Cuba: Dignidad Inquebrantable y Valentía Soberana

Cuba: Dignidad Inquebrantable y Valentía Soberana por Alfonso Ramón Naranjo Rosabal

Las declaraciones de Donald Trump en la Casa Blanca, aludiendo a una “parada en Cuba” tras resolver la guerra contra Irán, revelan una visión imperial que reduce a la isla a un objeto de maniobra geopolítica. No se trata de un reconocimiento de la soberanía cubana, sino de la instrumentalización de su destino como pieza secundaria en un tablero dominado por intereses ajenos. La frase encierra la lógica de un poder que se arroga el derecho de decidir sobre otros pueblos, como si fueran estaciones de tránsito en su ruta de dominación, y no naciones con historia propia.

Al calificar a Cuba como “nación en colapso”, Trump recurre a una retórica que busca legitimar medidas coercitivas y preparar el terreno para una intervención indirecta. El colapso no es un hecho objetivo, sino una construcción discursiva que pretende justificar el endurecimiento del bloqueo energético y la imposición de un relato de fracaso. En realidad, lo que se derrumba es la credibilidad de un discurso que ignora la resistencia histórica de la isla frente a décadas de sanciones y agresiones.

El petróleo se convierte en el eje de esa estrategia. Cuba requiere unos 60,000 barriles diarios para sostener su economía, y Washington apunta a ese punto vital como mecanismo de presión. La política de revisar “caso por caso” cada envío de crudo es un instrumento de estrangulamiento gradual, diseñado para mantener a la isla en estado de vulnerabilidad permanente y proyectar la imagen de un control absoluto que, en los hechos, se resquebraja con cada barco que logra arribar.

Sin embargo, la realidad contradice esa narrativa. Rusia, bajo la dirección del presidente Vladímir Putin, ha actuado con valor y sin miedo, enviando crudo a Cuba sin pedir permiso a nadie. En declaraciones recientes, Putin señaló que su país no mantiene relaciones comerciales con Estados Unidos;, por tanto, no puede haber sanciones ni aranceles que limiten su cooperación con la isla. Este gesto de soberanía y solidaridad desarma la retórica de Washington, que pretende presentar cada envío como una concesión “caso por caso”.

El episodio del buque ruso Anatoly Kolodkin, que entregó 100,000 toneladas de crudo, es prueba palpable de esa independencia. No fue una excepción concedida por la Casa Blanca, sino un acto soberano de ayuda humanitaria que mostró la incapacidad de Estados Unidos para impedir el flujo de solidaridad. La insistencia de Trump en maquillar el hecho como parte de su control confirma la distancia entre discurso y realidad, entre la ficción imperial y la verdad de los acontecimientos que se desarrollan en el Caribe.

El discurso de Trump se apoya en una narrativa de atrocidades, apelando a la memoria de la comunidad cubanoestadounidense. Al mencionar asesinatos y golpizas, construye un relato emocional que busca reforzar la legitimidad de su política ante un electorado clave en Florida. Pero esa afirmación es falsa: en Cuba no se golpea, ni se tortura, ni mucho menos se asesina a familias de residentes en Estados Unidos. Esa práctica jamás ha sido bandera de la Revolución, que se ha sostenido en la dignidad y el respeto.

La tradición cubana de lucha se ha caracterizado por la ética en el combate. Viene de los mambises en nuestras guerras libertarias, se continuó con el Ejército Rebelde en la Sierra Maestra y se mantiene como principio en los cubanos de hoy. La mentira de Trump intenta sembrar miedo y justificar el estrangulamiento energético, pero se estrella contra la verdad de un pueblo que resiste con decoro y que recibe la solidaridad de muchos amigos en el mundo, sin recurrir jamás a la barbarie.

La referencia a Fidel Castro como símbolo de un gobierno “espantoso” prolonga la retórica “anticastrista” que ha marcado la política estadounidense durante décadas. Trump no innova en el diagnóstico, pero intensifica el tono, vinculando pasado y presente para justificar acciones futuras. Es un recurso de continuidad que pretende mantener viva la narrativa de demonización, aun cuando la realidad cubana actual responde a otros desafíos y a un contexto internacional distinto.

La idea de una “toma de control amistosa” es particularmente reveladora. Sugiere una intervención disfrazada de benevolencia, un oxímoron que encubre la intención de imponer un modelo político ajeno bajo la apariencia de ayuda. Es una fórmula retórica que combina amenaza y paternalismo, y que desnuda la lógica imperial de apropiarse de la soberanía de otros pueblos bajo el manto de la supuesta amistad, cuando en realidad se trata de dominación.

El contexto internacional es decisivo. La confrontación con Irán ocupa el primer plano, y Cuba aparece subordinada a esa agenda. La isla no es prioridad, sino escenario de una política expansiva que busca demostrar fuerza global y capacidad de disciplinar a gobiernos considerados adversarios. En ese esquema, Cuba se convierte en símbolo de resistencia que Washington pretende doblegar para enviar un mensaje al mundo sobre su poderío.

La política hacia Cuba se inscribe en una lógica de asfixia económica. El bloqueo energético no solo afecta la producción y el transporte, sino también la vida cotidiana de millones de personas. La estrategia es provocar desgaste interno para precipitar un cambio político, apostando a que la escasez y la presión social generen fracturas. Es una política que castiga a la población en nombre de la democracia, pero que en realidad busca rendición por agotamiento.

En conclusión, las declaraciones de Trump sobre Cuba revelan una estrategia de presión que combina retórica de colapso, asedio energético y apelación emocional. La isla aparece como objetivo secundario, subordinado a la guerra contra Irán, pero igualmente atrapada en una lógica de intervención y control. Frente a ello, la acción soberana de Rusia y la resistencia cubana desnudan las fisuras de un discurso imperial que pretende omnipotencia, pero que en los hechos se enfrenta a límites concretos. Cuba, fiel a su tradición de dignidad, continúa levantando su bandera de resistencia y solidaridad, demostrando que la mentira no puede doblegar la verdad de un pueblo.

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