El marxismo de Ernest Mandel y el ecosocialismo

El marxismo de Ernest Mandel y el ecosocialismo

Recientemente, Michael Löwy y Daniel Tanuro han publicado un trabajo que discute la contribución de la Cuarta Internacional al ecosocialismo [1]. Entre otros aspectos, Löwy y Tanuro examinan la trayectoria de Ernest Mandel, el líder y pensador más conocido e influyente de la Cuarta Internacional en la segunda mitad del siglo XX, sobre el tema ecológico. 

   Löwy y Tanuro plantean que la reacción de Mandel al llamado “informe Meadows” (titulado Los límites del crecimiento) de 1972 estuvo demasiado marcada por su preocupación de cómo el discurso sobre los límites del crecimiento podría usarse para justificar políticas de austeridad y neo-malthusianas contra la clase trabajadora y contra los pobres del mundo. Mandel, al menos al principio, no pudo distinguir entre la importancia de combatir la utilización de los límites del crecimiento para justificar la austeridad y el neomalthusianismo, por un lado, y la necesidad, por otro, de reconocer la realidad de esos límites; es decir, de distinguir entre los sacrificios inaceptables que se pretendía imponer a la clase trabajadora, por un lado, y los “límites naturales de la producción” y la necesidad de reducir el consumo global de materiales y energía, por otro. Añadiríamos que Mandel, en algunos textos, tendía a ver el informe Meadows como resultado ideológico del fin de la onda de crecimiento acelerado posterior a la Segunda Guerra Mundial. 

   Según Löwy y Tanuro, en otros textos (como El capitalismo tardío), Mandel asumió una posición más prudente y reconoció la posible validez parcial del informe Meadows y de planteamientos similares. En su último libro, El poder y el dinero, de 1992, formuló una autocrítica, señalando que solo “con mucho retraso” había entendido que la amenaza al medio natural hacía imposible un crecimiento ilimitado de la producción material. Pero, argumentan, además de tardío, el tema ecológico siempre fue un elemento “marginal” en el pensamiento de Mandel, que no le condujo a “reformular su marxismo”. 

En términos generales, este juicio es inobjetable. Hasta, al menos, finales de la década de 1960, por ejemplo, Mandel consideraba la energía nuclear como parte del proyecto socialista, posición que abandonó posteriormente. Sin embargo, esto también nos recuerda un dato: la dirección del pensamiento de Mandel. Esa dirección era hacia la creciente integración de la preocupación ecológica a su análisis. Señalar los límites de esa integración no impide reconocer ese movimiento, interrumpido por su muerte en 1995. 

   En distintas ocasiones, Mandel recuperó y destacó los diversos textos en que Marx y Engels abordaron el tema de la destrucción de la naturaleza por el capitalismo [2]. También llaman la atención declaraciones como la siguiente: “Hace ya 125 años, Marx predijo que si la humanidad permite que el capitalismo sobreviva, habría una tendencia hacia la transformación de las fuerzas productivas en fuerzas destructivas… Vivimos bajo la sombra de la contaminación permanente del ambiente que, en un siglo o hasta medio siglo, podría poner en peligro la atmósfera, el agua y las condiciones básicas de la vida humana”. La cita es de hace 54 años [3]. 

   Pero hay otro aspecto de la obra de Mandel que deseamos destacar. El señalamiento de la limitada y tardía dimensión ecológica del pensamiento de Mandel por Löwy y Tanuro da la impresión de que Mandel no abordó el tema de la relación entre el crecimiento y el socialismo. Esto ignora importantes reflexiones de Mandel que vamos a comentar rápidamente. 

   Tomemos, para empezar, el pasaje que Löwy y Tanuro reproducen del último libro de Mandel, El poder y el dinero: “En la actualidad nos hemos percatado, con mucho retraso, que los peligros que amenazan los recursos no renovables de la tierra y el medio natural de la civilización y la vida humanas también ocasionan que el consumo de mercancías y servicios materiales no pueda crecer de manera ilimitada. La saturación de la demanda, del consumo, no solo es posible; es absolutamente necesaria para la supervivencia de la humanidad” [4]. 

   Hemos subrayado la palabra “también” pues es clave para comprender el planteamiento de Mandel. Mandel no plantea que la conciencia tardía de “los peligros que amenazan … el medio natural” le hicieron entender por primera vez que el consumo de mercancías no podía crecer de manera ilimitada. Plantea que esa conciencia “también” conduce a esa convicción: es decir, refuerza una convicción a la que ya había llegado anteriormente por otros medios. ¿Cuáles medios? Se trata de lo que puede parecer una contradicción: la defensa de Mandel del socialismo como un reino de abundancia. Mandel se aferraba a la noción de que el socialismo sería capaz de proveer a cada cual “según sus necesidades”. Pero esta idea es incompatible con la noción de que las necesidades crecen ilimitadamente. Proveer de acuerdo con las necesidades implica para Mandel que la demanda y el consumo llegan a un punto de saturación, más allá del cual lo racional es aumentar, no la producción, sino el tiempo libre. Es en el contexto de una discusión sobre este tema que encontramos la reflexión citada por Lowy y Tanuro. Es un tema que había abordado muchas veces como, por ejemplo, en 1985, en su polémica con Alec Nove sobre la planificación socialista [5]. Esta concepción que ya rechazaba la idea del aumento ilimitado del consumo podía acoger sin contradecirse la conciencia ecológica que también conduce a la misma conclusión.

   Entre 1978 y 1981, Mandel redactó las introducciones a las traducciones actualizadas de los tres volúmenes de El capital al inglés, publicados por la editorial Penguin. En la introducción al segundo volumen, encontramos un pasaje en que Mandel anticipa que, a partir de cierto punto, el socialismo se caracterizará por el aumento no de la producción, sino del tiempo libre por la reproducción simple de valores de uso (es decir, no por la reproducción ampliada, imperativo del capitalismo). Planteaba Mandel: “Es fácil imaginar una sociedad en la cual, habiéndose alcanzado un cierto nivel de consumo, decide conscientemente dar prioridad absoluta a una sola meta: la reducción de la carga de trabajo… Todavía habría ‘reproducción simple’ en el nivel de los valores de uso” pero se alcanzaría con menor empleo de trabajo [6]. En el capitalismo ese cese, limitación o recesión del crecimiento implicaría una crisis, con todas sus consecuencias negativas sobre la población, pero ese no sería el caso en una economía socializada. En ese caso, explicaba Mandel, “las condiciones descritas antes implican una suave continuidad de la producción y la reproducción materiales, niveles de vida estables y ausencia de cualquier tipo de crisis” [7].

   Pero es posible ir más atrás hasta la primera gran obra económica de Mandel, el Tratado de economía marxista publicado originalmente en 1962. Allí, en el capítulo “La economía socialista” encontramos una sección que tiene por título una afirmación muy llamativa sobre el tema del crecimiento: “El crecimiento económico no es un objetivo permanente” [8]. Allí Mandel aborda directamente el problema del crecimiento en el socialismo. Así, pregunta: “en una sociedad socialista ¿continuarán creciendo indefinidamente las fuerzas productivas?” [9]. La respuesta tiene tres niveles. 

   En primer lugar, Mandel señala que la decisión estará en manos de los “ciudadanos de la sociedad socialista”. Serán ellos y ellas quienes tendrán que escoger entre “un suplemento de riqueza o un suplemento de ocio”. En segundo lugar, Mandel señala que en una sociedad socialista esto será por primera vez una “opción libre”. Mientras la humanidad viva en condiciones de pobreza y precariedad, estará obligada a tratar de aumentar la producción para superar esas condiciones. Pero una vez alcanzado cierto nivel de seguridad material, tendrá la posibilidad de escoger entre más producción o más ocio. Así lo planteaba Mandel: “La respuesta a esta pregunta solo podrán darla los ciudadanos de la sociedad socialista, es decir, estará realmente en función de una opción libre, y no de cualquier ‘necesidad económica’” [10]. Y añadía: “en una sociedad socialista que asegure una abundancia de bienes y servicios a sus ciudadanos, se presentará, por primera vez, la posibilidad de una elección entre un suplemento de riqueza y un suplemento de ocio” [11]. 

   Hasta aquí, Mandel parecía dejar la decisión en manos de la futura deliberación democrática de los “ciudadanos de la sociedad socialista”. Sin embargo, añadía una tercera consideración que citamos a continuación: “De todas maneras, el crecimiento económico no es un fin en sí. El fin es la satisfacción de las necesidades de la sociedad, de los consumidores, dirigido hacia un desarrollo racional óptimo de todas las posibilidades humanas. De la misma forma que el optimum del consumo no implica en absoluto un crecimiento ilimitado de este, la satisfacción de las necesidades humanas no implica en sí misma un desarrollo continuo e ilimitado de las fuerzas productivas. Cuando la sociedad disponga de un inventario de máquinas automáticas suficientemente amplio para cubrir sus necesidades […] es probable que el ‘crecimiento económico’ sea frenado o incluso momentáneamente detenido” [12].

   En este pasaje encontramos los siguientes planteamientos: para el socialismo, el crecimiento económico no es un fin en sí mismo; el fin será la satisfacción de las necesidades humanas que permitan el desarrollo de todas las posibilidades humanas; la satisfacción de esas necesidades no implica “un desarrollo continuo e ilimitado de las fuerzas productivas”; a partir de cierto punto en ese desarrollo es, no solo posible, sino “probable” que “el ‘crecimiento económico’ sea frenado o incluso momentáneamente detenido”.

   Es decir, si bien Mandel aún no reconocía el imperativo ecológico de limitar el crecimiento, no lo hacía desde una perspectiva de crecimiento “continuo e ilimitado de las fuerzas productivas”. En ese sentido su marxismo estaba favorablemente dispuesto a reconocer e integrar aquel imperativo, como efectivamente hizo, aunque con retraso.

Podemos enumerar varios aspectos fundamentales del ecosocialismo:

  1. La naturaleza impone límites al aumento de la producción material.

  2. El capitalismo, con su imperativo al crecimiento ilimitado, no respeta esos límites naturales.

  3. El socialismo tendrá como imperativo satisfacer las necesidades humanas, no el crecimiento incesante de la producción.

  4. Más allá de cierto punto el socialismo aumentará, no la producción, sino el tiempo libre.

   Si miramos estos cuatro puntos, comprobamos que en la obra de Mandel, precisamente en sus textos teóricos de las décadas de 1960 y 1970, encontramos el tercer y el cuarto, y parte del segundo. Es decir, aunque Mandel aún tenía una limitada conciencia ecológica, su marxismo había arribado por otras vías a posiciones también asumidas por el ecosocialismo. 

   ¿Quiere esto decir que da lo mismo llegar por una u otra vía al mismo punto? No. Sin duda, al no estar apremiado por la conciencia de la crisis ambiental y climática, Mandel ubicaba el momento de “frenar” o “detener” el aumento de la producción y el consumo en un futuro no determinado, más allá de la revolución socialista. Por supuesto, conviene recordar que, en la década de 1970, Mandel concebía el triunfo de revoluciones socialistas en el occidente desarrollado, de revoluciones permanentes en el sur global y revoluciones políticas antiburocráticas en las sociedades post-capitalistas como posibilidades reales a mediano plazo. Como quiera que sea, no hay duda de que hoy, conscientes de la gravedad de la crisis ecológica, sabemos que la aplicación de ese freno tiene que ser parte del programa inmediato de la revolución ecosocialista. Pero la idea del freno ya estaba presente en el marxismo de Mandel. Por eso,  pudo con gran naturalidad incorporar el criterio ecológico a su análisis de la relación entre socialismo y crecimiento, que venía elaborando desde la redacción del Tratado treinta años antes.

   La insistencia en el aumento del tiempo libre en lugar de la producción como aspecto del socialismo se encuentra a lo largo de la obra de Mandel. En un texto de 1985 explicaba que una sociedad socialista se caracterizaría, no por el aumento incesante de la producción de mercancías sino por el desarrollo técnico para reducir el tiempo de trabajo y cultivar la riqueza de las relaciones de sus integrantes, es decir, no por el aumento cuantitativo de la producción de mercancías sino por el enriquecimiento cualitativo de la experiencia de vida. Según Mandel, esto “[q]uizás frenaría la avalancha de nuevos bienes de consumo. Una alteración en el flujo actual de mercancías apenas supondría, en sí misma, grandes dificultades; después de todo, incluso los consumidores más adinerados han vivido muy felizmente sin videojuegos ni teléfonos móviles en un pasado reciente. Solo una visión misántropa de la humanidad mediría su progreso relativo o su bienestar por el creciente número de artilugios cada vez menos útiles que consumen sus ciudadanos. Una democracia socialista crecería en civilización más que en mero consumo, es decir, en una gama cada vez más amplia de actividades y relaciones humanas significativas: la crianza de los niños y la difusión de la educación, el cuidado de los enfermos y discapacitados, las prácticas de trabajo creativo, el ejercicio de las artes y las ciencias, las experiencias de amor, la exploración del mundo y del universo”. Frente a quienes planteaban que una sociedad desprovista del constante aumento de la producción de mercancías sería rutinaria y aburrida, Mandel comentaba: “¿Sería una sociedad que diera la máxima prioridad a la lucha contra el cáncer y las enfermedades cardíacas, al estudio del desarrollo del carácter y la inteligencia de los niños, a la comprensión y reducción de las neurosis y psicosis, una sociedad tan aburrida y poco emocionante en comparación con el mundo alegremente dinámico en el que vivimos ahora? ¿Es la libertad de vivir más tiempo y con mayor salud mental y física menos importante que la libertad de comprar dos televisores a color?” [13].

   La actitud de Mandel ante la crítica ecológica de la civilización capitalista industrial estuvo marcada por las mismas preocupaciones señaladas por Löwy y Tanuro en el caso del informe Meadows: el miedo al uso reaccionario de sus señalamientos. Sin duda, Mandel temía y objetaba cuando esa crítica se tornaba en un rechazo de la ciencia o del desarrollo tecnológico en sí mismos, o la presentación de los males generados por el capitalismo como derivados de la ciencia y el desarrollo técnico. En 1985 Mandel afirmaba, por ejemplo: “Asimismo, debemos subrayar que cualquier idea según la cual la tecnología actual —‘sucia’, destructora de la naturaleza o que pone directamente en peligro la vida— es un resultado ‘inevitable’ de la lógica interna de las ciencias naturales debe rechazarse por ser oscurantista, ahistórica y, en última instancia, una apología del capitalismo” [14]. Pero, como puede verse, al explicarla como resultado del capitalismo, Mandel no negaba la existencia de tecnología “‘sucia’, destructora de la naturaleza o que pone directamente en peligro la vida”. Es decir, no se trataba solo del mal uso de la tecnología por el capitalismo, sino del carácter capitalista y, por tanto, muchas veces destructivo de esa tecnología. O, lo que es igual, precisamente porque la consideraba resultado del capitalismo, Mandel no consideraba la tecnología “destructora” existente como un instrumento neutral que la clase obrera podría sencillamente tomar y usar para sus fines, sin transformarlo. 

   Así planteaba que “En el capitalismo, la tecnología se desarrolla en el marco de la contabilidad de costos y la proyección de ganancias …para cada empresa individual. Por lo tanto, los costos sociales generales, los costos humanos y los costos ecológicos no se toman en cuenta, no solo porque se ‘externalizan’ (es decir, las empresas individuales no pagan por ellos), sino también porque suelen aparecer mucho más tarde que las ganancias que la nueva tecnología permite obtener a corto o mediano plazo”. Mandel ofrecía varios ejemplos de esas opciones tecnológicas destructivas del capitalismo: “Entre los ejemplos de decisiones tecnológicas que resultaron rentables desde el punto de vista de cada empresa en particular, pero que a la larga resultaron irresponsables desde el punto de vista social en su conjunto, se encuentran el motor de combustión interna para vehículos y los detergentes frente al jabón como productos de lavado. En cada uno de estos casos se escogió [entre distintas opciones]”. Según Mandel, existían otros caminos posibles de desarrollo tecnológico: “Estas no eran, en absoluto, las únicas tecnologías existentes en esos momentos. Al contrario: existían muchas alternativas. Las decisiones no se tomaron por razones de preferencias ‘puramente’ científicas o ‘técnicas’. Se tomaron por razones de intereses económicos de sectores industriales específicos, o mejor aún, de las empresas líderes en esos sectores, es decir, por las relaciones de poder dentro de la clase capitalista. Ningún ‘determinismo tecnológico’ decidía ni decide el destino de la humanidad. Lo que está en juego es un determinismo socioeconómico, en el que se imponen los intereses materiales de las clases sociales o de fracciones de clases, siempre y cuando estas clases o fracciones de clases tengan el poder real para imponer su voluntad (guiada por estos intereses) al conjunto de la sociedad” [15]. Como puede verse, esta afirmación del determinismo social no implicaba una aceptación acrítica de la tecnología creada por el capitalismo. Todo lo contrario. Implicaba reconocer que esa tecnología estaba marcada y moldeada por la sociedad capitalista que la produjo.

   De este modo Mandel objetaba dos posiciones: la que rechazaría los avances tecnológicos tout court y la que simplemente intentaría usar esa tecnología sin transformarla. Así planteaba, refiriéndose a una futura democracia socialista: “No hay razón para suponer que esos productores [en una democracia socialista] serían tan insensatos como para envenenarse a sí mismos y a su entorno tan pronto como conocieran los riesgos (cuando los riesgos son desconocidos, esto no se debe a un exceso, sino a una falta de conocimiento científico). No hay razón para suponer que no podrían utilizar la maquinaria, incluidos los robots, como herramientas para la reducción o supresión de todo el trabajo humano mecánico, poco creativo, oneroso y tedioso…, como instrumentos para hacer posible la reunificación de la producción, la administración, el conocimiento, la actividad creativa y el pleno disfrute de la vida, después de haberlos transformado precisamente con ese preciso fin” [16]. Destacamos esa última frase: después de haberlos transformado con ese preciso fin.

   Sin duda, hubiese sido preferible que Mandel enfatizara más la necesidad de transformar la tecnología heredada del capitalismo. Pero ese señalamiento no borra el hecho de que señaló esa necesidad y de que tanto ese concepto, como el planteamiento de que el socialismo no implica “un desarrollo continuo e ilimitado de las fuerzas productivas” fluyen orgánica y lógicamente de su marxismo. Si bien hay rupturas, también hay grandes continuidades entre el marxismo de Ernest Mandel y el ecosocialismo del siglo XXI. 

Notas

[1] “La contribution de la Quatrième Internationale à l’ecosocialisme”, Inprecor, 741, febrero 2026.

[2] Un ejemplo es el artículo “Marx, the present crisis and the future of labor”, Socialist Register, 1985-1986.

[3] Puede verse en la entrevista para la televisión belga “Un hombre llamado Ernest Mandel” de 1972. Nuestra traducción del inglés. https://www.youtube.com/watch?v=xoMli8VQTAU.

[4] El poder y el dinero (México D.F.: Siglo XXI 1994), 296-97.

[5] Mandel discutió este tema en 1985 en su polémica con Alec Nove sobre la planificación socialista: “In defence of socialist planning”, New Left Review, 159, September-October 1986

[6] El capital. Cien años de controversias en torno a la obra de Karl Marx (México D.F.: Siglo XXI, 2005), 117.

[7] El capital…, 117.

[8] Tratado de economía marxista (México D.F.: ERA, 1971), vol. II, 282.

[9] Tratado, II, 283.

[10] Tratado, II, 283.

[11] Tratado, II, 283.

[12] Tratado, II, 283.

[13] “In defence of socialist planning”.

[14] “Marx, the present crisis and the future of labor”, Socialist Register, 1985-1986.

[15] “Marx, the present crisis…”.

[16] “Marx, the present crisis…”.

Rafael Bernabe

Rafael Bernabe es profesor de la Universidad de Puerto Rico, activista social y político, exsenador, autor de libros y artículos sobre historia y literatura puertorriqueña.

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