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El fundamentalismo se convierte en una fuerza autónoma:el surgimiento de Proyecto Dignidad



[Nota de la Junta Editorial: compartimos unos fragmentos de los Documentos del Primer Congreso de Democracia Socialista, en particular aquellos que buscan analizar el surgimiento de Proyecto Dignidad dentro del contexto de la crisis económica y política actual. Los Documentos recientemente se publicaron en forma de libro, y se pueden adquirir en las librerías del país o comunicándose directamente con nosotrxs.]


La centralidad de las crisis como momentos de accionar político


Las crisis económicas suelen destacarse en la tradición socialista porque no implican meramente una disminución en números y estadísticas. Una economía en crisis implica, también, pérdida de empleos, deterioro de condiciones de trabajo y de vida, polarizaciones sociales, resurgimientos de ideologías pensadas como desaparecidas. Las crisis económicas suelen tener un efecto en espiral en las distintas manifestaciones de la vida social. Por eso, las figuras claves del pensamiento marxista siempre han puesto especial atención en las crisis económicas como posibles momentos de oportunidad para profundos cambios políticos. Las crisis, al estallar, traen a la vista las contradicciones que antes en la sociedad aparecían ocultas. Además, echan al borde muchas ideas y creencias sociales hasta entonces dominantes, mientras otras, entendidas como cosas del pasado, renacen bajo nuevas formas.


Las polarizaciones sociales que se dan en las crisis más profundas pudieran ser el inicio de grandes procesos de transformación social o de espantosos retrocesos en materia de derechos colectivos e individuales. Las crisis son los momentos en los que sectores amplios del país se hacen grandes preguntas (¿a qué se debe la crisis? ¿cómo salir de la crisis? ¿hacia dónde nos dirigimos? ¿hacia dónde nos queremos encaminar?). A estas preguntas deben responder las organizaciones revolucionarias, pero también responderán las organizaciones reaccionarias. Aunque el pensamiento común afirma que quienes suelen adoptar posiciones progresistas no asumirán posiciones reaccionarias, la experiencia histórica demuestra que esta oposición no es tan sencilla. En los momentos de crisis, las personas buscan respuestas, y pueden fácilmente pasar de un bando a otro, incluso de un extremo a otro. Esto se evidenció en el periodo previo a la Segunda Guerra Mundial en Alemania, pero también de manera reciente en las polarizaciones en Estados Unidos. La importancia de esta experiencia es decisiva: significa que, en donde no lleguemos con nuestras respuestas, dominará la reacción.


El fundamentalismo se convierte en una fuerza autónoma: el surgimiento de Proyecto Dignidad


Desde la crisis del 2006, hemos visto distintos intentos de crear alternativas al bipartidismo, desde una perspectiva más cercana al ambientalismo (Puertorriqueños por Puerto Rico), desde una perspectiva clasista, con un amplio programa de transición (Partido del Pueblo Trabajador) y desde una perspectiva soberanista (Movimiento Unión Soberanista). Todas estas agrupaciones, aunque dispares, se puede decir que fueron intentos de retar al bipartidismo desde el centro o desde la izquierda. Las elecciones del 2020 vieron la creación de otra agrupación nueva, aunque, en esta ocasión, como una respuesta conservadora, incluso reaccionaria: Proyecto Dignidad.


Previo a la creación de Proyecto Dignidad, el fundamentalismo religioso era una fuerza que, políticamente, trabajaba dentro del Partido Popular Democrático y el Partido Nuevo Progresista, en este último con mayor fuerza. Se destacó la organización “Pro Vida”, con su trabajo de cabildeo y promoción a favor de los intereses fundamentalistas, y el apoyo a candidatas, en elecciones previas, como Brenda López de Arrarás en el Partido Popular Democrático y Nayda Venegas y María “Tata” Charbonnier en el Partido Nuevo Progresista. Esta presión fundamentalista al interior del bipartidismo no se ha detenido – como lo demuestran las posturas de José Luis Dalmau en el Partido Popular Democrático y, entre otras, Keren Riquelme en el Partido Nuevo Progresista –, pero ahora cuenta con un partido autónomo. Y la decisión no deja de ser curiosa, habiendo tenido una influencia tan decisiva en el partido dominante de la época, el Partido Nuevo Progresista. Esto quizás apunte a las ambiciones que tienen estos sectores de no solo de dominar una parte de la política puertorriqueña, sino de controlarla.


La fundación de Proyecto Dignidad tomó por sorpresa a algunos sectores del país. Incluso, se subestimó a menudo, a través de la burla. Fuimos pocos los sectores que vimos en este movimiento una posible amenaza política, con la posibilidad no solo de quedar inscrito en las elecciones del 2020, sino también de elegir candidatas a la legislatura.


No subestimamos al Proyecto Dignidad porque lo entendimos como parte de la creciente polarización de la sociedad que se da a partir de las crisis. Además, reconocimos en Proyecto Dignidad una corriente internacional que surge y se fortalece, precisamente, con la crisis mundial del 2008, y que cuenta con un amplio conjunto de redes y relaciones de partidos y fuerzas conservadoras, reaccionarias, en ocasiones incluso protofascistas. Proyecto Dignidad no solo forma parte ideológica de esta corriente internacional, sino que algunos de sus portavoces, como Joanne Rodríguez Veve, intervienen con el mismo discurso y las mismas tácticas.


Proyecto Dignidad ha consolidado políticamente el fundamentalismo que existía en el momento de su creación, pero también ha desarrollado un trabajo político. Esto lo ha hecho no solo fundamentándose en el trabajo de sus legisladoras y en las distintas iglesias conservadoras del país, sino también a través de las Oficinas de Base de Fe, un legado del cuatrienio de Luis Fortuño, que le impuso oficinas religiosas a todos los municipios del país. Es decir, Proyecto Dignidad entra al gobierno teniendo ya un agarre institucional desde el cual continuar su crecimiento.


Por otro lado, Proyecto Dignidad no se ha detenido en hacer trabajo político en el fundamentalismo. Limitarse a este sector significaría limitar el potencial de su crecimiento. Los partidos fundamentalistas, reaccionarios y autoritarios no crecen solo a partir de posturas de odio y a través de apoyar la eliminación de derechos democráticos. Para crecer, requieren, también, de un proyecto económico y social, aún si decidiera abandonar ciertos reclamos al llegar al gobierno. Luego de recabar apoyo amplio, Proyecto Dignidad podría desde el gobierno imponer su agenda reaccionara e incluso su agenda antidemocrática. Casi la totalidad de los sectores progresistas en Puerto Rico han desatendido este aspecto del programa de Proyecto Dignidad. Si estudiamos su programa del 2020, vemos que tiene los elementos para hacer crecer el movimiento más allá de sus bases religiosas.


En síntesis, el programa de Proyecto Dignidad se presenta como una versión “limpia” del neoliberalismo. Acoge las ideologías dominantes de la superioridad del mercado, a la vez que intenta distanciarse del bipartidismo que, hasta ahora, ha sido la cara local del proyecto neoliberal. Se reconoce a sí mismo como el único partido centrado en “crecer y expandir el sector privado”, mientras “todos los demás partidos se orientan hacia y desde la perspectiva del Gobierno”. Asume algunas de las críticas patronales dominantes como parte de su programa, entre ellas que el gobierno es demasiado grande y poco eficiente.


Para añadir complejidad al asunto, Proyecto Dignidad ha acogido, además, algunos de los reclamos de las luchas populares, como reevaluar el contrato de LUMA Energy y de New Fortress (sin oponerse a las políticas de privatización), o una auditoría de la deuda (sin las exigencias de la cancelación de deuda). A través de estas medidas se presenta como una opción política distinta al bipartidismo.


Si bien que se pueden apreciar posiciones diversas al interior de Proyecto Dignidad sobre algunos de los temas sociales mencionados anteriormente, también es cierto que la experiencia legislativa ha marcado el carácter crecientemente anti-obrero de sus políticas, como se evidencia con su posicionamiento en contra de restablecer derechos laborales. A esto hay que añadir que sus portavoces en la legislatura, particularmente Joanne Rodríguez Veve, se articulan como defensores del pequeño comerciante puertorriqueño. Esto, nuevamente, nos indica la posible articulación de un proyecto económico y social, además de apuntar a bases de apoyo para el futuro. Por eso, no debemos subestimar el apoyo que pudiera recibir de sectores de la pequeña burguesía, en la medida en que busca “facilitar el hacer negocios” para lxs pequeñxs comerciantes, que tanto repudian los aparatos burocráticos del gobierno de Puerto Rico. Además, no se debe descartar la posibilidad de que el Proyecto Dignidad reciba una cantidad importante de fondos para las próximas elecciones, entre sectores empresariales buscando una alternativa neoliberal al bipartidismo o que ven en el partido una manera de adelantar sus intereses.


Nuestra organización reconoce que la entrada del sector privado al interior del sector público es el elemento impulsor de los recientes escándalos de corrupción en el gobierno de Puerto Rico. Reconocemos, también, que el fracaso económico de las últimas décadas es el fracaso del proyecto neoliberal en Puerto Rico. Pero, si no somos eficientes en comunicar nuestro mensaje, Proyecto Dignidad, como la nueva cara del neoliberalismo en Puerto Rico, pudiera ampliarse a través de la crítica al bipartidismo, buscando establecer una distinción entre la desprestigiada política pública neoliberal (que acoge) con los partidos políticos tradicionales (que enfrenta). Si no se critica con efectividad su proyecto económico y social pudiera servirle de base de apoyo para implantar su agenda anti derechos.


Proyecto Dignidad: ¿una derecha fascista en Puerto Rico?


La corriente de pensamiento marxista de la que partimos tiene una definición precisa del fascismo de la primera mitad del siglo XX. Parte, naturalmente, del contexto histórico y económico en el que se situó. Por eso, vale la pena hacer un repaso, aunque somero, para pensar en la posibilidad que tiene Proyecto Dignidad de convertirse en un movimiento fascista.


Hacia finales del siglo XIX y principios del siglo XX, los países industrializados llegaban al límite de expansión y concentración monopolista de sus mercados a lo largo del globo. Las guerras mundiales, vaticinaron varios y varias pensadoras marxistas, serían un componente natural de esta expansión, en la medida en que los distintos países competirían por dominar los mismos mercados. La Primera y la Segunda Guerra Mundial, hasta cierto punto, forman parte de un mismo proceso capitalista de expansión, de agotamiento y de guerra.

Luego de una onda larga de crecimiento económico, se llegó a una crisis económica estructural en la tercera década del siglo, que entorpecía el funcionamiento de la acumulación capitalista. Como parte de este contexto, además, se destacaban la consolidación de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas y la Internacional Comunista, junto al crecimiento de los recién nacidos Partidos Comunistas a lo largo de Europa. El movimiento obrero se encontraba en una época de revolución potencial y amenazaba con tomar el poder en varios países. A la vez, los derechos adquiridos por el movimiento obrero hacían peligrar las ganancias de los capitalistas, incluso en espacios en los que no había amenaza en contra del dominio capitalista. Es este el contexto en el que se da el auge del fascismo.

Existe una serie de elementos que caracterizan al fascismo de otros movimientos dictatoriales, autoritarios, nacionalistas, reaccionarios y racistas. El fascismo pretende aplastar al movimiento obrero, al igual que a todo espacio democrático que permite la organización de la clase trabajadora. Promueve, también, la movilización masiva de sus seguidores: antes y después en la historia se han tenido gobiernos dictatoriales y autoritarios; lo que se vio con el fascismo, sin embargo, marcó un cambio ante estos movimientos previos por su masividad. Dentro de estas movilizaciones que promueve el fascismo, también fomenta las organizaciones paramilitares, independientes del estado en los momentos en que representa una fuerza en ascenso, para agredir físicamente las organizaciones progresistas en lucha e intimidad la resistencia contra las fuerzas fascistas.

¿Qué explica la masiva movilización a favor de los movimientos fascistas? La propia crisis económica. La crisis capitalista deterioró las condiciones de vida de millones de seres humanos. Pero, en lugar de reconocer la incapacidad del sistema capitalista de distribuir socialmente las ganancias entonces generadas por el gran capital, y de elevar así los niveles de vida de las grandes mayorías, los movimientos fascistas convencieron equivocadamente a millones de seres humanos (con un peso fuerte de la pequeña burguesía) a pensar que la raíz de sus males se encontraba en otros lados: en los extranjeros, en los judíos, en los sindicatos. El fascismo combinó movimientos de masa con deseos nacionalistas retrógrados, incluso a veces con una retórica “en contra” del capitalismo, pero con políticas que no hacían más que favorecer las ganancias y los intereses de grandes industrias. Por eso se reprimía por completo el movimiento obrero, se hacían ilegales los sindicatos, se prohibía la libertad de expresión y de prensa. Y esto se hacía con el apoyo de la gran industria (en especial, de todos los sectores que se benefician de la guerra permanente promovida por el fascismo) para aumentar sus ganancias, alejar la revolución comunista, aplastar los derechos adquiridos del movimiento obrero.

El fascismo, movimiento surgido en plena crisis estructural, combinaba un gran apoyo industrial, grandes movilizaciones y la ideología más reaccionaria posible. Por eso, José Luis González califica al fascismo, no como una ideología reaccionaria cualquiera, sino como “la ideología del capitalismo imperialista en crisis”; centra ese movimiento particular dentro, también, de su propio contexto histórico. Una comprensión errónea de estos movimientos por parte de los sectores liberales y, trágicamente, de los Partidos Comunistas de la época condujo a su fortalecimiento y al surgimiento de estados fascistas a lo largo de Europa. Ante ese callejón sin salida, se dieron luchas importantes a nivel mundial para detener el fascismo, que conllevó la pérdida de millones de vidas, la destrucción masiva de capital y, posteriormente, intervenciones estatales sin precedentes en los países capitalistas (en Estados Unidos con el Nuevo Trato, guiado por el keynesianismo, otra de las ideologías principales del capitalismo imperialista en crisis) que sacarían a la economía mundial del estancamiento en el que se encontraba y la llevarían a uno de los periodos de crecimiento más destacados de la historia del capitalismo. En efecto, el fin del fascismo de mediados de siglo XX tiene tanto que ver con el resultado de la guerra como con la salida de la crisis y la expansión económica que cortó la raíz del crecimiento de ese movimiento.

Proyecto Dignidad tiene algunos de los elementos que caracterizan un movimiento fascista, pero no todos. Ha hecho un trabajo de base importante en sectores fundamentalistas, y sectores religiosos no-fundamentalistas a los que no hemos podido llegar con nuestro mensaje. Tiene un discurso a favor del pequeño empresario y contra los intereses de la clase trabajadora. Aunque no hace llamados masivos a la movilización y a armarse (como el caso de ciertos sectores republicanos en los Estados Unidos), el posible germen de los grupos armados y de la violencia reaccionaria se encuentra en las protestas antiderechos que se hacen frente a las clínicas de aborto.


Más allá del debate académico sobre cómo llamar a Proyecto Dignidad (fascista, protofascista, neofascista), lo que conviene es analizarlo para saber cómo debiéramos responder. Aquí es donde más se evidencia el fracaso total de los movimientos liberales para enfrentar el problema. El análisis simplista que se hace se limita a retóricamente defender ciertos valores e instituciones por encima de las amenazas de estos movimientos reaccionarios. Un análisis certero del fenómeno político conduciría a unas respuestas efectivas para detener el crecimiento de la reacción ultraconservadora. El análisis que previamente describimos del fascismo del siglo XX partía de una crítica socialista que podía entender el auge de ese movimiento dentro de la totalidad del sistema económico capitalista, de la expansión imperialista y de la crisis de la época. Es, precisamente, desde el ángulo anticapitalista que se puede entender este fenómeno y aquilatar los pasos a seguir. El liberalismo se enfrenta al fascismo y a la ultraderecha sin comprenderlo a cabalidad.


La crítica al neoliberalismo es insuficiente


Por todo lo dicho, si bien es cierto que la política económica neoliberal ha sido particularmente perjudicial para el pueblo trabajador, y ha fracasado como modelo económico para superar la crisis, sería incorrecto limitarnos a criticar el neoliberalismo. La crítica aislada al neoliberalismo pudiera crear ilusiones con respecto al retorno de un capitalismo con un “estado benefactor” fuerte, o dar la impresión equivocada de que se aspira a un capitalismo, en palabras de algunxs, “con rostro humano”. El capitalismo implica la explotación del ser humano por el ser humano, implica que la economía es guiada por la búsqueda de la ganancia privada, y se entrelaza con la mayoría de los males sociales que afectan a la sociedad. Aunque muchos de nuestros reclamos irán en la dirección de mayor intervención y regulación por parte del estado, la meta no puede ser regresar a un estado benefactor o a una política económica keynesiana. El fracaso de esta política económica es precisamente lo que condujo a que la política económica neoliberal dominara a lo largo del mundo, posterior a la crisis de la década del 1970. Un retorno al estado benefactor no superará las contradicciones del capitalismo. En el mejor de los casos, pospondría la crisis que se encuentra latente en la economía mundial capitalista. Nuestras metas son más ambiciosas, van a las raíces del problema: la erradicación del capitalismo.


La erradicación del capitalismo requiere subvertir radicalmente la manera en que actualmente funciona la sociedad capitalista y su economía. Requiere que las decisiones sobre qué se produce y cómo se distribuye recaigan, no sobre pocos individuos que buscan maximizar ganancias, sino sobre la totalidad de la sociedad en busca de satisfacer sus necesidades y ampliar sus condiciones de vida. El socialismo es la democracia llevada al plano económico. La aspiración nuestra no es a regresar a un “estado fuerte” dentro del capitalismo, incapaz comoquiera de resolver sus propias contradicciones, sino construir una sociedad distinta, regida, por fin, por el pueblo trabajador. Solo durante el proceso en el que las grandes mayorías tengan control sobre la producción de la economía y el resto de las decisiones que se toman en la sociedad, puede darse el proceso en el que se disuelve el aparato estatal y se transiciona hacia una sociedad sin clase.

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