Antes de aquel 26 de julio: a 50 años de la fundación de los Macheteros

“Los pueblos capaces de la victoria fueron los pueblos capaces de un mito multitudinario. (…)
La inteligencia burguesa se entretiene en una crítica racionalista del método, de la teoría, de la técnica de los revolucionarios. ¡Qué incomprensión! La fuerza de los revolucionarios no está en su ciencia; está en su fe, en su pasión, en su voluntad. Es una fuerza religiosa, mística, espiritual. Es la fuerza del Mito.” (1)

-JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI (1925)

El Partido Revolucionario de los Trabajadores Puertorriqueños-Ejército Popular Boricua (PRTP-EPB Macheteros) fue uno de los instrumentos de lucha más audaces y creativos que creó nuestro pueblo para combatir el sistema colonial y capitalista. Su fundación, el 26 de julio de 1976 –hace medio siglo–, es una efeméride que nos convoca a reflexionar sobre la persistencia y evolución de dicho sistema y cómo enfrentarlo hoy. Pero los Macheteros no cayeron del cielo, y tampoco sus ideas. Fueron resultado y herederos de otras organizaciones revolucionarias puertorriqueñas que les precedieron en las décadas de 1960 y 1970, tanto en Puerto Rico como en Estados Unidos, y que emplearon formas de lucha armada en función de sus diversas visiones estratégicas. Lo que sigue es una reflexión sobre los antecedentes y los orígenes de Macheteros, esa organización que se convirtió en mito.

No se abordará la lista de organizaciones que formó el cuadro de nuestro movimiento revolucionario de aquellos años, ni haré un recuento anecdótico de sus acciones armadas. Ese ejercicio tiene su valor y podrá hacerse en otro momento. Lo que me interesa aquí es identificar las circunstancias histórico-concretas que dieron lugar y forma a algunas de las organizaciones que precedieron e influyeron en la creación de Macheteros, así como explicar sus visiones estratégicas, es decir, cómo trazaron el camino hacia la revolución.

Bajar a tierra el mito

Entre todas las organizaciones revolucionarias puertorriqueñas que se formaron durante la segunda mitad del siglo XX, los Macheteros son, sin duda alguna, la más recordada. Algunos de sus símbolos, consignas, operativos militares y dirigentes se convirtieron en mitos que perduran hoy, aún entre generaciones que estuvimos lejos de vivir los años de mayor actividad del grupo, ocurridos entre 1976 y 1984. Como cualquier otro, el mito de los Macheteros tiene un carácter contradictorio. Por un lado, ese mito remite a ideas y despierta sentimientos de rebeldía, resistencia y revolución, elementos imprescindibles para movilizar voluntades hacia la acción política revolucionaria. Por otro lado, el mismo mito puede llevarnos al error de idealizar a aquellos hombres y mujeres, y a sus métodos: la clandestinidad y la lucha armada.

No traigo esto por un prurito de historiador ni por un afán iconoclasta, sino por una preocupación política y práctica. Cuando el mito reemplaza el análisis riguroso, puede inducir a errores y traer consecuencias graves, incluso trágicas. Quienes aspiramos a una transformación radical de la sociedad no podemos darnos el lujo de evadir el análisis de las realidades históricas y concretas que subyacen a los mitos de la tradición. La gesta del Partido Nacionalista de la primera mitad del siglo XX, por ejemplo, fue un mito poderoso para la militancia de los años sesenta y setenta, y eso no impidió su estudio crítico con el propósito de identificar lecciones útiles en el presente. Se trata, en el mejor de los casos, de un ejercicio constructivo que nace de la humildad y del reconocimiento de metas compartidas, pero pendientes.

Ante el mito de los Macheteros, hay que señalar dos cosas. En primer lugar, que como organización, los Macheteros no fueron sino un junte de seres humanos de carne y hueso, hijos e hijas de una realidad imperfecta; gente atravesada por todas las virtudes y defectos de la sociedad que les produjo. Lo extraordinario, en cualquier caso, es que unieron sus fuerzas para trabajar por la revolución con todos los medios que tuvieron a su alcance. Pero idealizar a aquellas personas sería aislarlas de su realidad y colocarlas por encima de ella y nos podría llevar a concluir, equivocadamente, que este pueblo sería incapaz de producir instrumentos de lucha similares o superiores, ahora o en el futuro.

En segundo lugar, que su opción por la clandestinidad y el recurso a la lucha armada fueron resultado de análisis, discusiones y decisiones políticas concertadas. Por un lado, estas decisiones se tomaron en un contexto determinado, como respuesta a situaciones específicas. Y lo que puede juzgarse como acertado en un momento dado, no lo es automáticamente en otro; incluso, varias decisiones tomadas entonces fueron objeto de debate, internamente o con otros grupos. Por otro lado, idealizar la lucha armada, en el caso de los Macheteros, alimenta una visión incompleta e injusta del grupo como uno militar y militarista, cosa muy útil todavía para sus detractores. No pretendo negar la existencia de tendencias militaristas dentro del grupo, que fueron señaladas y debatidas en su momento. Lo que quiero enfatizar es que la lucha armada fue solo una táctica, una forma de intervención más entre otras que tuvo la organización. La participación de los Macheteros en luchas comunitarias, sindicales, feministas y estudiantiles, entre otras, se pierde si solo nos enfocamos en los hechos espectaculares de propaganda armada, como el operativo Pitirre II contra la Base Muñiz. (2)

Parafraseando las palabras de Lenin, podemos resumir lo anterior diciendo que los Macheteros fueron personas de su momento histórico, portadoras de las mismas potencialidades y limitaciones de su pueblo. Partiendo del análisis concreto de una situación concreta, se organizaron para hacer la revolución sin caer en el error de sentarse a esperar por la llegada –mágica e imposible– de seres humanos puros y sin contradicciones. Lo anterior, sin embargo, no debe confundirse con idealizar o ignorar los vicios y lastres propios de esta sociedad: no reconocerlos como lo que son y no manejarlos apropiadamente dentro de una organización revolucionaria puede pagarse muy caro, como lo demuestran varias instancias en la historia de los Macheteros. Dicho esto, entremos en materia.

La nueva izquierda: antiimperialismo y socialismo

Entre 1956 y 1959 comenzó a tomar forma en Puerto Rico lo que se conoció como la nueva lucha de independencia, o nueva lucha. El fenómeno de un giro en la lucha política de las organizaciones de izquierda no fue exclusivo de Puerto Rico. En otras partes de América Latina y el Caribe se habló de nueva izquierda, o izquierda revolucionaria. La Revolución cubana de 1959 fue uno de sus pilares. El triunfo guerrillero sobre una dictadura títere apoyada por Estados Unidos, y el vínculo entre antiimperialismo y socialismo que comenzó a destilar ese proceso, transformó las perspectivas de la izquierda en la región. Aunque esta nueva izquierda tuvo muchos rasgos comunes a nivel continental, el contexto y la tradición política de cada país le imprimió características particulares.

Pero ¿qué era lo nuevo? Ni la Revolución cubana ni la gran influencia que tuvieron sus ideas se dieron sobre un vacío. Hubo realidades materiales que hicieron posible aquella ligazón antiimperialista y socialista, en Cuba y en otras partes. Habría que empezar por recordar que, después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se alzó como principal potencia imperialista a nivel global. Pero el imperialismo estadounidense no era nada nuevo para América Latina, y sobre todo para nuestra región del Caribe.

Hace dos siglos, cuando las repúblicas emergentes de las guerras de independencia se reunieron en el Congreso Anfictiónico de Panamá (1826) para discutir la posibilidad de confederarse, Estados Unidos se opuso a los planes de enviar expediciones libertadoras a Cuba y Puerto Rico. El fracaso de aquel plan unitario hizo de nuestra región una presa fácil para el imperialismo europeo y luego estadounidense, siempre en alianza con sectores de las clases dominantes locales. Durante el resto del siglo, Estados Unidos continuó su expansión al oeste, tomando más de la mitad del territorio mexicano y despojando a los pueblos indígenas. Tan es así que, en 1869, Ramón Emeterio Betances pudo escribir, en tono de sátira, sobre la posibilidad de que Estados Unidos anexara a la luna, a costa de los lunáticos. (3) Él lo vio muy claro: el imperialismo estadounidense no conocería límites. Ya en la década de 1930 el Caribe era un traspatio colonial de Estados Unidos, y la misma Panamá, sede de aquel Congreso Anfictiónico, había sido arrancada de Colombia con su intervención.

En cualquier caso, lo nuevo del imperialismo estadounidense en América Latina y el Caribe después de la Segunda Guerra Mundial fue la exportación, ya no solo de mercancías para dominar sobre la producción local, sino también de capitales (incluyendo maquinaria) hacia el sector industrial: creándolo bajo su control allí donde apenas existía, o desnacionalizándolo allí donde había logrado algún desarrollo. Una consecuencia de este proceso fue la integración subordinada de las burguesías nacionales como intermediarias o apéndices del capital estadounidense.

Lo anterior es fundamental para entender el vínculo entre el antiimperialismo y el socialismo. Por mucho tiempo, los partidos comunistas, partiendo de una lectura “etapista” o lineal del marxismo promovida desde la oficialidad soviética, argumentaban que las sociedades latinoamericanas tenían características feudales o semifeudales y que, por lo tanto, la tarea de los comunistas era luchar por reformas democrático-burguesas en alianza con sectores progresistas de las burguesías industriales. Así, la lucha por el socialismo se dejaba para después, para otra etapa. (4)

La nueva izquierda retó esa visión. En primer lugar, si las burguesías se subordinaron de tal forma al capital estadounidense que sus privilegios o incluso su existencia dependían de esa relación, significaba que eran incapaces de liderar un proyecto nacional y popular. Eran aliadas naturales del imperialismo. En segundo lugar, las desigualdades de la región dejaron de interpretarse como resultado de la falta de capitalismo, sino como consecuencia directa de este: desarrollo y subdesarrollo son dos caras de una misma moneda, dos polos de una misma unidad. El subdesarrollo de América Latina, como el de África y Asia, posibilitó históricamente el surgimiento del capitalismo avanzado en las viejas y nuevas metrópolis. Estas relaciones se han transformado, pero persisten bajo formas diversas de colonialismo y dependencia. En conclusión: lucha antimperialista y lucha anticapitalista eran una sola, un solo proceso sin etapas. (5)

Sin embargo, las teorías previas conviven todavía con el desarrollo de las nuevas. No se trató de un debate resuelto y superado, ni en Puerto Rico ni en el resto de la región.

La nueva lucha de independencia: entre reforma y revolución

¿Cómo se vio esa nueva izquierda en Puerto Rico? A pesar de nuestra condición colonial y de nuestras particularidades, los debates y perspectivas de la nueva lucha fueron muy similares. Pocos años antes, en octubre de 1950 se había desatado la insurrección nacionalista en varios puntos del país. A pesar de la derrota y de la represión brutal del resto de la década, muchas y muchos militantes aguerridos de los partidos Nacionalista, Comunista e Independentista siguieron trabajando, bajo condiciones sumamente adversas, y pasaron a fundar y dirigir las organizaciones de la nueva lucha en los años 1950, 1960 y 1970, aquí como en Estados Unidos.Parte de lo nuevo en grupos como la Federación de Universitarios Pro-Independencia (FUPI), fundada en 1956, y el Movimiento Pro-Independencia (MPI), fundado en 1959, fue la voluntad de unir la lucha independentista con las luchas sociales y de clases cotidianas, recomponiendo así el vínculo entre cuestión social y cuestión nacional. La influencia del marxismo estuvo ahí desde un principio en esos espacios, pero a comienzos de los sesenta muy pocas organizaciones hablaban abiertamente de socialismo, revolución o lucha armada. (6) Para entender lo nuevo de la nueva lucha, es necesario detenernos en las transformaciones que atravesaba el país.

Entre las décadas de 1940 y 1950, el gobierno de Estados Unidos y el Partido Popular Democrático (PPD) promovieron reformas económicas, políticas y sociales dirigidas a preservar la relación colonial y a asegurar la presencia militar estadounidense en la región en el contexto de la Segunda Guerra Mundial y del auge de los movimientos anticoloniales triunfantes en el mundo. El eje de acumulación de capital se desplazó de la agricultura cañera hacia el sector industrial. Debido al abandono y eventual colapso de la industria agrícola, los campos se vaciaron hacia las urbes, se multiplicaron los arrabales, y cientos de miles emigraron a Estados Unidos. A la vez, las fuerzas armadas estadounidenses aumentaron su presencia y ya ocupaban más de 50 mil cuerdas del archipiélago, las que usaban para sus ejercicios y como base para sus agresiones imperialistas en la región. La tierra y las personas, y particularmente las mujeres, fueron objeto de experimentos por parte de agencias militares y civiles de Estados Unidos, y nuestra juventud fue movilizada en varias ocasiones para el servicio militar obligatorio (SMO) en las filas del ejército imperialista.

Al mismo tiempo, se amplió el acceso a servicios básicos y educativos. La expectativa de vida aumentó por más de 20 años. (7) Solo en el Recinto de Río Piedras de la UPR, el estudiantado aumentó de 9 a casi 27 mil entre 1950 y 1970, y en este mismo periodo se crearon cinco recintos universitarios adicionales. (8) La fórmula del Estado Libre Asociado (ELA) (el programa de industrialización; el fin del poderío azucarero; la movilidad social; la expansión del consumo y el aumento general en los niveles de vida) alimentaron la idea de un progreso duradero y sostenible, creando así una base social para la preservación del sistema. Puerto Rico fue proyectado por la prensa y propaganda imperialista como un modelo exitoso de desarrollo anticomunista para los países del Tercer Mundo; la “vitrina de la democracia”, le decían. Era un espejismo, como sabemos, y sus consecuencias las sufrimos hoy. Pero fue real y tangible en aquel minuto histórico, y, junto con la válvula de escape de la emigración, contribuyó a evitar una ruptura revolucionaria.

Esa fue, a grandes rasgos, la realidad con la que tuvo que bregar la nueva lucha. Y esa “realidad rebelde”, (9) independiente a los deseos y las preferencias, predispuso varios factores para las organizaciones de la nueva lucha. Mencionaré algunas: 1) que el escenario principal de lucha lo serían las ciudades y espacios urbanos; 2) que la organización a nivel comunitario y entre los movimientos estudiantiles y obreros sería fundamental; 3) que las luchas ambientales, antimilitaristas y culturales tendrían cierto protagonismo, y 4) que había que buscar la forma de articular estos movimientos y luchas, aparentemente dispersas, con un proyecto de transformación general de la sociedad. Finalmente, y no menos importante, que había que organizar a la comunidad puertorriqueña en la metrópoli, lo que a su vez presentaba posibilidades tácticas y estratégicas importantísimas para la lucha.

Igualmente importante era elaborar una teoría que orientara el trabajo. A pesar de la propaganda triunfalista del ELA, el MPI advirtió temprano en los sesenta las contradicciones del modelo y anticipó que se iban a agravar. A partir de ese análisis, elaboró lo que luego se conoció como la “teoría de la crisis”, que fue la visión estratégica que guio al movimiento. Esa teoría planteaba que la crisis sería el resultado de las propias contradicciones del sistema –como en efecto se demostró–, pero podía ser acelerada y profundizada por la acción política consciente. En última instancia, se pensaba que esa crisis forzaría a Estados Unidos al reconocimiento de nuestra independencia, y que esa independencia sería más o menos completa en función de la gravedad de la crisis, del nivel de conciencia alcanzado por el pueblo en la lucha y de la efectividad del movimiento. (10) En otras palabras: de la magnitud de la crisis iba a depender si Estados Unidos podía limitarse a otorgarnos una independencia formal, manteniendo intactos sus intereses y ejerciendo un control indirecto, como hacía y hace en otros países de la región; o si, por el contrario, esa independencia política iría acompañada de independencia económica, abriendo así un margen de maniobra para transformaciones estructurales más profundas.

¿Cómo se podía acelerar la crisis, según el MPI? Haciendo que los costos políticos y económicos superaran los beneficios que Estados Unidos y sus capitales derivaban de su presencia aquí, hasta que no les quedara más remedio que largarse. En ese sentido, la participación del MPI en diversas luchas populares buscaban negarle al imperialismo su capacidad de explotar nuestras tierras y recursos naturales, nuestra mano de obra y capacidad de consumo; también buscaba negarle bases militares para la agresión contra otros países y la contaminación y destrucción del nuestro propio, y negarle nuestra juventud para sus guerras. La lucha patriótica y cultural, por la libertad y reivindicación de nuestros presos y presas nacionalistas, fomentaban la conciencia histórica entre la militancia y un imaginario anticolonial que dieran sentido y coherencia al conjunto de luchas que se estaban desarrollando. En resumen, el MPI también construyó una mística y un mito, y no es casualidad que sus comités se llamaran “misiones”. Todo lo anterior aportaba, en términos globales, a la “crisis del coloniaje”.

Se arma la nueva lucha

¿Cómo entraba la lucha armada en ese cuadro? Esta se dirigió contra la columna vertebral del modelo colonial: el proyecto de industrialización o la “operación Manos a la obra”, que no era otra cosa que la política de atraer inversiones estadounidenses con mano de obra barata, exención contributiva y subsidios al capital. Desde 1961, militantes del MPI iniciaron la práctica clandestina de quemar comercios estadounidenses, como Walgreens, Sears, JC Penney, y otras tiendas por departamento y supermercados que había entonces. Se preparaban pequeñas bombas incendiarias diseñadas para encender en la madrugada y se colocaban entre material inflamable, camufladas entre las mercancías. El método era relativamente sencillo, pero esas bombitas rudimentarias le costaron millones largos al capital estadounidense en los sesenta.

Esas acciones buscaban varias cosas. Primero, eran una intervención directa y contundente en una discusión pública que se daba entonces sobre la presencia de monopolios estadounidenses en el comercio, que desplazaban al pequeño y mediano capital puertorriqueño. Segundo, buscaban que los inversionistas estadounidenses lo pensaran dos y tres veces antes de establecerse o expandir sus operaciones aquí. Tercero, buscaban que las compañías de seguros aumentaran sus primas a los comercios estadounidenses en Puerto Rico, o se las negaran de plano.

Recordemos que estas acciones eran completamente anónimas y que el MPI era una organización pública. Para ese entonces, el MPI tenía presencia organizativa en todo el archipiélago y entre las comunidades puertorriqueñas en Estados Unidos. Hacían piquetes, marchas, desobediencia civil, actividades culturales, campañas públicas y un trabajo internacional bastante activo. Claridad empezó como un periódico oficial del MPI. Eran la organización independentista más grande y reconocida después del PIP. De modo que la lucha armada clandestina era solo un método más en su repertorio, incluso podemos decir que era marginal. Pero el MPI comenzaba a prepararse en esa área. Lo sabemos por razones trágicas, incluso: en agosto de 1962 murieron dos militantes en Mayagüez a causa de la explosión por error de un artefacto que preparaban. Eran Gilberto Pagán de 58 años y Efraín Rodríguez Seda alias “Cocolía”, de 23: los primeros mártires de la nueva lucha, y no serían los últimos.

Para finales de los sesenta, las acciones armadas se hicieron más frecuentes y sofisticadas. El MPI crecía como organización y su Comisión Política decidió formalizar y profesionalizar el brazo armado. Militantes fueron a entrenarse militarmente en el exterior; hubo puertorriqueños veteranos de las fuerzas armadas estadounidenses que se sumaron a ese esfuerzo también. A partir de febrero de 1968, las acciones dejaron de ser anónimas y comenzaron a reivindicarse bajo el nombre y comunicados de los Comandos Armados de Liberación (CAL) quienes, por razones obvias, negaban cualquier vínculo con otras organizaciones. Además de seguir golpeando al capital comercial, los CAL actuaron contra hoteles, bases y personal militar estadounidense. De esta forma, se buscaba crear el mito de una guerrilla urbana audaz e invisible para las agencias represivas. Buscaban también cumplir, a nivel subjetivo, la función de escudo protector para la militancia pública y desarmada, que sí tenía que vérselas cotidianamente con el aparato represivo.

Sin embargo, la teoría de la crisis no dejaba de ser, en cierto modo, reformista. Se apostaba a que el gobierno de la metrópoli tuviera que reconocer nuestra independencia, en condiciones más o menos favorables para ella, pero por decisión suya en última instancia. Además, el MPI era independentista y de izquierda, pero no quedaba claro quién gobernaría ni cuáles serían las relaciones de producción en la nueva república. Esto fue cambiando en la segunda mitad de los sesenta. El MPI se radicalizó y se acercó al socialismo, no sin contradicciones y rupturas importantes en el camino, como veremos. Una vez más, esto no ocurrió en un vacío.

El modelo industrial colonial hacía crisis. En Puerto Rico se combinaban los salarios más bajos a nivel estadounidense con altos precios de bienes de consumo debido a la dependencia de importaciones desde Estados Unidos y al monopolio que ejercía –y aún ejerce– su marina mercante. El número de huelgas y la tasa de sindicalización aumentaban cada año, y el movimiento obrero vivió un periodo de crecimiento y renovación al que se le llamó “nuevo sindicalismo”, en relación directa al periodo de la nueva lucha por la independencia y en retroalimentación con esta. (11) Por estas razones, las luchas sindicales fueron uno de los espacios más candentes y politizados de las luchas de clases en esos años, pero no fue el único. Se multiplicaban las tomas de terreno, las luchas ambientales y antimilitaristas y creció el movimiento feminista y el estudiantil, incluso en las escuelas primarias. En resumen: el país vivía un proceso de radicalización.

Las organizaciones de la nueva lucha y su militancia –quienes no cayeron del cielo, debe recordarse– estuvieron inmersas en ese proceso, ayudaron a impulsarlo y, al mismo tiempo, fueron impulsadas y radicalizadas por él. Fue así como se produjo la transformación del MPI en Partido Socialista Puertorriqueño (PSP) en noviembre de 1971. Cada vez más, las acciones de los CAL se hacían en apoyo a luchas obreras en las que el PSP participó o apoyó. El PSP creció junto con el proceso de radicalización y se distanció de la visión estratégica anterior, es decir, de la teoría de la crisis. La República Democrática de los Trabajadores, como la nombraron, tenía que ser proclamada aquí y defendida por nuestro pueblo en armas contra los enemigos internos y externos que intentaran sofocarla. Esto era distinto a presionar a Estados Unidos para el reconocimiento de nuestra independencia. Claramente, semejante cambio político requería una concepción militar distinta.

Esa nueva concepción se forjó al calor de las luchas de clases que se venían dando, y que llevaron al gobierno colonial a movilizar a la Guardia Nacional en 1973 y 1974, algo que no ocurría desde la insurrección de 1950. Combatientes del PSP y de otras organizaciones respondieron a esa escalada, tiroteando y bombardeando cuarteles, vehículos militares y desarmando a soldados. Luego de eventos como esos, el PSP juzgó que en Puerto Rico podían producirse estallidos y otras situaciones similares en donde, si las organizaciones revolucionarias estaban a la altura y tenían la organización necesaria, la lucha podía avanzar hacia niveles superiores. (12) En ese sentido, comenzó la reorganización del brazo armado del partido –que tuvo por nombre CAL entre el 1968 y 1972– con miras a sentar las bases de un Ejército Popular clandestino.

¿Qué significaba esto? Desde los sesenta, el brazo armado del MPI-PSP funcionaba como un grupo o comisión de trabajo secreta dentro de la organización, y sus integrantes se elegían entre la militancia pública sobre la base de relaciones interpersonales y de confianza. En cambio, lo que se buscaría ahora sería crear una estructura militar clandestina dividida en columnas, distribuidas geográficamente en todo Puerto Rico y también en Estados Unidos, en donde existiera una correspondencia de jerarquías entre partido y ejército. Un grupo de la Secretaría General y de la Comisión Política cumpliría la función de Comando Central; el liderato regional del partido compondría los mandos regionales de las columnas del ejército; y esas columnas de combatientes estarían formadas por militantes de base. La idea era que esa estructura básica, o esqueleto de un Ejército Popular, tuviera la capacidad, en momentos críticos, de incorporar a sectores del pueblo a la acción revolucionaria, de repartir armas e impartir dirección político-militar. A la altura de 1975 el PSP trabajaba en esa dirección al mismo tiempo que tomaba la decisión de participar de las elecciones de 1976. Tal fue la amplitud táctica que trataron de manejar.

Sin embargo, el PSP no ejerció un monopolio sobre la lucha armada. Otros proyectos revolucionarios corrían paralelos, sin encontrarse. Ya para ese entonces, una porción grande de nuestro pueblo vivía en Estados Unidos. Para 1970 había más de un millón de puertorriqueños en Nueva York y 80 mil en Chicago, y, al menos en el caso de Nueva York, la mitad había nacido allá. (13) Varias organizaciones independentistas formadas allí entre los años cincuenta y sesenta fueron fundamentales para los inicios de la lucha armada en el archipiélago, enviando armas, combatientes y otros recursos. Hacia finales de los sesenta, tomaron la decisión de iniciar la lucha armada por la independencia en las mismas calles de la metrópoli. Es así como, años después, en octubre de 1974 se presentaron públicamente las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) con varios bombazos en la zona financiera de Nueva York. Las FALN llegaron a tener células y comandos regionales en varias ciudades de la metrópoli.

¿Cómo surgen las FALN y cuál fue su visión estratégica? Para empezar, las FALN fueron creadas por hijos e hijas del éxodo que todavía padecemos. Fueron personas fogueadas en luchas comunitarias, por la vivienda y la educación, por servicios básicos y el reconocimiento en una sociedad que les despreciaba. Muchas y muchos no hablaban español y lo aprendieron siendo mayores, a veces en la cárcel, o leyendo diccionarios entre sesiones de tortura, como fue el caso del combatiente William Morales durante su encarcelamiento. (14) De modo que las FALN y otras organizaciones puertorriqueñas en la metrópoli tuvieron que asumir una función doble: trabajar por la revolución en Estados Unidos y en Puerto Rico. En dónde colocar el énfasis en cada momento fue motivo de debates al interior de cada grupo, incluidos el MPI-PSP, que tuvieron una presencia importante allí.

Las FALN buscaron armonizar las dos tareas, es decir, trabajar por la revolución en ambos lados del charco. Y es que una de las peculiaridades que nos impone el colonialismo y la existencia de una parte significativa de nuestro pueblo en la metrópoli es la posibilidad de enriquecernos y aliarnos con otros sectores oprimidos de ese país. En ese sentido, las FALN ampliaron nuestra tradición internacionalista y establecieron alianzas políticas y operativas con organizaciones revolucionarias chicanas, mexicanas, negras, indígenas y de la llamada la izquierda blanca, con quienes compartieron el objetivo estratégico de la destrucción del Estado federal. Esto se pensó como una necesidad para la reunificación socialista de México; la creación de la República de Nueva África; la recuperación de tierras indígenas, y la independencia de Puerto Rico. Las FALN identificaron esta como su aportación particular al proyecto para la revolución latinoamericana y mundial esbozado por Ernesto “Che” Guevara en 1967: multiplicar los frentes de guerra contra el imperialismo estadounidense para debilitarlo y vencerlo, sintetizado en su frase de “crear dos, tres, muchos Vietnam”. (15) Las FALN apostaron a desatar esa guerra al interior del monstruo. En el camino, se convirtieron en un paradigma para otras organizaciones revolucionarias allí.

Sin embargo, las FALN tenían claro que la revolución puertorriqueña se hacía desde Puerto Rico o no se hacía. Ellas mismas se asumían como segundo frente y retaguardia de una lucha que tenía que darse principalmente en el archipiélago. Ya en 1975, las FALN tenían una propuesta estratégica que continuaron afinando en los próximos años: la unificación de todas las fuerzas revolucionarias puertorriqueñas hacia la lucha armada, sobre el programa mínimo de la independencia nacional y la liberación de las presas y presos nacionalistas. Las FALN lo imaginaron como un Ejército Revolucionario del Pueblo con una estructura de dos frentes: uno en Puerto Rico y el otro en la metrópoli, ambos con autonomía operativa pero unificados por un comando central único. Ahora bien, a diferencia del PSP, las FALN eran completamente clandestinas. Por esta razón, dependieron de organizaciones públicas que apoyaran y contribuyeran a su propuesta estratégica, como la Liga Socialista Puertorriqueña en el archipiélago y el Movimiento de Liberación Nacional (MLN) en Estados Unidos, que fue una organización binacional, chicana-mexicana y puertorriqueña, que apoyó a las FALN.

¿Y cuáles eran esas fuerzas revolucionarias con que las FALN buscaban aliarse en Puerto Rico, a la altura de 1975? Seguramente no estaban pensando en el PSP, pues opinaron que estos no estaban tomando en serio la preparación de la lucha armada y, además, estaban en el proceso de inscribirse como partido electoral, una táctica rechazada categóricamente por las FALN, la Liga Socialista y otros sectores. Las FALN probablemente pensaban en varios grupos clandestinos que no se habían presentado públicamente aún, pero de los que tenían constancia; entre ellos, los remanentes del Movimiento Independentista Revolucionario en Armas (MIRA).

El MIRA fue un grupo armado y clandestino formado principalmente por militantes que salieron del MPI en medio de una crisis en el año 1967. A grandes rasgos, la crisis tuvo que ver con que sectores de la base del MPI, sobre todo la juventud, reclamaban la definición socialista del movimiento; el apoyo a la lucha armada; un trabajo popular más consecuente, y mayor participación en la toma de decisiones frente a un liderato que se percibía como reformista y desconectado de la base. En esta crisis también salió el núcleo inicial de lo que diez años más tarde se presentó al país como las Fuerzas Armadas de Resistencia Popular (FARP), que hicieron acciones conjuntas con los Macheteros. Las acciones del MIRA fueron similares a las de los CAL, pero con una lista de objetivos más amplia que incluyó cuarteles de la Policía, oficinas gubernamentales y hechos espectaculares como la toma por asalto de una radioemisora para dar a conocer la organización y sus objetivos.

En realidad, el MIRA tuvo una existencia breve, atravesada por debates internos antes de que la infiltración y la represión les obligara a dispersarse y a sumergirse en el anonimato en 1971. Pero ahí se foguearon varios militantes y dirigentes que más adelante pasaron a fundar los Macheteros, trayendo consigo esa experiencia. Fueron la primera organización armada y clandestina puertorriqueña en realizar acciones en Estados Unidos, particularmente en Nueva York. Algunos de sus dirigentes, como Filiberto Ojeda Ríos y Narciso Rabell Martínez, se habían entrenado militarmente en Cuba, en donde fueron representantes del MPI, antes de renunciar como parte de la crisis de 1967.

Lo que ocurre a partir de 1971 con los remanentes del MIRA es, por ahora, uno de los misterios de la historia del movimiento revolucionario de aquellos años. Tentativamente, tal vez podría resumirse diciendo que aquellos remanentes entraron en vínculo con otros sectores que venían preparándose, acumulando fuerzas y recursos y debatiéndose entre formas organizativas desde finales de los sesenta. Hacia estos espacios anónimos fluyeron varios grupos de combatientes que salieron del MPI en el periodo de su transformación en PSP y en varias ocasiones adicionales los años posteriores. A finales de los setenta, de estos espacios brotaron grupos como las FARP, la Organización de Voluntarios por la Revolución Puertorriqueña –vinculada a la Liga Socialista–, los Comandos Revolucionarios del Pueblo y el PRTP-EPB Macheteros. (16)

A mediados de los setenta, la crisis del sistema colonial que se había advertido era evidente. El modelo industrial colapsó con la industria petroquímica, en donde el gobierno colonial puso las expectativas de un desarrollo integral y sostenido. El aumento de los precios del crudo a partir de 1973 y la cambiante política energética de la metrópoli, destrozaron el balance frágil que hizo posible ese espejismo. En esta ocasión, el gobierno estadounidense no tomó medidas excepcionales para salvarla, como antes las tomó para crearla. Se multiplicaron el desempleo y las cesantías, los cierres y quiebras de fábricas. (17)

Pero el aumento del precio del petróleo tuvo otras consecuencias que agravaron la crisis de la colonia. Nuestra doble dependencia en importaciones de Estados Unidos y en la generación de energía a base de petróleo –en sí una herencia de la industria petroquímica– se combinó en el aumento del costo de vida. Y esto ocurría a la par de salarios artificialmente bajos y de un desempleo oficial que rozó el 20%, (18) pero que seguramente fue mayor. Las luchas de clases se agudizaron, las organizaciones revolucionarias crecieron y se tornaron más audaces. La represión se recrudeció.

Recapitulemos brevemente. A la altura de 1975 y 1976, el PSP estaba enfrascado en una reorganización de su estructura militar con el objetivo de sentar las bases de un Ejército Popular, a la vez que se preparaba para la participación electoral; las FALN realizaban una campaña de acciones armadas en las ciudades de la metrópoli, vinculándose con otras organizaciones en Estados Unidos y México, a la vez que llamaban a la unificación orgánica del movimiento revolucionario puertorriqueño; distintos proyectos armados en Puerto Rico, anónimos todavía, avanzaban hacia su definición y estaban en vísperas de presentarse al país y de entrar en acción como tales. Sin embargo, ya estaban en marcha una serie de cambios estructurales y medidas anticrisis que comenzaron a erosionar el proceso de radicalización que venía tomando vuelo desde mediados de los sesenta, y que hizo germinar aquellos proyectos y expectativas revolucionarias.

Baja la marea

Frente el colapso del modelo industrial y la intensificación de las luchas de clases, los gobiernos colonial y estadounidense desplegaron una política combinada de asistencialismo, impuestos regresivos, emisión de deuda y represión focalizada. En 1974 se extendió a Puerto Rico el programa de cupones de alimentos, que en pocos años impactó a más de la mitad de la población. Las transferencias de dinero federal al gobierno colonial e individuos aumentaron de 72 millones a casi 3 mil millones de dólares entre 1950 y 1980. En el mismo periodo, la deuda pública aumentó de 119 millones a casi 7 mil millones de dólares. (19) La emigración a Estados Unidos, que se había desacelerado en los setenta, volvió a repuntar en los ochenta a un ritmo similar al del éxodo de mediados de siglo. El crédito se expandió y aumentó el endeudamiento privado. El eje de acumulación se volvía a desplazar: esta vez hacia las esferas de los servicios, la circulación y la financiarización. La criminalidad y economías ilegales, incluido el narcotráfico, crecían a niveles alarmantes.

A modo de ejemplo, veamos cómo todo esto impactó sobre el movimiento sindical. En el año fiscal del 1971-1972 hubo 107 huelgas que involucraron a más de 23 mil trabajadores; en cambio, en el año fiscal del 1982-1983 hubo nueve, y apenas involucraron a mil trabajadores. (20) El nivel de sindicalización, que había aumentado hasta alcanzar el 25% en 1973, bajó al 11% en 1980 y luego al 6% en 1987. (21) Pero era peor: esta pérdida de fuerza del movimiento sindical, que respondía principalmente a la crisis y a cambios estructurales, llegó acompañada de golpes contundentes como la virtual ilegalización de uniones radicales y la derrota de la larga y violenta huelga en la Puerto Rican Cement, propiedad de los Ferré. (22) En esa huelga, los restos de nuestra burguesía colonial, el gobierno y todo su aparato represivo hicieron causa común, y no escatimaron en usar todos los medios a su alcance, legales e ilegales, para derrotarla.

Todo lo mencionado tuvo efectos disolventes sobre las tensiones y experiencias de lucha acumuladas del periodo anterior, también contribuyó a debilitar las luchas de clases y a aplacarlas, y tendió a promover la búsqueda de soluciones individuales en detrimento de las colectivas. De modo que el descenso de la radicalización no fue un evento, sino también un proceso, y, como tal, no ocurrió de la noche a la mañana, sino que se extendió por algunos años, tal como, a la inversa, había ocurrido su ascenso. Este descenso fue el trasfondo de los debates y crisis internas en varias organizaciones y que llevaron a una reconfiguración del movimiento revolucionario entre finales de los setenta y principios de los ochenta.

Uno de los catalíticos para que se produjera esa reconfiguración fue la crisis del PSP. Esta se expresó a través de un debate interno mal manejado, ocurrido después de las elecciones de 1976, en donde el partido obtuvo resultados muy por debajo de lo esperado. Fue un proceso complicado al cabo del cual el PSP salió reducido, maltrecho y perdió mucha de su influencia. (23) No es esta la ocasión para explicarlo en detalle, pero deben señalarse dos aspectos que influyeron decisivamente en la reconfiguración del movimiento revolucionario, ayudándolo a definirse.

En primer lugar, las elecciones de 1976 las ganaron Carlos Romero Barceló y el Partido Nuevo Progresista (PNP), quienes prometieron traer la “estadidad” ese cuatrienio; también expresó su apoyo a la anexión el presidente saliente Gerald Ford. La débil formación marxista generalizada al interior del partido, la llamada amenaza o “conspiración” anexionista, junto al descenso del proceso de radicalización, llevaron al PSP a establecer vínculos con el PPD y con figuras de ese partido con el fin de detener aquella amenaza y, en el camino, evolucionaron hacia posiciones cada vez más reformistas. En segundo lugar, relacionado con lo anterior, el PSP redujo y finalmente abandonó el trabajo militar.

Esto creó una situación contradictoria para el movimiento revolucionario. Por un lado, organizaciones como los Macheteros se beneficiaron enormemente y se fortalecieron con el ingreso de militantes y combatientes salidos del PSP, trayendo consigo la experiencia acumulada de esa organización, su formación político-militar, redes de contactos, y no pocos recursos militares. Por otro lado, el giro reformista del PSP, junto con el debilitamiento del movimiento sindical, significó que los inmensos recursos de la represión, abarcadora y brutal, que por años se volcó sobre el MPI-PSP, ahora podía redirigirse y concentrarse sobre otros sectores. Y como los gobiernos colonial y estadounidense y sus grupos paraestatales fueron incapaces –al menos en un principio– de golpear a las organizaciones clandestinas, se lanzaron contra los organismos y frentes que simpatizaban con ellas o que defendían a sus presas y presos. Un ejemplo claro de esto lo fue el uso del Gran Jurado por estos años para encarcelar e intimidar a militantes públicos como medio de debilitar y aislar a las organizaciones armadas y clandestinas. Esto, a su vez, tendió a fortalecer las posiciones de grupos como la Liga Socialista y el MLN de Estados Unidos, quienes planteaban la necesidad de clandestinizar al movimiento y priorizar la lucha armada. (24)

Hay que añadir al análisis que la reconfiguración del movimiento revolucionario puertorriqueño ocurría a la par de una reconfiguración continental. Para mediados de los setenta, los movimientos populares y fuerzas guerrilleras en Sudamérica habían sido contenidos o derrotados con la instauración de dictaduras sostenidas por las burguesías nacionales y por Estados Unidos. Hubo otros casos –incluyendo el nuestro– en donde el mismo objetivo se logró con una combinación de medidas anticrisis y represión focalizada –consenso y coerción–, sin la necesidad de interrumpir la legalidad burguesa. Sin embargo, para finales de los setenta, la revolución volvió a alzar cabeza, esta vez en Centroamérica y el Caribe, en países como Nicaragua, El Salvador y Granada. El movimiento revolucionario puertorriqueño, ya reconfigurado, coincidió con esos procesos y colaboró con ellos de múltiples formas: organizando campañas de solidaridad, denunciando la utilización del territorio puertorriqueño como base de agresiones imperialistas, e incluso enviando combatientes.

Algo más sobre el mito

Los mitos que dieron fuerza e impulso a los Macheteros no fueron exclusivamente puertorriqueños, sino internacionales. Al igual que las organizaciones revolucionarias que mencioné antes, y otras como el Movimiento Socialista Popular, los Macheteros se asumieron como parte de la revolución continental latinoamericana.

El 19 de julio de 1976, apenas una semana antes de la fundación de Macheteros, cayeron en combate contra la genocida dictadura argentina en Buenos Aires Mario Roberto Santucho y Benito Urteaga, máximos dirigentes del Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP), y parte de la Junta de Coordinación Revolucionaria en América del Sur, lo que contribuyó al declive de una de las fuerzas revolucionarias más importantes de nuestra América. El parecido entre sus siglas y las de los Macheteros no era casualidad, y hubo relaciones directas entre ambas organizaciones. Más aún, Santucho y el PRT-ERP se habían convertido en mitos de la revolución latinoamericana y sus publicaciones circularon entre nuestras organizaciones, quienes las reimprimieron y difundieron en Puerto Rico y Estados Unidos. Ese mito gravitaba poderosamente sobre aquel grupo de hombres y mujeres encapuchadas, reunidas en asamblea en alguna casa de playa, cuando tomó la decisión de organizarse para hacer la revolución en una colonia del imperio más poderoso de la época moderna.

En fin, los Macheteros heredaron una situación compleja y contradictoria, muy distinta a la que les formó; una “realidad rebelde” independiente de sus preferencias y deseos. Sin embargo, los Macheteros tenían, volviendo a Mariátegui, una fuerza tan o más poderosa que la experiencia acumulada: fe, pasión y voluntad, y la potencia descolonizadora del mito que construyeron cotidianamente y que nos legaron como pueblo.

Hace medio siglo de aquel 26 de julio y aún tenemos muchas cosas en común con aquel grupo de fundadoras y fundadores, quizá más de las que quisiéramos. El imperialismo estadounidense era entonces –y sigue siendo hoy– el “gran enemigo del género humano”, (25) como lo describió el Che Guevara, y nuestra independencia sigue siendo la mayor aportación que podemos ofrecerle a la humanidad como parte de la lucha global en contra de ese monstruo decadente y su barbarie. Mientras siga pendiente esa tarea compartida, y otras recogidas por los caminos de la lucha por un país mejor y libre de toda opresión, que el mito machetero nos acompañe y nos impulse. ¡TODO BORICUA, MACHETERO!

San Juan, Puerto Rico

26 de julio de 2026


Referencias

1. Este escrito fue preparado para una presentación oral. La mayoría de sus contenidos se basan en investigaciones históricas que he realizado por varios años, algunas de ellas publicadas. José Carlos Mariátegui, “El hombre y el mito” (1925). https://www.marxists.org/espanol/mariateg/oc/el_alma_matinal/paginas/el%20mito%20y%20el%20hombre.htm

2. En la madrugada del 12 de enero de 1981, los Macheteros ingresaron a la base Muñiz de la Guardia Nacional Aérea –un cuerpo de la Fuerza Aérea de Estados Unidos– y colocaron cargas explosivas que destruyeron ocho aviones de combate, uno de exhibición y averiaron otros más. No hubo heridos ni bajas a causa del operativo, cuya ejecución duró menos de ocho minutos.

3. Ramón Emeterio Betances, “Correspondencia de La Revolución”, La Revolución (Nueva York), 30 de diciembre de 1869. Paul Estrade y Félix Ojeda Reyes (eds.), Ramón Emeterio Betances: Obras completas (Vol. X): Escritos políticos: periodismo militante I (1866-1877), San Juan, Zoom Ideal, 2017, p. 140.

4. Michael Löwy, El marxismo en América Latina, Santiago de Chile, LOM Ediciones, 2007, pp. 28-33; Ruy Mauro Marini, “La crisis teórica” (1993), https://marini-escritos.unam.mx/wp-content/uploads/1993/01/66-La-crisis-teo%CC%81rica.pdf

5. “Las consecuencias del conocido símbolo gráfico, que nos muestra al malvado Tío Sam manipulando sus marionetas, no pueden ser para el análisis político y la estrategia de lucha que de él debe derivarse sino denuncia lacrimosa e impotencia indignada. Para luchar contra el imperialismo, es indispensable entender que no es un factor externo a la sociedad nacional latinoamericana, sino más bien el terreno donde ésta finca sus raíces y un elemento que la permea en todos sus aspectos”. Ruy Mauro Marini, prefacio de 1974 a Subdesarrollo y revolución (1968). https://www.archivochile.com/Ideas_Autores/maurinirm/02tex_teo/maurini_texteo00002.pdf

6. Excepción a esta regla lo fue la Liga Socialista Puertorriqueña (LSP), fundada en 1964.

7. José L. Janer, “La esperanza de vida actual de los puertorriqueños y algunas de sus implicaciones” (1948), p.2. https://rcm1.rcm.upr.edu/demografia/wp-content/uploads/sites/30/2022/02/Jose_Janer_1948_La_esperanza_de_vida_actual_de_los_puertorriquenos_y_algunas_de_sus_implicaciones.pdf

8. Universidad de Puerto Rico (UPR), Recinto de Río Piedras, Oficina del Registrador, “Una mirada a las primeras décadas de la Universidad”, s. f., p. 53. https://www.uprrp.edu/wp-content/uploads/2018/02/Una-mirada-30-low.pdf

9. “Sobre la base del grado de desarrollo de las fuerzas materiales de producción se dan los agrupamientos sociales, cada uno de los cuales representa una función y tiene una determinada posición en la producción misma. Esta relación es la que es: una realidad rebelde. Nadie puede modificar el número de las empresas ni el de sus empleados, el número de ciudades con su correspondiente población urbana, etc. Este reparto fundamental permite estudiar si en la sociedad existen condiciones necesarias y suficientes para su transformación, esto es, permite controlar el grado de realismo y de realizabilidad de las diferentes ideologías que han nacido en su mismo terreno, en el ámbito de las contradicciones que la sociedad ha generado durante su desarrollo”. Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel. Cuadernos 12-29 (1932-1939), Madrid, Akal, 2023, pp. 70-71. El fragmento corresponde al apartado sobre el análisis de relaciones de fuerza en el cuaderno 13.

10. Movimiento Pro-Independencia (MPI), Presente y futuro de Puerto Rico: La doctrina de la nueva lucha de independencia, San Juan, Misión Nacional Albizu Campos, 1969, pp. 40-46.

11. El grado de sindicalización aumentó del 19% al 25.6% entre el 1965 y 1973. Datos del Negociado de Estadísticas del Dpto. del Trabajo, en PSP, La alternativa socialista, Impresora Nacional, San Juan, 1974, p. 179.

12. “La política obrera y sindical del PSP” en Chispa, año 3, 1973, edición especial.

13. Laird W. Bergard, The Puerto Rican Population of the New York Metropolitan Region, 1970–2020, Nueva York: Center for Latin American, Caribbean, and Latino Studies, 2022, p. 12. https://academicworks.cuny.edu/clacls_pubs/112/

14. Recomiendo la lectura de sus memorias: William Morales Correa, Desde la sombra la luz: Paisajes de mi vida, Cada Editora de Puerto Rico, Río Grande, 2015.

15. Ernesto “Che” Guevara, “Crear dos, tres… muchos Vietnam: Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental”, 16 de abril de 1967. https://www.marxists.org/espanol/guevara/04_67.htm

16. Para más información sobre una de las instancias organizativas en ese periodo, recomiendo Alejandro Schneider, “Los Comités Obreros Revolucionarios (COR): una experiencia armada clandestina en Puerto Rico (1971-1976)”, Conflicto Social, vol. 19, núm. 35, enero-junio de 2026, pp. 227-250. De hecho, pronto saldrá publicado un libro sobre los Macheteros de la autoría de Schneider. https://publicaciones.sociales.uba.ar/index.php/CS/article/view/11329/10074

17. Félix Córdova Iturregui, “El colapso del complejo petróleo-químico: sus consecuencias (VII)”,

https://www.momentocritico.org/post/el-colapso-del-complejo-petrleo-quimico-sus-consecuencias-vii

18. James L. Dietz, Historia económica de Puerto Rico, Ediciones Huracán, Río Piedras, 2007 [1989], p. 294

19. Francisco Catalá Oliveras, Promesa rota: Una mirada institucionalista a partir de Tugwell, Ediciones Callejón, San Juan, 2003, pp. 215-216.

20. Junta de Planificación, Compendio de Estadísticas Sociales, varios años.

21. DTRH, Negociado de Estadísticas, Estadísticas de unionados, 2008, p. 2. https://cdn.prod.website-files.com/68f911f0119e84487100c03a/692f718bb3c08942cb8c1557_DTRH_EstadisticasUnionados_Octubre2008_0.pdf

22. Recomiendo la lectura de las breves memorias del Radamés Acosta Cepeda, Sindicalismo en tiempos borrascosos, Río Grande, Casa Editora de Puerto Rico, 2021. Radamés fue militante del MPI-PSP y luego de los Macheteros. Se destacó en el área sindical.

23. Para tener una idea de la proporción –superficial, lo reconozco–, tómese en cuenta que el 2do Congreso del PSP se celebró en diciembre de 1975 en el Coliseo Roberto Clemente en San Juan con la asistencia de más de 10 mil personas. En cambio, el Segundo Congreso Extraordinario se celebró en septiembre de 1978 en la sede del Colegio de Abogados en San Juan, cuya capacidad es significativamente más reducida.

24. Véase la entrevista a Juan Antonio Corretjer (entonces secretario general de la Liga Socialista) en la revista Pensamiento Crítico, año 4, núm. 26, octubre-noviembre de 1981.

25. Ernesto “Che” Guevara, “Crear dos, tres… muchos Vietnam: Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental”, 16 de abril de 1967. https://www.marxists.org/espanol/guevara/04_67.htm

Guillermo Morejón Flores

Guillermo Morejón Flores es trabajador y estudiante de doctorado en historia.

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