El colapso agrícola: su relación con la crisis actual (I)

Por Félix Córdova Iturregui



Nota: Este artículo es el primero de una serie con el propósito de caracterizar el aspecto histórico de la crisis actual de Puerto Rico.


El Informe del Comité sobre las Finanzas de Puerto Rico, sometido por James Tobin, el 11 de diciembre de 1975, al gobernador Rafael Hernández Colón y al Consejo Financiero, hizo la siguiente observación: “Puerto Rico ha desarrollado problemas estructurales profundos que se combinan con los problemas cíclicos que confronta hoy” [1]. En realidad no había forma de evadir la distinción entre los dos niveles, debido a que durante el trabajo del Comité dirigido por Tobin, Puerto Rico fue duramente golpeado por la recesión de 1975. Sin embargo, aunque la recesión tuvo un impacto muy fuerte, el Comité había comenzado a trabajar previo a su desenlace con el fin de atender problemas ya existentes. Al reconocer la importancia de separar los componentes del ciclo de los componentes seculares, fijó su atención en aquellos síntomas que, con toda seguridad, no desaparecerían con el fin de la recesión. “Sería erróneo imputar totalmente los actuales problemas puertorriqueños a la recesión en Estados Unidos y esperar que la recuperación continental los resuelva” (1).


El informe, por consiguiente, puso su atención en los problemas cuya dimensión se encontraba en la estructura económica del país. Era necesario hacerlo porque los problemas estructurales eran de naturaleza profunda, como se afirmaba. Por esta razón, el estudio del Comité destacó dos importantes fechas previas a la recesión de 1975. La primera fue el año 1969, repetida en varias ocasiones, por significar un punto de viraje en la economía. A partir de 1969 se podía notar un auge en la inversión pública. En el sector gubernamental, nos dice el informe, “los gastos crecieron a un ritmo sin precedente de 1969 a 1973”. Para entender el impacto del ritmo ascendente, el informe compara el período de 1949-1969, con un aumento en “el consumo gubernamental de bienes y servicios de 11.4% a 15.4% del PNB”, con los años entre 1969-1973, en que el consumo gubernamental ascendió a 21.4% del PNB. “Así, en cuatro años, el consumo gubernamental, como proporción del PNB, aumentó mucho más que en los veinte años anteriores” (49).


Ante la posibilidad de adjudicar el aumento a algún estímulo externo, el Comité hace la siguiente observación: “Por el contrario, muchos observadores puertorriqueños concuerdan en que gran parte del auge en la inversión pública posterior a 1969 – particularmente en obras públicas – ha sido diseñado principalmente para llenar el vacío en el gasto causado por las reducciones en la inversión privada” (30). En varias ocasiones, el informe se refiere a la falla del sector privado: “Esta falla del sector privado total respecto de proveer alguna proporción sustancial de las necesidades de inversión de Puerto Rico, ha tenido serias consecuencias. Primero, ha significado que – en ausencia de un ahorro público compensatorio – Puerto Rico se ha visto obligado a depender en gran medida, y cada vez más, de recursos externos para sus inversiones. El continuo aceleramiento de esa dependencia llegará a ser mucho más costosa en un futuro cercano” (37).


Las observaciones del Informe Tobin son contundentes: el aumento de la inversión en el sector público fue estimulado por un vacío causado por las reducciones de la inversión privada. Fue la debilidad de la inversión privada, su decaimiento a partir de 1971, lo que aceleró el crecimiento del empleo público. Observaciones de esta naturaleza son importantes porque se encuentran en abierta contradicción a la idea desplegada posteriormente, amparadas en el llamado gigantismo gubernamental, un concepto elaborado para culpar al gobierno por la crisis económica actual. El Informe Tobin, dicho sea de paso, en ninguna ocasión utiliza el concepto gigantismo gubernamental. Sin embargo, reconoce que el gobierno es relativamente grande: “El sector público es grande en Puerto Rico y no se puede dar el lujo de gastar descuidadamente” (29). Una observación hecha después de haber destacado lo siguiente: “La inversión privada en activo fijo, que aumentó como proporción de la inversión fija total en la década del 60, ha bajado como proporción de la inversión desde 1970. Ha bajado en términos absolutos desde 1972” (27). Por consiguiente, el aumento del empleo público a partir de 1972 corresponde a la reducción, en términos absolutos, de la inversión del sector privado desde 1972.


Una vez planteado el problema que enfrenta el sector gubernamental, el informe se hace la pregunta pertinente: “¿Por qué bajó la inversión? Esta pregunta es importante pero difícil. Hemos examinado anteriormente la posibilidad de que la posición competitiva de Puerto Rico haya decaído internacionalmente”(70). Se trata de un problema difícil, no cabe duda, pero no se resuelve mirando hacia el exterior y con la búsqueda de causas ajenas a la economía de Puerto Rico. El mismo informe lo reconoce: “El aumento de los precios del petróleo proporcionó un rudo golpe a la posición competitiva puertorriqueña en las petroquímicas, un sector principal en los últimos años de la década del 60 y los primeros de la del 70. La reducción anterior (10% de precios corrientes) de la inversión privada en 1973, antes del boicot petrolero, es más perturbadora y difícil de explicar”(70). En una economía tan abierta como la de Puerto Rico, los factores externos tienen, sin duda, un gran peso. Sin embargo, desde el momento que se hace referencia a desequilibrios estructurales, el análisis debe orientarse hacia la estructura interna de la economía.


Observaciones claves del Informe Tobin que deben provocar mayor reflexión.


Una vez se hace un diagnóstico importante, al señalar la falla del sector privado y la presión sentida en el sector público de aumentar su inversión para cubrir el vacío relativo de la inversión privada, acentuado a partir de 1971, es necesario indagar sobre las causas internas del deterioro en las condiciones de la acumulación de capital. Si las condiciones competitivas de Puerto Rico, muy atractivas al comenzar la industrialización, se deterioraron, habría que indagar sobre las causas del deterioro. El informe destaca tres atractivos principales que sirvieron de apoyo al proyecto industrializador: 1) ser una región políticamente segura; 2) proveer exención contributiva; 3) ofrecer mano de obra barata.


De estos factores, el tercero perdió su atractivo: “La evidencia indica claramente que la fuerza obrera y los costos de mano de obra de Puerto Rico ya no atraen una tasa de inversión adecuada. En los últimos cinco años, los sectores con crecimiento más rápido y tasas de inversión más altas han sido aquellos en los cuales los costos de mano de obra casi no se diferencian. Las petroquímicas, las farmacéuticas y otras industrias químicas crecieron rápidamente en los últimos años de la década del 60 y los primeros años del 70” (31).


El informe no ve con malos ojos la pérdida de atractivo de las industrias de mano de obra barata. El problema no se encuentra en la transición hacia industrias de mayor composición orgánica y técnica del capital, sino en el ritmo de ese desarrollo. La transición se acentuó en Puerto Rico demasiado rápido, cuando todavía el desarrollo de la industria de mano de obra barata no había podido absorber la fuerza de trabajo existente, manteniéndose una tasa de desempleo muy elevada. “Sin embargo, en el caso de Puerto Rico, el crecimiento de estas fábricas está decayendo mucho antes de haberse alcanzado el empleo pleno de la fuerza obrera. El desempleo en Puerto Rico nunca ha sido menor de 10%, aún cuando la participación de la fuerza obrera es excepcionalmente baja, y la migración neta hacia el Continente ha reducido más aún la fuerza obrera” (33).


El Informe Tobin abordó, pues, un problema importante. Pero se redujo a señalarlo. El proyecto de industrialización en Puerto Rico no pudo alcanzar el empleo pleno durante su fase inicial con el establecimiento de industrias de mano de obra barata. Es decir, en el momento en que las industrias tenían acceso a salarios bajos, en un amplio mercado de trabajo, el proyecto industrializador no pudo resolver el problema del desempleo. Tal incapacidad se manifestó al mismo tiempo de ocurrir la emigración de una gran masa humana hacia Estados Unidos, descongestionando el mercado laboral. Si el proceso de industrialización en Puerto Rico aceleró su ritmo y se dio una transición muy temprana hacia industrias de mayor composición técnica, con utilización relativa de menor cantidad de fuerza de trabajo, en una sociedad con escasez de empleos, es necesario cuestionar cuál fue la base material de dicho desarrollo industrial, pero sobre todo indagar sobre la forma en que se constituyó el mercado.


El mercado no es una estructura neutral: una dimensión histórico-social lo constituye.


El Informe Tobin destacó un aspecto importante del proceso de industrialización: la baja tasa de participación laboral. La primera fase del desarrollo industrial, con industrias livianas basadas en la utilización intensiva de fuerza de trabajo, pudo resolver el problema del desempleo. Fracasó aun combinándose con una emigración masiva hacia Estados Unidos, que en la década del 50 sacó del país a casi un millón de personas. También el Economic Study of Puerto Rico, un estudio voluminoso realizado por el Departamento de Comercio de Estados Unidos, señaló el descenso del nivel de la tasa de participación laboral como parte de la industrialización. Fue una característica del proceso en Puerto Rico. Según el estudio, después de la recesión de 1975, la tasa de desempleo alcanzó 23% mientras la tasa de participación laboral se había reducido a 42% [2].


Se trata de algo verdaderamente sorprendente que requiere un cuestionamiento. ¿Por qué un proyecto de industrialización que tuvo como objetivo eliminar el desempleo, desde sus inicios, manifestó un declive sustancial de la tasa de participación laboral? James Dietz expresó la situación en estos términos: “La tasa de participación en la fuerza laboral alcanzó su punto máximo en el período de posguerra en 1951, con 55.5 por ciento y el mínimo en 1983, con 41 por ciento. Esta reducción general indica la disposición de los trabajadores a entrar en el mercado de trabajo que comenzó a declinar justo en el momento del despegue del programa de industrialización – que se había establecido precisamente para ofrecer empleos y reducir el desempleo – y a la vez que las promociones industriales de Fomento comenzaron a tomar velocidad” [3].


No hay manera de entender la complejidad de este proceso con el foco puesto solamente en el proyecto de industrialización. La explicación exige observar el conjunto de la economía. Entonces se puede comprobar que el desarrollo industrial se combinó con un colapso de la agricultura. Mientras la industrialización se puso en marcha con un gran dinamismo, la agricultura entró en un declive histórico que limitó su impacto. Aunque el Informe Tobin no atendió esta significativa dialéctica entre expansión/declive de los dos sectores, el Informe Echenique lo hizo, pero señalando que el “rápido crecimiento económico de los últimos 15 años ha pasado por alto a la agricultura de Puerto Rico”. Ese pasar por alto fue realmente sorprendente por las consecuencias que tuvo. “La disminución de la producción agrícola viene acompañada de una disminución continua de la cantidad de tierra cultivada, y una disminución aún mayor en el empleo agrícola. En 1950, había aproximadamente 200,000 personas empleadas en la agricultura – casi 1/3 parte de la fuerza laboral – con un 40 por ciento de éstos (cerca de 80,000) empleados en la industria de la caña de azúcar solamente, Entre 1960 y 1974, mientras el empleo total aumentaba en un 43 por ciento, el número de trabajadores en la agricultura declinó cerca de 60 por ciento” [4].


El acentuado decaimiento de la agricultura, con una pérdida de empleos tan marcada, le puso límites severos al proyecto de industrialización. Por un lado, la ausencia de un desarrollo agrícola con la capacidad de proveer medios de vida para la clase trabajadora acentuó la dependencia en la importación de alimentos de Estados Unidos. Tal dependencia, combinada con la ley de cabotaje, tuvo un efecto inevitable en el encarecimiento de la fuerza de trabajo. Además, con una pérdida de empleos en el sector agrícola, muy superior a los empleos creados con la industrialización, contando aun con la emigración en masa, se frustraba la posibilidad del movimiento de la economía hacia el pleno empleo.


Ahora bien, el complicado ritmo disonante entre el colapso de un sector y el auge de otro fue parte intrínseca del proceso de formación histórica del mercado en Puerto Rico en su camino hacia la modernidad. Lejos de ser una institución neutral, el mercado es un tejido de fuerzas que se expande con la generalización de la producción de mercancías. Mientras un nuevo sector empresarial privado se abría el rumbo, otro sector se desplomaba. Por consiguiente, las relaciones entre el trabajo asalariado y el capital nunca han podido existir de forma expansiva en ambos sectores, generalizándose por toda la extensión social. El colapso agrícola significó, por consiguiente, la imposibilidad de que la relación trabajo asalariado/capital se extendiera de forma coherente por toda la sociedad. El decaimiento abrupto de la agricultura fue equivalente a una violenta mutilación en el cuerpo social. No fue, en absoluto, insignificante. La cicatriz del colapso agrícola sería una marca permanente en la historia económico-social de Puerto Rico.


Cuando Marx analizó la división del trabajo dentro de la manufactura y su relación con la división del trabajo dentro de la sociedad hizo unas observaciones que debemos tener en cuenta: “Si nos fijamos en el trabajo mismo, podemos considerar la división de la producción social en sus grandes sectores, la agricultura, la industria, etc., como división del trabajo en general, la clasificación de estos sectores de producción en categorías y subcategorías como división del trabajo en particular, y la división del trabajo establecida dentro de un taller como división del trabajo en el caso concreto[5]. Más adelante, Marx reitera que la base de todo régimen de división del trabajo “un poco desarrollado y condicionado por el intercambio de mercancías es la separación entre la ciudad y el campo”. Y añade: “Puede decirse que toda la historia económica de la sociedad se resume en la dinámica de este antagonismo…” [6].


El colapso agrícola que acompañó el proceso de industrialización tuvo un impacto de enorme alcance: quebrantó la dinámica de la división del trabajo en general. Mientras el sector industrial se desarrollaba como una pieza necesaria para llenar el vacío de su ausencia durante la primera mitad del siglo XX, en lugar de complementarse en alguna medida con el sector agrícola, con el descenso de la agricultura, se tuvo que mover sobre un vacío relativo con severas consecuencias. Por consiguiente, el proyecto de industrialización se movió sobre una terrible falla del sector privado en el declive de uno de los grandes sectores de la producción social. El sector agrícola, como una de las piezas claves de la economía, se desplomó, imponiéndole severas limitaciones al desarrollo económico.


El Economic Study of Puerto Rico, al considerar la contribución de los diferentes sectores, reconoció la caída dramática del sector agrícola: “The position of agriculture in the economy has declined dramatically. Agricultural output, which was 20.6 percent of GDP in 1947, was only 3.5 percent in 1977. Output in real terms fell absolutely over that period (from 154 million dollars, to $127 million). Employment dropped by 188,000 in the period 1947 to 1977, from 229,000 to 41,000, and from 42.7 percent to 5.5 percent of total employment” [7]. El problema que tiene dicho estudio consiste en ver la agricultura como un sector más de la economía, sin considerar la posición destacada de la agricultura en la división del trabajo a nivel general. El colapso agrícola, por su posición destacada en la dinámica en la división del trabajo, inevitablemente dejó sentir su efecto sobre toda la sociedad.


Se explica entonces que el dramático descenso de la tasa de participación laboral haya sido una característica del proceso de industrialización. Fue el efecto inevitable del declive acelerado de la agricultura. Tuvo tanto peso el deterioro del sector agrícola que nunca en su historia posterior el desarrollo industrial volvió a alcanzar el nivel de 1950. Ahora bien, la tasa de participación laboral de 1950, es preciso tenerlo claro, estaba muy lejos de ser una tasa elevada y sólida. Distaba mucho de la tasa de participación laboral existente en países desarrollados. En Estados Unidos, por ejemplo, sobrepasaba el 62%.


Podemos concluir, por tanto, que al decaer significativamente una pieza clave de la división del trabajo social en su nivel de mayor generalidad, se redujo el espacio económico en que pudieron extenderse las relaciones de producción inherentes al capital. Uno de los síntomas de la reducción de la base económica se expresó en la mayor caída histórica de la tasa de participación laboral. Nada de esto puede verse como algo ajeno al mercado. Por el contrario, expresa aspectos fundamentales de su carácter colonial, con posibilidades estructurales limitadas para el movimiento de los sectores empresariales de la economía. Si la estructura económica, en su nivel más general de la división del trabajo social, perdió una pieza clave, dicha pérdida se manifestó de forma severa en la composición del mercado y en la incapacidad del sector privado de promover un desarrollo amplio y coherente. Por el contrario, con el colapso del sector agrícola, el mercado tuvo que cargar en su interior las limitaciones estructurales de esa mutilación.


En otras palabras, el proyecto de industrialización se movió sobre una amplia crisis agrícola que le impuso límites estructurales difíciles de superar.

Notas


[1] Informe al gobernador del Comité para el Estudio de las Finanzas de Puerto Rico. Informe Tobin, San Juan: Editorial Universitaria, 1976, 34.


[2] United States Department of Commerce, Economic Study of Puerto Rico, Vol. I, Washington, D.C.: Government Printing Office, 1977, 70.


[3] James Dietz, Historia económica de Puerto Rico, Río Piedras: Ediciones Huracán, 1989, 294. Los datos ofrecidos por Dietz acentúan el proceso al tomar la tasa de participación de 1983, un año de recesión. En 1950, según datos del gobierno, la tasa de participación laboral fue de 53%. Descendió a 45.2% en 1960 y luego ascendió a 46.4% en 1970. Como resultado de la recesión de 1975 descendió a 41.6% en 1976, luego subió a 45% en 1977, para descender a 43.3% en 1980. Entre 1950 y 1980, sin recesión, la tasa de participación bajó de 53% a 43.3%: la baja más abrupta en la historia económica de Puerto Rico. Ver Informe económico al gobernador, 1970, A-1, e Informe económico al gobernador 1984-84, A-32.


[4] El desarrollo económico de Puerto Rico. Informe Echenique, San Juan: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1976, 87. En 1950 había 214,000 empleadas en la agricultura y en 1960 el número descendió a 124,000. Una pérdida de 90,000 empleos. Más de la mitad pertenecían al sector del azúcar y del tabaco: dos productos principales en el desarrollo del capitalismo agrícola de la primera mitad del siglo. En esa década, a su vez, el empleo manufacturero subió de 55,000 a 82,000. Fue la década del hundimiento de la tasa de participación laboral, que bajó de 53% a 45%, con un descenso del grupo trabajador de 686,000 a 625,000 personas. Informe económico al gobernador, 1960. A-21.


[5] Carlos Marx, El capital, Tomo Primero, La Habana: Ediciones Venceremos, 1965, 306. Los énfasis pertenecen al texto.


[6] Ibid, 307.


[7] Economic Study of Puerto Rico, Vol. II, 2.