El planeta Tierra y sus habitantes no son mercancía
Cada 22 de abril se conmemora el Día del Planeta Tierra con el propósito de promover la conciencia ambiental. Sin embargo, vale la pena preguntarnos desde qué mirada estamos construyendo esa conciencia. Con frecuencia, ese discurso ha estado anclado en un enfoque de antropocentrismo regulado por la lógica del mercado: una visión que protege la naturaleza no por lo que es, sino por lo que vale (1).
Desde esta perspectiva, los ecosistemas se traducen en capital natural y en servicios ecosistémicos (2), como si la complejidad de la vida pudiera ser plenamente comprendida y justificada en términos económicos. Este giro no es inocente. Cuando solo valoramos aquello que puede medirse o monetizarse, todo lo demás comienza a desvanecerse: la biodiversidad, los vínculos ecológicos y el valor intrínseco de los seres vivos quedan relegados a un segundo plano, subordinados a su utilidad para el ser humano.
Así, lo que parece una estrategia de protección puede convertirse en una forma de administrar la pérdida. Cuando la protección ambiental depende de la rentabilidad, la destrucción deja de ser un límite y pasa a ser una variable más dentro del sistema. Mecanismos como la internalización de externalidades (3) no eliminan el daño, sino que lo integran, permitiendo que continúe bajo ciertas condiciones. En este marco, contaminar, deforestar o explotar animales no desaparece como práctica; simplemente adquiere un precio.
De este modo, la sostenibilidad, frecuentemente asociada al desarrollo sostenible, corre el riesgo de transformarse en un lenguaje de legitimación. No cuestiona la lógica de fondo, sino que la ajusta. Se protege lo que resulta rentable conservar y se deja de lado aquello que no encaja en esa ecuación.
En el caso de los animales, esta tensión se vuelve aún más evidente. Al ser concebidos como recursos o unidades productivas, su sufrimiento queda fuera del análisis moral relevante (Francione, G. L. y Singer, P). No se cuestionan las estructuras que generan daño sistemático, sino que se perfeccionan para hacerlas más eficientes o socialmente aceptables.
Frente a esto, se abre una invitación a repensar nuestra relación con el mundo vivo. Enfoques que reconocen que la naturaleza y los seres que la habitan poseen valor por sí mismos, independientemente de su utilidad económica, nos proponen un cambio de mirada. No se trata solo de una reflexión filosófica, sino de una transformación práctica: reconocer límites reales a la explotación, más allá de cualquier precio.
En esta misma línea, el modelo agroindustrial contemporáneo nos enfrenta a una de las expresiones más visibles de esta contradicción. La producción intensiva de animales para consumo, frecuentemente defendida en nombre de la eficiencia, revela un profundo desequilibrio: grandes extensiones de tierra destinadas a alimentar ganado en lugar de personas, ecosistemas degradados, biodiversidad en retroceso y un aumento significativo de emisiones que agravan la crisis climática. La llamada “proteína industrial” no solo es cuestionable éticamente, sino difícilmente sostenible ecológicamente.
Este fenómeno no es aislado. Responde a una lógica más amplia, la del “usar y descartar”, donde la vida humana y no humana se reduce a un recurso sustituible. Sin embargo, la naturaleza no funciona bajo esa lógica. Opera en ciclos, en equilibrios delicados, en interdependencias que no pueden ser reemplazadas sin consecuencias. La crisis climática que enfrentamos no es un accidente inesperado, sino el reflejo de esta desconexión.
Un ejemplo cercano nos invita a reflexionar aún más. En Puerto Rico, la reciente autorización por parte del Departamento de Recursos Ambientales y Naturales para capturar y comercializar especies invasoras como medida de control plantea interrogantes profundas. ¿Qué ocurre cuando aquello que queremos erradicar se convierte en fuente de ingreso? Al no atender las causas estructurales, como la importación irresponsable o el tráfico de animales, y centrarnos únicamente en las consecuencias, corremos el riesgo de generar lo que se conoce como “incentivos perversos”: aquello que debería desaparecer se vuelve rentable. En ese escenario, la solución puede transformarse en la continuidad del problema, reorganizado bajo nuevas reglas de mercado.
Pero hay una dimensión adicional que no puede pasarse por alto. Al convertir a estos animales en productos (piel, carne, recurso) se refuerza una visión en la que la vida se reduce a mercancía, perpetuando lógicas que históricamente han sostenido el sufrimiento animal. Esta misma racionalidad es la que alimenta, directa o indirectamente, circuitos más amplios como el tráfico de vida silvestre, donde los animales son capturados, reproducidos o desplazados para satisfacer demandas económicas. Lejos de corregir el desequilibrio ecológico, estas prácticas pueden intensificarlo, al insertar nuevamente a los animales dentro de dinámicas de explotación que desconocen no solo su valor como seres sintientes con intereses y su rol en los ecosistemas, sino también su derecho a vivir en sus hábitats, desarrollar sus comportamientos naturales y transitar sus vidas libres de dominación y sufrimiento impuesto.
A todo esto, se suma una dimensión que apenas comenzamos a comprender en toda su profundidad: la interdependencia entre la salud humana, animal y ambiental. Desde la perspectiva de One Health, la degradación de hábitats, la explotación intensiva de animales y la pérdida de biodiversidad no solo afectan a otras especies, sino que crean condiciones propicias para crisis sanitarias que terminan impactando con mayor fuerza a las poblaciones humanas más vulnerables. La salud del planeta es una sola, y nuestra forma de habitarlo tiene consecuencias compartidas. En este sentido, la justicia no puede limitarse a lo humano: requiere ampliarse hacia una justicia interespecie (Donaldson, S. & Kymlicka, W.).
Por ello, más que ajustar el sistema, el desafío parece ser otro: imaginar formas distintas de relacionarnos con la vida. Esto implica cuestionar la dependencia de modelos basados en la explotación intensiva y abrir espacio a alternativas que prioricen el equilibrio, la cercanía y el respeto por los ciclos naturales. No se trata únicamente de reducir impactos, sino de transformar la manera en que entendemos nuestro lugar en el mundo.
El filósofo noruego Arne Næss, fundador de la ecología profunda, propone una crítica radical al antropocentrismo al sostener que la naturaleza posee valor intrínseco, es decir, un valor independiente de su utilidad para los seres humanos. Desde esta perspectiva, los seres vivos y los ecosistemas no deben ser tratados como recursos o medios para fines económicos, sino como entidades con dignidad propia. En consecuencia, la relación ética con la naturaleza no debe basarse en su gestión eficiente o su valorización en el mercado, sino en el reconocimiento de límites a su explotación y en el respeto por la integridad de la vida en todas sus formas.
Conceptos como el de capital natural y servicios ecosistémicos, desarrollados por autores como Herman Daly y Robert Costanza, buscan visibilizar la importancia de la naturaleza, pero lo hacen a costa de traducirla en términos económicos, reforzando una lógica donde su protección depende de su rentabilidad.
El concepto de internalización de externalidades, desarrollado por Arthur Cecil Pigou, propone corregir los daños ambientales asignándoles un costo económico. Sin embargo, esta lógica no elimina el daño, sino que lo integra al sistema, permitiendo su continuidad bajo condiciones reguladas.
Referencias:
Daly, H. E., & Farley, J. (2011). Ecological economics: Principles and applications (2nd ed.). Washington, DC: Island Press.
Donaldson, S., & Kymlicka, W. (2011). Zoopolis: A political theory of animal rights. Oxford: Oxford University Press.
Francione, G. L. (2008). Animals as persons: Essays on the abolition of animal exploitation. New York, NY: Columbia University Press.
Gómez-Baggethun, E., de Groot, R., Lomas, P. L., & Montes, C. (2010). The history of ecosystem services in economic theory and practice. Ecological Economics, 69(6), 1209–1218.
Næss, A. (1973). The shallow and the deep, long‐range ecology movement. Inquiry, 16(1–4), 95–100.
Nibert, D. (2013). Animal oppression and human violence: Domesecration, capitalism, and global conflict. New York, NY: Columbia University Press.
Pigou, A. C. (1920). The economics of welfare. London: Macmillan.
Singer, P. (1975). Animal liberation. New York, NY: HarperCollins.
Wadiwel, D. J. (2015). The war against animals. Leiden: Brill.
World Health Organization, Food and Agriculture Organization, & World Organization for Animal Health. (2021). One Health high-level expert panel (OHHLEP): Definition of One Health.

