York, considerada como un momento fundacional del movimiento de liberación lesbiana/gay, fue la continuación de una serie de revueltas trans ligadas a una radicalización social más amplia. (p. 273)
Piro Subrat (2025) sitúa Stonewall dentro del contexto revolucionario internacional y las corrientes marxistas heterodoxas que atravesaron el Gay Liberation Front y otros espacios de liberación sexual:
El contexto revolucionario que se vive a finales de los años 60, donde se ve posible el fin del capitalismo y sus alternativas, marca una política radical. El Mayo francés del 68, la Nueva Izquierda y la irrupción de movimientos sociales que trabajan materias concretas ponen patas arriba el tablero de juego. Y a su paso, la Revuelta de Stonewall posiciona el movimiento de liberación gay en él, como una parte reseñable de afinidad y militancia comunista.
Así pues, por un lado, se dibuja un contexto de luchas sociales entrecruzadas (feminismo, ecologismo, apoyo a Vietnam y Palestina), experiencias socialistas en diversos países del globo y mucha convergencia en las luchas callejeras. El conjunto de estas experiencias políticas fue clave para desarrollar los primeros colectivos gay. Por otro lado, las propias organizaciones comunistas debatían su relación con estas luchas, posicionándose a favor o en contra de sus demandas. En muchos casos, fue la propia militancia gay la que trasladó estos debates y empujó a sus partidos y sindicatos a apoyar al movimiento gay, o a tener debates internos favorables a las posturas pro-liberación sexual.
El 28 de junio de 1970, al cumplirse un año de Stonewall, se celebró en Nueva York el Christopher Street Liberation Day March. La marcha reunió a miles de personas y marcó una ruptura con el tono más contenido de las protestas homófilas anteriores. De esa misma coyuntura surgieron o se fortalecieron organizaciones como el Gay Liberation Front, con su lenguaje abiertamente antirracista, antibelicista y anticapitalista, la Gay Activists Alliance, las Radicalesbians, el Third World Gay Revolution y, en 1970, Street Transvestite Action Revolutionaries (STAR), impulsada por Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson.
Aunque tenían diferencias estratégicas, compartían varios rasgos, como entender la liberación sexual en relación con otras luchas sociales, ocupar la calle como espacio político y partir de la experiencia de quienes vivían más expuestxs a la policía, la pobreza, el racismo, la violencia patriarcal y el abandono familiar. STAR acogió estos propósitos y su casa en el Lower East Side, precaria y breve, ejemplifica la política queer radical orientada por la capacidad de sostener vidas que el Estado, el mercado y muchas veces el propio movimiento dejan fuera.
Spade señala que las revueltas de finales de los sesenta, en la cafetería Compton’s en San Francisco y Stonewall en Nueva York, surgieron de personas criminalizadas por su orientación sexual, su expresión de género, su pobreza o su presencia en la calle, que respondieron al acoso y la brutalidad policial. De ese ciclo nació una política hecha con pocos recursos, organizaciones improvisadas, protestas y marchas, enlazada con luchas contra la represión penal, el militarismo, el racismo y las violencias patriarcales. Spade confirma que las primeras políticas gays de la época de Stonewall incluían demandas de justicia racial, feminismo, anticolonialismo y desmilitarización global, además de críticas a la vigilancia policial, al imperialismo, a las normas sociales dominantes y al patriarcado, incluido el matrimonio como institución central de ese orden.
Esa genealogía contrasta con el giro que se consolida en los años ochenta, cuando una parte del movimiento se profesionaliza en organizaciones sin fines de lucro, dirigidas con frecuencia por abogados blancos y sectores con privilegios de clase y educación, y desplaza su centro hacia la inclusión en las instituciones existentes. La crítica que reseña Spade consiste fundamentalmente en preguntar a quién beneficia y qué instituciones deja intactas estas formas de organización:
Teniendo en cuenta el contexto de políticas neoliberales en virtud de las cuales son cada vez menos las personas con el tipo de acceso racial y económico necesario para obtener lo que se viene presentando como “igualdad de oportunidades” en Estados Unidos, y en virtud de las cuales las poblaciones consideradas desechables son relegadas a la pobreza y recluidas en prisión, solo para ser entregadas a la pobreza y apresadas de nuevo tras su liberación, nos enfrentamos a serias preguntas sobre cómo formular luchas y tácticas transformadoras. (p. 86)
La vigencia política de Stonewall
El capitalismo que produjo la normalidad gay neoliberal no es el mismo que administraba bares clandestinos en la Nueva York de finales de los sesenta. Las formas de control han cambiado. La vida LGBTQ+ también. Hay más lenguaje, más visibilidad, más derechos formales en algunos territorios, más archivos, más teoría, más generaciones que no aceptan la vergüenza como destino. La reacción actual surge precisamente en un momento en que la existencia trans y queer ha ganado presencia social. Stryker sostiene que la vida trans abierta contiene una imaginación radical porque hace visible que las formas dadas del cuerpo, del género y del mundo pueden cambiar. Y si, como señala Drucker, el capitalismo clasifica sexualidades y géneros de manera distinta según sus fases históricas, entonces las luchas cuires son una vía para entender cómo el capital organiza la reproducción, la familia, el deseo, la ciudad, el trabajo, la nación y la frontera.
Identifico dos planos de la pertinencia de Stonewall. Primero, como memoria de una revuelta contra la administración policial de la diferencia. Segundo, como recordatorio de que las comunidades cuir más vulnerables han producido formas de supervivencia colectiva ante el abandono y la represión del Estado y el mercado. Spade (2015) recoge este aprendizaje en su propuesta de una política crítica trans:
Habrá que esforzarse por crear y practicar una política crítica trans que contribuya a construir un contexto político de redistribución masiva. Una política crítica trans imagina y exige el fin de las prisiones, la falta de vivienda, los propietarios, los jefes, el control migratorio, la pobreza y la riqueza. Imagina un mundo donde las personas tienen lo que necesitan y toman las riendas de sus vidas valorando la colectividad, la interdependencia y la diferencia. Lograr estas demandas y construir el mundo en el que puedan cumplirse requiere el compromiso férreo de centrarse en la justicia racial, económica, de capacidad y de género. También requiere de estrategias reflexivas para construir liderazgos y movilizaciones por cauces que reflejen estos compromisos. Nuestras demandas de redistribución, acceso y participación deben quedar reflejadas en nuestra labor diaria de resistencia, no pueden ser algo que dejemos para mañana. (p. 87)
Recurro nuevamente a Drucker porque me parece importante situar esta discusión dentro de una historia más amplia del capitalismo como ha propuesto. En Desviades, muestra que las formas de organizar la sexualidad y el género cambian con las transformaciones de los regímenes de acumulación, del trabajo, de la familia y del Estado. Cada fase del capitalismo produce su propio orden sexual y necesita determinadas formas de regular el deseo, los afectos y la reproducción social. Desde esa perspectiva, Stonewall fue la respuesta a un régimen sexual propio del capitalismo de posguerra, sostenido por la familia nuclear, la criminalización policial de la disidencia y una rígida división sexual del trabajo. Décadas más tarde, el neoliberalismo ya no necesitó excluir de la misma manera a personas LGBTQ+. Las incorporó a algunos mediante el consumo, el matrimonio, la ciudadanía y el mercado, mientras dejaba en los márgenes a quienes seguían cuestionando ese orden.
La reacción conservadora actual expresa una nueva reorganización de ese régimen sexual. Ante una crisis múltiple que es económica, ecológica, demográfica y política, el capitalismo vuelve a recurrir a la familia tradicional, al determinismo biológico y a la disciplina de los cuerpos para restaurar formas de autoridad y cohesión social. Vista desde esta perspectiva, la ofensiva contra las personas trans forma parte de una nueva reorganización del orden social. Por eso, la alternativa ecosocialista cuir consiste en disputar las condiciones materiales que hacen posible otra forma de organizar la reproducción de la vida, los cuidados, la sexualidad, lo común. Dice Drucker:
La liberación sexual debe incluir la conquista de una igualdad económica y social sustantiva, en un mundo donde el capitalismo realmente existente vuelve vacua la igualdad de derechos al empleo, la vivienda y la satisfacción de necesidades para las personas LGBT que no cuentan con el dinero suficiente. De modo que reivindicar un posible futuro queer, más allá de las identidades gay y heterosexual, y más allá de las familias heteronormativas u homonormativas, significa reivindicar un futuro posible más allá del capitalismo. (p. 512)
Hacia un ecosocialismo cuir
La derecha anti-trans y el mercado arcoíris pertenecen al mismo tiempo histórico, aunque parezcan enemigos absolutos. La primera disciplina mediante la exclusión; el segundo, mediante la incorporación. Esa dualidad expresa las contradicciones del neoliberalismo. El ecosocialismo cuir denuncia ambas formas de disciplinamiento e incomoda, a la vez, a dos hábitos políticos. A cierta izquierda le recuerda que la clase trabajadora está siempre encarnada en cuerpos concretos, atravesada por género, sexualidad, raza, territorio, edad, estatus migratorio, vínculos familiares, condiciones materiales y experiencias de miedo o vulnerabilidad. A cierta política LGBTQ+ liberal le recuerda que la visibilidad, y el reconocimiento legal, pueden ser avances reales y, aun así, dejar intactas las condiciones de opresión que hacen la vida vulnerable.
En nuestra sociedad atravesada por colonialidad y austeridad, cada retroceso jurídico golpea sobre una infraestructura ya debilitada. Hablar de salud trans, baños o documentación requiere considerar igualmente la deuda, privatización, apagones, migración forzada, colapso de servicios... La dimensión ecosocialista amplía todavía más esa enumeración. La crisis climática y energética también golpea de forma desigual en quienes viven con vivienda inestable, enfermedades crónicas, trabajos precarios, dependencia de medicamentos, movilidad limitada, vínculos familiares rotos. Una persona trans que necesita hormonas, refrigeración, transporte, una cita médica distante o ingresos informales vive la crisis ecológica en el cuerpo. Desde esa premisa, una política cuir de izquierda debe articular el reconocimiento de la diversidad con una transformación de la reproducción social, entendida como el conjunto de arreglos materiales e institucionales que sostienen la vida cotidiana como los cuidados, la vivienda, la salud, el trabajo, la energía, la comunidad, entre otros. Mientras la extrema derecha sí ofrece una visión de sociedad jerárquica, racista, masculinista, autoritaria y profundamente privatizadora, nuestra respuesta no puede limitarse a resistir cada ataque por separado. Necesitamos nombrar y describir con detalle el deseo de una vida común más libre, más igualitaria y emancipada del mercado.
Este intento de reanimar el espíritu de Stonewall nos permite ver que la “normalidad gay” prometió seguridad mediante integración al consumo, al matrimonio, al Estado y a una ciudadanía respetable. No obstante, la coyuntura actual apunta a que esa seguridad fue parcial, clasista y reversible. Stonewall recuerda otra raíz, aquella de la rebelión contra la policía, la pobreza, la vergüenza, la expulsión, la marginalidad, la desposesión. Su continuidad más fértil está en las redes de supervivencia colectiva que surgieron alrededor de quienes no tenían dónde vivir, a quién acudir o qué perder. El Orgullo conserva su fuerza política cuando se reafirma en esa memoria activa, de presencia pública y como espacio de articulación social, política radical, necesariamente anticapitalista.
Pensar en Stonewall hoy implica medir la conmemoración por su capacidad de reclamar y fortalecer la organización amplia por la justicia sexual, de género y social. El orden violento y represivo que Stonewall enfrentó no ha desaparecido. Sigue operando mediante órdenes ejecutivas regresivas, leyes de libertad religiosa, exclusiones médicas, reglamentos escolares, reveses de políticas DEI, fallos judiciales, discursos sobre la “protección” de la familia y el odio.
Queda pendiente transformar ese orden. Si bien sigue siendo necesario defender el derecho a ser reconocidxs y respetadxs, también toca fortalecer la organización amplia de lucha política por las condiciones materiales para vivir de otra manera, por la vida digna y la libertad de todxs.
Referencias:
Arroyo González v. Rosselló Nevares, 305 F. Supp. 3d 327 (D.P.R. 2018).
Drucker, Peter (2023). Desviades: normalidad gay y anticapitalismo queer. (Trad. de Callegari). Sylone / Viento Sur.
Marcus, Eric (Host). (2016, October 13). Sylvia Rivera — Part 1 [Audio podcast episode]. En Making Gay History: LGBTQ Oral Histories from the Archive. Making Gay History. https://makinggayhistory.org/podcast/episode-1-1/
Marcus, Eric (Host). (2017, October 22). Sylvia Rivera — Part 2 [Audio podcast episode]. En Making Gay History: LGBTQ Oral Histories from the Archive. Making Gay History. https://makinggayhistory.org/podcast/sylvia-rivera-part-2/
Spade, Dean. (2015). Una vida “normal”. La violencia administrativa, la política trans crítica y los límites del derecho. (Trad. De María Enguix Tercero y revisado por R. Lucas Platero). Edicions Bellaterra.
Stryker, Susan. (2026). La liberación trans como eje ineludible de un futuro emancipador: Entrevista a Susan Stryker. Entrevista por Ira Hybris y Paula Serna. Viento Sur. https://vientosur.info/la-liberacion-trans-como-eje-ineludible-de-un-futuro-emancipador-entrevista-a-susan-stryker/
Subrat, P. (2025). Marxismo y disidencias queer: unas pinceladas históricas. Viento Sur. https://vientosur.info/marxismo-y-disidencias-queer-unas-pinceladas-historicas/
United States v. Skrmetti, 605 U.S. (2025). https://www.supremecourt.gov/opinions/24pdf/23-477_2cp3.pdf

