La estrategia del insomnio: reseña de “UPR para el pueblo” de Giovanni Roberto

Giovanni Roberto, UPR para el pueblo: las huelgas estudiantiles de 2010-2011, Editora Educación Emergente, 2025

Si en octubre de 2009 nos hubiesen dicho que la revolución empezaba en dos semanas, nos lo hubiésemos creído. Desde la Universidad, un grupo enardecido de jóvenes veíamos un país convulso. Durante todo el año, las protestas iban en escalada. El 15 de ese mismo mes, el movimiento obrero sacó a la calle una cantidad que nos pareció casi inconcebible de personas a protestar contra los despidos y recortes de la administración de Luis Fortuño Burset. La efervescencia de Río Piedras aparentaba ser  incontenible. Poco después, en un intento de detener el estallido, el gobierno cerró la Universidad por una semana. Ese semestre no habría huelga. Sin embargo, el saldo fue significativo: en esas intensas jornadas el movimiento estudiantil cuajó una estructura organizativa compleja y funcional que, sin obviar sus contradicciones, sentó las bases para que el descontento y rabia generalizada que arropaba la isla se cristalizara en una lucha decisiva al interior de la Universidad.

“El 15 de octubre [de 2009] había sido un ensayo”, declara Giovanni Roberto en su libro sobre las huelgas estudiantiles de 2010-2011. La lucha estudiantil sería la escenificación de la obra culminada. La tenacidad con la que enfrentamos ese turbulento periodo quienes participamos de aquel movimiento queda plasmada en el recuento de Giovanni. Aquí, en UPR para el pueblo, quien fuera uno de los principales líderes de su ala más radical recoge sus memorias y anécdotas. Se trata de una contribución importante a la historia de la lucha universitaria; el  texto  puede dar pie a discusiones más complejas que dan cuenta no solo de lo que pasó en aquellos procesos, sino de su relación con el entorno político y social general, su contribución a la historia en cuanto a las formas de organización y lucha en los movimientos sociales del país, así como a una consideración crítica de la lógica subyacente a las estrategias empleadas durante ese periodo.

Giovanni resume esa lógica en una consigna: “si no nos dejan soñar, no los dejaremos dormir”. La Organización Socialista Internacional, el grupo que él dirigía, puso la frase en una camisa que muchos compramos. Detrás de las huelgas y de la infinidad de demostraciones que se llevaron a cabo durante ese periodo se hallaba esta concepción estratégica: la idea de la presión y la respuesta necesaria. Por cada acción de la Administración o el gobierno debía haber una reacción de los estudiantes que le impusiera un costo en la opinión pública a través de manifestaciones, cuántas más molestosas, mejor. Esto requería intransigencia, disciplina y entrega a la tarea de “hacerle la vida imposible” a los poderosos hasta que hicieran caso a los reclamos del estudiantado. En cierto modo, este es el objetivo de cualquier movimiento de protesta: usar la acción directa para provocar una crisis política que tenga que ser atendida. Traducir el descontento en urgencia e imponer la necesidad de solucionar el conflicto.

Sin embargo, esta lógica también implica que la presión del movimiento estudiantil —en tanto se la ve, como lo hace Giovanni y hacíamos muchos en ese momento— como una destilación activista del descontento social generalizado, sería el instrumento político con el que se le cobraba al gobierno una ofensa a la sociedad. En otras palabras, que el estudiantado servía como una especie de vanguardia de la sociedad civil levantada contra el Estado. Que los jóvenes nos aprestábamos a ocupar una vez más la violenta primera línea de lo que en nuestros momentos más fantasiosos llamamos el comienzo de “una década de lucha de clases”. 

Sobre nuestros cuerpos caería no solo el cansancio del piquete, la marcha y el portón, sino el peso de la macana, el golpe de la bala de goma y el ácido del gas lacrimógeno. En su peor momento, la lógica era sacrificial: he aquí la juventud puertorriqueña inmolándose ante la injusticia. De ahí la gloria; de ahí el trauma. No culpo a Giovanni de no enfocarse en eso: ¿quién prefiere contar lo feo a lo indudablemente bello de un periodo donde cada acto cotidiano adquiría un significado inmenso después que estuviese vinculado a “la lucha”?

Si somos culpables de algo los “veteranos” de aquellas huelgas es de habernos creído el cuento de nuestra propia victoria, ofuscando entre las celebraciones las cicatrices.

Un punto concreto en el que se nota el olvido hoy es en el problema de las formas de organización. Aquí el recuento de Giovanni es un correctivo necesario. Sus recolecciones son útiles: detallan el desarrollo del movimiento desde el punto de vista de sus militantes más activos, de quienes desayunaban, almorzaban y cenaban paros, marchas, asambleas, muchas reuniones y, de postre, degustaban macanazos. La huelga puede ser lo más vistoso, el momento de mayor intensidad. Pero no es el todo de la protesta: se recuerda mucho la gloria del cierre, queda sin mencionar todo lo que se hizo antes y después de la paralización. Una de esas barricadas que se aprecian en las múltiples fotos del libro no bloquea un portón por generación espontánea. El éxito que pudimos tener fue meramente una consecuencia del esfuerzo organizativo cotidiano que vino detrás. De un ímpetu decido por convencer a la mayor cantidad de gente posible de que luchar por la universidad —haciendo una huelga, de ser necesario, con todas sus consecuencias (una F, una suspensión, clases en junio, enfrentamientos con la policía…)— era inevitable y requería el compromiso colectivo de una generación. 

Ciertamente, la organización del movimiento social estudiantil operaba gracias al compromiso de un grupo, pequeño en relación al conjunto del estudiantado, que se daba a la tarea prácticamente diaria de ponerlo en marcha. Pero los esfuerzos de esa militancia, que eventualmente reclamaría para sí misma una vez más el honorífico de “los huelguístas”, hubiesen sido en vano sin un estudiantado receptivo a sus esfuerzos: no como un rebaño a ser dirigido, sino como una masa contradictoria de individuos que tenían que ser convencidos de que la situación requería acciones directas. En su mejor momento, los resultados de esa fructífera relación deslumbraron al país. Marchas y asambleas multitudinarias. Huelgas con un apoyo sólido. Un desbordamiento de solidaridad.

Se combinaba una nueva estructura con los remanentes organizativos de una larga historia de activismo estudiantil. Junto a los consejos de estudiantes seguían activas varias organizaciones políticas de izquierda que llevaban a cabo un trabajo propagandístico consistente y servían como repositorio de la memoria de las luchas pasadas. A veces eso llevaba a contradicciones. Más de un grupo reclamaba el legado histórico de la FUPI. Los intereses de estos grupos podían entrar en conflicto con los del estudiantado en general, sobre todo cuando ponían la lógica de su crecimiento grupuscular por encima de la construcción de un movimiento amplio. Pero en todo momento contribuían un espacio desde el cual se pensaba estratégicamente y se estudiaba el pasado como guía para la lucha presente.

Fuera de los consejos y organizaciones, surgió un entramado de comités de base en cada Facultad que reunía a los estudiantes dispuestos a “meter mano” por la educación pública. Recibieron muchos nombres. Fueron escenario de encontronazos: las perspectivas diferían, todo el mundo creía que lo que se hacía era lo más importante que había hecho en su vida, los ánimos se caldeaban. En Sociales, Educación y Humanidades llegaron a organizarse múltiples comités de este tipo a la vez. Ahí está la penosa historia de la innecesaria competencia entre los Comités en Defensa de la Educación Pública y los Comités de Acción, que solo se resolvió cuando el devenir del proceso impuso que el movimiento se unificara en la acción directa. 

Pero cada uno de estos comités se reunía, usualmente cada semana, en su Facultad. Recibía a estudiantes listos para tomar acción, independientemente de su afiliación política: lo importante era que estuviesen dispuestos a defender la UPR, a enfrentarse a su destrucción. Aquí se daban debates tácticos y estratégicos entre socialistas, anarquistas, populares y unos cuantos que rechazaban cualquier clasificación. Publicaban boletines, pintaban murales, pegaban pasquines, organizaban charlas y conversatorios, reunían círculos de estudio y una que otra excursión a los tugurios de Río Piedras. Escogían representantes que se reunían periódicamente para coordinar esfuerzos y convocaban, regularmente, reuniones más amplias del Recinto en general, una práctica que eventualmente recibió el nombre de “pleno”, espacio que paulatinamente fue sustituyendo la organización más estructurada y coherente por Facultad. 

La persistencia y primacía que desde entonces adquirió el pleno en el movimiento estudiantil no es otra cosa que un remanente de un entorno organizativo mucho más desarrollado. El pleno se impuso en la medida en que se fue desorganizando la estructura subyacente. De ser simplemente una instancia de coordinación incidental y debate general a nivel del Recinto, construida sobre un esquema más extenso, pasó a dominar como forma organizativa de un movimiento reducido.

Por encima de todo este ecosistema de comités, organizaciones y consejos, el verdadero centro del movimiento estudiantil lo constituían las asambleas. Como detalla Giovanni, durante el periodo de 2009-2011, se celebraron decenas de asambleas por Facultad, así como varias asambleas generales cada semestre. En esas asambleas de Facultad se daban discusiones preparatorias para las generales. Previo a los paros del Recinto, se aprobaban ocupaciones y paros en las Facultades. El movimiento crecía con moméntum, yendo de lo local a lo general. Ninguna decisión se tomaba en la inmediatez: cada acto salía de una conversación prolongada, pasional, pero relativamente estructurada, en la que se cuajaba la capacidad de actuar en conjunto.

Estas asambleas lograban lo que nunca podrían haber hecho los grupos más pequeños: reunir periódicamente a un gran número de estudiantes para deliberar sobre sus reclamos y acciones. Con sus problemas innegables, las asambleas estudiantiles en la UPR representan el ejercicio de democracia directa sostenido de mayor duración en la historia de Puerto Rico. No se puede subestimar el legado de esta institución: dentro de los confines de la Universidad, los estudiantes llevan experimentando por décadas con una democracia de otro tipo. En ellas se da un intercambio de ideas sostenido entre cientos, a veces miles, de estudiantes, bajo el entendido de que se acatará la decisión del colectivo. Las asambleas deberían ser vistas como algo más impresionante que los paros y huelgas: ¿qué valor simbólico puede envidiarle una asamblea al cierre de un portón? 

Había, sin embargo, un miedo latente a las asambleas entre los militantes: la incertidumbre de si se lograría convencer a una multitud. Pronto se hizo claro que, en ese espacio, se podía lograr. Poco después del inicio de la huelga de abril, en una asamblea en el Centro de Convenciones, a la que entramos con temor de que se levantara la huelga, no hubo ni que contar los votos a favor. En marcha al Capitolio, la lluvia escondió las lágrimas de alegría en nuestras caras. Todavía estaba en el futuro la violencia desenfrenada con que nos recibirían en el Hotel Sheraton por llevarle un piquete demasiado cerca al gobernador.

El recuerdo de una huelga es casi místico. 

El movimiento estudiantil ha prefigurado periódicamente otra sociedad desde que se reúnen asambleas de estudiantes hace quizá más de un siglo, que se ensayó por primera vez la huelga de ocupación prolongada en 1973 y luego se estableció el modelo de la huelga indefinida en 1981.

¿No le da curiosidad a los observadores qué pasa dentro de los portones cuando el Recinto queda en manos del estudiantado? La aplicación del principio de deliberación asamblearia y de participación horizontal en igualdad produce una nueva comunidad política en miniatura a su interior. 

Esta es la pequeña comuna de Río Piedras, que despierta solo momentáneamente, pero con regularidad estacional. Un mundo joven, organizado a partir del principio de que todo se tiene en común: donde el problema que surja será atendido colectivamente. Este es un experimento político en la democracia radical, directa y participativa en todos sus niveles. “¿Qué hacer?” es la pregunta a la orden del día, y su contestación, necesariamente común. Primero, discutirlo; entonces, llevarlo a cabo. Entre todos, para todos.

Durante la más reciente paralización, en abril de 2026, los huelguistas me pidieron hablarles de la historia del movimiento estudiantil. Al finalizar la charla, pregunté: “¿Por qué están aquí?” Una joven, que se unió a la huelga incluso habiendo votado contra ella en asamblea, contestó: “La democracia”. Su democracia —autónoma, estudiantil y directa— es envidiable frente a la “democracia” —colonial, ignorante y distantísima— que ofrecen el Estado Libre Asociado y la Junta de Control Fiscal. En la Universidad de Puerto Rico, se sostiene un ejercicio práctico, un aprendizaje alterno, en el que una generación tras otra se ha enfrentado a la pregunta de cómo se gobierna un pueblo a sí mismo, así sea un pequeño pueblito de jóvenes estudiantes reunidos brevemente por una lucha común, resolviendo qué comen esta noche en los portones. 

¿Por qué debería acabar ese experimento con el fin de una huelga?

Pero por aquí se llega a otro insomnio aterrador. Este es el de quien sabe que si concilia el sueño, sueña con dulzura que ha sido admitido una vez más a la comuna, pero al despertar deberá reconocer con pena que por ese portón se pasó solo una vez y antaño. Negárselo es vivir de glorias pasadas y en melancolía. ¿Cuándo salir de esta pesadilla también colectiva, del saber que otro mundo es posible, porque se escribió su anuncio, y no poder engendrarlo una vez más, abarcando comunalmente todo, incluso y sobre todo, fuera de esos portones? Tanto el realismo como la esperanza que aprendimos obligan a decir: “todavía”.

Y de ahí la mística y la mistificación.

¿En qué medida somos responsables, quienes narramos estas historias, de producir una mitología? 

Llegado febrero de 2011, el movimiento huelgario se descomponía. Los enfrentamientos con la policía eran diarios; cientos de estudiantes habían sido arrestados en desobediencia civil. Incidentes confusos en los que afloraba la frustración en el quiebre de cristales o desenfrenos esporádicos minaban el apoyo a los estudiantes en huelga. Las demandas estudiantiles fueron eclipsadas por la inminencia de la violencia: hasta el presidente José Ramón de la Torre tuvo un último acto de decencia al renunciar en protesta por la intolerable situación en las que nos sumió la Fuerza de Choque. Giovanni describe la penosa contradicción de ese final: “Nos pasó un par de veces que, al ir a algunos salones a repartir papeles, nos encontrábamos con estudiantes que eran del movimiento. De repente uno no sabía qué pensar o sentir, la verdad, porque como que le daba a uno un bajón de ánimo, que se estuviera con todas las fuerzas reclamando unas paralizaciones que ni siquiera gente del movimiento respetaba”. Ante esta situación, la huelga era insostenible. Y, sin embargo, se impuso un delirio final: “Yo me mantuve”, escribe el líder, “en la línea de continuar la huelga, pero intentando que de verdad se paralizara la universidad”.

Este es el fetichismo final del cierre como cúspide. La ilusión de que la huelga la hace un grupito de militantes. El cálculo estratégico erróneo que privilegia la paralización como acción más poderosa. La realidad es que una paralización como protesta no depende de la capacidad de unos pocos por cerrar los portones o marchar sacando estudiantes de los salones. La condición ineludible de un paro exitoso es el convencimiento de la mayor parte del estudiantado de que seguirá el llamado a no tomar clases. Un movimiento activo, en protesta constante, que logra reunir asambleas multitudinarias y hacerse escuchar por múltiples métodos no siempre tiene que estar cogiendo sol en los portones. El repertorio histórico de métodos de lucha en el movimiento estudiantil recoge una amplia gama de acciones que desborda el tipo de paro que se ha impuesto desde la malograda huelga de 2005 contra el alza en la matrícula.

¿Qué podría hacer un grupo reducido frente a una ola de estudiantes deseosos de entrar a los salones? Nada. Eso fue lo que descubrimos en febrero de 2011. Aquellos “huelguistas” que vimos el proceso hasta el final un día también regresamos a clase. Lejos quedaba el momento de júbilo que vivimos luego del final de la primera huelga en el verano de 2010, cuando se abrieron los portones y celebramos una victoria. Ahora se imponía una frustración tan intensa como el sentido de urgencia que nos había traído hasta aquí. Nuestros compañeros ya tomaban clase hace semanas cuando finalmente los huelguistas nos dimos cuenta de que no dirigíamos la realidad. 

Recuerdo lo desconcertante del momento. Al final de una de esas marchas finales me encontré inconsolable, sentado en la plaza frente a la Torre, leyendo el clásico Las vallas rotas. Ahí se cuenta la historia de la huelga de 1981-82, nuestro referente glorioso y admirado. Un compañero me preguntó si buscaba la respuesta.

¿Cómo se termina una huelga? Todas terminan.

Francisco Fortuño Bernier

Francisco J. Fortuño Bernier es profesor de ciencia política en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

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