Por qué soy comunista

Por José Córdova Iturregui


Hace un tiempo un amigo me comentaba que el comunismo es ya una reliquia histórica, porque con la caída de la Unión Soviética había quedado demostrado que ese sistema ya no tenía posibilidades. La restauración del capitalismo en esa parte del mundo había demostrado la superioridad del capitalismo. Sin embargo, con mayor o menor intensidad, siempre recurren los movimientos que luchan contra los desmanes del sistema capitalista, y vuelve la búsqueda de otros modelos posibles.


Si una cosa dejó claro la caída de la URSS es que la forma de gobierno de una sociedad que pretenda superar al capitalismo debe ser más democrática que cualquier república burguesa. Siendo la función del Estado el garantizar que una sociedad funcione conforme a la lógica de su estructura económica para que pueda reproducirse en forma continua, la lógica dictaría que una estructura económica fundada sobre lo común debiera ser más democrática que una que se funda en lo privado o individual. Sin embargo, sea cual sea la forma de un Estado, su contenido se fundamenta en el tipo de sistema económico que debe reproducir. Es decir, el Estado debe garantizar la reproducción de las relaciones sociales que se dan al interior de la maquinaria productiva. Esto es lo que llamamos el Modo de Producción. De esta forma, podemos contrastar o comparar el modo de producción feudal con el capitalista o el comunista.


El modo de producción capitalista


Por el momento vamos a prescindir de las condiciones históricas que se dan para el paso de un modo de producción a otro. Los podemos evaluar como formaciones abstractas con su lógica de funcionamiento. En la producción feudal se dan unas relaciones de sometimiento de los siervos a un señor feudal. Los siervos trabajan un tiempo para ellos y otro tiempo están obligados a trabajar para el señor feudal. El señor feudal posee una mayor riqueza que le permite mantener una fuerza armada que no solo da protección a su feudo, sino que mantiene, por la vía de la fuerza, el control de su servidumbre. Para que el estado feudal pueda garantizar este estado de cosas no tiene más remedio que utilizar la fuerza. Esto es así porque para el siervo es perfectamente claro que una parte grande del producto de su trabajo va a parar a manos del señor feudal. En ausencia de esa fuerza represiva, los siervos dejarían de laborar en las tierras del señor feudal.


La producción capitalista por su parte se basa en la contratación libre entre dos personas, una de ellas posee medios de producción (local, maquinaria o herramientas, materias primas, etc.) y recursos monetarios para contratar a la otra persona que no posee otra cosa que su fuerza de trabajo. La producción capitalista es una producción para el mercado. El mercado es el gran regulador económico. Al mercado se va a vender y a comprar. Para comprar es preciso vender algo previamente. En el mercado los precios de las mercancías oscilan alrededor de su valor: el tiempo de trabajo social medio que lleva producir esa mercancía. Cuando el capitalista contrata una persona y compra su fuerza de trabajo, la paga por lo que vale: el tiempo que requiere producir un trabajador y su familia, es decir sostenerlo en vida apto para que pueda acudir al mercado una y otra vez. En otras palabras, lo contrata por lo que valen los medios de vida del trabajador. A cambio de ello el capitalista obtiene el derecho de poner a esa persona a trabajar por el tiempo que dure una jornada de trabajo. En ese tiempo el trabajador debe generar un valor equivalente a sus medios de vida y un excedente para el capitalista.


La venta de la fuerza de trabajo esconde, sin embargo, la relación de explotación. Al obrero lo contratan para trabajar 10 horas y ese tiempo el capitalista lo pone a trabajar. Para la persona contratada no hay indicio alguno de que, digamos, en 6 horas de trabajo genera un equivalente de su salario y que las otras 4 horas está generando nuevo valor para el capitalista. El trabajador contrata como una persona libre y de forma voluntaria. Es doblemente libre: libre de vender su fuerza de trabajo y libre de medios para emplearse a sí mismo; por tanto, tiene que vender la única mercancía que posee su fuerza de trabajo.


Bajo condiciones típicas, la clase trabajadora acude al mercado a vender su fuerza de trabajo y contrata libremente, sin coacción. Esta relación libre y voluntaria es la que permite que la forma por excelencia del estado burgués sea la república democrática. Es mucho más efectivo un gobierno que domina con el consentimiento de sus ciudadanos. Es claro, sin embargo, que el estado burgués debe garantizar la reproducción del sistema económico que se fundamenta en la propiedad privada sobre los medios de producción. Para ello tiene sus aparatos represivos que se activan de forma más o menos violenta cuando ese fundamento queda cuestionado, por ejemplo, en las huelgas u otros levantamientos de masas.


El modo de producción capitalista se apoya en el mercado: en la compra y venta de mercancías. En el proceso productivo el capitalista extrae del trabajador más valor de lo que cuesta reproducir al trabajador y a su familia, pero es en el mercado que ese valor se convierte en dinero y esa es su ganancia. Aunque parte de esa ganancia le permite al capitalista sostener su vida a niveles superiores al de la clase trabajadora, la lógica del capitalismo exige que buena parte de esa ganancia se reinvierta. Es decir, el capital es valor que se valoriza. Requiere, por su propia lógica, el crecimiento. Lo que lo mueve es la ganancia y no satisfacer las necesidades de nadie, aunque claro está, para poder vender se tiene que satisfacer alguna necesidad.


De lo dicho hasta aquí, queda claro que el modo de producción capitalista necesita crecer y vender continuamente. Lo que mueve el sistema es la ganancia y la ganancia sólo se obtiene con la venta continua. La supervivencia de los capitalistas les obliga a crecer, producir más para ganar más. Todo se sacrifica ante el altar de la ganancia: el ser humano y la naturaleza. Dicho en las palabras de Marx: el capital funciona socavando las dos fuentes de la riqueza: la tierra y el ser humano.


La economía bajo el capitalismo se ancla en el crecimiento. Cuando no se crece, hay crisis. De hecho, las crisis cíclicas son inherentes al capitalismo. Son la forma en que el mercado establece que se ha producido más de lo que el mercado puede absorber. Las quiebras y cierres son la forma de intentar restablecer un equilibrio perdido. Ahora bien, una economía que crece a un ritmo de 7% anual, se duplica cada 10 años. A medida que crece la población y con ella la producción de mercancías, llega el momento en que seguir incrementando la población pone una tensión brutal sobre los recursos naturales y el ambiente en general.


Esta necesidad desenfrenada de producir mucho y producir mercancías perecederas para que se destruyan y poder volverlas a vender ha colocado a nuestro planeta en un estado deplorable. Me parece difícil creer que cualquier persona con un mínimo de juicio pueda pensar que podemos seguir viviendo de la misma forma sin poner en riesgo la vida misma sobre el planeta. En otras palabras, si la producción capitalista sigue su curso, acabará con la humanidad y con muchas otras formas de vida, si no con todas. La preservación de nuestro entorno natural es incompatible con una economía regulada por la mano ciega del mercado. Es decir, es incompatible con el capitalismo.


Los capitalistas viven en la inmediatez, en proteger sus ganancias hoy; mañana, que el que venga resuelva. La humanidad, por otro lado, no puede pensar de esa forma porque en ello se le va la vida. La disyuntiva está en si privilegiamos lo individual y privado sobre lo colectivo y social. Si abogamos por el sálvese quien pueda o si abogamos por una sociedad que anteponga al lucro de unos pocos el bienestar de la comunidad. Humildemente opto por lo segundo. Pero entonces qué implica esto.


Es necesario acabar el modo de producción capitalista y con el estado que existe para garantizar su reproducción. Los dueños del capital no van a ceder sus privilegios sin dar una batalla. Hay que derrotarlos. En su lugar hay que colocar un nuevo modo de producción, un sistema económico con un funcionamiento diferente. Esto es lo que el comunismo propone: una nueva manera de organizar la producción. Veamos en qué consiste.


El modo de producción comunista


En el modo de producción comunista, los medios de producción serán propiedad social. Los integrantes de la sociedad trabajan en las fábricas y reciben a cambio de su trabajo, en la primera etapa del comunismo, un equivalente de la producción social, y en el comunismo avanzado lo que necesiten para vivir. Lo que mueve la producción no es la ganancia sino la satisfacción de las necesidades de la sociedad. Por otro lado, la producción no es individual y regulada por el mercado, sino que es social y la regula un plan que se establece según sean las necesidades de la sociedad.


Como el motor económico no es el lucro sino la satisfacción de las necesidades sociales no hay espacio para la explotación del trabajo ni para la expoliación de la tierra. Todo lo contrario, el ser humano irá ganando tiempo para la recreación y el disfrute de la vida a la vez que la naturaleza, fundamento de la vida, recuperará el respeto perdido por aquellos que únicamente la ven como fuente de riqueza.


Un sistema económico como éste funciona bien en la medida que la producción social ha alcanzado un nivel que permita satisfacer las necesidades básicas de toda la sociedad. Sin embargo, el capitalismo no se desarrolla igual en todas partes. Junto a centros de gran desarrollo hay centros de gran retraso. Por otro lado, la coexistencia en el mundo de países comunistas y capitalistas es en extremo problemática. Los capitalistas intentarán a toda costa de apoderarse de los mercados comunistas para expandir y consolidar su sistema mientras que los comunistas buscarán acabar con la intervención acabando el lucro capitalista y generalizando la producción comunista. En este estado de cosas, parte de la producción será para armamentos destinados a la defensa, cosa que en una sociedad comunista no tiene razón de ser y desvía parte del producto social para asuntos que nada tienen que ver con satisfacer las necesidades sociales.


Por ello, en nuestro sistema comunista parto del supuesto de que el comunismo rige a lo largo y ancho del planeta. Cada país busca satisfacer sus necesidades mediante la colaboración mundial. Es por así decirlo, una sociedad internacional donde productores asociados buscan satisfacer las necesidades de toda la comunidad. En este estado de cosas los ejércitos son innecesarios porque no hay nadie a quien atacar ni de quien defenderse. Toda la producción militar daría paso a una producción de objetos que podrían satisfacer todas las necesidades mundiales, incluso en una escala productiva menor a la actual.


Ahora fijémonos en cada país que establece un plan para producir lo que la sociedad necesita año tras año. Los artículos serán tanto mejores cuanto más duren. Por ejemplo, una nevera que dure 20 años solo será necesario sustituirla al cabo de ese tiempo. Si quienes fabrican neveras tienen que producir menos, ello no representa una crisis, representa mayor espacio de ocio para esa parte de la población. La naturaleza dejará de recibir un montón de chatarra de objetos que se han construido de corta vida para que haya que acudir al mercado a reemplazarlos, mientras se deja de extraer materiales de la corteza terrestre para construir los artículos nuevos que llegan al mercado.


Una parte de la producción social sería de artículos de consumo para toda la población y otra se destina a producir los medios de producción que se requiere reemplazar año tras año: materias primas y auxiliares y la maquinaria o herramientas que deban reponerse para mantener la producción o aumentarla si fuera necesario. Todo esto se haría conforme a un plan que satisface los requerimientos sociales.


En este punto debemos atender la pregunta de qué modelo de gobierno debería tener una sociedad como esta. De inmediato nos topamos con algo totalmente novel: este sistema no se fundamenta en la opresión de una clase social por otra. Ello implica que el Estado como garante de la opresión de una clase sobre otra, no importa su forma, es innecesario. Lo que se requiere es un organismo administrativo que mantenga en funcionamiento la producción y los servicios necesarios. Será necesaria una pequeña fuerza policial ciudadana que mantenga el orden cuando así se requiera. Si el estado burgués tiene su forma ideal de gobierno en la república democrática, el estado comunista debe tener una forma republicana más simple y extremadamente más democrática. Aparte de garantizar cuando menos los mismos derechos y poder escoger a sus administradores mediante el voto, la sociedad debe determinar qué y cuánto se produce y cómo se reparte el producto social para el consumo. Es decir, la generación e implantación del plan requieren la participación democrática de toda la sociedad.


El que ha leído hasta aquí tendrá en su mente una objeción a esta “utopía”: nada de esto se parece a los estados comunistas. Aunque esto es un tema para muchos otros artículos, diremos lo siguiente: en nuestro escrito decíamos que la sociedad comunista debe surgir de la abundancia, de estados capitalistas desarrollados. Sin embargo, históricamente surgió en países subdesarrollados. Esto crea una presión doble. Por un lado, la satisfacción de las necesidades de toda la población no está garantizada y por otro la hostilidad de los vecinos genera aislamiento y temor de una invasión. Lo segundo hace que se deban dedicar más recursos de lo necesario a la defensa lo cual agrava la disponibilidad de medios de consumo sobre todo en un mercado mundial hostil.


La presión del mercado del exterior con todas sus manifestaciones y de fuerzas burocráticas al interior ha generado, en diversos grados, la restauración del capitalismo en muchos de estos estados. Ello no ha implicado, sin embargo, que la transformación del capitalismo por una producción más racional y democrática haya perdido vigencia. De lo que no debe quedar duda alguna es que las fuerzas progresistas y revolucionarias en los países capitalistas avanzados no han estado a la altura de su rol histórico. Cuando las fuerzas revolucionarias de la clase trabajadora en uno de estos países logren derrocar al capitalismo, se abrirá una nueva página en la historia de la humanidad.

José Córdova Iturregui obtuvo un doctorado en Química Física de MIT en 1980. Un año más tarde se integró a la cátedra en la Universidad del Sagrado Corazón, de donde se retiró en el 2015. Desde 1980 ha pertenecido a varios grupos políticos donde se destaca el Taller de Formación Política. Actualmente es miembro de Democracia Socialista.

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