De la falta de "brazos" a la "sobrepoblación"

ideología y lucha de clases en el surgimiento del capitalismo en Puerto Rico (primera parte)


Por Rafael Bernabe



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[Nota: Este trabajo se dividió en dos entregas, ambas para publicarse en momento crítico].


La historia de todas las sociedades hasta nuestros días

es la historia de la lucha de clases.

--Carlos Marx y Federico Engels,

Manifiesto del Partido Comunista (1848)


Como en este artículo nos referimos a la transición al capitalismo y la democracia capitalista en Puerto Rico, conviene empezar con una explicación de los términos indicados. Entre los aspectos fundamentales del capitalismo están los siguientes:


1. La mayor parte de los bienes se producen para la venta, es decir, son mercancías. En el capitalismo domina y se generaliza la producción de mercancías.


2. Las personas son agentes libres y no están sujetas al control de amos o señores, a diferencia de otras sociedades de clase.


3. La mayor parte de los productores, a pesar de que son libres en el sentido señalado, están separados de los medios de producción y de subsistencia. Por tanto, están obligados a vender su fuerza o capacidad de trabajo a la clase capitalista, dueña de los medios de producción. La presentación de este aspecto formulada por Mandel se ajusta muy bien al tema que vamos a discutir: "Este modo de producción presupone la aparición de una clase social—el proletariado moderno—que no tiene acceso a los medios de producción y subsistencia y que por tanto se halla bajo la compulsión económica a vender su fuerza de trabajo. Medios de subsistencia son, en primer lugar, alimentos, que dondequiera que el acceso a la tierra es libre pueden producirse con medios de producción mínimos. Por lo tanto, la creación del proletariado moderno depende, en gran medida, de impedir el libre acceso a la tierra a las personas que no poseen capital" [1].


4. Los capitalistas pagan un salario, el valor de la fuerza de trabajo, pero los trabajadores producen más valor que el valor de su fuerza de trabajo, excedente que los capitalistas reciben y retienen al vender el producto. Ese valor excedente o plusvalor es la sustancia de la ganancia capitalista. La ganancia es trabajo impago, realizado por la clase trabajadora y apropiado por el capital.


5. Los capitalistas privados compiten entre sí, intentando asegurar la mayor ganancia posible.


6. El doble imperativo de ofrecer mejores precios que la competencia y de aumentar las ganancias obliga a cada empresa a reducir sus costos. El capitalismo se caracteriza, por tanto, por una tendencia al constante aumento de la productividad.


7. La economía capitalista genera una sobrepoblación relativa, una reserva de trabajadores no empleados, como medio de presión sobre la parte empleada de la clase trabajadora y de asegurar que los salarios se mantengan a niveles compatibles con la explotación del trabajo.


8. Bajo el capitalismo, a diferencia de la esclavitud o la servidumbre, una vez la condición de desposeídos obliga a los productores a vender su fuerza de trabajo, es posible reconocer derechos políticos a las personas, pues tales derechos no anulan esa situación de desposesión y subordinación al capital. Tales derechos no podían reconocerse a esclavos o siervos, sin menoscabar la esclavitud y la servidumbre. En ese sentido, bajo el capitalismo que los permite, se trata de derechos formales, no porque no sean significativos, sino porque se refieren a una esfera política separada de la economía en la que siguen imperando las decisiones del capital privado y sigue operando el proceso de explotación capitalista [2].


Por tanto, no debe confundirse el capitalismo con la presencia de intercambio y producción de mercancías, del dinero y, por tanto, del comercio y del capital mercantil, del crédito y los bancos [3]. Todos estos fenómenos tienen una larga historia y son anteriores al surgimiento del capitalismo, que se caracteriza por las relaciones de producción que hemos resumido en lo que antecede. El capital comercial y bancario es mucho más antiguo que el capitalismo. Las relaciones capitalistas surgieron en un lugar y periodo histórico identificables: Inglaterra, y, más concretamente en el campo inglés, entre 1500 y 1700 [4]. A la luz de estas consideraciones echemos un vistazo a la sociedad puertorriqueña hace dos siglos, a principios del siglo XIX [5].


1

En 1800 Puerto Rico era una sociedad mayormente rural. Ya existían algunas actividades agrícolas y ganaderas orientadas al mercado y a la exportación, pero la agricultura de subsistencia era la forma de producción predominante. San Juan, la capital, era una ciudad amurallada y una fortaleza militar. Las leyes limitaban el comercio a los puertos españoles y San Juan era el único punto de entrada y salida autorizado. La tierra era propiedad de la corona y era ocupada por agricultores y ganaderos a través de títulos de usufructo otorgados por los cabildos [6]. Sin embargo, los habitantes del campo que carecían de tales títulos gozaban de acceso relativamente fácil a la tierra. La cultivaban para satisfacer sus necesidades y algunos vendían parte de su producción. Mientras San Juan mantenía los contactos oficiales y legales con España, el comercio más allá de su perímetro consistía en intercambios ilegales con contrabandistas ingleses, holandeses, daneses y otros con base en el Caribe no-español [7].


El comercio era una opción, pero no una obligación para retener acceso a la tierra y los productores campesinos no estaban sometidos a los imperativos de la competencia capitalista. Tenían una vida muy rudimentaria pero independiente, con la que parecían conformarse, para escándalo de algunos observadores. En su famoso informe de 1765, el Mariscal Alejandro O'Reilly apuntaba que, "[c]on cinco días de trabajo, tiene una familia plátanos para todo el año. Con estos, la leche de las vacas, algún cazave, moniatos y frutas silvestres, están contentísimos" [8]. Sobre los antepasados de la presente generación O'Reilly indicaba que "con cuatro plátanos que sembraban, las frutas que hallaban silvestres, y las vacas de que abundaron muy luego los montes, tenían leche, verduras, frutas y alguna carne; con esto vivían y aún viven" [9]. Los labradores obtenían algunos productos a través de la venta o el trueque, pero esto tampoco alteraba su vida rudimentaria. Según O'Reilly, "[p]ara proveerse del poco vestuario que necesitan truecan con los extranjeros, vacas, palo de Mora, caballos, mulas, café, tabaco o alguna otra cosa, cuyo cultivo les cuesta poco trabajo" [10]. Iñigo Abbad formuló ideas similares en 1782. Los campesinos, escribía, no tienen contacto con la capital y la mayor parte del comercio es contrabando, que es a menudo tolerado por las autoridades [11]. Abbad estaba "asombrado," como nos recuerda Sidney Mintz, "de que su consumo de carne era bajo, y de que se conformaban con un poco de arroz y cangrejo" y, sobre todo, "que no eran dados a largas horas de dura labor en los campos" [12].


Durante la segunda mitad del siglo XVIII el absolutismo ilustrado de los Borbones intentó aumentar el ingreso generado por sus colonias estimulando su desarrollo productivo. El estudio e informe de O'Reilly de 1765 era parte de ese esfuerzo. Los caminos y carreteras, necesarios para el desarrollo de un mercado interno, no existían. La dispersa economía de subsistencia era pobre base para el desarrollo de un mercado interno. Según O'Reilly "todos los vecinos son labradores y como cada uno posee los mismos frutos, no hay mercado, comercio interior, ni reciproca dependencia" [13]. Dado el bajo nivel de producción y de productividad y la preponderancia del comercio ilegal, el ingreso del gobierno de fuentes insulares era muy bajo [14].


En 1778, el estado empezó a otorgar títulos de propiedad a terratenientes que pudieran pagar los impuestos asignados y poner la tierra a producir. Pero el cambio se habría paso lentamente. El impacto de estas y otras medidas similares era todavía muy limitado cuando los ejércitos de Napoleón invadieron la península en 1808 y derribaron al monarca español [15].


2

En España, la Junta Suprema Central asumió la dirección de la resistencia a la ocupación francesa, en nombre de Fernando VII, heredero al trono del monarca depuesto. En 1809, la Junta convocó a las Cortes que debían redactar una constitución para el reino. Así, mientras algunos luchaban contra Francia para reinstalar el régimen absolutista, otros concebían esa lucha como una oportunidad para reformarlo, adoptando ideas del país cuyos ejércitos estaban combatiendo. Contra Napoleón y el absolutismo español los progresistas españoles esgrimían ideas que la Ilustración y la Revolución francesas habían esparcido hacia el sur y en todas direcciones.


Los cabildos de Puerto Rico escogieron al teniente de navío Ramón Power Giralt de 34 años, como delegado de Puerto Rico a las Cortes, que se reunirían en Cádiz [16]. Power recibió pliegos o "instrucciones" formuladas por los cinco cabildos, compuestos por propietarios, sus asociados y allegados. Los cabildos solicitaron la eliminación de impuestos, diezmos y otras contribuciones, mejoras a los puentes y los caminos y la liberalización del comercio exterior. Su objetivo era promover la producción agrícola para el mercado. El mayor obstáculo que identificaban era el problema que las clases poseedoras denunciarían durante la mayor parte del siglo XIX: la falta de "brazos".


El alcalde de San Juan, Pedro Yrisarri, se quejaba de que los terratenientes solo podían atraer trabajadores ofreciéndoles tierra para cultivar por su cuenta. Una vez la ocupaban (y se convertían en agregados) se rehusaban a realizar más trabajo del necesario para asegurar su subsistencia. Si se les presionaba, recogían sus pocas pertenencias y abandonaban la estancia o hacienda. Según Yrisarri, "no siembran sino maíz, frijoles, arroz o batatas que les sirve de un grosero alimento para pasar escasamente el año; pero jamás plantan el café, los plátanos, la caña, el algodón, ni otra planta que perpetuamente fructifique" [17]. Yrisarri concluía desconsoladamente: "La falta de brazos ¿qué acarrea a la agricultura sino su ruina?" [18]. El cabildo de San Juan estaba de acuerdo: los agregados, advertía, "viven ociosos" y añadía que "son por otra parte la más roedora polilla de las estancias y haciendas" [19]. El cabildo de Coamo no se quedaba atrás: "La multitud de mercenarios o agregados que se experimentan en esta Isla no acarrea otra cosa que la holgazanería, depósito del ocio, y del vicio" [20].


Pero los agregados no eran vagos ni perezosos. Estaban dispuestos a trabajar (y trabajaban) por su cuenta. Lo que no querían era trabajar para otros. El acceso a la tierra les permitía evitarlo: ese acceso les daba una alternativa al trabajo asalariado. Esto era lo que obligaba a los propietarios a ofrecerles tierra para atraerlos y lo que les permitía irse, si las exigencias patronales superaban cierto límite [21]. Apoyándose en el acceso a la tierra, los productores ya desplegaban lo que seis décadas después los hacendados llamarían una "huelga pasiva" contra el trabajo asalariado [22]. La situación nos recuerda la descripción de Edward Wakefield, citada por Marx, del problema en las colonias en las que los productores tenían acceso a la tierra. Según Wakefield: "Allí donde … todo el mundo puede … obtener un pedazo de tierra … la dificultad está en obtener trabajo combinado a cualquier precio" [23]. Yrisarri, alcalde de San Juan, y los cabildos de San Juan y Coamo de seguro hubiesen endosado la apreciación de Wakefield.


Es decir: los autores de las instrucciones estaban ante el hecho de que la producción capitalista tiene como premisa la desposesión de los productores, empezando con el bloqueo de su acceso a la tierra, que los obliga a entrar por el camino del trabajo asalariado [24]. Esa es la premisa nada libre del llamado "trabajo libre".


Si no era posible obtener suficientes trabajadores libres, precisamente porque eran libres para no trabajar por un salario, entonces las grandes empresas comerciales tendrían que depender de algún tipo de trabajo forzado [25]. En el Caribe la alternativa más obvia era la esclavitud [26]. Pero los autores de las instrucciones expresaron serias dudas sobre esta alternativa.


Yrisarri reconocía que la esclavitud podía generar grandes riquezas, pero también podía conducir a una rebelión como la ocurrida en Haití, que podría contar con el apoyo del estado fundado por los antiguos esclavos, muy cerca de Puerto Rico. Por tanto, favorecía la inmigración de Islas Canarias y de otros territorios, aunque reconocía que esos inmigrantes también buscarían tierra para cultivar por su cuenta, mientras estuviera disponible [27]. El cabildo de Coamo estaba dispuesto a ensayar una extensión de la esclavitud, dentro de ciertos límites. Se podía introducir un máximo de 25 mil esclavos en los próximos veinte años y su cantidad no debía superar la quinta parte de los habitantes libres [28].


Yrisarri también ponderó otro medio de forzar a los productores libres a entrar por la senda del trabajo asalariado, es decir, de romper su "huelga pasiva". Así propuso que se prohibiera entregar tierra en usufructo a los agregados y que los que no pudiesen adquirir tierra individualmente o asociándose debían ser clasificados como jornaleros y obligados a emplearse a los propietarios. Así proponía (un poco dramáticamente): "Que se borre hasta la memoria de los hombres el nombre de agregado como desolador de la agricultura de Puerto Rico y que ni los propietarios puedan dar sus tierras en usufructo ni los que no las tengan recibirlas, bajo la pena de multa de cien pesos a unos y otros". Proponía que los que no tuviesen propiedades "se reduzcan todos sin distinción a vivir en la población en clase de jornaleros, para que de ellos pueda valerse los labradores pudientes para el cultivo de sus tierras" [29]. Yrisarri reconocía que en Puerto Rico no había falta de brazos, sino dificultad para someterlos al trabajo asalariado. Según él bastaba con diez por ciento de los potenciales jornaleros para satisfacer las necesidades de los patronos: "por un cálculo prudencial nada exagerado, si una décima parte … se dedicara al trabajo, tendría la agricultura con este socorro, bien empleado, un considerable aumento en su principio y continuado en pocos años la haría más floreciente" [30]. Por supuesto, el deseo de que los no propietarios se dedicaran "al trabajo" era pura ideología patronal: los no propietarios trabajaban, el problema era que lo hacían por su cuenta (como el mismo Yrisarri mencionaba cuando se refería a su cultivos de maíz, batatas, etc.) El cabildo de San Juan iba por el mismo camino. Reconocía, al igual que Yrisarri, que no había falta de brazos: "Este recurso pues lo tenemos adentro sin necesidad de buscarlo afuera" [31]. En teoría no habría que importar trabajadores libres o esclavos. Al igual que el alcalde señalaba que la dispersión de los productores impedía controlarlos y someterlos al trabajo asalariado. Por tanto, proponía requerirles que vivieran en poblados. Así proponía "Que todos los vecinos que carecen de propiedades o no se hallen asalariados … hayan de reducirse precisamente a vivir en las poblaciones". O como expresaban el mismo concepto, debía superarse la dispersión "obligando a todo agregado a vivir en su población bajo de campana". Suponemos que se refería al área más cercana al templo o, quizás, el perímetro en el que podía escucharse el repique de su campana. Allí, explicaba el texto "pueden ser celados y corregidos fácilmente". Y, sobre todo, "allí tendrá el hacendado, el estanciero, el arrendador y el pequeño agricultor un depósito de brazos útiles para sus labores y trabajos" [32].


Como resultado de las gestiones de Ramón Power en Cádiz, la organización de la hacienda pública se separó de la oficina del gobernador y se nombró a un hábil funcionario, Alonso Ramírez, como intendente. Ramírez inició la publicación del Diario económico, la primera publicación periódica en la historia de Puerto Rico. El Diario estaba animado por la aspiración al desarrollo productivo e inspirado por las ideas de la economía política inglesa. El primer número se refería a las ideas del "inmortal Smith" y se iniciaba con un extracto de sus consideraciones sobre las ventajas de la división del trabajo. Pero el Diario retomaba el problema planteado por las instrucciones de 1809: aunque Ramírez abrazaba la doctrina del laissez faire, permitir que los productores actuaran como quisieran tendría como consecuencia que, dado su acceso a la tierra, no se reclutaran suficientes trabajadores asalariados. Así un artículo publicado en mayo de 1814 proponía que se exigiera a todos los varones declarar su fuente legal de ingresos. Los que no lo hicieran o no pudieran hacerlo debían ser enviados a establecimientos en los que se les obligaría a trabajar, según el modelo inglés de los "workhouses" [33]. Pero hay que subrayar que no se trataba de obligarlos a trabajar, sino de evitar que trabajaran por su cuenta.


Todo esto, por supuesto, nos recuerda que el trabajo asalariado es trabajo tan forzado como el trabajo esclavo, con la diferencia (sin duda importante) de que bajo el capitalismo la oferta de "brazos" depende, no de la privación de libertad, sino de la obligación impuesta por la desposesión.


Por otro lado, a menudo se piensa que las clases explotadoras, pudiendo establecer un sistema de "trabajo libre" o de trabajo asalariado, adoptan la esclavitud o instituían mecanismos de control, como el régimen de la libreta, para explotar más severamente a los productores. La realidad es la opuesta: recurrían a la esclavitud y la libreta porque el acceso a la tierra de los productores no les permitía explotarlos como asalariados [34].


3

Entre 1815 y 1845 la población de Puerto Rico se duplicó. Reformas como la Cédula de Gracias de 1815, que liberalizó el comercio exterior y atrajo inmigrantes con capital, favorecieron la expansión de la elaboración de azúcar. Por otro lado, la revolución haitiana había removido el más grande productor de azúcar del mercado internacional y el desarrollo económico de Estados Unidos creaba un nuevo mercado. Los propietarios temían "otro Haití", pero era difícil conseguir trabajadores asalariados, dada la relativa facilidad con la que se podía ocupar un pedazo de tierra y cultivarlo independientemente. Para atender este problema se exploraron dos alternativas: la esclavitud y medidas para obligar a los productores libres a someterse al trabajo asalariado.


España había firmado tratados internacionales que la obligaban a cesar la trata de esclavos, pero los oficiales españoles hacían lo que podían por ignorar esas disposiciones. Miles de esclavos se introducían en la isla cada año. Las plantaciones azucareras esclavistas se esparcieron por las fértiles zonas costeras hasta formar un arco discontinuo que se extendía desde Guayama hasta Aguadilla y que tenía a Ponce en el centro como importante zona de producción y eje comercial. La zona de Arecibo se convirtió en una importante área de producción en la costa norte [35].


Según la esclavitud se esparcía en los llanos costeros, muchos campesinos libres se desplazaron hacia el interior montañoso [36]. La dicotomía anterior entre San Juan, sede del poder político y fortaleza militar y el circundante mundo campesino de pequeños productores y contrabando, se transformaba en una nueva diferenciación geográfica entre la agricultura de exportación en la costa, basada en la esclavitud, y la economía de subsistencia campesina en el interior de la isla [37]. Los esclavos fugados, los cimarrones, también se movían hacia el interior. Pero esta corriente cimarrona describe la trayectoria, no solo de los esclavos fugitivos, sino también de los productores libres del campo que se movían hacia el interior en búsqueda de tierra y de una vida más allá del alcance de sus potenciales explotadores, o más allá de la campana, para tomar prestada la imagen del cabildo de Coamo en 1809.


De hecho, en comparación con otras islas del Caribe, en Puerto Rico el sector fuera de las plantaciones era particularmente grande. Según una definición estricta, Puerto Rico no era una economía de plantación ya que la mayor parte de su fuerza laboral y tierra estaban dedicadas a la producción de subsistencia no comercial [38]. Pero si Puerto Rico como conjunto no era una economía esclavista o de plantación, la industria del azúcar sin duda lo era. Los esclavos eran una minoría de la población, pero la "riqueza de su clase dominante" dependía de ellos [39]. Los esclavos no se resignaron a su situación pasivamente. Además de cientos de actos individuales de resistencia y las fugas, un conocido estudio identificó 22 rebeliones planificadas entre 1795 y 1848, 14 de las cuales se llevaron a cabo. Durante ese periodo al menos 36 esclavos fueron ejecutados por participar en ese tipo de conspiraciones [40]. Estas cifras son seguramente incompletas y la realidad de la resistencia mucho más amplia que los datos con que contamos.


A la vez que reprimían duramente cualquier atisbo de resistencia esclava y que mantienen el ojo paranoico abierto ante la posible presencia de "agentes haitianos", las autoridades adoptaron ordenanzas o bandos que buscaban imponer el trabajo asalariado a los productores rurales. Durante la década de 1830 se aprobaron una serie de medidas contra los "vagos", que eran más bien los varones carentes de propiedad o profesión, pero que se las arreglaban para vivir por su cuenta [41]. El bando del gobernador Miguel López de Baños de 1838 definía a los varones sin título de propiedad o profesión como jornaleros y les ordenaba buscar empleo con algún propietario y registrar el hecho en el gobierno municipal [42]. En fin, el "Reglamento especial de jornaleros" promulgado en 1849 por el gobernador Juan de la Pezuela exigía que los jornaleros portaran una libreta en la que los patronos debían indicar su lugar de empleo. A los que no estuviesen empleados o no presentaran la libreta se les amenazaba con ser asignados a trabajar en obras públicas, como la construcción de caminos y carreteras [43].


La justificación de estas medidas era una reformulación de los argumentos incluidos en las instrucciones presentadas a Ramón Power por los cabildos en 1809. Puerto Rico, se planteaba, tiene "brazos" suficientes para el desarrollo de la producción agrícola comercial en la escala requerida. Pero la naturaleza era generosa en Puerto Rico y ofrecía abundantes frutos de subsistencia, lo cual fomentaba la vagancia. La vagancia alimentaba el vicio, que disminuía aún más la disposición al trabajo consistente y sostenido [44].


Pero el obstáculo para la generalización del trabajo asalariado no era ni la vagancia ni el vicio, sino el acceso de los productores a la tierra. Los habitantes del campo trabajaban por cuenta propia, a pesar de que no tenían títulos de propiedad, y eso era lo que sus potenciales explotadores consideraban intolerable, a la vez que se representaban y presentaban ese trabajo independiente como muestra de vagancia.


La explotación del trabajo "libre" depende de la desposesión de los productores, que los obliga a buscar empleo asalariado. Sin esa desposesión el "mercado de trabajo" no funciona. En ausencia de esa condición, como señaló Marx, hasta los más fervientes defensores de la libertad de mercado y comercio se inclinan a complementar la ley de oferta y demanda con la represión estatal, o, para citar sus palabras: sienten "unas tentaciones enormes de recurrir al auxilio de la policía para implantar en las colonias … esa ley de la oferta y la demanda de trabajo que en otras partes funciona automáticamente" [45]. Al leer esto no se puede evitar pensar en los "bandos de policía y buen gobierno" formulados por los gobernadores en Puerto Rico en las décadas de 1830 y 1840.


Había, sin embargo, un grano de verdad en la descripción de la población rural como vaga y perezosa. Como el acceso de los campesinos a la tierra no dependía de éxito en el mercado, como vender parte de su cosecha era una opción, pero no una obligación o un imperativo impuesto por la competencia, no sentían el aguijón de reducir costos, especializarse o mejorar sus métodos de cultivo, aguijón que mueve a la economía capitalista, y a la agricultura capitalista en particular. Vistos desde el punto de vista de esas exigencias de la competencia capitalista, los campesinos eran la imagen de la indolencia y la pasividad. Así, un cónsul británico en Puerto Rico, sin duda con el modelo del capitalismo inglés en mente, comentaba en 1844 que "los nativos del país que son libres superan por mucho a los esclavos, y una gran parte posee fundos en los que residen, y como son mínimas sus necesidades, cultivan solo lo necesario para sustentarse y les importa poco mejorar los cultivos o su condición" [46].


¿Quién representaba el progreso en este conflicto? Para contestar esta pregunta habría que definir progreso. Sin duda el desarrollo por el capitalismo de la producción y productividad, y, como consecuencia, el surgimiento de nuevas necesidades representaba un progreso respecto a la vida precaria, rudimentaria y aislada del campesino de subsistencia, como Marx sería el primero en reconocer. Pero Marx señalaba igualmente el terrible costo del desarrollo capitalista, que se inicia con el ejercicio de mil formas de violencia sobre los productores y luego se reproduce a costa de su explotación y subordinación. Estamos ante el carácter antagónico del progreso capitalista que no podemos negar ni celebrar. Podemos reconocer el progreso a la vez que simpatizamos con los que lo resistían. La única salida a ese dilema sería ir más allá de ese mundo desplazado y del capitalismo que lo desplazaría, alternativa cuyas bases materiales son creadas por el capitalismo a un inmenso costo humano. Como señalaba Marx: "¿Acaso la burguesía ha hecho nunca algo más? ¿Cuándo ha realizado algún progreso sin arrastrar a individuos aislados y a pueblos enteros por la sangre y el lodo, la miseria y la degradación?" [47].


Cuando oímos o leemos el término lucha de clases por lo general pensamos en revoluciones, insurrecciones, sublevaciones, motines, huelgas, paros, ocupaciones de tierras, etc. Pero la resistencia no organizada, molecular, al trabajo asalariado y las medidas para imponerlo—la "huelga pasiva" y los intentos de romperla—son también modalidades de la lucha de clases, no tan espectaculares como las primeras, pero persistentes, hasta el punto de atravesar buena parte del siglo XIX en Puerto Rico.


El problema que subyace y que explica la institución de la libreta y medidas similares no era que los campesinos no trabajaban (o que eran vagos y viciosos), sino que trabajan por su cuenta y no para sus potenciales explotadores. Y podían trabajar por su cuenta porque, a pesar de no tener títulos de propiedad, tenían acceso a la tierra. El extenso estudio de Labor Gómez Acevedo sobre la organización y reglamentación del trabajo en Puerto Rico en el siglo XIX no reconoce este hecho fundamental. Por tanto, al tratar de explicar la libreta implícitamente adopta el punto de vista patronal: reduce el trabajo al trabajo asalariado y supone que los que no realizan trabajo asalariado no trabajan y debían ser rescatados de su vida improductiva con las medidas correspondientes.


Para dar algunos de muchos ejemplos. Gómez plantea que "el problema de los vagos está en la raíz misma de la reglamentación del trabajo asalariado" [48]. Pero lo que estaba en la raíz de esa reglamentación no era la vagancia, sino la resistencia al trabajo asalariado de los productores que aún tenían acceso a la tierra y que de ese modo podían evitarlo. En otro punto afirma Gómez: "en estos años aparecen numerosas leyes que obligan a trabajar a todos los que no fuesen propietarios" [49]. Pero el objetivo de las leyes no era hacerlos trabajar (algo que ya hacían por su cuenta), era hacerlos trabajar para los propietarios. En otros lugares, Gómez resume la posición de los propietarios, dándola implícitamente por buena. Escribe, por ejemplo: "casi todos los opinantes juzgan que es suficiente el número de peones, pero que estos no se dedican al trabajo" [50]. Pero Gómez no aclara que los desposeídos trabajaban, aunque se resistían a trabajar para "los opinantes" que menciona. Una y otra vez Gómez se refiere a leyes que obligan a trabajar (como si la gente no trabajara), cuando en realidad se trata de imponer el trabajo asalariado. En otro punto afirma Gómez: "Muchos eran los campesinos que procuraban librarse del trabajo, ya que podían vivir sin la imperiosa necesidad de emplearse" [51]. Pero si podían vivir sin emplearse era porque podían trabajar sin emplearse. Es decir, los campesinos no procuraban liberarse del trabajo sino de su modalidad asalariada. Y repitiendo la idea de que la generosidad de la naturaleza fomenta la vagancia, escribe Gómez: "Pero si el gobierno no podía transformar la realidad de un suelo fértil y un clima cálido que permiten al hombre vivir sin grandes preocupaciones, si podía promulgar leyes que lo coaccionaran a trabajar, y castigar al que se resistiera" [52]. Pero las leyes no pretendían coaccionarlos a trabajar, sino coaccionarlos a trabajar para otros. Se les castigaba no por vagos sino por insistir en trabajar por su cuenta. En fin, se considera trabajo y trabajo asalariado como sinónimos, lo cual definía como vago al que trabajaba en el campo, pero intentaba evitar el segundo. Ese, por supuesto, era el punto de vista de sus potenciales explotadores, del cual el historiador no logra desprenderse.


Por otro lado, la premisa del estudio de Gómez Acevedo es la comunidad de intereses del capital y el trabajo. Lleva como epígrafe una cita del tratado Armonías económicas (el título ya dice mucho) de Federico Bastiat que llama a "capitalistas y obreros" a echar a un lado toda "desconfianza y envidia" [53]. No es raro que, a partir de tal premisa (los intereses "comunes, idénticos" de esas clases), el autor no comprenda que el hecho fundamental que subyace toda la reglamentación laboral que estudia es precisamente, no la coincidencia, sino el conflicto de intereses entre los explotadores y potenciales explotadores de trabajo asalariado, por un lado, y la masa no-propietaria que se resistía a ser reducida a tal condición. Tratando de armonizar el conflicto de clase en el siglo XX, difícilmente podía reconocerlo en el siglo XIX. El epígrafe que colocamos al inicio de este ensayo hubiese sido un punto de partida más productivo en términos de entender el pasado (y el presente).


[Continuará. La segunda parte de este escrito extiende nuestro análisis hasta comienzos del siglo XX, con algunos comentarios sobre el momento actual.]


Notas

[1] Ernest Mandel, "El libro tercero" en "El capital". Cien años de controversias en torno a la obra de Karl Marx, Trad. Adriana Sandoval, Stella Mastrangelo, Martí Soler, (México, D.F.: Siglo XXI, 2005), 216-217.

[2] Sobre este tema ver Ellen Meiksins Wood, Democracy against Capitalism. Renewing Historical Materialism (Cambridge: Cambridge University Press, 1995).

[3] Por ejemplo, Arturo Morales Carrión definía el capitalismo como la búsqueda de ganancia. Así podía describir a Juan Ponce de León como el "primer entrepeneur capitalista de Puerto Rico". La producción azucarera basada en el trabajo esclavo era para él un experimento "básicamente capitalista". Cierto, en términos de que el capital es mucho más antiguo que el capitalismo. Falso, si se supone que en el sigo XVI ya se puede hablar de capitalismo en Puerto Rico. Albores del capitalismo en Puerto Rico (Río Piedras: Editorial Universitaria, 1972), 31, 59.

[4] Lo que aquí señalamos se basa en los estudios de Robert Brenner sobre el surgimiento del capitalismo y en los escritos de Ellen Meiksins Wood sobre el mismo tema. Ver: T. H. Ashton, C.H.E. Philpin, eds. The Brenner Debate. Agrarian Class Structure and Economic Development in Pre-industrial Europe (Cambridge: Cambridge University Press, 1985); Ellen Meiksins Wood, The Origin of Capitalism (New York: Monthly Review Press, 1999); The Pristine Culture of Capitalism (London: Verso, 1991); The Empire of Capital (London: Verso, 2003); Liberty and Property: A Social History of Western Political Thought from Renaissance to Enlightenment (London: Verso, 2012). Ver también: Colin Mooers, The Making of Bourgeois Europe. Absolutism, Revolution and the Rise of Capitalism in England, France and Germany (London: Verso, 1991); Frédérick Gillaume Dufour, "Social-Property Regimes and the Uneven and Combined Development of Nationalist Practices," European Journal of International Relations, Dec. 2007, 14:4, 583-604; Mike Zmolek, "The Case for Agrarian Capitalism: A Response to Albritton," Journal of Peasant Studies, 27:4, 138-159.

[5] Lo que sigue, como puede verse en las notas, se apoya en la obra de investigadores como César J. Ayala, Laird W. Bergad, Aida R. Caro, James L. Dietz, Luis A. Figueroa, Labor Gómez Acevedo, Luis E. González Vales, Isabel Gutiérrez del Arroyo, Sidney W. Mintz, Arturo Morales Carrión, Francisco Moscoso, Francisco A. Scarano, entre otros. En el mundo hay muchas deudas a bonistas, bancos y organismos internacionales que deben anularse, pero estas deudas intelectuales o documentales siempre deben honrarse.

[6] Francisco A. Scarano, Sugar and Slavery in Puerto Rico. The Plantation Economy of Ponce, 1800-1850 (Madison: University of Wisconsin Press, 1984), 4-5, 113; Luis A. Figueroa, Sugar, Slavery and Freedom in Nineteenth-Century Puerto Rico (San Juan, Chapel Hill: University of Puerto Rico Press and University of North Carolina Press, 2005), 24; James L. Dietz, Economic History of Puerto Rico. Institutional Change and Capitalist Development (Princeton: Princeton University Press, 1986), 20, 31.

[7] Sidney W. Mintz, "The Origins of Reconstituted Peasantries" en Caribbean Transformations (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1974), 147; Arturo Morales Carrión, Puerto Rico and the Non-Hispanic Caribbean. A Study in the Decline of Spanish Exclusivism (Río Piedras: University of Puerto Rico Press, 1952), 42-45, 69.

[8] "Memoria de D. Alexandro O’Reylly sobre la isla de Puerto Rico" en Alejandro Tapia y Rivera, ed., Biblioteca Histórica de Puerto Rico (Puerto Rico: Imprenta de Márquez, 1854), 518.

[9] "Memoria de D. Alexandro O’Reylly, 518.

[10] "Memoria de D. Alexandro O’Reylly, 518.

[11] Morales Carrión, Puerto Rico and the Non-Hispanic Caribbean, 94; Laird W. Bergad, Coffee and the Growth of Agrarian Capitalism in Nineteenth-Century Puerto Rico (Princeton: Princeton University Press, 1983), 8.

[12] Mintz, "The Origins of Reconstituted Peasantries," 148.

[13] "Memoria de D. Alexandro O’Reylly", 520.

[14] Isabel Gutiérrez del Arroyo, "El reformismo ilustrado en Puerto Rico" en Obras completas, I (San Juan: Universidad de Puerto Rico-CIH, 1995). Lidio Cruz Monclova, Historia de Puerto Rico (Siglo XIX) (Río Piedras: Editorial UPR, 1979), I, 15.

[15] Scarano, Sugar and Slavery, 113; Morales Carrión, Puerto Rico and the Non-Hispanic Caribbean, 90; Gutiérrez del Arroyo, "El reformismo ilustrado en Puerto Rico," 72-73, 75.

[16] Francisco Moscoso, Ramón Power Giral, 1775-1813: tribuno del liberalismo anticolonial (San Juan: LEA, 2010).

[17] "Informe dado por el alcalde Don Pedro Yrisarri al Ayuntamiento de la Capital" (1809) en Aida R. Caro, Ramón Power y Giralt. Diputado puertorriqueño a las Cortes Generales y Extraordinarias de España, 1810-1812 (San Juan, 1969), 49.

[18] "Informe dado por el alcalde Don Pedro Yrisarri al Ayuntamiento de la Capital" (1809), 50.

[19] "Instrucciones al Diputado Don Ramón Power y Giralt. Ciudad Capital" en Caro, Ramón Power, 78.

[20] "Ynstrucciones de la Villa de Coamo" en Caro, Ramón Power y Giralt, 90. El cabildo de Coamo repetía la apreciación de Yrisarri: "La falta de brazos ¿qué acarrea a la agricultura sino su ruina".

[21] Figueroa, Sugar, Slavery and Freedom, 33; Bergad, Coffee and the Growth of Agrarian Capitalism, 5. Scarano, Sugar and Slavery, 33; Eric Wolf, "San José a traditional coffee municipality" en Julian H. Steward, et. al., The People of Puerto Rico. A Study in Social Anthropology (Urbana: University of Illinois Press, 1956), 190. Así resume la situación Mintz: "In substance, the availability of land meant that a free laborer was able to produce his own subsistence without entering into significant relationships of dependence on landowners or the state... And so much undeveloped land was available for squatter use that plantation owners and landowners generally could not appropriate, in the form of rent, a profitable proportion of the surplus of free farmers. Such was the situation in Puerto Rico at the end of the first decade of the nineteenth century". Sidney W. Mintz, "Slavery and Forced Labor in Puerto Rico" en Caribbean Transformations, 90.

[22] Figueroa, Sugar, Slavery and Freedom, 171.

[23] Carlos Marx, El capital. Crítica de la economía política. Trad. Wenceslao Roces (México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1975), Vol. I, 653.

[24] Como señalaba Marx: en las colonias en la que había acceso a la tierra se descubría que "no basta que una persona posea dinero, medios de vida, máquinas y otros medios de producción, para que se le pueda considerar como capitalista, si le falta el complemento: el obrero asalariado, el otro hombre obligado a venderse voluntariamente … y [se] descubre que el capital no es una cosa, sino una relación social a la que sirven de vehículo las cosas". Marx, El capital, Vol. I, 651.

[25] "While land remained plentiful in relation to the population, a commercial agricultural economy could be based only on forced labor". The Staff, "The Cultural Background of Contemporary Puerto Rico" en Julian H. Steward, et. al., The People of Puerto Rico, 41.

[26] "For the Caribbean colonies the solution for this dispersion… was slavery". Eric Williams, Capitalism and Slavery (New York: Capricorn Books-G.P. Putnam and Sons, 1966 [1944]), 5.

[27] "Informe dado por el alcalde Don Pedro Yrisarri al Ayuntamiento de la Capital" (1809), 50-53.

[28] "Ynstrucciones de la Villa de Coamo," 96.

[29] "Informe dado por el alcalde Don Pedro Yrisarri al Ayuntamiento de la Capital" (1809), 64.

[30] "Informe dado por el alcalde Don Pedro Yrisarri al Ayuntamiento de la Capital" (1809), 64.

[31] "Instrucciones al Diputado Don Ramon Power y Giralt. Ciudad Capital", 78.

[32] "Instrucciones al Diputado Don Ramón Power y Giralt. Ciudad Capital," 78-79.

[33] "Economía política. División del trabajo" (24 marzo 1814); "Policía. Seguridad Pública" (23 mayo 1814) en Luis E. González Vales, ed., Diario económico de Puerto Rico, 1814-1815, (San Juan: Asociación de Bancos de Puerto Rico, 1972), 1-5, 268; Ver Luis E. González Vales, Alejandro Ramírez. La vida de un intendente liberal (San Juan: Editorial Coquí, 1972).

[34] Como señala Eric Williams en un estudio clásico sobre el tema: "The economic superiority of free hired labor over slave is obvious even to the slave owner. Slave labor is given reluctantly, it is unskillful, it lacks versatility. Other things being equal free men would be preferred. But in the early stages of colonial development, other things are not equal. When slavery is adopted, it is not adopted as the choice over free labor; there is no choice at all". Williams, Capitalism and Slavery, 6.

[35] Scarano, Sugar and Slavery.

[36] Scarano, Sugar and Slavery, 6, 162; Figueroa, Sugar, Slavery and Freedom, 50; Bergad, Coffee and the Growth of Agrarian Capitalism, 10, 12, 25, 42, 55.

[37] Bergad, Coffee and the Growth of Agrarian Capitalism, 10, 29, 30, 55.

[38] Scarano, Sugar and Slavery, 6.

[39] Scarano, Sugar and Slavery, xxii, 121. Traducción nuestra.

[40] Guillermo A. Baralt, Esclavos rebeldes. Conspiraciones y sublevaciones de esclavos en Puerto Rico, 1795-1873 (Rio Piedras: Huracán, 1981).

[41] Labor Gómez Acevedo, Organización y reglamentación del trabajo en el Puerto Rico del Siglo XIX (Propietarios y jornaleros) (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1970), 436.

[42] Gómez Acevedo, Organización y reglamentación del trabajo, 20.

[43] Luis González Vales, "Towards a Plantation Society" en Arturo Morales Carrión, Puerto Rico. A Political and Cultural History (New York: W.W. Norton, 1983), 105; Dietz, Economic History of Puerto Rico, 45-46; Bergad, Coffee and the Growth of Agrarian Capitalism, 116; Gómez Acevedo, Organización y reglamentación del trabajo, 98.

[44] Por ejemplo: Gómez Acevedo, Organización y reglamentación del trabajo, 61, 62.

[45] Carlos Marx, El capital, Vol. I, 655, nota 16.

[46] Citado en Morales Carrión, Auge y decadencia de la trata negrera en Puerto Rico (1820-1860), (San Juan: Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, 2004), 134-135.

[47] Marx, "Futuros resultados de la dominación británica en la India" (1853) Marx (1853): Futuros resultados de la dominación británica en la India. (marxists.org) En ese sentido, como ha planteado Terry Eagleton, Marx tenía una concepción trágica de la historia, no porque acaba mal (aunque ciertamente puede acabar mal), sino porque el progreso ha tenido un costo humano de tal magnitud que ni siquiera el mejor futuro imaginable es capaz de repararlo o compensarlo. Terry Eagleton, Why Marx Was Right (New Haven /London: Yale University Press, 2011), 61. Discuto este tema en Walt Whitman and his Caribbean Interlocutors: José Martí, C.L.R. James and Pedro Mir (Leiden/Boston: Brill, 2021), 52-70. Para consideraciones interesantes sobre este tema a la luz de los textos de Marx sobre el impacto del imperialismo británico en India ver: Aijaz Ahmad, 1992, In Theory. Classes, Nations, Literatures, (London: Verso, 1992).

[48] Gómez Acevedo, Organización y reglamentación del trabajo, 4378.

[49] Gómez Acevedo, Organización y reglamentación del trabajo, 88.

[50] Gómez Acevedo, Organización y reglamentación del trabajo, 58.

[51] Gómez Acevedo, Organización y reglamentación del trabajo, 102.

[52] Gómez Acevedo, Organización y reglamentación del trabajo, 88.

[53] Así se inicia el epígrafe: "Cesad, pues, capitalistas y obreros, de miraros con desconfianza y envidia … Reconoced que vuestros intereses son comunes, idénticos…".


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Rafael Bernabe es senador, profesor de la Universidad de Puerto Rico, activista social y político, autor de libros y artículos sobre historia y literatura puertorriqueña.