El segundo violín: doscientos años de Federico Engels

Por Rafael Bernabe


Federico Engels, el cofundador de la vertiente marxista del movimiento socialista, siempre minimizó su aportación al inicio de ese capítulo en el pensamiento humano. Como escribió en 1884, al lado de Marx "he tocado el segundo violín" [1]. El 28 de noviembre de 2020 conmemoramos doscientos años del nacimiento de Engels, quien era dos años menor que Marx.


El popularizador


Hace 45 años, más o menos, cuando yo era adolescente, pero ya me interesaba por temas históricos, políticos y sociales, cayó en mis manos un pequeño folleto de Engels (ejemplar de las ediciones sencillas que preparaba la Facultad de Estudios Generales de la Universidad de Puerto Rico) titulado Socialismo utópico y científico. Dudo que fuera la primera vez que me encontraba con las ideas que explicaba y ciertamente no fue la última vez que tuve ocasión de estudiarlas. Pero recuerdo perfectamente el impacto esclarecedor de la lectura: la claridad de la presentación, la precisa explicación de la diferencia entre el socialismo marxista y las corrientes que lo precedieron, la generosidad de Engels con esos precursores, la demostración de que el capitalismo hace posible y necesario otro tipo de sociedad, el reconocimiento, por tanto, de los logros y también de la naturaleza histórica, es decir, perecedera, de ese sistema económico y social. De ese modo me unía a miles de lectores y lectoras en todos los continentes que también encontraron en ese texto una iniciación al socialismo y anticapitalismo.


¿Cuál es la idea central del folleto de Engels? El sueño de una sociedad sin clases, sin ricos, por un lado y pobres, por otro; sin miseria ni la maldición del trabajo agotador; sin cárceles ni represión; sin guerras ni masacres. Ese sueño es tan antiguo como la existencia de esos males, como demuestran aspectos de muchas religiones, mitos de una pasada edad de oro y la literatura utópica.


Pero esa visión y aspiración se presentaban como un sueño tan bello como irrealizable. Y, en realidad, hasta el surgimiento del capitalismo, era un sueño hermoso, pero inalcanzable. Dado el limitado nivel alcanzado por la productividad del trabajo, que imponía que la mayoría de la población debía dedicarse a la producción directa y al trabajo manual, el tiempo libre, necesario para el desarrollo del arte, la técnica y de la ciencia, para asumir labores de coordinación y participar en decisiones administrativas o económicas, era inevitablemente el privilegio de unos pocos, de una minoría, asociada a las clases explotadoras y gobernantes (terratenientes, dueños de esclavos, señores feudales o de otro tipo, grandes comerciantes, burócratas y mandarines), que viven del trabajo de las mayorías productoras. Las sociedades originarias no habían producido el excedente necesario para alimentar y mantener una clase explotadora, liberada del trabajo productivo, que podía dedicarse a otras funciones. El surgimiento de tal excedente (con el desarrollo de la agricultura, por ejemplo) y los avances posteriores de la productividad fueron, por tanto, a la vez, un progreso y una regresión: un aumento de la capacidad productiva, de la capacidad del ser humano para utilizar los materiales que la naturaleza pone a su disposición, un desarrollo del arte y los talentos, una profundización de la ciencia, por un lado, y un aumento de la explotación, de la desigualdad, de la represión, de las guerras por la repartición del excedente, por otro. No hay documento de la cultura, para parafrasear a un marxista posterior, que no sea también un documento de la barbarie [2].


El capitalismo conlleva una ruptura con el desarrollo anterior. Por un lado, es una forma de explotación, como las sociedades de clase que precedieron, pero tiene características inéditas. En el capitalismo, la mayoría de la población carece de medios de producción y está obligada a venderse por un salario a la minoría poseedora de dichos medios, la clase capitalista. Los intereses privados que componen esa clase capitalista compiten entre sí en el mercado y están obligados a buscar la mayor ganancia posible, bajo amenaza de extinción. Esto les obliga a reducir costos y a intentar un constante aumento de la productividad del trabajo, aumentando la eficiencia de los medios de producción. Por eso, el capitalismo se caracteriza por una inclinación sin precedentes al aumento de la productividad, al desarrollo y renovación de la tecnología, al cultivo de la ciencia, al menos la aplicable al proceso productivo. La revolución industrial y las revoluciones tecnológicas posteriores son la prueba evidente de esta apreciación.


Bajo el capitalismo el desarrollo de la productividad es a la vez bendición y maldición: se convierte en medio para intensificar y acelerar el trabajo, en amenaza de desempleo y miseria para el productor, en fuente de mayor desigualdad. Pero ese desarrollo de la productividad también permite convertir el sueño de liberación en realidad: gracias al desarrollo sin precedentes de la productividad del trabajo, sería posible satisfacer las necesidades materiales de todos los seres humanos y a la vez reducir radicalmente la jornada de trabajo, otorgando a todas las personas el tiempo libre para participar activamente en la vida social (incluyendo decisiones en el lugar de trabajo, el vecindario, el país) y cultivar otros intereses y talentos. Se iría desmontando la polarización entre gobernantes y gobernados, jefes y subordinados, trabajo intelectual y trabajo manual.


En su folleto, Engels destaca tres grandes pioneros que tempranamente entendieron esa nueva posibilidad liberadora creada por las nuevas fuerzas productivas que el capitalismo estaba creando o prometía crear: Henri de Saint-Simon, Carlos Fourier y Roberto Owen. Pero estos pioneros, cuyos méritos Engels afirmaba contra los detractores posteriores de sus fantasías, todavía concebían el socialismo como resultado del diseño de una sociedad ideal futura, formulado por algún reformador o minoría ilustrada y entendida. No habían comprendido aún que el capitalismo también produce a su enterrador: la clase trabajadora que tiene el interés y la capacidad de organizarse para enfrentar la explotación capitalista, de convertir los medios de producción en propiedad social y de administrarlos de acuerdo con las necesidades sociales y no la ganancia privada. El cambio vendría, no de los que se benefician del sistema, ni siquiera de ilustrados reformadores, sino de los explotados, de la clase obrera misma.


El socialismo deja de ser irrealizable. Y luchar por él deja de ser el diseño del plan de la sociedad futura y se convierte en el trabajo para organizar a los explotados para la defensa de sus intereses. El marxismo no inventa nada. Tan solo reconoce estos hechos. Esto lo separa del socialismo anterior. A esto se refería Engels con el paso del socialismo utópico al socialismo científico.


Por lo mismo, la obra de Marx se centra, no en la especulación sobre la futura sociedad socialista, sino en el estudio del capitalismo: de su surgimiento, sus reglas de funcionamiento, sus contradicciones, sus crisis y sus consecuencias. Su aportación más importante son los tres volúmenes de El capital. Crítica de la economía política. En la realización de esa obra monumental, Engels tuvo un rol crucial como precursor, apoyo y ejecutor.


Precursor, apoyo y ejecutor


Para analizar el capitalismo y apreciar críticamente las teorías existentes sobre su funcionamiento, Engels estaba bien equipado (aunque otros, igualmente equipados, no aprovecharon esa circunstancia). Engels nació en 1820 en la ciudad de Barmen, en el valle del río Wupper, centro de una naciente industria textil, y una zona de Alemania a la que ya se le conocía como "la pequeña Manchester" [3]. Era hijo de un exitoso industrial, cuya empresa pronto estableció operaciones en la Manchester original, epicentro mundial de la revolución industrial. En 1842, papá Engels envío a su hijo a la ciudad inglesa, para que se familiarizara con el negocio de la familia, y con la esperanza de apartarlo de las ideas radicales hacia las que ya se inclinaba. Vana esperanza. Engels tan solo profundizó su perspectiva crítica apuntalándola en el estudio directo y concreto de los logros y consecuencias sociales, urbanas y ambientales de la industrialización capitalista. Fruto de ese momento fueron dos obras pioneras: su clásico estudio La condición de la clase obrera en Inglaterra (1845) y sus "Apuntes para una crítica de la economía política" (1843), que Marx describió como un "esbozo genial", redactado antes de que el último publicara algo sobre estos temas. La condición se considera hasta el presente como una crónica insustituible de la revolución industrial y como obra fundadora de los estudios urbanos [4].


En los años que siguieron en su residencia en Inglaterra, Engels redactó dos obras que retienen considerable interés: la serie de artículos posteriormente editada como Revolución y contrarrevolución en Alemania, sus crónicas de la revolución de 1848-1849 en Alemania (originalmente publicadas bajo el nombre de Marx) y La guerra campesina en Alemania (1850) un estudio sobre las luchas campesinas del siglo XVI que coincidieron con el inicio de la reforma luterana. En ese estudio recupera la figura de Tomás Muenzer, monje asociado con la rebelión campesina, que Engels contrapone a Lutero, aliado de los príncipes. Su análisis del destino trágico de Muenzer sigue el razonamiento que ya encontramos al resumir Socialismo utópico y científico: las audaces ideas de Muenzer, su visión de un futuro igualitario, su cristianismo milenarista, eran una anticipación del comunismo moderno, anticipación que no podía realizarse en las condiciones materiales y sociales de su época. Lo que ansiaba no era posible y su grandeza no le permitían conformarse con lo posible: su derrota estaba asegurada, lo cual no disminuía su grandeza, que para Engels sobrevivía como una acusación contra Lutero y los príncipes y señores. La clase trabajadora podría hacer realidad contra los príncipes modernos lo que Muenzer no pudo contra los señores de su época.


Además de precursor, Engels fue un apoyo necesario para la obra de Marx. Luego de seis años de azaroso e intenso activismo revolucionario (1844-1850) que incluyeron la redacción del Manifiesto Comunista y las revoluciones de 1848, Engels y Marx se encontraron exilados y sin ingreso en Inglaterra. Engels regresó al empleo en la empresa de su padre en Manchester, mientras Marx se instalaba en Londres. Con el ingreso del empleo que mantuvo hasta 1859, Engels subsidió a Marx y su familia, cuya situación económica fue por años muy precaria. Sin esa aportación, Marx no hubiese tenido ni el tiempo ni la ocasión de emprender los estudios conducentes a la redacción de El capital, cuyo primer volumen se publicó en 1867.


Pero Engels fue también ejecutor del legado de Marx. El afán de rigurosidad, la multilateralidad de la mirada del primer violín, le conducían a extremar y alargar las investigaciones, sin concretarlas en un texto publicable. En vida, Marx tan solo completó y publicó el primer volumen de su obra cumbre. Si hoy contamos con los volúmenes segundo y tercero de El capital, con todos los elementos cruciales de la teoría económica marxista que contienen, hay que agradecérselo a Engels. El segundo volumen se publicó en 1893 y el tercero en 1895. Sus páginas incluyen las consideraciones sobre la rotación del capital, los llamados "esquemas de la reproducción", la transformación de los valores en la economía capitalista, la teoría sobre la renta y el capital a interés, incluyendo el capital ficticio (de gran actualidad en nuestra época de "financiarización" del capitalismo) [5].


Recientemente, al menos un biógrafo de Marx ha propuesto que la teoría de la tasa decreciente de ganancia, presentada en el tercer volumen, se debe más a Engels que a Marx, quien convirtió una conjetura tentativa y probablemente abandonada, en una ley del capitalismo. El problema es interesante, pero tan solo desde el punto de vista biográfico. Científicamente, la pregunta clave no es si la teoría es obra de Marx o de Engels, sino si describe adecuadamente o no el funcionamiento del capitalismo, y es, por tanto, uno de los mecanismos que explican sus crisis recurrentes [6]. Irónicamente, la atribución a Engels, si la teoría se juzga válida, tan solo aumentaría la importancia de su aportación a la comprensión del capitalismo, sus crisis y sus límites.


Más allá de la economía política


Pero además de precursor, apoyo, ejecutor y popularizador, Engels también se ocupó de ampliar la teoría de Marx a otros terrenos. Abordó el lugar del marxismo en la evolución de la filosofía europea, su relación con los avances de las ciencias naturales (los cuales seguía con gran interés) y temas fundamentales que no pueden reducirse al estudio de las relaciones económicas o de clase, como la familia y la opresión y subordinación de la mujer. Productos de estos esfuerzos fueron artículos y libros como "Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana" (1886), Anti-Dühring (1878), El origen de la familia, la propiedad privada y el estado (1884) y manuscritos incompletos publicados póstumamente, como "El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre" (1895). Muchos han sido los debates provocados por estas obras de Engels, incluso entre marxistas. Las posiciones van desde los que las consideran parte de un canon incuestionable del marxismo, hasta los que las rechazan como una vulgarización y empobrecimiento de la teoría de Marx. Abordar estos debates excede por mucho el alcance de esta nota. Nos limitamos a varios comentarios.


Se ha criticado el apego de Engels a la dialéctica de Hegel, por un lado, y su intento de descubrirla o verla confirmada en los logros de la ciencia de su época [7]. Podemos decir que, para Engels, la dialéctica era claramente contradictoria con todo sistema filosófico cerrado y acabado. Según Engels, intentar crear un sistema cerrado había sido la gran contradicción en la obra de Hegel: la dialéctica plantea precisamente que todo está en constante evolución y transformación, que todo es un proceso en interacción con otros procesos. Esto ya nos dice que cualquier hipótesis nuestra sobre la realidad es necesariamente incompleta, inacababa y provisional. Si concluyéramos que Engels en ocasiones pecó del mismo deseo de sistematizar que le criticó a Hegel, hay que decir que él mismo nos indicó a quién debíamos preferir: no al Engels "sistematizador", sino al crítico y dialéctico. Engels, con todas las fallas que le podamos encontrar, no era un constructor de dogmas o de sistemas acabados, de los cuales se burló en muchas ocasiones [8].


Y esto aplicaba igualmente a los descubrimientos de la ciencia en que Engels basaba sus reflexiones. Engels sería el primero en corregir una mala comprensión de algunos de esos hallazgos y revisar sus formulaciones a partir de nuevos descubrimientos o de nuevas evidencias y argumentos. Según Engels, el hecho de que nuestros conocimientos científicos avanzan y de que podían esperarse mayores avances en el futuro no debía alimentar nuestra vanidad, sino "hacernos sumamente desconfiados respecto de nuestro actual conocimiento". Y añadía: "las generaciones que nos corregirán serán probablemente mucho más numerosas que aquellas cuyo conocimiento corregimos nosotros, con bastante desprecio a menudo" [9]. Sus ideas, por otro lado, han sido al menos en parte validadas. El conocido paleontólogo Stephen Jay Gould, por ejemplo, ha destacado lo conveniente que hubiese sido si más científicos hubiesen tomado en serio algunos de los argumentos de Engels en su ensayo sobre el surgimiento de la humanidad [10].


Lo mismo habría que decir sobre sus consideraciones en El origen de la familia, la propiedad privada y el estado. Su trabajo se basa (como indica el subtítulo del libro [11]) en las investigaciones de Lewis Henry Morgan sobre las comunidades iroquesas en Norte América y otros estudios [12]. Mucho se ha avanzado en el estudio de las sociedades antiguas desde entonces y Engels sería el primero en reconocerlo y ajustar sus conclusiones a los hallazgos posteriores. Pero la idea central de su estudio es tan importante ahora como entonces: la familia y la situación de la mujer, los roles masculinos y femeninos, las reglas y prohibiciones y la moral sexual, lejos están de ser hechos naturales e inmutables ordenados biológica, para no hablar de divinamente. Han evolucionado y se han transformado a través de la historia.


Engels insistirá además que, a partir de cierto punto en la historia, esa evolución de las estructuras de familia, de la relación entre hombres y mujeres, y de la definición de roles y esferas de acción, ha tenido como consecuencia la subordinación de la mujer, que se perpetúa hasta el presente.


Amparándose en Morgan y en otros autores de la época, Engels insistirá que la mujer gozó de una posición de igualdad, o predominio, en las sociedades en las que aún no existía la división de clases o la propiedad privada. El surgimiento de las clases, de las relaciones de explotación, de la propiedad privada, el comienzo del intercambio mercantil y la necesidad de defender esas relaciones de explotación a través de la violencia del estado coincidieron, según Engels, con aquella subordinación y sometimiento de la mujer al hombre. Engels hablaría en este contexto de "la gran derrota histórica del sexo femenino", como resultado de la cual la mujer fue "degradada" y "convertida en servidora". En otro pasaje plantearía que "el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino". Es decir, junto a la opresión de clase también aparece y se reproduce esta subordinación del "sexo femenino", que, por lo mismo, afectará a todas las mujeres y no sólo a las mujeres de las clases oprimidas o explotadas. Es decir, si bien Engels vincula la opresión de la mujer a la opresión de clase, no reduce por ello la opresión de la mujer al problema de la opresión de clase.


En fin, la subordinación de la mujer tiene su historia. Surgió en determinado momento y puede desaparecer. La emancipación de las mujeres es parte esencial del proyecto socialista. Como indicamos, mucho se ha progresado desde 1884 en ambos terrenos, el histórico y el programático. Pero nada de esto anula nuestro reconocimiento de Engels como uno de los pioneros del feminismo socialista (junto a Eleanor Marx, una figura extraordinaria e injustamente olvidada [13]).


Con los pies en la tierra


El interés de Engels por las ciencias naturales correspondía a una de sus convicciones centrales: el ser humano, al vivir en sociedad, no deja de vivir en la naturaleza, de la cual es parte. La determinación social de sus ideas y actitudes no anula la determinación de su existencia por hechos naturales ineludibles: la necesidad de ciertas condiciones materiales para su supervivencia, la inevitabilidad del debilitamiento, la enfermedad, la vejez y la muerte, los límites del planeta tierra, como bien ha destacado Sebastiano Timpanaro en su elocuente defensa del materialismo de Engels [14].


No es raro entonces que en sus escritos Engels haya advertido sobre los efectos de la actividad humana sobre el entorno natural, efectos a menudo imprevistos. Luego de referirse a los logros de la industria moderna, escribía Engels: "Sin embargo, no nos dejemos llevar del entusiasmo ante nuestras victorias sobre la naturaleza. Después de cada una de estas victorias, la naturaleza toma su venganza. Bien es verdad que las primeras consecuencias de estas victorias son las previstas por nosotros, pero en segundo y en tercer lugar aparecen unas consecuencias muy distintas, totalmente imprevistas y que, a menudo, anulan las primeras". Parecería que Engels se refiere al cambio climático, resultado de la industrialización a partir de 1750, o las nuevas pandemias, resultantes de los procesos de deforestación, entre otros procesos. En su momento, Engels, presentaba como ejemplo: "Los hombres que en Mesopotamia, Grecia, Asia Menor y otras regiones talaban los bosques para obtener tierra de labor, ni siquiera podían imaginarse que, al eliminar con los bosques los centros de acumulación y reserva de humedad, estaban sentando las bases de la actual aridez de esas tierras. Los italianos de los Alpes, que talaron en las laderas meridionales los bosques de pinos, conservados con tanto celo en las laderas septentrionales, no tenían idea de que con ello destruían las raíces de la industria lechera en su región … Los que difundieron el cultivo de la patata en Europa no sabían que con este tubérculo farináceo difundían a la vez la escrofulosis". Y concluía Engels, con palabras que suenan como si se escribieran hoy: "Así, a cada paso, los hechos nos recuerdan que nuestro dominio sobre la naturaleza no se parece en nada al dominio de un conquistador sobre el pueblo conquistado, que no es el dominio de alguien situado fuera de la naturaleza, sino que nosotros, por nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, nos encontramos en su seno, y todo nuestro dominio sobre ella consiste en que, a diferencia de los demás seres, somos capaces de conocer sus leyes y de aplicarlas adecuadamente".


Así, Engels destacaba la paradoja de que bajo el capitalismo la humanidad desarrolla como nunca su capacidad de controlar y entender la naturaleza, a la vez que ni entiende ni controla sus relaciones sociales y económicas, lo cual también conduce a efectos desastrosos sobre el entorno natural. Así planteaba Engels que: "En efecto, cada día aprendemos a comprender mejor las leyes de la naturaleza y a conocer tanto los efectos inmediatos como las consecuencias remotas de nuestra intromisión en el curso natural de su desarrollo. Sobre todo después de los grandes progresos logrados en este siglo por las ciencias naturales, nos hallamos en condiciones de prever, y, por tanto, de controlar cada vez mejor las remotas consecuencias naturales de nuestros actos en la producción, por lo menos de los más corrientes". Ejemplo perfecto sería cómo las ciencias naturales nos han permitido detectar el proceso de calentamiento global y explicarlo, como resultado de la propagación de gases de efecto invernadero, resultado a su vez de la quema de combustibles fósiles y otros procesos. De igual manera, nos indican las acciones necesarias para enfrentar la crisis climática que nos amenaza. Pero Engels nos advierte que no basta con este conocimiento. Empeñado en lograr la mayor ganancia privada a corto plazo, el capitalismo es incapaz de tomar las acciones necesarias para frenar la carrera hacia el desastre. Tres décadas de acuerdos internacionales no nos han acercado a la reducción de emisiones necesaria. Como decía Engels, anticipándose a nuestro momento: "Sin embargo, para llevar a cabo este control se requiere algo más que el simple conocimiento. Hace falta una revolución que transforme por completo el modo de producción existente hasta hoy día y, con él, el orden social vigente" [15].


Desde su temprano estudio sobre la clase obrera en Inglaterra, Engels se interesó por las consecuencias ambientales y territoriales del capitalismo. El capitalismo, según él, había llevado al extremo la oposición entre el campo y la ciudad, que mantenía aislada y desatendida a la población rural y envenenaba a los habitantes de las grandes ciudades. Al igual que Marx, se apoyó en los estudios de Liebig para denunciar cómo esa oposición evitaba que se devolviera a la tierra los nutrientes que de ella se extraían. El resultado era su progresivo agotamiento. Según Engels, la supresión del capitalismo debía abrir paso a una "superación de la contraposición entre campo y ciudad". Había que aspirar a una "dispersión lo más uniforme posible de la gran industria por todo el territorio" y a "una íntima relación entre la producción industrial y la agrícola". Engels advertía que: "Solo mediante la fusión de la ciudad y el campo puede eliminarse el actual envenenamiento del aire, el agua y la tierra" [16]. ¡Cuán actuales suenan estos señalamientos ahora que hablamos de huertos urbanos, compostaje, de desmantelamiento de las centrales termoeléctricas y de generación distribuida de energía, de la necesidad de detener el desparramamiento urbano, de localizar la producción y acercar el punto de producción y de consumo y de repudio del modelo del agronegocio y recuperación de la agricultura campesina y cooperativa, apoyada en los avances de la ciencia!


Rectificaciones, matices y polémicas


Engels escribió mucho y sobre distintos temas. Sus ideas evolucionaron. Sus primeros escritos incluyen referencias a "pueblos sin historia", destinados a desaparecer, reiteraciones de estereotipos racistas sobre los irlandeses, apoyo a la conquista de Argelia por los franceses. También podemos encontrar algunos comentarios que hoy describiríamos como homofóbicos. Algunas de estas posiciones las rectificó posteriormente: llegó a trabajar extensamente en una historia de Irlanda, con cuyos revolucionarios se solidarizó y no dejó de celebrar la resistencia de los argelinos a los colonizadores franceses [17]. A partir de los estudios de Morgan, Engels acentuó su admiración por las comunidades desdeñadas como "primitivas" y sus méritos ante el progreso y la civilización que las avasallaba y destruía. El progreso y la regresión no eran opuestos, sino dos aspectos del mismo proceso. Así plantearía: "El poderío de esas comunidades primitivas tenía que quebrantarse, y se quebrantó. Pero se deshizo por influencias que desde un principio se nos aparecen como una degradación, como una caída desde la sencilla altura moral de la antigua sociedad de la gens. Los intereses más viles –la baja codicia, la brutal avidez por los goces, la sórdida avaricia, el robo egoísta de la propiedad común – inauguran la nueva sociedad civilizada, la sociedad de clases; los medios más vergonzosos – el robo, la violencia, la perfidia, la traición–, minan la antigua sociedad de la gens, sociedad sin clases, y la conducen a su perdición. Y la misma nueva sociedad, a través de los dos mil quinientos años de su existencia, no ha sido nunca más que el desarrollo de una ínfima minoría a expensas de una inmensa mayoría de explotados y oprimidos; y eso es hoy más que nunca" [18].


De igual modo, Engels se referiría con admiración a la resistencia desplegada ante al imperialismo inglés por los zulús y los nubios, pueblos africanos en los que según él aún "no se habían extinguido las instituciones gentiles". Los pondría como ejemplo de los méritos de las comunidades precapitalistas cuando se les comparaba con la civilización capitalista. Esos pueblos, afirmaba, "han hecho lo que no sabría hacer ninguna tropa europea. Armados más que con lanzas y venablos, sin armas de fuego, bajo la lluvia de balas de los fusiles de repetición de la infantería inglesa (reconocida como la primera en el mundo para el combate en orden cerrado), se echaron encima de sus bayonetas, sembraron más de una vez el pánico entre ella y concluyeron por derrotarla, a pesar de la colosal desproporción entre las armas… ‘Hasta su más pequeño músculo sobresale, acerado, duro, como una tralla de látigo’, decía un pintor inglés". Y añadía Engels: "tal es el aspecto de los hombres y de la sociedad humana antes de que se produjese la escisión en clases sociales. Y si comparamos su situación con la de la inmensa mayoría de los hombres civilizados de hoy, veremos que la diferencia entre el proletario o el campesino de nuestros días y el antiguo libre gentilis es enorme" [19].


Sobre la familia, la sexualidad y otros temas, Engels se dejaba guiar por la regla de que la sociedad futura no se ajustará a ninguna visión elaborada por un partido o líder visionario, sino que será el resultado de una práctica en que las personas transformarían sus relaciones y a sí mismas. Por lo mismo, incluso sus ideas o previsiones probablemente serían sujeto de una despiadada crítica, o, quizás de la más completa indiferencia. Según Engels, esas generaciones futuras: "Se dictarán a sí mismas su propia conducta". Es decir, "enviarán al cuerno todo lo que nosotros pensamos que deberían hacer" [20]. Y así, nosotros y nosotras, confirmando su predicción, enviaremos al cuerno los comentarios homofóbicos que podemos encontrar en sus cartas [21].


Tal vez lo que más nos separa de Engels es su optimismo, su confianza de que el movimiento obrero seguiría creciendo en tamaño e influencia, en ruta hacia la conquista del poder político y la puesta de las nuevas fuerzas productivas al servicio de la humanidad. Hoy mantenemos esa esperanza, pero el optimismo está más escaso. En la época del neoliberalismo aún dominante, de la crisis climática, de la pandemia del COVID-19, no caben los optimismos fáciles. Como decía Walter Benjamin, el socialismo de un tiempo para acá es la organización del pesimismo más que del optimismo. Socialismo o barbarie, ya decía Rosa Luxemburgo en 1915, no porque el socialismo fuera inevitable y seguro, sino, al contrario, porque la barbarie es inevitable, a menos que la abolición del capitalismo detenga la marcha a la catástrofe. Pero, para entender que el capitalismo es la raíz de la catástrofe que enfrentamos, Engels y Marx siguen siendo indispensables.


Engels fue, en fin, pionero del urbanismo revolucionario y de la crítica de la economía política, precursor del feminismo socialista y del ecosocialismo. Nada mal para un segundo violín.

Notas


[1] Carta a Johann Philipp Becker, 12 octubre 1884.


[2] Walter Benjamin, Tesis VII, "Tesis sobre la filosofía de la historia" (1940).


[3] Para una biografía reciente de Engels ver: Tristam Hunt, Marx's General. The Revolutionary Life of Friederich Engels (New York: Metropolitan Books, 2009).


[4] Ver Andy Merrifield, "Frederick Engels. Backstreet Boy in Manchester" en Metromarxism. A Marxist Tale of the City (New York: Routledge, 2002), 31-48; Steven Marcus, Engels, Manchester and the Working Class (New York: Random House, 1974).


[5] Cédric Durand, El capital ficticio. Cómo las finanzas se apropian de nuestro futuro (Barcelona: NED-Futuro Anterior, 2018)


[6] Es el caso de Michael Heinrich. Sobre este tema ver: Andrew Kliman, Reclaiming Marx´s Capital. A Refutation of the Myth of Inconsistency (Lanham, MD: Lexington Books, 2007) y The Failure of Capitalist Production (London: Pluto Press, 2011); Michael Roberts, The Long Depression (Chicago: Haymarket, 2016).


[7] Uno de muchos ejemplos: Manuel Sacristán, "La tarea de Engels en el 'Anti-Dühring'" en Federico Engels, Anti-Dühring, trad. Manuel Sacristán (Mexico D.F.: Grijalbo, 1968), vii-xxviii. Otro ejemplo: Terrell Carver, Engels, (Oxford: Oxford University Press, 2003). Para una perspectiva distinta y más favorable a Engels ver John Bellamy Foster, "Engels's Ecology" en The Return of Nature. Socialism and Ecology (New York: Monthly Review, 2020), 171-298. Las ideas de Engels se encuentran en Anti-Dühring y en las notas publicadas póstumamente como Dialéctica de la Naturaleza.


[8] Ver sobre esto Gert Schäfer, "Friedrich Engels: Builder of Closed Systems?", Science and Society, 62:1 (Spring 1998), 35-47. Este número de la revista contiene la colección "Friedrich Engels: A Critical Centennary Appreciation", editada por Joost Kricz y Michael Löwy, que incluye otros artículos sobre la obra de Engels.


[9] Engels, Anti-Dühring, Sección primera. Capítulo IX "Moral y derecho. Verdades eternas".


[10] Stephen Jay Gould, "Posture Maketh the Man" en Ever Since Darwin. Reflections on Natural History (New York: W.W. Norton, 1977), 207-213.


[11] "Con motivo de las investigaciones de Lewis H. Morgan".


[12] Engels, que no era dado a elogios fáciles, le reconocería a Morgan el mérito de haber descubierto por su cuenta la "concepción materialista de la historia", Carta de Engels a A.H. Starkenburg, 25 enero 1894 y su prefacio a la primera edición de El origen de la familia la propiedad privada y el estado (1884).


[13] Ver Rachel Holmes, Eleanor Marx. A Life (London: Bloomsberry, 2014). Esta biografía es también una excelente crónica de la relación de Engels con Marx y las hijas de Marx.


[14] Sebastiamo Timpanaro, "Considerations on Materialism", "Praxis and Materialism", "Engels, Materialism and 'Free Will'" en On Materialism (London: Verso, 1980) trad. Lawrence Garner, 29-133.


[15] Todas las citas anteriores provienen de "El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre" (1895).


[16] La primera, segunda y última citas provienen de Anti-Dühring, Sección tercera, Capítulo III, "Producción". La tercera proviene de "Suplemento sobre Proudhon y el problema de la vivienda" (1873), Sección III.


[17] Sobre la teoría ajena al marxismo de los "pueblos sin historia" debe consultarse el estudio de Roman Rosdolsky, Friedrich Engels y el problema de los pueblos sin historia (México, D.F.: Pasado y Presente, 1980). También incluye una excelente explicación de las posiciones de Lenin sobre los problemas de la opresión nacional y el nacionalismo.


[18] Engels, El origen de la familia la propiedad privada y el estado, Capítulo III "La gens iroquesa".


[19] Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, Capítulo III "La gens iroquesa".


[20] Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, Capítulo II "La familia".


[21] Peter Drucker, Warped. Gay Normality and Queer Anticapitalism (Chicago: Haymarket, 2015), 143.



Rafael Bernabe es profesor de la Universidad de Puerto Rico, activista social y político, autor de libros y artículos sobre historia y literatura puertorriqueña.

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