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Sobre el carácter fundamental de lo económico en la concepción materialista de la historia

Por Ramón Rosario Luna



Introducción

Una de las ideas más importantes en la concepción materialista de la historia (CMH) es la siguiente: la economía política es el fundamento de la organización social y del cambio social. Este artículo reflexiona sobre una serie de premisas implicadas en ese enunciado. Estas son la relación entre sociedad-estructura e historia-transformación, la históricamente móvil doble determinación (sexual y económica) de lo social, la relación entre economía y ecología, el carácter dialéctico de la materialidad, el trabajo como fundamento antropológico, el vínculo entre lo económico y lo político, y el posicionamiento político crítico.


Estructura y transformación

La CMH resalta la dimensión cambiante-diacrónica de la sociedad por encima de la estructural. Priorizar lo histórico-cambiante tiene razones científicas y políticas.


Científicamente, es más correcto enfatizar en lo cambiante si el fenómeno estudiado se transforma. El cambio es ontológico. Siguiendo a David Christian, podemos decir que nuestro universo inició hace unos 13,800 millones de años y está en movimiento; la vida emergió hace aproximadamente 4,000 millones de años y está evolucionando; las sociedades surgieron con los insectos hace unos 400 millones de años (las del Homo sapiens hace unos 200 mil años) y siguen transfigurándose; las ideas de todo tipo (filosóficas, científicas, religiosas, políticas, sexuales, estéticas…) cambian. Podemos decir que ese principio de mutabilidad es más visible en la sociedad burguesa, pues en este ordenamiento social los capitalistas promueven innovación tecnológica (como modo de intensificar la explotación de los trabajadores y la naturaleza para acumular ganancias), lo cual transforma las maneras de trabajar, los productos, los patrones de consumo, las clases sociales, las condiciones de vida, las comunicaciones y el transporte; a partir de esos cambios surgen nuevos problemas sociales y políticos, se modifican las instituciones (jurídicas, educativas, religiosas, familiares…), mutan la estética musical, la vestimenta, la gastronomía, el lenguaje... El que la clase dominante intente que el sistema socioeconómico y el orden jurídico-político que lo protege permanezcan intactos plantea una contradicción crucial con el dinamismo que ella misma implanta y con los intereses de la clase trabajadora y otros sectores subalternos de creciente socialización de la riqueza producida.


Políticamente, resaltar lo histórico es más compatible con la búsqueda del cambio social, que es la perspectiva de los socialistas, quienes tienen como principal objetivo eliminar el capitalismo y toda opresión social (de género, orientación sexual, étnica, racial, internacional…). Examinar la dimensión organizacional-sincrónica ayuda a cumplir con propósitos propedéuticos: entender la entidad que cambia facilita comprender y promover su transformación. Pero debemos estudiar la organización social reconociendo que ese sistema resulta de un proceso histórico que sucedió al interior de otro ordenamiento y que dentro del orden actual existe movimiento que va transformando la estructura vigente. Por lo tanto, podemos hablar de organización cambiante y de procesos estructurantes. Es pertinente recordar que las estructuras sociales, incluyendo el conjunto de la formación social, son resultado de nuestros actos; tienen la condición de fetiche, parecen trascendentes, fuera de nuestro control e incluso nos someten, pero son producto de nuestra actividad (Kohan, 2001).


Determinación doble y cambiante

El segmento anterior plantea la primacía del carácter cambiante de la organización social. Pero podemos preguntarnos, ¿cuál es el principal determinante de las formaciones sociales?, o, lo que es casi lo mismo, ¿por qué cambia la estructura social? La respuesta de Carlos Marx en el “Prefacio” de Contribución a la crítica de la economía política es que el modo de producción fundamenta dicha organización y que el cambio en ese fundamento transforma el conjunto social. Allí habló de la “producción social de la vida”, lo que es razonable, pues la economía es la actividad de los organismos para proveerse lo necesario para su existencia. Pero ese enunciado supone la existencia de seres vivos, lo que nos lleva a considerar la doble determinación, sexual y económica, de lo social.


Federico Engels, en su prefacio de 1884 a El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, plantea que la sociedad se basa en dos dimensiones: la producción de medios de existencia y la producción del humano mismo. La primera consiste en la producción de los objetos que los organismos necesitan para vivir (alimento, vestimenta, vivienda, los instrumentos para producir esos objetos…); esto es lo que suele llamarse economía-política. La segunda dimensión consiste en la producción del humano mismo, la continuación de la especie, que está organizada en términos de los lazos de parentesco y que algunos han llamado economía libidinal, política sexual u orden sociosexual: esta es la producción de sujetos, la cual se basa en las relaciones entre los géneros.


Engels indica que la preponderancia del factor socioeconómico es históricamente móvil, pues el proceso general de la historia humana ha sido el paso de una organización social principalmente determinada por los lazos de parentesco a una crecientemente determinada por los factores tecno-económicos. Sin embargo, puede decirse que es el bajísimo desarrollo de las fuerzas productivas de las bandas nómadas originarias lo que lleva a que las relaciones de parentesco sean el principio de organización social y de pertenencia al grupo. De todos modos, en la medida en que se desarrollan las fuerzas productivas, las relaciones socioeconómicas erigidas sobre dicha base emergen como principal condicionante de la organización social.


Economía y ecología

A partir de pensadores como John Bellamy Foster y Michael Löwy podemos - y ante la creciente crisis ecológica de escala mundial es vital - reconocer que la producción social de la vida sucede interactuando con el ecosistema dentro del cual existe la formación social. Por ejemplo, las sociedades recolectores-cazadores consiguen las plantas y animales que necesitan para alimentarse, las sociedades agrícolas se fundamentan en el cultivo de la tierra y la domesticación de animales (ganadería) y las sociedades industriales extraen las materias primas para construir las máquinas con las que convierten otras materias primas en objetos para el consumo humano.


Producir siempre consiste en transformar la naturaleza; pero los distintos tipos de interacción tienen efectos ecológicos diferentes. En los comunismos originarios la base tecnológica es muy rudimentaria, pues consiste en piedra, conchas, madera…; por esto, las fuerzas productivas son limitadas; ahí la utilización de recursos y la generación de subproductos tóxicos es exigua. En las sociedades feudales y esclavistas, en las cuales es crucial la producción agrícola mediante el uso de instrumentos de trabajo productos de la metalurgia y en las que surge la producción manual-artesanal de diversos objetos de consumo más allá del alimento, la capacidad productiva incrementa y emerge la idea de dominar la tierra; pero el daño ecológico es relativamente limitado. La transformación de la naturaleza se torna problemática en la sociedad capitalista; en esta, la maquinaria (inicialmente de vapor, luego de combustión interna, eléctrica, nuclear…) potencia la productividad, y la hambruna de plusvalor-ganancias de los capitalistas impone el uso intenso de esas fuerzas productivas de manera inaudita, de modo que el gigantesco uso de múltiples recursos amenaza con agotarlos y a la vez emite unas cantidades descomunales de diversas sustancias dañinas. Dicho de otro modo, el capital se yergue sobre la paradoja de que el máximo desarrollo de fuerzas productivas es inmanente a la máxima destructividad. Esa contradicción resulta de creer equivocadamente que entre humano y naturaleza existe una escisión completa, y que los humanos no somos naturaleza (Rosario, 2009).


La dialéctica materia-ideas

La CMH asume la ontología propuesta por el materialismo dialéctico: lo existente está hecho de materia (Engels, 1883). En otro texto he planteado que dicha materialidad es histórica, diversa y emergente: millones de años luego del surgimiento del universo, sus componentes fisicoquímicos se combinaron de maneras complejas y emergieron los sistemas vivos; algunos organismos (los insectos) establecieron patrones de interacción que podemos llamar sociedades; las ideas aparecieron dentro de sociedades de especies del género homo, cuyos especímenes cuentan con cierto desarrollo neurológico (Rosario, 2022a).


Al igual que los niveles de materialidad previamente emergidos, una vez surgen las ideas, estas inciden sobre las condiciones desde las cuales emergieron: el efecto se convierte en factor activo. Asimismo, en el capítulo V de El capital, Marx define el proceso de trabajo en los humanos como uno predeterminado por las ideas. Esto contradice los materialismos más burdos que asumen que las ideas no existen o que son solo efecto. Recordemos que dicho reconocimiento de las ideas no es un idealismo epistemológico, pues estas son actividad neurológica y se desarrollan dentro de contextos sociohistóricos. Dicho de otro modo, entre ideas y materia existe una relación dialéctica.


La relación entre lo económico y las demás dimensiones sociales también es dialéctica. Engels (1890) escribió que “según la concepción materialista de la historia, el factor que en última instancia determina la historia es la producción y la reproducción de la vida real” y que quien diga que “el factor económico es el único determinante [...]tergiversa”. Añade que los procesos políticos, jurídicos, militares, filosóficos, religiosos y subjetivos “ejercen también su influencia sobre el curso de las luchas históricas” y que existe “un juego mutuo de acciones y reacciones entre todos estos factores”. Entonces esta perspectiva admite que lo acontecido en otras dimensiones sociales afecta al proceso socioeconómico. Añadamos que, salvo tergiversaciones mecanicistas, la CMH reconoce grados de autonomía variable en diversas esferas del proceso sociocultural, de modo que existen asuntos que no tienen vínculo significativo con la economía política. Es notable la concordancia entre el estilo de pensamiento asumido por la CMH y la epistemología de complejidad propuesta por Edgar Morin (Rosario, 2022b).


Es relevante notar que, precisamente por el emerger del nivel neurolingüístico de materialidad, es posible reflexionar críticamente sobre las relaciones sociales y promover otras. Ese es el concepto de praxis explicado por Marx en Tesis sobre Feuerbach, la transformación de las condiciones dentro de las cuales se forman los individuos. Es importante notar que en ese proceso de praxis el humano supera la alienación, deja de ser objeto (ente pasivo) de la historia para convertirse en sujeto (ente activo) de la misma.


Trabajo y hominización

La actividad de transformar la naturaleza es un fuerte determinante del funcionamiento de los organismos individuales, de la organización de las relaciones sociales dentro del cual existen esos individuos y de la evolución de ambos fenómenos. Como la actividad transforma al organismo y es un vector crucial en la evolución de la especie, podemos decir que el trabajo es fundamento antropológico. Gordon Childe (1951), al desarrollar algunas de las ideas planteadas por Engels (1876), explicó cómo el humano es producto de sí mismo, específicamente de su propio trabajo y de la confección de instrumentos con los cuales realiza dicha actividad productiva.


Dado que el trabajo se ejecuta usando las tecnologías que están disponibles en cada momento-lugar sociohistórico, podemos interpretar la producción de las tecnologías como un meta-trabajo, como el trabajo que establece las formas de trabajar. Desarrollos tecnológicos como los instrumentos de piedra modificada (hace unos 3 millones de años) y el fuego (hace alrededor de un millón de años) permitieron conseguir mejores alimentos, aprovechar más los nutrientes al cocinar, ahuyentar depredadores, dormir mejor. Todo esto facilitó el desarrollo del cerebro y de la cognición: las ideas se desarrollaron a tal grado que, sea como religión, ciencia, tecnología, filosofía o posturas políticas, aquellas pasaron a regir la actividad de los cuerpos y las relaciones sociales. Esto posibilitó ulteriores desarrollos tecnológicos y sus posteriores efectos evolutivos y socioculturales como la revolución neolítica y la metalurgia, el consecuente desarrollo de las clases sociales, el Estado y el patriarcado, la revolución urbana, la industrialización y el capitalismo, y las revoluciones tecnológicas recientes-incipientes (informática-digital, robótica, biotecnológica, nuclear…) Si desde el surgimiento del capitalismo hasta hace varias décadas esos desarrollos posibilitaron reorganizar la sociedad en términos no opresivos, el actual peligro ecológico generado por esos desarrollos cada vez más requiere abolir el capitalismo para establecer una base tecno-económica que sea armónica con el ecosistema (Foster, 2000; Lowy, 2011).


Economía y política

Sobre el vínculo entre lo económico y lo político, recordemos que Marx siempre hablaba de economía-política. Esto porque lo económico (las fuerzas productivas, las relaciones de producción y las relaciones de propiedad de los medios de producción y de los productos del trabajo) consta siempre de relaciones de poder, sea este poder equitativo u opresivo. En las comunidades originarias de recolectores-cazadores el poder tiende a ser equitativo, pues debido a que la propiedad es común, no hay división en clases sociales, no hay un grupo que domina a otro. Una vez se divide la sociedad en clases (como en la esclavitud, en el feudalismo o, más recientemente, en el capitalismo), un grupo domina-explota a otro, las relaciones de poder son de opresión. Es debatible si en los socialismos estatalistas la burocracia explotaba a la clase trabajadora, pero el autoritarismo de la burocracia es criticable desde la perspectiva de la clase trabajadora. La propuesta comunista tiene como fundamento económico-político la abolición de las clases, lo que requiere la propiedad colectiva de los medios de producción y el control democrático de dichos medios por parte de sus trabajadores.


En los Grundrisse, Marx expuso que la sobrevivencia de todo modo de producción y apropiación requiere un sistema de protección y que dicha defensa del modo de producción se genera orgánicamente. En toda formación social, el ordenamiento político cumple la función de defender las relaciones socioeconómicas vigentes, además de permitir la dirección general de la sociedad (Engels, 1884). En los comunismos originarios esto sucede mediante democracia directa; en las sociedades esclavistas o feudales a través de Estados intensamente autoritarios; en la sociedad burguesa mediante formas democráticas liberales o sistemas explícitamente autoritarios (fascismos o dictaduras militares); en los socialismos estatalistas a través de autoritarismos burocráticos; en la propuesta comunista se plantea la democracia de trabajadores como el modo de manejar la propiedad colectiva de los medios de producción, la que puede combinar propiedad estatal con cooperativas propiedad de sus trabajadores. En todos los casos, las armas garantizan en última instancia el respeto a las relaciones socioeconómicas y el cumplimiento de las decisiones del órgano político rector.


Posicionamiento crítico

Marx consistentemente hablaba de crítica a la economía-política. La CMH tiene el propósito de profundizar el conocimiento científico de la historia social; a su vez intenta facilitar el derrocamiento del orden burgués y la construcción de un sistema social basado en la propiedad colectiva y en la dirección democrática de la economía y de la sociedad por parte de las clases trabajadoras. Ese es el sentido del término socialismo científico: en vez de basar el proyecto socialista solo en buenos deseos e imaginación, se dota a esa intención de conocimiento sistemático sobre los procesos humanos; y en vez de hacer ciencia social de un modo pretendidamente neutral, se estudia el fenómeno con el propósito de empoderar el proceso de transformación.


Este posicionamiento crítico no desconoce los logros de la sociedad burguesa y la clase capitalista. Estos incluyen la crítica a sistemas sociales opresivos previos (esclavitud, feudalismo…) y a sistemas de ideas que obstruyen el pensamiento (la teocracia, el dogmatismo…). Los logros de la sociedad burguesa también abarcan los desarrollos científicos (basados en la integración del pensamiento racional y la observación sistemática), los desarrollos tecnológicos (como solución científica a problemas concretos de la actividad humana) y el incremento de la capacidad productiva (posibilitado por la aplicación de la tecnología al proceso de trabajo). También son conquistas acaecidas en esa sociedad la generalización de ideas como democracia, libertad, igualdad, razón y derechos humanos y el desarrollo de la clase social que pudiera implantar más ampliamente esas ideas: la clase trabajadora.


Interesantemente, las proezas de la sociedad burguesa suelen tornarse en factores negativos o a realizarse limitadamente. Eso sucede por el uso que les da esa clase dominante o por los límites de las relaciones sociales basadas en el capitalismo. Así, la ciencia, necesaria para explicar nuestra relación con la naturaleza y los procesos sociales, se desarrolló en términos mecanicistas, reduccionistas y cosificantes. Desde esa ciencia se construyen tecnologías que pudieran aumentar el tiempo libre, pero que intensifican la explotación laboral y aumentan el desempleo. La priorización capitalista de la ganancia lleva a incrementar la producción y el consumo, lo que devasta el ecosistema. El manejo capitalista de esas tecnologías magnifica el poder bélico hasta amenazar la vida mediante la guerra nuclear.


Las más encomiables ideas de esta sociedad se concretizan trunca y desigualmente. La democracia política está corrompida por el financiamiento capitalista de las campañas electorales. La libertad económica se reduce a vender la fuerza de trabajo a patronos que tienden a pagar cada vez menos y la libertad económica de los capitalistas para explotar trabajadores y naturaleza subordina todo lo demás. La libertad de expresarse y de organizarse de la persona común queda ninguneada por el poder de gigantescos medios de comunicación que manipulan la opinión pública. La igualdad se limita a sus formas más superficiales, pues el derecho a votar se torna en poco relevante ante el poder capitalista de financiar las campañas políticas y el sistema penal es evadido por las oligarquías económicas mediante sus caudales y conexiones. La igualdad y la libertad se desvanecen ante la existencia de los servicios de salud y de educación como mercancías. La razón opera como instrumento de las oligarquías para desarrollar tecnologías crecientemente explotadoras y para confeccionar armas cada vez más mortíferas. La libertad de culto se convierte en el poder de los fundamentalistas religiosos para difundir su dogmatismo. La cúspide tecno-económica nos lleva al precipicio de la hecatombe ecológica. Como la libertad es poder de acción y en la sociedad burguesa la acción está mediada por el dinero, la libertad existe como el poder de los adinerados, y como legitimador del poder de los capitalistas; la libertad-poder capitalista nos impone una crisis multidimensional mundial, una crisis civilizatoria.


Esta crítica a las ideas predominantes en la sociedad burguesa también aplica a las instituciones de producción y difusión del conocimiento: la ciencia y la educación. Estas organizan el conocimiento disciplinariamente: conciben la naturaleza, la economía, la política, la sociedad, las ideas… como fenómenos independientes. Esta escisión tiene efectos epistemológicos y políticos problemáticos. Epistemológicamente, dificulta explicar cómo unos factores generan efectos en otras dimensiones: por ejemplo, no se entiende cómo los problemas ambientales son efecto del capitalismo, no se comprende cómo el ordenamiento jurídico-político defiende ese sistema socioeconómico; no se capta cómo la subjetividad generada por la sociedad burguesa reproduce dicho sistema de relaciones sociales. Políticamente, esas escisiones son favorables a la burguesía: promueven que se intente resolver los problemas ambientales sin criticar el capitalismo; facilitan hablar de las relaciones socioeconómicas como unas desprovistas de relaciones de poder, como si fueran el resultado de decisiones “libres” puramente individuales (permite hablar de capitalismo sin hablar de dominación y explotación de una clase por otra); fomentan hablar de política refiriéndose solo a las estructuras decisionales y jurídicas ocultando que el Estado es instrumento de la clase dominante para implantar sus proyectos y para defender las relaciones socioeconómicas dentro de las cuales tienen privilegios. La crítica a las ideas burguesas y a sus premisas es tan importante como la crítica a las relaciones sociales burguesas.


Síntesis

En resumen, la CMH propone una teoría que resalta el aspecto cambiante del fenómeno sociohistórico humano, el cual está fundamentado en la combinación de fuerzas productivas y relaciones de producción. Esa base tecno-económica delinea un proceso de interacción con el ecosistema dentro del cual el proceso de trabajo genera transformaciones mutuas entre entorno y especie; pero en el capitalismo esa interacción humano-naturaleza devasta el medioambiente. Las ideas (actividad neurológica) son inmanentes a dichas relaciones socioeconómicas, las que a su vez son siempre asunto político, por lo que la primacía de la materialidad socioeconómica asumida por la CMH no es reduccionista. Esta teorización, sin desconocer los logros de la sociedad burguesa, se posiciona críticamente ante el capitalismo y las demás opresiones, y propone su abolición.


Referencias

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