Otra vez sobre Plan B en la lucha por la independencia
“La emancipación de la clase obrera obra ha de ser de la clase obrera misma”―Carlos Marx, “Estatutos de la Primera Internacional” (1864)
A principios de 2025 un grupo de independentistas publicó la propuesta conocida como Plan B que persigue lograr la independencia de Puerto Rico a través de una orden ejecutiva del presidente Donald Trump y que propone un fondo de transición pagado por Estados Unidos a Puerto Rico de $36 mil millones anuales durante veinte años (total $720 mil millones). Desde el primer momento, nuestra reacción a esta propuesta tuvo dos aspectos.
Por un lado, señalamos que la lucha por la independencia se fortalece en la medida que se exploran todas las iniciativas posibles para alcanzarla. En ese sentido, dábamos la bienvenida a una propuesta innovadora que abría o podía abrir otro frente de trabajo a favor de la independencia. Por otro lado, expresamos dos preocupaciones.
En primer lugar, señalamos el peligro de que en el empeño de lograr el apoyo de la administración Trump, se endosara o abrazara la agenda antiobrera, antidemocrática e imperialista de dicha administración. En segundo lugar, reiteramos nuestra convicción de que la organización y movilización del pueblo trabajador es condición necesaria e indispensable para el logro de una independencia económica, social y ecológicamente emancipadora. Y planteamos el peligro de que la gestión de cabildeo en Washington se convirtiera en una manera de evadir la tarea de lograr esa organización y movilización en Puerto Rico, que se le viera como independiente o, peor, como sustituta de esa tarea.
Sobre esto, señalamos desde temprano nuestra preocupación ante el argumento esgrimido por algunos proponentes de Plan B contra sus críticos de que no puede esperarse que el pueblo puertorriqueño, sometido a la dominación política, económica e ideológica colonial, pueda escoger libremente su destino. Señalamos que ese argumento niega la posibilidad de autoliberación y autoemancipación de los pueblos y parte de la idea de que los explotados y oprimidos no pueden liberarse a sí mismos, sino que tienen que ser liberados por otros. Tal concepción abonaba al peligro de entender la gestión de convencer a la administración Trump como sustituto de la organización del movimiento anticolonial en Puerto Rico [1].
Desafortunadamente, hechos posteriores han confirmado nuestras preocupaciones iniciales. Al menos algunos proponentes de Plan B (sin que los otros lo hayan objetado) han señalado reiteradamente que la propuesta de Plan B está alineada con las medidas de recortes presupuestarios del gobierno de Trump (y de Elon Musk en aquel momento), con su política de “America First” y que, a través de la independencia de Puerto Rico, Estados Unidos ganaría un “aliado y un socio estratégico” en el Caribe. En otros mensajes, dirigidos a Elon Musk y al liderato trumpista (Stephen Miller, etc.), se asocia la propuesta de orden ejecutiva a la política de reducción de gasto público de Trump y Musk y se indica que quienes se opondrán al Plan B son los liberales y los RINOs (Republicans in Name Only, es decir los que se proclaman republicanos, pero no lo son). En fin, la propuesta se asocia con la agenda de la extrema derecha en Estados Unidos. En un momento en que Trump acentúa el carácter más burdamente imperialista de su política en el Caribe [2], impulsar la independencia en estos términos es vaciarla de todo contenido antiimperialista y desvincularla de un acercamiento solidario con los pueblos hermanos de la región. Que tal discurso se considere emancipador, descolonizador o liberador es sorprendente.
Por otro lado, la defensa de Plan B como sustituto de la organización del pueblo puertorriqueño y como gestión para liberar a un pueblo que se considera incapaz de liberarse a sí mismo, lejos de evitarse, se ha hecho cada vez más explícita. Así, en un texto reciente, Javier Hernández, formula el siguiente argumento: en la colonia no hay democracia; en las colonias “la opinión del colonizado no es el factor decisivo”; en las colonias, el “único criterio que históricamente importa es el interés del colonizador.” Poco importa entonces, según este razonamiento, lo que “el colonizado” piense o haga; lo importante es convencer al colonizador de poner fin a la relación colonial. A esto se añade el argumento ya señalado: no puede esperarse que el pueblo puertorriqueño marcado por el “el miedo, la pobreza, la dependencia económica y un siglo de propaganda colonial” pueda hacer otra cosa que temer “su propia emancipación” y dudar “de su capacidad de autogobernarse.” Se llega a la misma conclusión: no se puede “esperar” por esa “mayoría indoctrinada”, esa mayoría no se liberará a sí misma. Tendrá que ser liberada por una minoría esclarecida. Recordemos que el poder colonial niega la capacidad del pueblo colonizado de gobernarse a sí mismo. Aquí estamos ante una defensa de Plan B que exhibe casi igual menosprecio por la capacidad del pueblo colonizado para organizarse y movilizarse. Citemos a Hernández directamente: “la historia demuestra que ningún pueblo colonizado ha alcanzado su libertad esperando pasivamente el consentimiento de una mayoría indoctrinada y sometida al régimen colonial. La libertad se conquista, a veces persuadiendo al colonizador de que mantener la colonia es más costoso que liberarla.” Y añade más adelante: “En ocasiones, basta con convencer al amo de que la esclavitud es injusta, insostenible o contraria a sus propios intereses. Así ha funcionado la historia [3].”
Como puede verse esta defensa de Plan B tiene como premisa, no el potencial, sino la incapacidad del pueblo puertorriqueño para descolonizarse y emanciparse; no la necesidad y posibilidad de que el pueblo se organice y movilice, sino su sustitución por la gestión de una minoría dirigida a “convencer al amo de que la esclavitud es … contraria a sus propios intereses”. Tengamos claro que Plan B se podría defender con otros argumentos, menos elitistas y paternalistas. Pero desafortunadamente esta es la manera, elitista y paternalista, que sus proponentes insisten en defenderlo.
Tengamos claro también lo que está y lo que no está en debate. No está en debate si debemos sentarnos a esperar “pasivamente” a que la mayoría del pueblo se movilice. Evidentemente, no podemos ni debemos sentarnos a esperar que la mayoría se movilice. Tenemos que actuar. La pregunta es si nuestra actuación debe tratar de acercar, organizar, movilizar esa mayoría o si le damos la espalda. No está en debate si el pueblo puertorriqueño vive una situación y ha sido moldeado por décadas de propaganda que le hace temer la independencia. Nadie puede negarlo. La pregunta es si los pueblos, el pueblo de Puerto Rico incluido, pueden sobreponerse a esa situación y propaganda y generar fuerzas capaces de lograr la descolonización y la independencia. No está en debate que los colonizadores puedan llegar a convencerse y entender que ya no les conviene perpetuar una relación colonial. La pregunta es si eso puede lograrse con gestiones de cabildeo sin la movilización del pueblo contra el poder colonial.
Muy curioso resulta el intento de justificación “histórica” del Plan B por Hernández. Como vimos, según Hernández en las situaciones coloniales el “único criterio que históricamente importa es el interés del colonizador”. Por tanto, “la opinión del colonizado no es el factor decisivo”. Parecería que los pueblos colonizados no han sido “un factor decisivo” en los procesos de descolonización, que su descolonización se ha logrado según “el único criterio que históricamente importa”, es decir, “el interés del colonizador.” Y no han sido “un factor decisivo” porque no puede esperarse que pueblos sometidos a situaciones y propaganda coloniales sean capaces de superarlas. Por tanto, necesitan una minoría que, sin esperar por esa “mayoría indoctrinada”, abra paso a su liberación vinculándola al bien entendido interés del poder colonial. Pero esto nada tiene que ver con la historia real de los procesos de descolonización. En ellos han tenido un rol clave, no solo “el interés del colonizador”, sino los pueblos coloniales, como demuestran los casos de India, Argelia, Indonesia, Ghana, Kenya, Madagascar, Angola, Mozambique, Guinea-Bissau, Namibia, Filipinas, Vietnam, entre tantos ejemplos que se podrían dar. Las minorías de activistas en estos pueblos no lograron la independencia dando la espalda a las mayorías y demostrando que la independencia era conveniente al poder colonial, como propone Hernández. La lograron construyendo movimientos anticoloniales mayoritarios que le demostraron a los poderes coloniales que les convenía más reconocer la independencia que intentar perpetuar el régimen colonial. Claro que mandaron negociadores a París, Londres, La Haya o Lisboa, pero negociadores que representaban poderosas organizaciones y movilizaciones. Se puede argumentar que estos procesos no aplican al caso de Puerto Rico y que Puerto Rico necesita algo distinto, como Plan B. Pero no se puede defender Plan B con los argumentos de Hernández amparándose en las lecciones de la historia de las luchas por la descolonización. Esa historia habla contra esos argumentos.
Sin pretender negar las particularidades del caso de Puerto Rico, consideramos que la lucha por la descolonización a través de la organización y movilización del pueblo es tan indispensable en nuestro caso como en otras situaciones coloniales. Supongamos por un minuto que los cabilderos del Plan B logran convencer a Trump de decretar la independencia a través de una orden ejecutiva. Sin duda tendríamos que abrazarla, pero a la vez advertimos que, en ausencia de un pueblo organizado y movilizado para la defensa de sus intereses, ¿qué podemos esperar? Precisamente, la continuación de las formas de dominación, desigualdad, explotación y destrucción ambiental existentes, aun bajo la independencia. Recordemos que los explotadores, los acaparadores y los corruptos ya cuentan con las fuerzas políticas (partidos, asociaciones, medios) y la fuerza económica para perpetuar su dominación y sus privilegios bajo la independencia, de ser necesario. ¿Quién puede enfrentarlos? ¿Quién puede evitar que en un Puerto Rico independiente se perpetúen los males de la colonia? Quien único puede impedirlo es el pueblo trabajador organizado y movilizado para la defensa de sus intereses, el pueblo a cuya organización y movilización la defensa de Plan B por Hernández le da la espalda, concibiéndolo como una “mayoría indoctrinada” y colonizada.
Algunos dirán: “logremos primero la independencia. Veremos luego qué contenido le damos.” Por un lado, esta posición supone que la independencia puede lograrse por este medio, lo cual es poco probable. Pero supongamos que se logra. En ese caso, la independencia no llegará, cuando llegue, vacía de contenido, sino con algún contenido político, económico y social. Esta posición asegura que cuando llegue no tengamos la fuerza organizada para encaminarla en la dirección a la que aspiramos: una independencia que rescate a la mayoría del maltrato, la desposesión y la imposibilidad de aspirar a una vida floreciente. Las organizaciones sociales y políticas que pueden asegurar esto no pueden construirse de un día para otro. El momento de construirlas es ahora.
Pensemos que se logre el fondo de transición propuesto de $36 mil millones anuales durante veinte años. ¿Cómo se usarán? ¿Para crear un país igualitario, solidario y ecológico, con un amplio sector público bajo control obrero y ciudadano, sólidas garantías laborales y sociales, planificación democrática y ecológica del uso de sus recursos? ¿O se mantendrá la ganancia privada como eje de las decisiones económicas, la precariedad laboral como supuesta garantía de eficiencia, la inseguridad social a nombre de la “responsabilidad individual”, las concesiones contributivas al gran capital para lograr la inversión, etc., de acuerdo con los modelos neoliberales dominantes? Si no nos organizamos ahora para lograr lo primero, se impondrá lo segundo.
Y esto nos lleva de vuelta al principio: se ve por qué al menos algunos promotores de Plan B acaban defendiendo la propuesta en términos de su afinidad con las políticas de America First y de recortes de gasto público de Trump y de la creación de un “aliado y un socio estratégico” del imperialismo en el Caribe. Cuando se abandona la perspectiva de lograr la independencia a través de la organización del pueblo, se cae en la necesidad de encontrar otras fuerzas que puedan realizarla y se abre entonces el peligro de que esas fuerzas nada tengan que ver, incluso sean opuestas, a los intereses del pueblo.
Pensamos que no hay razones para abandonar el Plan A: la lucha por la independencia a través de la organización, la movilización y la coordinación de las luchas del pueblo trabajador en los centros de trabajo, estudio y las comunidades, así como para luchar contra formas particulares de opresión (de las mujeres, por ejemplo).
La mayoría del pueblo solo abrazará la independencia en la medida en que se convenza de que conviene a su aspiración de una mejor vida y solo llegará a ese convencimiento en la medida en que se organice para defender sus intereses. Es decir, esa organización del pueblo trabajador es indispensable tanto para aprovechar el potencial liberador de la independencia como para convertir al independentismo en una fuerza mayoritaria. Sin esa organización del pueblo trabajador y todos los sectores oprimidos, no podrá surgir la independencia que nos libere del desastre económico, social y ecológico en que nos ha hundido el capitalismo colonial. En ese sentido, posiciones como las de Hernández, que plantean que esa tarea de organización es inútil, pues no puede esperarse que la “mayoría indoctrinada” pueda superar su condición de colonizada, lejos de adelantar, desorientan la lucha por la independencia.
Sabemos que el momento actual es difícil. Se caracteriza por la desorganización, la desmovilización, la fragmentación y la dispersión política. La mayor parte del pueblo no está organizada. No pertenece a ninguna organización sindical, ambiental, comunitaria, estudiantil, de mujeres, jubilados, etc. Muchos de quienes están organizados están inactivos y/o desmovilizados. Existen múltiples, y a veces militantes, iniciativas y movilizaciones (ambientales, comunitarias, estudiantiles, feministas, etc.), pero carecen de coordinación entre ellas. No hay consenso entre las organizaciones de distintas luchas sobre cómo impulsar sus agendas políticamente (participación electoral o no, qué forma de participación, qué partidos apoyar o fundar, etc.) De aquí se derivan una serie de tareas: la organización de los no organizados; la activación y movilización de los organizados; la coordinación y elaboración de un programa y plan de acción compartido de las distintas luchas; la búsqueda de acuerdo sobre cuál es la mejor estrategia para lograr el poder político necesario para impulsar un proceso de transformación social, económica y ecológica al servicio de las mayorías.
En esa lucha tenemos que defender todas las conquistas laborales, sociales y ambientales que pretenden arrebatarnos. Y esto nos trae a la última reflexión que deseamos hacer. En su artículo, Hernández proclama que en la colonia no hay democracia y presenta una lista de acciones unilaterales del poder colonial, impuestas sin participación de nuestro pueblo. En un tuit de julio de 2025 decía lapidariamente “Ciencias Políticas 101: Sin soberanía, no hay democracia. Punto.” El “punto” indica que no hay más nada que decir sobre este tema de la democracia en la colonia. Pero, la realidad es un poco más matizada y compleja. Por supuesto, en Puerto Rico no hay democracia en la medida que el pueblo puertorriqueño no puede gobernarse a sí mismo. Pero ese planteamiento fácilmente conduce al error de pensar que bajo la colonia no hay, ni son posibles, conquistas democráticas, o que no existen ni se ejercen derechos democráticos. Pero la realidad es que, incluso bajo la dominación capitalista, bajo la dominación de clase y también bajo la dominación imperialista o colonial, es posible lograr importantes conquistas democráticas: libertad de expresión y de asociación, de organización sindical y de huelga, derechos laborales y ambientales, de las mujeres (como el derecho al aborto) y contra distintas formas de discriminación. Muchas de estas libertades son el resultado de luchas de nuestro pueblo, la mayor parte del cual Hernández despacha como una mayoría indoctrinada y colonizada. Ciencias políticas 101: Estas libertades son reales, aunque bajo el capitalismo y el colonialismo estén limitadas. El pueblo las aprecia y hace bien en apreciarlas. Lejos de ignorarlas, pasarlas por alto o, peor aún, menospreciarlas, hay que reconocerlas y, de ese modo, prepararnos para defenderlas. Resulta irónico que algunos sectores del independentismo lo olviden, pues los independentistas a menudo han sido la vanguardia de la lucha por esas conquistas democráticas en el ámbito colonial.
Al principio de este escrito colocamos como epígrafe la frase inicial de los “Estatutos” de la Primera Internacional: “La emancipación de la clase obrera obra ha de ser de la clase obrera misma”. Esta declaración no era un llamado a la pasividad. Al contrario, sus autores estaban iniciando una campaña de intensa actividad. Pero la proclama sí era una advertencia contra la idea de que la actividad de la minoría activista podía sustituir a la clase que aún carecía de conciencia de sí misma: su tarea, al contrario, era contribuir a la transformación de la clase en un sujeto colectivo, capaz de liberarse a sí mismo. La idea nos parece igual de válida en el caso de la lucha anticolonial en Puerto Rico y es la que guía nuestra crítica de las más recientes defensas de la propuesta de Plan B por algunos de sus proponentes.
Referencias
[1]. Rafael Bernabe, “El debate sobre la “orden ejecutiva”, Nuevo Día”, 14 marzo 2025, https://www.elnuevodia.com/opinion/punto-de-vista/el-debate-sobre-la-orden-ejecutiva/; Democracia Socialista “La propuesta de ‘orden ejecutiva y la orientación estratégica del independentismo”, momento crítico, 3 abril 2025, https://www.momentocritico.org/post/la-propuesta-de-orden-ejecutiva-y-la-orientacion-estrategica-del-independentismo; Francisco Fortuño, “Independencia y democracia: el poder del pueblo no requiere permiso imperial”, momento crítico, 16 de marzo de 2025, https://www.momentocritico.org/post/independencia-y-democracia-el-poder-del-pueblo-no-requiere-permiso-imperial.
[2]. Ya hicimos este planteamiento en Rafael Bernabe, “Plan B: una evolución preocupante”, Categoría 5, 5:1, primavera-verano 2025, https://categoria5.org/plan-b-una-evolucion-preocupante/.
[3]. Javier Hernández, “La acusación de “antidemocracia” contra la lucha por la libertad puertorriqueña”, 31 enero 2026 https://eyboricua.com/la-acusacion-de-antidemocracia-contra-la-lucha-por-la-libertad-puertorriquena/.

