Operación Manos a la Obra y el ascenso acelerado de los salarios: sus causas (IV)

Por Félix Córdova Iturregui



El abandono del proyecto inicial del PPD y la adopción del modelo de industrialización basado en el establecimiento de industrias de capital estadounidense, cuya producción se orientaba hacia el mercado de Estados Unidos, no propició, como ya hemos visto, la formación de vínculos entre las unidades fabriles y mucho menos entre estas unidades y la agricultura. No obstante, la crisis de la agricultura, como una derivación del nuevo proyecto de industrialización, no fue algo previsto. En el umbral de Operación Manos a la Obra, Harvey S. Perloff hizo la siguiente observación: “Agriculture is the backbone of Puerto Rico’s economy and will undoubtedly continue to be the major key to the island’s welfare for a long time to come. Only when there is a full appreciation of this fact can the present trends in Puerto Rican agriculture be properly evaluated” [1]. El pronóstico de Perloff no se cumplió.


Puerto Rico no pudo, como ya vimos, darle un nuevo contenido a la división del trabajo en su nivel general, lo que hubiese exigido una relación entre sus grandes sectores: la agricultura y la industria urbana. La reciprocidad agrícola-industrial hubiese permitido una vinculación creciente entre los diferentes sectores de la economía a través del mercado interno. Por el contrario, el modelo económico de la Administración de Desarrollo Económico a partir de 1950 impulsó un tipo de desarrollo industrial con unidades productivas sin ningún eslabonamiento con la agricultura del país, así como tampoco propició vínculos entre las unidades fabriles del proyecto industrializador. Los enlaces eran con el exterior y estaban determinados por el mismo mercado al que se dirigían los productos de las industrias establecidas en Puerto Rico.


Ni siquiera durante la primera fase de Operación Manos a la Obra, con el predominio de la industria textil y de ropa, se desarrollaron vínculos con la posibilidad de que las fábricas aquí establecidas pudiesen adquirir materias primas de otras fábricas locales. “La fábrica típica estaba casi totalmente integrada a la economía de los Estados Unidos y en realidad, creaba o satisfacía mayores demandas industriales de los Estados Unidos que de Puerto Rico. Por ejemplo, aunque era de esperarse que industrias como las de ropa y textiles estuviesen considerablemente integradas, casi ninguna había sido lograda. Las plantas de tejidos vendían casi toda su producción en los Estados Unidos, mientras que las fábricas de ropa importaban la mayor parte de los textiles que usaban de los Estados Unidos” [2].


Era lógico que el proceso sucediera de esta forma, ya que las industrias establecidas en Puerto Rico no respondían a una división interna del trabajo, a un tejido de intercambios recíprocos entre ellas. Sus vínculos respondían a la división del trabajo de la economía estadounidense. Por esta razón, sus actividades tenían menor impacto en Puerto Rico mientras estimulaban principalmente la economía de Estados Unidos. La ausencia de vínculos locales, la desnudez de relaciones adheridas al mercado interno, le dio una configuración muy particular al tipo de empresa que caracterizó la industrialización de Puerto Rico. Las fábricas locales, según el Economic Study of Puerto Rico, no tenían ni la apariencia de empresas con todos sus atributos en el sentido estricto del concepto. Eran más bien unidades de producción localizadas en la isla que, al ser subsidiarias de empresas matrices estadounidenses, no necesitaban conocer el mercado interno de Puerto Rico ni sus posibilidades de eslabonamiento con ese mercado, porque tales unidades no se encargaban ni de comprar ni de vender, ya que estaban verticalmente integradas a sus compañías matrices, con sus actividades en el exterior.


Como eran simples unidades de producción, sin las actividades propias de una empresa, con todas sus funciones de mercadeo, los conocimientos y las destrezas de la gerencia relacionados con actividades de venta y distribución de productos, estaban estructuralmente limitadas. Ahora bien, esos límites respondían a las funciones específicas de tales empresas: “As a result, most of these firms import raw materials and export nearly all the their production. This limits the potential for both backward and forward linkages, and the industrial process in Puerto Rico is not vertically integrated, despite the tremendous output over the past 30 years” [3]. Al responder a una división del trabajo cuya dinámica era externa, los eslabonamientos quedaron restringidos en las dos modalidades señaladas: como unidades fabriles que prácticamente no compraban materias primas; o auxiliares a otras fábricas locales, como tampoco le vendían sus productos a otras fábricas instaladas en Puerto Rico


La falta de eslabonamientos internos entre las industrias importadas tuvo unos efectos muy profundos en la economía de Puerto Rico. Uno de ellos, sin duda sorprendente, fue la velocidad que adquirió el desarrollo industrial. Al no depender del vínculo interno de estas industrias con la división del trabajo local y estar relacionadas directamente con empresas en Estados Unidos, pudieron transmitirle al proceso de industrialización el ritmo de desarrollo de la avanzada economía estadounidense. La celeridad del proceso en Puerto Rico fue tan asombrosa, que apenas comenzada la gestión de Fomento Económico, Stuart Chase hizo la siguiente observación: “Changes are occurring in months, which in the Britain of the last century required decades” [4].


La velocidad de la industrialización, debido a la falta de determinaciones internas, a la ausencia de eslabonamientos entre las fábricas, a la falta de vínculos con el mercado interior, y a una definitiva separación de tales industrias con la agricultura del país, lejos de verse como un descoyuntamiento peligroso de la división del trabajo a nivel general, se elevó a una virtud que acentuó una vieja ideología colonial. Se repitió hasta la náusea que Puerto Rico, al carecer de recursos naturales y tener un mercado interno limitado, para evitar un desarrollo con un ritmo más lento, escogió el rumbo de industrialización más rápida, basado en la importación de capital, con una producción orientada hacia un mercado externo de enorme tamaño. El proceso se presentó con una pureza muy conveniente a las autoridades estadounidenses: lejos de ser una imposición imperial, la industrialización se proyectó como una decisión tomada localmente, sin ninguna coerción.


Ahora bien, tanto la velocidad como la intensidad de la industrialización dependieron de la adopción de un proceso colonial articulado como una extensión de las industrias estadounidenses en el interior de Puerto Rico. En pleno auge del proceso, Teodoro Moscoso, por ejemplo, destacó en Madrid, ante intereses económicos europeos, los dos aspectos señalados: “The island lacks completely the raw materials considered essential for most modern industries. It has only a limited local market, moreover – far too small to consume the production of even a small fraction of the plants now operating. In practice, over 90% of our new industries must import their raw materials long distances at the freight rates, then export the finished product into the most competitive market in the world: that of the continental United States” [5].


Lo que sucedía en Puerto Rico se exhibió internacionalmente, en el contexto de la guerra fría, como un logro significativo. Sin embargo, la rápida transformación de la sociedad, que incluyó un proceso intenso de emigración, también provocó inevitables interrogantes. Lloyd G. Reynolds y Peter Gregory destacaron un espectáculo insólito derivado de la historia de la industrialización hasta 1960: “While the population of Puerto Rico increased by about 140,000 between 1950 and 1960, the labor force declined by 76,000. The overall labor force participation rate fell sharply from 54.6 percent to 44.9 percent (Table 1-16). We have the unusual spectacle of a booming economy with a shrinking labor and also, as we shall see, with shrinking employment” [6]. La reducción del grupo trabajador y la caída dramática de la tasa de participación laboral, con la pérdida de casi 10 puntos porcentuales, se debió como ya vimos en el primer artículo al rápido descenso del empleo agrícola. El espectáculo dejaba de ser insólito si se consideraba en relación con la nueva forma que se imponía a la división del trabajo en el conjunto de la economía.


No obstante, la investigación de Reynolds y Gregory atendió otra contradicción que no podía separarse del espectáculo inusual. Se enfocó en el estudio de una tendencia perturbadora: el ascenso acelerado de los salarios y su relación con la productividad en el contexto industrial de Puerto Rico. Expresaron dicha relación en la forma de un dilema. “A labor surplus economy faces a dilemma between the desire to raise real wages and the desire to raise employment and cut into the labor surplus” [7]. ¿Cómo entender que en una economía donde había una abundancia excesiva de fuerza de trabajo, los salarios subieran aceleradamente? Años más tarde, cuando ya había madurado la primera gran crisis del proceso de industrialización en Puerto Rico, en 1974-75, el Informe Tobín hizo varios señalamientos pertinentes al tema que nos interesa:


No se debe lamentar que las industrias de mano de obra barata hayan perdido su atractivo. El desarrollo económico exitoso debe aminorar la necesidad de apoyarse en las fábricas dependientes de la mano de obra barata. Sin embargo, en el caso de Puerto Rico el crecimiento de estas fábricas está decayendo mucho antes de haberse alcanzado el empleo pleno de la fuerza obrera. El desempleo en Puerto Rico nunca ha sido menor de 10%, aún cuando la participación en la fuerza obrera es excepcionalmente bajo, y la migración neta hacia el Continente ha reducido más aún la fuerza obrera. Las estadísticas revelan que en 1972, el 73% de las personas que podrían estar trabajando, pero no estaban empleados, nunca habían tenido un empleo, en contraste con 10% de los desempleados que nunca habían tenido un empleo en el Continente. Estas estadísticas demuestran que Puerto Rico, después de 25 años de desarrollo, todavía necesita un número masivo de empleos para poder incorporar plenamente su fuerza de trabajo a su sector “moderno”[8].


Hay una observación clave en este párrafo que debe recibir cuidadosa atención: el crecimiento de las fábricas que utilizaban fuerza de obra barata decayó mucho antes de haberse alcanzado el empleo pleno de la fuerza obrera. El Informe Tobin observó una celeridad en el proceso de industrialización en Puerto Rico que no le permitió a la primera fase del desarrollo industrial cumplir con una función principal: alcanzar el pleno empleo de la fuerza obrera [9]. Concluyó que Puerto Rico había desarrollado “problemas estructurales profundos que se combinan con los problemas cíclicos que confronta hoy” [10]. El Informe Tobin no estaba enfocado ni remotamente en los problemas estructurales surgidos en el mismo punto de partida de la industrialización. La agricultura, por ejemplo, no estuvo en su campo de observación. Uno de los aspectos centrales que apuntó fue la persistencia de un desempleo alto, lo que indicaba “que hay algo más”. Ese algo más fue especificado. “Los salarios han excedido al mejoramiento en las destrezas de la mano de obra” [11]. Una vez hecho este señalamiento, no debe sorprender que entre sus recomendaciones estuviera congelar la estructura de salarios en el sector público, incluyendo las corporaciones públicas.


El Informe Tobin, por consiguiente, buscó las contradicciones en el interior del proceso de industrialización y de una forma directa, sin ambigüedades, se fijó en el ritmo de ascenso de los salarios. Los costos de mano de obra, afirmó, ya no atraen una tasa de inversión adecuada. Por consiguiente, la aceleración del proceso industrial en Puerto Rico incubó unas contradicciones que no le permitieron resolver el dilema apuntado por Reynolds y Gregory, entre el deseo de aumentar los salarios reales y el deseo de eliminar el desempleo. La celeridad en el aumento de los salarios, según reconoció el Informe Tobin, no permitió que la fase industrial de industria liviana de mano de obra barata tuviera el tiempo suficiente para resolver el problema del desempleo. Podría, a su vez, señalarse este importante aspecto como otra falla o deficiencia del mercado. Sin embargo, el informe se limitó a poner de relieve un problema, aunque no ofreció ninguna explicación sobre las causas que provocaron el ritmo acelerado del aumento de los salarios. La total ausencia de explicación apunta, sin duda, a la complejidad del problema. Sobre todo, porque se trata de un problema cuya solución exige atender movimientos estructurales muy amplios. El primer paso con el objetivo de atender la incapacidad de la economía de Puerto Rico para acercarse a un nivel de empleo “pleno” debe ser formular el problema: ¿cuáles son las fuerzas económicas e históricas que determinan la dinámica de los salarios y cómo esas fuerzas operaron en el contexto histórico de Puerto Rico?


El ascenso acelerado de los salarios: la paradoja de la economía de Puerto Rico

Después de más de una década de haber comenzado el desarrollo industrial, como ya vimos, Lloyd G. Reynolds y Peter Gregory, destacaron una paradoja en la economía de Puerto Rico: “while there has been great progress in raising real wages and living standards, there has been modest progress in reducing unemployment” [12]. Intentaron abordar la paradoja y explicar cómo en una economía de sobreabundancia de fuerza de trabajo los salarios aumentaban más rápido que los empleos. Muñoz Marín también abordó el problema en su primer mensaje a las cámaras legislativas, pronunciado el 23 de febrero de 1949. Afirmó que el “trabajo barato no es incentivo en el propósito de este gobierno”, pero de inmediato hizo el siguiente señalamiento: “Corresponde decir también que querer que se fijen en una industria salarios más altos de los que esa industria produce para pagar favorece inconscientemente el que deje de haber salario alguno en tal industria. El desempleo es salario más bajo que el más bajo de los salarios” [13].


Si bien el escenario ofrecido por la economía de Puerto Rico, según Reynolds y Gregory era “somewhat untypical”, podría pensarse que los salarios aumentaron con celeridad como resultado de medidas aprobadas tanto a nivel federal como local. Las palabras de Muñoz Marín pudieron abonar esa perspectiva. Esa fue precisamente la explicación que prevaleció en los análisis de Reynolds y Gregory: “On the pleasant side, labor proved generally more available, trainable, and productive than they had expected. But the companies were unpleasantly surprised by the speed with which money wage rates were raised during the fifties through minimum wage regulations” [14]. En la determinación del comportamiento de los salarios, Reynolds y Gregory destacaron la manera diferente en que funcionaban las regulaciones en la economía de Estados Unidos al ser comparada con Puerto Rico. “The main difference vis-a-vis the mainland is the much greater importance of government minimum wage determinations. On the mainland it is realistic to regard minimum wage system as of minor importance” [15].


Las regulaciones sobre el salario mínimo, que en Estados Unidos tenían un efecto muy limitado y reducido, en Puerto Rico tenían un campo de acción mucho más extenso debido a que incluía un porcentaje mucho mayor de trabajadores. Una diferencia tan marcada llevó a Reynolds y Gregory a destacar las regulaciones sobre el salario mínimo en Puerto Rico, en lugar de la competencia entre los empresarios por conseguir fuerza de trabajo, como fue el factor dinámico que provocó los aumentos en los salarios durante los quince años que cubrió su estudio. Como en Puerto Rico no existía un salario mínimo general, sino diferentes mínimos para cada industria, eran revisados y aumentados cada año, “and each time the minimum wage is raised, the industry wage level rises” [16]. Resulta muy difícil negar el efecto que tuvieron los salarios mínimos en la celeridad del aumento salarial en el proceso de industrialización. Ahora bien, la misma argumentación de Reynolds y Gregory, como veremos, debió ayudarlos a indagar sobre causas mucho más profundas en la determinación de los salarios.


Reynolds y Gregory notaron que los salarios aumentaron 110 por ciento entre 1949-1960. Sin embargo, el aumento fue más pronunciado a partir de 1954. “Average hourly earnings in manufacturing increased by over 110 percent from 1949 to 1960 with most of the increase, roughly 80 percent after 1954” [17]. El aumento del salario por hora fue de tal magnitud que los aumentos en la productividad, aunque grandes, “have not been large enough to offset the rapid rise of wages since 1954” [18]. Para poder dar cuenta de lo ocurrido a partir de 1954, no basta con recurrir a las determinaciones del salario mínimo.


Curet Cuevas, por su parte, señaló “que la economía de Puerto Rico, aún antes de haber culminado su etapa de desarrollo, había entrado ya a la etapa de alto consumo masivo” [19]. No obstante, Curet Cuevas no investigó las consecuencias de su pertinente observación. ¿En qué medida el tránsito hacia una etapa de consumo masivo conllevó una profunda transformación en la determinación del valor de la fuerza de trabajo?


Las investigaciones dedicadas al desarrollo económico de Puerto Rico se caracterizan por no atender el complicado proceso del aumento de los salarios. Se han contentado con aludir a las regulaciones sobre el salario mínimo, como si la complejidad del asunto se pudiera explicar en el interior de dichos límites. No encontramos una discusión de este problema en el libro de Eliezer Curet Cuevas, El desarrollo económico de Puerto Rico, publicado en 1976. Tampoco el tema es abordado por Rafael de Jesús Toro en su Historia económica de Puerto Rico, salida a la luz pública en 1982. Lo mismo sucede con el libro de James Dietz, Historia económica de Puerto Rico, de 1989. Ni siquiera en Development Strategies as Ideology. Puerto Rico’s Export-Led Industrialization Experience (1990), de Emilio Pantojas-García, quien utiliza algunos conceptos importantes de Marx, discute las causas profundas que motivaron el rápido aumento de los salarios durante el proceso de industrialización. Ni siquiera un estudio tan abarcador como el Economic Study of Puerto Rico, publicado en 1979, abre nuevos caminos para abordar el problema [20]. Es muy probable que el libro de Reynolds y Gregory fuese considerado como una explicación abarcadora y suficiente. No obstante, sin negar la pertinencia del estudio de estos dos autores, me parece que las causas que determinaron el proceso fueron mucho más complejas y abarcadoras. Para comenzar a discutir las implicaciones de cambios estructurales muy amplios, debemos considerar cómo se establece el valor de la fuerza de trabajo y qué fuerzas sociales entran en juego para determinar su magnitud.


El valor de la fuerza de trabajo: su componente histórico-moral.

Cuando la fuerza de trabajo aparece como otra mercancía más en la circulación general de mercancías, su valor se determina por el tiempo de trabajo necesario para su producción. La producción capitalista parte del supuesto de que aparece en el mercado “esta peregrina mercancía que es la fuerza de trabajo[21]. Su valor dependerá del tiempo de trabajo necesario para producir sus medios de vida y cualquier destreza exigida en su proceso de formación:


Por tanto, la suma de víveres y medios de vida habrá de ser por fuerza suficiente para mantener al individuo trabajador en su estado normal de vida y de trabajo. Las necesidades naturales, el alimento, el vestido, la calefacción, la vivienda, etc., varían con arreglo a las condiciones del clima y a las demás condiciones naturales del país. Además, el volumen de las llamadas necesidades naturales, así como el modo de satisfacerlas, son de suyo, un producto histórico que depende por tanto, en gran parte del nivel de cultura de un país y, sobre todo, entre otras cosas, de las condiciones, los hábitos y las exigencias con que se haya formado la clase de los obreros libres. A diferencia de las otras mercancías, la valoración de la fuerza de trabajo encierra, pues, un elemento histórico moral. Sin embargo, en un país y en una época determinados, la suma media de los medios de vida necesarios constituye un factor fijo”. [22]


Para que sea posible, día tras día, que el trabajador se encuentre en posición de vender su fuerza de trabajo y pueda aparecer de forma renovada en el proceso de producción, tiene que obtener los medios de vida necesarios para reproducirse él y su familia. El salario representa, por tanto, la expresión monetaria de los medios de vida necesarios para la reproducción de la fuerza de trabajo. Si no obtuviera la cantidad indispensable para reproducirse con normalidad, lo tendría que hacer de un modo raquítico. Su reproducción estaría en peligro. Ahora bien, la determinación de los medios necesarios para la reproducción de la fuerza de trabajo de una sociedad incluye un elemento histórico moral. Tiene que ver con el nivel de cultura y los valores engranados en la sociedad. Con los cambios sociales, cambia a su vez el elemento histórico moral y se altera la magnitud del salario.


Todos los factores anteriores son necesarios en la consideración del proyecto de industrialización de Puerto Rico precisamente por lo que inicialmente destacó Stuart Chase, y luego ha sido repetido de diferentes maneras por múltiples economistas, al afirmar que en Puerto Rico lo que tomaba meses en suceder, en Inglaterra exigió muchas décadas. La transformación de una sociedad mayormente rural agrícola en una sociedad urbana industrial sucedió con una rapidez tan intensa que alteró en poco tiempo la estructura de las necesidades y las formas de satisfacerlas a nivel general. La rápida transformación social, con la transición hacia una sociedad principalmente urbana en muy poco tiempo, alteró totalmente las formas de consumo de la clase trabajadora y, sobre todo, estableció nuevos requerimientos histórico-morales. Al darse un proceso de cambios tan profundos, quedaron trastocadas dramáticamente las condiciones de reproducción de la fuerza de trabajo. La observación aguda de Eliezer Curet Cuevas de que Puerto Rico no había concluido su fase de desarrollo industrial y ya entraba a la sociedad de consumo, debió conducirlo a plantear ese cambio tan drástico en la forma de determinar el valor de la fuerza de trabajo.


La transformación ocurrida en Puerto Rico no conllevó solamente un aumento en el consumo ya existente. Lo que sucedió fue una transformación radical del consumo, de sus componentes básicos, que respondió, a su vez, a un cambio significativo en la estructura de las necesidades de la clase trabajadora y de amplios sectores sociales. Cuando Marx destacó la suma promedio del valor de los medios de vida necesarios para la reproducción de la fuerza de trabajo como un factor fijo, en un contexto histórico dado, reconoció la complejidad estructural en la determinación del valor de esta peregrina mercancía, algo que no se altera sin que ocurran cambios de valor en el conjunto de las necesidades de las familias obreras. Sin embargo, la transformación social ocurrida en Puerto Rico fue tan acelerada que le impuso a ese factor fijo un dinamismo de cambios coherente con las nuevas circunstancias. El gobierno reconoció, desde temprano, lo que venía sucediendo.: “El mejoramiento del consumo no solo se ha manifestado en una elevación de su nivel, sino en los cambios de estructura del gasto familiar” [23].


La transformación social de Puerto Rico fue tan abarcadora y profunda que alteró los modos de reproducción de la clase trabajadora, cambió la estructura de sus necesidades y la manera de satisfacerlas. La asistencia al trabajo fabril en pueblos y ciudades, al que se incorporaron miles de mujeres, fue muy diferente a la vida laboral agrícola y exigió supuestos cualitativamente distintos en varios aspectos: vivienda, transportación, alimentación, salud, vestimenta, educación, etc. Se llevó a cabo lo que se consideró un salto urbano, un desplazamiento de población hacia pueblos y ciudades, que ya venía adquiriendo forma antes de que se diera el cambio de rumbo económico entre 1945-47. “En la década de 1940-50 la población urbana de Puerto Rico saltó de 568,000 a 895,000 personas. En otras palabras, en 1940 la población urbana representaba el 30.3 por ciento del total, y en 1950 suponía el 40.5 por ciento”. Sin embargo, durante la década siguiente (1950-60), el aumento de población urbana fue de 40.5 a 44.2 por ciento, “lejos de alcanzar el 50 por ciento que la tendencia pasada apuntaba”, debido a que el acentuado desplazamiento de población rural fue absorbido en gran medida por la emigración hacia Estados Unidos [24].


La emigración, por consiguiente, evitó que se diera en la década de 1950-60 el punto de viraje decisivo en que la población urbana superara la población rural. Aunque dicho cambio ocurrió en la década siguiente, no fue debido a una disminución en la pérdida de población agrícola. La gente continuó desplazándose del campo hacia la ciudad, pero una gran cantidad de ellos abandonó el país. Con el crecimiento urbano no solo aumentó el nivel de consumo, debido al surgimiento de trabajos mejor remunerados, sino que se transformó la estructura misma de los medios de vida necesarios para la reproducción de la clase trabajadora.

Cambios en la composición de los medios de vida necesarios para reproducir la fuerza de trabajo.

Ya en la primera década del proceso de industrialización hubo dos cambios significativos en la masa de medios de vida necesarios para la reproducción de la fuerza de trabajo como resultado de la aceleración del proceso: 1) los medios de vida duraderos crecieron en importancia relativa con rapidez; 2) la creciente importación de medios de producción industriales vino también acompañada de la importación de una cantidad mayor de medios de vida de la clase trabajadora y de la población en general. El gobierno destacó ambas cosas como si fuese un resultado normal del desarrollo. “El crecimiento de las importaciones de esos renglones es usual en los procesos de desarrollo. En el caso de Puerto Rico la razón no es solamente la importación en masa de maquinaria y otros bienes de inversión, sino también el rápido crecimiento de las importaciones totales de automóviles y demás artículos duraderos de consumo. Al principio de la década las importaciones totales de este grupo sumaban menos de $45 millones, y en el año último llegaba a $177 millones, cuadruplicándose casi en cuestión de once años” [25].


La vida social se transformó durante esa primera década con una velocidad impresionante. El tiempo y el espacio de la vida rural fue sustituido por el dinámico ritmo industrial urbano, con un cambio significativo en el salario y en las formas de consumo. El resultado fue un descenso relativo en el consumo de alimentos por parte de las familias trabajadoras. “En Puerto Rico el consumo real de alimentos ha venido ascendiendo a un ritmo de 3.5 por ciento anual, porcentaje menor que el crecimiento del consumo total. Así, pues, la compra de alimentos representó un 39 por ciento del total en el último año, comparado con 46 por ciento en 1950” [26].


Sin embargo, el mismo informe económico destacó algunos factores que contrarrestaron la señalada disminución proporcional. Uno de ellos fue la tendencia a gastar más en “alimentos congelados, enlatados o semielaborados, que añaden costos adicionales por procesos de elaboración que en algunos casos antes se realizaban en el hogar”. Otro fue el cambio en la dieta familiar “en favor de productos de alto valor nutritivo, como carnes, huevos, leche, etc., con un valor por unidad más alto, acompañado de una reducción en el consumo de vegetales farináceos y otros alimentos más baratos”. El resultado fue una transformación significativa en las costumbres alimenticias. “En Puerto Rico el consumo per cápita de arroz y habichuelas se redujo en 5 y 9 por ciento respectivamente entre 1940-1959 y el consumo por persona de carnes aumentó 62 por ciento durante el mismo período” [27].


Una vez considerados los factores que contrarrestaron la tendencia a la reducción proporcional en los gastos de alimentos de las familias en Puerto Rico, como resultado de cambios significativos en la dieta, podemos aquilatar la importancia mayor que fueron adquiriendo los bienes duraderos de consumo entre 1950-1961. “Como resultado, la proporción del presupuesto de las unidades familiares que se dedica a bienes duraderos subió de 8 por ciento en 1950 a 13 por ciento en 1961. Datos comparativos con otros países ponen de manifiesto que el consumidor puertorriqueño está dedicando una proporción sustancial a la compra de bienes duraderos, similar más bien a la que existe en países con ingresos mucho más altos que Puerto Rico” [28].


Más adelante discutiremos el alcance de estas últimas observaciones. Por ahora, me interesa destacar la importancia ascendente de los bienes duraderos en el consumo familiar: viviendas, muebles, enseres eléctricos, automóviles, y otros. Los cambios en la composición de los medios de vida necesarios para la reproducción de la clase trabajadora no respondieron a un consumo de artículos de lujo o a falsas necesidades. Por el contrario, fueron causados por las rápidas y profundas transformaciones espacio-temporales en la vida social urbana y a las nuevas necesidades surgidas como resultado de tales cambios. Ahora corresponde considerar uno de los aspectos más notables del proceso: la procedencia de la masa creciente de los medios de vida necesarios para la reproducción de la fuerza de trabajo.


La importación de una masa creciente de medios de vida y el valor de la fuerza de trabajo.

El cambio en la orientación del desarrollo económico, ocurrido entre 1945-47, tuvo como resultado la imposibilidad de llevar a cabo una verdadera reforma agraria que pudiese desembocar en una articulación compleja entre la ciudad y el campo. La promoción de un acelerado proyecto industrial desvinculado de la agricultura de Puerto Rico, con el colapso agrícola subsiguiente, como ya ha sido señalado, le impuso una dislocación y supresión decisiva a la división del trabajo en su nivel más general. La consecuencia inevitable de la crisis agrícola y de la imposibilidad de un desarrollo agrícola-industrial orientado hacia el mercado interno fue la necesidad de importar una cantidad cada vez mayor de los medios de vida necesarios de la clase trabajadora y de la población en general. Ya Perloff había señalado el impacto que tenía la importación de alimentos en el costo de los medios de vida en la década del 1940-50. “It is worth noting, also, that prices for imported foods rose far more than those locally produced goods. Thus, between March, 1941, and June, 1946, the prices of imported foodstuffs increased by 90 per cent, as compared with an increase of 48 per cent in the prices of the locally produced edibles. By February, 1948, the imported-food price index showed a rise of 168 per cent over March, 1941, compared with a 74 per cent rise in locally produced food” [29].


Con la importación de las diversas formas del capital productivo, vino también la creciente diversidad de medios de vida originados en la economía estadounidense. La rápida transformación de la sociedad puertorriqueña, mediante el trasplante industrial proveniente de una economía desarrollada, alteró las condiciones de reproducción de la clase trabajadora con una celeridad nunca antes experimentada en Puerto Rico. La tendencia al alza de los salarios fue una consecuencia inevitable de las condiciones de la transformación social. Estaba incrustada en la celeridad del cambio. Al importarse los medios de vida de una economía cara, como se ha dicho, era imposible que en el valor de la fuerza de trabajo no ocurrieran cambios significativos. Después de más de dos décadas de desarrollo industrial, el gobierno reconoció el alcance y el ritmo de los cambios.


"Un aspecto importante de las importaciones hechas por Puerto Rico es su composición y la variación que en el transcurso del tiempo han sufrido los coeficientes de importación de los diversos productos. El crecimiento económico de Puerto Rico durante los últimos 20 años ha conllevado variaciones sustanciales en la composición de las importaciones, así como en la proporción que éstas han contribuido a la disponibilidad total de diversas categorías de bienes.

En 1949-50, el 48.5 por ciento de la importación total de Puerto Rico estaba representada por bienes de consumo, el 40 por ciento por materias primas y productos intermedios y el 11.5 por ciento por bienes de capital. A partir de entonces y hasta 1969-70 esa composición ha sufrido profundos cambios. La importación de bienes de consumo aumentó desde $166.8 millones en 1949-50 a $889.7 millones en 1969-70. La partida de bienes de consumo duraderos mostró una ligera tendencia creciente año tras año hasta constituirse en un 10.5 por ciento de la importación global en 1969-70 comparado con 6.5 por ciento veinte años atrás. De otra parte, el volumen de importaciones de bienes de consumo no duraderos, que presenta incrementos consistentes absolutos desde 1949-50, pierde en participación relativa, viviendo a constituir en 1969-70 solo el 24.3 por ciento de toda la importación hecha por el país, en comparación con 41.9 por ciento en 1949-50" [30].


La importación masiva de medios de vida fue un aspecto inevitable de la forma que adquirió el proceso de industrialización. Y la inmensa mayoría de esos medios de vida respondió a la aceleración de la transformación social, sin descartar que una vez en marcha también tuvieron un efecto en la dinámica del desarrollo industrial. La rápida transformación social impulsada por la industrialización provocó un cambio estructural de las necesidades de la población obrera y vino acompañada de la importación de una creciente masa de medios de vida originados en una economía desarrollada y cara. Sobre una base material con estas dos características fue imposible detener el impulso al aumento acelerado de los salarios. Si bien las regulaciones gubernamentales del salario fueron importantes, no se puede olvidar la estructura económica y social que le servía de fundamento. La causa principal estaba en el dinamismo de los cambios de la base material, no en las regulaciones.


Ahora bien, el impulso hacia el aumento salarial exigió una mayor productividad mediante un incremento en la composición técnica y orgánica del capital, con una inversión relativa cada vez menor en fuerza de trabajo. Es decir, en la misma dinámica de la producción operó una tendencia que aceleró el ritmo del desarrollo económico y evitó que la fase inicial de la industria liviana tuviese una duración más extensa con mayor capacidad para crear empleos. Dicha tendencia fue una expresión coherente e inevitable de las condiciones de reproducción impuestas por el capital en el proceso de industrialización.


Así se explica que la fase industrial de la industria liviana, con fábricas de muchos empleos de mano de obra barata, se agotara antes de que la economía alcanzara el empleo pleno de la fuerza obrera, como señaló el Informe Tobin. Como hemos visto, para poder comprender este complicado proceso no bastaba fijarse en el desarrollo industrial propiciado por Operación Manos a la Obra. Requería tomar en cuenta la relación del proceso de industrialización, el traslado masivo de población desde el campo hacia la ciudad, incluyendo la emigración masiva hacia Estados Unidos, además de considerar el impacto del colapso agrícola en el proyecto industrializador y el urbanismo acelerado que lo acompañó. La profunda y rápida transformación de la masa de medios de vida para la reproducción de la fuerza de trabajo, los cambios estructurales ocurridos en el consumo de la población trabajadora, al ser resultado de mercancías importadas principalmente de Estados Unidos, aumentó a un ritmo acelerado el valor de la fuerza de trabajo. La aceleración en el aumento de los salarios, pues, fue el resultado de un cambio cualitativo en el descoyuntamiento interno del proceso de producción y el proceso de consumo. Lo que equivale a decir que el valor de la fuerza de trabajo no pudo ser determinado, aunque fuese parcialmente, por sectores económicos articulados en torno a un mercado interior, sino que el valor de sus medios de vida estuvo determinado, con una fuerza cada vez mayor, por sectores económicos articulados en el exterior de Puerto Rico, sin ninguna vinculación interna con el conjunto de fábricas que operaban en el país.


En Puerto Rico el descoyuntamiento señalado, como efecto de la supresión interna de la división del trabajo en su nivel más general, mediante la quiebra de la relación entre la ciudad y el campo, se ha expresado con una fórmula sencilla: producimos lo que no consumimos y consumimos lo que no producimos. Sin embargo, no ha habido ningún intento riguroso de analizar las consecuencias estructurales de dicha fórmula para dilucidar cómo en este breve enunciado se encierran aspectos fundamentales de la relación colonial. En este ensayo hemos visto uno de esos aspectos, expresado en el ritmo acelerado del aumento de los salarios. Si el salario de los trabajadores, como expresión del valor de la fuerza de trabajo, está determinado por el valor de los medios de vida requeridos para su reproducción, el encarecimiento de dichos medios de vida, al ser importados de Estados Unidos, fue un factor decisivo en el aumento inevitable de los salarios. En el próximo artículo abundaremos en otros aspectos relacionados con este mismo problema.

Notas


[1] Harvey S. Perloff, Puerto Rico’s Economic Future. A Study in Planned Development, Chicago: The University of Chicago Press, 1950, 260.


[2] Administración de Fomento Económico, El desarrollo económico de Puerto Rico durante los últimos veinte años, julio de 1971, 13.


[3] Economic Study of Puerto Rico, Vol. II, p. 90.


[4] Stuart Chase, “Operation Bootstrap” in Puerto Rico. Report of Progress, 1951, Planning Pamphlets, No. 75, September, 1951, 36. La velocidad del desarrollo industrial ha sido reiterada por otros economistas. Años más tarde, por ejemplo, James L. Dietz señaló lo siguiente: “Esta transformación de una economía agraria se consolidó en un período de menos de 25 años, o sea, desde fines de la década del cuarenta hasta 1970; es decir, entre las revoluciones industriales, una de las más rápidas”. Fue un proceso de cambio que “en otras partes tomó un lapso de siglos” , y al ser “comprimido en unas décadas”, según Dietz, resultó “mucho más doloroso” (152). Historia económica de Puerto Rico, Río Piedras: Ediciones Huracán, 1989, 277.


[5] Teodoro Moscoso, Industrial Development in Puerto Rico, Second Study Conference on Economic Development Problems, Alcalá de Henares, 10-15 de abril, 1961, 17.


[6] Loyd G. Reynolds and Peter Gregory, Wages, Productivity, and Industrialization in Puerto Rico, Illinois: Richard D. Irwin, Inc, 1965, 32.


[7] Ibid.


[8] Informe al gobernador del Comité para el Estudio de las Finanzas de Puerto Rico. Informe Tobin, San Juan: Editorial Universitaria, 1976, 33.


[9] Eliezer Curet Cuevas también hizo un señalamiento parecido: “Ha sido necesario introducir prominentemente las industrias intensivas de capital sin todavía haber alcanzado el empleo pleno de fuerza trabajadora de manera que se reduce la habilidad para crear empleos en la proporción requerida”. El desarrollo económico de Puerto Rico: 1940-1972, 387.


[10] Informe Tobin, 34.


[11] Ibid, 31.


[12] Lloyd G. Reynolds and Peter Gregory, Wages, Productivity, and Industrialization in Puerto Rico, vii.


[13] Luis Muñoz Marín, Mensajes al pueblo puertorriqueño, San Juan: Universidad Interamericana de Puerto Rico, 1980, 10.


[14] Lloyd G. Reynolds and Peter Gregory, Wages, Productivity, and Industrialization in Puerto Rico, 20.


[15] Ibid, 41.


[16] Ibid, 54.


[17] Ibid, 83.


[18] Ibid, 95.


[19] Eliezer Curet Cuevas, El desarrollo económico de Puerto Rico: 1940 a 1972, 286.


[20] United States Department of Commerce, Economic Study of Puerto Rico, Volume II, Washington, D.C.: U.S. Government Printing Office, 1979. Ver los capítulos IV, V, VI, 617-669.


[21] Carlos Marx, El capital. Crítica de la economía política, Tomo Primero, Ediciones Venceremos, La Habana, 1955, 132. Los énfasis aparecidos en las citas pertenecen siempre al texto, a menos que se indique lo contrario.


[22] Ibid, 133.


[23] Junta de Planificación, Informe económico al gobernador, 1961, 65.


[24] Ibid, 82.


[25] Ibid, 36. Las ventas de energía a residencias también se cuadruplicaron: crecieron de $4.4 millones a $19 millones.


[26] Ibid, 67.


[27] Ibid, 67.


[28] Ibid, 67.


[29] Harvey S. Perloff, Puerto Rico’s Economic Future, 177.


[30] Junta de Planificación, Informe económico al gobernador, 1970, 99.



Félix Córdova Iturregui es profesor jubilado de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras.