Trotsky: el narrador armado

Por Rafael Bernabe



Activista revolucionario, difusor de las ideas del socialismo, pensador estratégico, líder del soviet de 1905 en Petrogrado y de la Revolución rusa en 1917, iniciador de la diplomacia revolucionaria y organizador del Ejército Rojo durante la guerra civil, opositor de la dictadura estalinista, León Trotsky fue, además, un gran escritor. Leyendo sus obras se aprende y también se disfruta. Trotsky esclarece y también nos asombra, transporta y conmueve. Fue, más concretamente, un gran narrador. Mi vida, su autobiografía, compara favorablemente con cualquier ejemplo del género. Su monumental Historia de la revolución rusa puede colocarse sin exagerar al lado de La guerra y la paz de Tolstoi, para dar un ejemplo. En estos días que se cumplen ochenta años del asesinato del gran revolucionario (ocurrido el 20 de agosto de 1940) hagamos un rápido paseo por algunos de los pasajes brillantes de su Historia de la revolución rusa, publicada a principios de la década de 1930.


Trotsky empieza por señalar el rasgo distintivo de las revoluciones. Es el momento en que las mayorías que por lo general sufren la historia, empiezan a hacerla. Escribe Trotsky: “El rasgo característico más indiscutible de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos. En tiempos normales, el Estado, sea monárquico o democrático, está por encima de la nación; la historia corre a cargo de los especialistas de este oficio: los monarcas, los ministros, los burócratas, los parlamentarios, los periodistas. Pero en los momentos decisivos, cuando el orden establecido se hace insoportable para las masas, éstas rompen las barreras que las separan de la palestra política, derriban a sus representantes tradicionales y, con su intervención, crean un punto de partida para el nuevo régimen… La historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos". La historia, la política, bajan de las oficinas de gobierno, de la legislatura y de las mesas editoriales a la calle, el taller y la fábrica, y, en el caso de Rusia, a la aldea.


Pero la revolución no es solo la entrada de las mayorías desposeídas en el escenario. Para triunfar también requieren la organización consciente y deliberada de los revolucionarios y revolucionarias. He aquí uno de los temas de la política marxista y de la historia de la revolución elaborada por Trotsky: la organización revolucionaria jamás puede reemplazar a la gran masa de los desposeídos y desposeídas, son ellos y ellas los que pueden hacer la revolución, pero la revolución no puede triunfar sin el ingrediente que aporta la organización y el programa revolucionario. Luego de explicarlo, Trotsky, como ocurre a menudo en sus textos, cierra el argumento con una comparación brillante, la del pistón movido por el vapor: "Sin una organización dirigente, la energía de las masas se disiparía, como se disipa el vapor no contenido en una caldera. Pero sea como fuere, lo que impulsa el movimiento no es la caldera ni el pistón, sino el vapor".


Ese vapor, esa vasta "irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos" se inicia con la revolución de febrero de 1917 que derriba la monarquía rusa. Trotsky describe como la revolución se presenta al principio como un hecho caótico, desarticulado. ¿Cómo retratar ese momento? Trotsky presenta una acumulación de partes inconexas. Habría que pensar en un montaje o una serie de imágenes cinematográficas en rápida contraposición: "por dondequiera, movimientos sin objetivo, torrentes confluentes, torbellinos humanos, figuras asombradas, capotes desabrochados, estudiantes que gesticulan, soldados sin fusiles, fusiles sin soldados, muchachos que disparan al aire, clamor de millares de voces, torbellino de rumores desenfrenados, falsas alarmas, alegrías infundadas".


El poder piensa que basta con la acción decidida del ejército ("bastaría entrar sable en mano": Trotsky prefiere la imagen más concreta) para barrer con ese caos. Pero esto, advierte Trotsky, "es un torpe error de visión." El caos "no es más que aparente." La movilización tiene causas profundas; aunque se le disuelva, esas causas la reviven. El caos, la multitud derrite la resistencia de los órganos llamados a reprimirla. Trotsky describe lo ocurrido en febrero y anticipa lo que ocurriría entre esa fecha y la revolución de octubre. La multitud quizás aún no sabe lo que quiere, pero ya sabe lo que no quiere. La imagen cambia: la revolución torbellino es también una hoguera incandescente. Escribe Trotsky: "Bajo este caos se está operando una irresistible cristalización de las masas en un nuevo sentido. Estas muchedumbres innumerables no han determinado aún para sí, con suficiente claridad, lo que quieren; pero están impregnadas de un odio ardiente por lo que ya no quieren. A sus espaldas se ha producido un derrumbamiento histórico irreparable ya. No hay modo de volver atrás. Aun en el caso de que hubiera quien pudiese dispersarlos, una hora después se agruparían de nuevo y el segundo ataque sería más feroz y sangriento. En las jornadas de febrero, la atmósfera de Petrogrado se torna tan incandescente, que cada regimiento hostil que cae en esa poderosa hoguera o que sólo se acerca a ella y respira su ardiente aliento, se transforma, pierde la confianza en sí mismo, se siente paralizado y se entrega sin lucha a merced del vencedor."


Ese drama se repite decenas de veces en febrero: la multitud en la calle se encuentra frente a los soldados y cosacos enviados a detener y dispersar la protesta. ¿Obedecerán los soldados a sus oficiales? Es el momento decisivo que se repite en muchos puntos de la ciudad. Trotsky no relata lo ocurrido únicamente. Explora los caminos alternos. Narra primero un desenlace, el más trágico, el menos favorable para la insurrección, y luego de llevarnos por el camino más sombrío nos regresa al otro camino, el que terminó por imponerse en febrero. Escribe Trotsky, pasando dramáticamente de la hora decisiva, al minuto decisivo, al segundo decisivo, en que todo se decide: "La hora crítica del contacto entre la masa que ataca y los soldados que le salen al paso tiene su minuto crítico: es cuando la masa gris no se ha dispersado aún, se mantiene firme y el oficial, jugándose la última carta, da la orden de fuego. Los gritos de la multitud, las exclamaciones de horror y las amenazas ahogan la voz de mando, pero sólo a medias. Los fusiles se mueven. La multitud avanza. El oficial encañona con su revólver al soldado más sospechoso. Ha sonado el segundo decisivo del minuto decisivo. El soldado más valeroso, en quien tienen fijas sus miradas todos los demás, cae exánime; un suboficial dispara sobre la multitud con el fusil arrebatado al soldado muerto, se cierra la barrera de las tropas; los fusiles se disparan solos, barriendo la multitud hacia los callejones y los patios de las casas. Pero, ¡cuántas veces, desde 1905, las cosas pasaban de otro modo! En el instante crítico, cuando el oficial se dispone a apretar el gatillo, surge el disparo hecho desde la multitud, … y esto basta para decidir no sólo la suerte de aquel momento, sino tal vez el de toda la jornada y aun el de toda la insurrección".


El drama no solo se desarrolla en las calles de Petrogrado. Al estallar la revolución de febrero, el zar Nicolás II está fuera de la capital. Inmediatamente se le solicita que regrese. Pero los trabajadores del ferrocarril impiden el paso del tren que lo transporta. Trotsky regresa a la imagen evocadora: la revolución se convierte en un tablero de ajedrez, y los peones, la multitud hasta entonces despreciada, pone en jaque al rey, de quien sus allegados pretenden proteger de un hecho que le resultaría casi incomprensible. Trotsky describe el viaje del tren de Nicolás II, según la rebelión se extiende: "El tren llegó hasta la estación de Vischera, donde los ferroviarios no dejaron seguir viaje: 'El puente está destruido', le dijeron. Lo más probable es que este pretexto lo inventaran los del propio séquito imperial para disimular la verdadera realidad. Nicolás intentó pasar -o intentaron hacerle pasar- por Bologoye, línea de Nikolaievoski; pero tampoco aquí dejaron paso al tren real. Aquello era mucho más elocuente que todos los telegramas de Petrogrado. El zar había abandonado el Cuartel general y encontraba cerrado el paso a su capital. ¡Con los 'peones' ferroviarios nada más, la revolución daba jaque mate al rey!".


Aquí Trotsky, como hace a menudo, llama la atención sobre un detalle revelador, en este caso, la patética situación de un monarca, cuyos títulos grandiosos ya dejan de corresponder a su repentina reducción a la condición de simple mortal. Los telegramas cada vez más urgentes no encuentran su destinatario: "Mientras el tren real erraba de un lado para otro, sin encontrar salida, la zarina enviaba telegrama tras telegrama al zar incitándole a regresar a la capital lo más pronto posible. Pero los telegramas llegaban todos devueltos con esta inscripción en lápiz azul: 'Se ignora el paradero del destinatario'. Los funcionarios de Telégrafos no podían dar con el zar de todas las Rusias." Y es que para ese momento ya el zar dejaba de ser zar.


Trotsky reconoce la dificultad que plantea "la reproducción artística de los más grandes dramas de la humanidad." El espectáculo de la revolución "es demasiado grandioso y entra difícilmente en el marco de la creación individual." Pero Trotsky asume el reto e intenta esa "reproducción artística". Tarea que acomete desde todos los ángulos. A veces se atreve (como escribiría Luis Rafael Sánchez) al gran plano general, distanciándose y abriendo el foco para abarcar toda la ciudad. Es el 22 de octubre, casi vísperas del derrocamiento del gobierno provisional que encabezaba Kerensky y de la toma del gobierno por los consejos electos (los soviets) de trabajadores, campesinos y soldados, en los que los Bolcheviques ya son una clara mayoría. La ciudad entera, a excepción de la burguesía ("atemorizada, efectivamente, por su propia prensa") se reúne durante el día en talleres, fábricas, teatros y plazas: "Todo el resto de la población: los jóvenes y los viejos, las mujeres y los hombres, los muchachos y las madres con los niños en sus brazos, se dirigió desde por la mañana a los mítines … Todo Petrogrado, con excepción de las castas privilegiadas, era un mitin. En los locales rebosantes de gente, el auditorio iba renovándose en el transcurso de varias horas. Verdaderas oleadas de obreros, soldados y marinos afluían a las salas y las llenaban. Hasta las gentes humildes de la ciudad, despertadas por los aullidos y las advertencias que debían asustarlas, se agitaron. Millares de personas invadían el gigantesco edificio de la Casa del Pueblo, y formando una masa excitada y al mismo tiempo disciplinada, llenaban las salas teatrales, los corredores, el buffet y el foyer. De las columnas de hierro y de las ventanas pendían guirnaldas y racimos de cabezas, piernas y brazos humanos. En el aire se respiraba la tensión eléctrica que anunciaba la próxima descarga. ¡Abajo Kerenski! ¡Abajo la guerra! ¡El poder a los soviets!".


La cámara de Trotsky se mueve a los detalles (los míseros abrigos, el barro en las botas, la tos en la garganta) y a la vez resume como detrás de este día hay semanas, meses y años de guerra, de vida amarga y ahora de revolución. La multitud crece pero se encoge, para que todos quepan y se escucha con atención a los cientos de oradores: "Durante horas enteras aguantaron a pie firme los hombres y las mujeres de los suburbios, los moradores de los sótanos y de las azoteas, envueltos en sus abrigos míseros y en sus capotes grises, tocados con gorros de piel y pañuelos bastos, con el barro de las calles que se metía en las botas, con la tos otoñal atascada en la garganta, pegados los unos a los otros, apretujándose para dejar sitio al recién llegado, para que todo el mundo pudiera oír, y escuchaban sin cansarse, con avidez, apasionadamente, temiendo que se les escapara lo que más falta hacía que comprendiesen, que se asimilasen, que hiciesen. En estos últimos meses, en estas últimas semanas, en estos últimos días se había dicho ya todo aparentemente. Pero no había tal; las palabras resuenan hoy de otro modo. Las masas se las asimilan, no ya como una admonición, sino como la obligación de obrar. La experiencia de la guerra, de la revolución, de la lucha fatigosa, de toda la amargura del vivir, surge de las honduras del recuerdo de cada hombre oprimido por la miseria, y halla su expresión en esas consignas simples e imperiosas. Las cosas no pueden continuar así. Hay que dar paso al futuro, abriéndole una salida".


Pero a veces el texto se retira de la visión panorámica y echa un vistazo a la vida doméstica de las clases privilegiadas. Por más que lo intentan, no logran escapar el ruido de la ciudad en ebullición y la revolución alcanza las jerarquías hogareñas: "Las familias acomodadas que no habían podido abandonar la capital, intentaban en vano aislarse de la realidad tras los muros de piedra y las verjas de hierro. Los ecos de la tormenta se infiltraban por todas partes: llegaban del mercado, donde todo aumentaba de precio y escaseaba; en la prensa, que se había convertido en un rugido de odio y de miedo; de la calle hirviente, donde a veces se disparaba debajo de las ventanas; por la criada, en fin, que ya no quería someterse humildemente." Así, la "resistencia de los esclavos domésticos", hasta ayer impensable, "destruía definitivamente la estabilidad de la vida patriarcal".


En otros pasajes Trotsky vuelve a abrir el plano. Abarca a los cerca de novecientos delegados al segundo congreso de los soviets, muchos de ellos soldados acabados de llegar de las trincheras de una guerra odiada y espantosa. Trotsky quiere describir como la matrícula del soviet ha cambiado desde la revolución de febrero y su nueva composición social. Su ojo se traslada rápidamente del todo a los individuos y de ellos a su vestido, y del vestido al detalle, correas, gorros, botones. Una extendida sinécdoque está en el centro del retrato extraordinario de la "nación plebeya". La mayoría de los delegados del frente de guerra, explica Trotsky, eran soldados rasos: "Casi todos habían despertado a la vida política con la revolución. Se habían formado en la experiencia de esos ocho meses. Poco era lo que sabían, pero lo sabían sólidamente. La apariencia exterior del congreso reflejaba su composición. Los galones de oficial, las gafas y las corbatas de intelectuales del primer congreso ya no se veían apenas. Dominaba en general el color gris en las vestimentas y en los rostros. Todo se había desgastado durante la guerra. Muchos obreros de las ciudades se habían echado encima capotes de soldado. Los delegados de las trincheras no tenían aspecto muy presentable: sin afeitar desde hacía tiempo, cubiertos con viejos capotes desgarrados, con pesados gorros de piel cuyos agujeros descubrían la guata, con los pelos desgreñados. Rostros rudos mordidos por la intemperie, pesados pies cubiertos de sabañones, dedos amarillentos de fumar tabaco ordinario, botones medio arrancados, correas colgando, botas gastadas y sucias, sin lustrar desde hacía tiempo. Por primera vez la nación plebeya había enviado una representación honesta, sin disfraz, hecha a su imagen y semejanza".


La insurrección del 25 de octubre, que Trotsky coordina a través del Comité Militar Revolucionario, asegura el control de la ciudad casi sin derramamiento de sangre. Casi ningún cuerpo armado acude en defensa del Gobierno provisional, que ha dejado de ser gobierno antes de ser arrestado. Pero Trotsky insiste en la mezcla de orden y caos. La revolución no es una maniobra perfecta ni puede serlo, pero aun así cumple su objetivo. Trotsky echa mano a la hipérbole, refiriéndose a la falta de precedentes "desde la creación del mundo" y a "millones de órdenes" en las horas decisivas: "Nunca desde la creación del mundo se habían transmitido tantas órdenes, oralmente, a lápiz, a máquina, por telégrafo, una queriendo alcanzar a la otra -miles y millones de órdenes-, no siempre enviadas por los que tenían el derecho de mandarlas y raramente recibidas por quienes estaban en condiciones de ejecutarlas. Pero lo milagroso era que en ese remolino de locura había un sentido profundo, que la gente se ingeniaba para comprenderse entre sí, que lo más importante y lo más indispensable era ejecutado siempre, que se iban tendiendo los primeros hilos de una dirección nueva para sustituir el viejo aparato de dirección: la revolución se iba reforzando."


Depuesto el gobierno provisional, el segundo congreso de los soviets se ha convertido en el nuevo gobierno. Trotsky explica que los delegados aún no asumen el hecho plenamente. Se pasa al orden del día. Se aprueba el primer decreto de la revolución: un llamado al cese inmediato de la guerra. Un llamado a un armisticio inmediato y la negociación de una paz justa y sin anexiones. La revolución publicará los tratados secretos y renunciará a todo acuerdo del antiguo gobierno que implique la violación de los derechos de algún pueblo o algún ansia de conquista. Luego de un breve debate (lejos estaba Lenin de poder imponer sin discusión sus resoluciones o decretos, lejos estaban los Bolcheviques de tener posiciones únicas o unánimes sobre distintos temas) se aprueba el decreto de paz y en ese momento la asamblea parece entender por fin la magnitud de lo ocurrido. ¡Los comités, los soviets de trabajadores, campesinos y soldados son ahora el gobierno del antiguo imperio de los zares y llaman al mundo a terminar la pesadilla de la guerra! Trotsky relata y se ampara en John Reed, cronista de la revolución, a la vez que lo enmienda amigablemente: "¡Escuchad, pueblos!, la revolución os invita a la paz. Será acusada de haber violado los tratados. Pero se siente orgullosa de ello. Romper con sangrientas alianzas de rapaces es un gran mérito en la Historia. Los bolcheviques se atrevieron. Fueron los únicos en atreverse. El orgullo estalla en los corazones. Los ojos se inflaman. Todos están de pie. Nadie fuma ya. Parece que nadie respira. La mesa, los delegados, los invitados, los hombres de guardia se unen en un himno de insurrección y de fraternidad. 'Bruscamente, bajo un impulso general -contará John Reed, observador y participante, cronista y poeta de la insurrección-, nos encontramos todos de pie, entonando los acentos arrebatadores de La Internacional. Un viejo soldado de cabellos grises lloraba como un niño, Alexandra Kollontai parpadeaba aprisa para contener las lágrimas. La poderosa armonía se extendía en la sala, atravesando ventanas y puertas y subiendo muy alto hacia el cielo.' ¿Era hacia el cielo?", pregunta Trotsky y contesta: "Más bien hacia las trincheras de otoño que desangraban a la miserable Europa crucificada, hacia las ciudades y pueblos devastados, hacia las mujeres y las madres de luto".


Este momento sublime de la revolución duraría poco tiempo. La revolución, hija de siglos de opresión feudal, de la nueva explotación capitalista y de la devastación de la guerra enfrentaría cuatro años más de agresión, y, con ella, más hambre, más frío y más fango. Las clases poseedoras de Rusia y del extranjero (incluyendo los grandes y nacientes poderes, Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y Japón) no se resignaron a la voluntad de los obreros, campesinos y soldados. En el verano de 1918 ya se desató la guerra civil, a través de la cual los ejércitos blancos, con apoyo externo, intentaron derribar la república de los soviets. No la derribaron, en parte gracias a las hazañas de Trotsky como organizador del Ejército Rojo, pero la golpearon y abollaron severamente. Como resultados del efecto acumulado de la guerra, la guerra civil, del aislamiento sobre la base del atraso material del país terriblemente empobrecido fue desapareciendo la democracia revolucionaria de 1917. Una nueva capa dirigente fue asumiendo control del estado: la burocracia soviética que culminaría en la dictadura de Stalin. Trotsky lo detectó tempranamente. Desde 1923 denunció y combatió francamente el proceso de burocratización. Por defender la necesidad de retomar la democracia de los soviets, enfrentó la represión de la naciente burocracia, se le exiló posteriormente y en 1940 fue asesinado por un agente de Stalin.

Vivimos las consecuencias del capitalismo: la frustración del individuo y sus potencialidades, la desintegración de la comunidad, la destrucción del ambiente. La única alternativa a la barbarie que nos amenaza es convertir las fuentes de riqueza en propiedad social, que así podamos administrar democráticamente para asegurar el bienestar de todos y todas a la vez que reparamos y sanamos nuestra relación con el ambiente. Por eso, las ideas de Trotsky siguen siendo válidas. Por eso están vivas. Por eso son necesarias. Ahora más que nunca.