"¿Por qué el socialismo?", Albert Einstein


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Nota de la Junta Editorial de momento crítico: a continuación, publicamos como prólogo al ensayo de Albert Einstein el siguiente texto de Jorge Colón. Acto seguido, se encontrará una versión editada de la traducción al español del texto de Einstein, también preparada por Jorge Colón.


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"¿Por qué el Socialismo? Trasfondo del artículo de Albert Einstein"


Por Jorge Colón


En 1949, año de la publicación de "¿Por qué el socialismo?", el físico alemán Albert Einstein era sin lugar a duda, desde hacía 30 años, el científico más famoso del mundo, y lo ha continuado siendo desde entonces (hasta la revista Time lo declaró “Persona del Siglo” en 1999). Su fama más generalizada surgió desde que propuso la Teoría General de la Relatividad en 1915, donde avanzó conceptos que había empezado a esbozar en su Teoría Especial de la Relatividad de su llamado Annus Mirabilis (año extraordinario o milagroso) de 1905. Ese año es llamado así porque fue cuando, mientras laboraba como examinador asistente de la Oficina de Patentes en Bern, Suiza, publicó en la revista científica Annalen der Physik cuatro artículos tan importantes que entre ellos: probó definitivamente la existencia de los átomos; el que existen cuántos de luz (luego llamados fotones) y por lo tanto que la luz tiene también naturaleza de partícula y explica el efecto fotoeléctrico; presentó la Teoría Especial de la Relatividad al proponer que la velocidad de la luz es constante para cualquier observador y no depende del foco emisor; demostró que la energía E de un cuerpo en reposo es igual a la masa multiplicada por el cuadrado de la velocidad de la luz (E = mc2, la ecuación más famosa del mundo); y contribuyó a la fundación de la física moderna, la física cuántica y nuevos conceptos del espacio, el tiempo, la masa y la energía. La UNESCO proclamó el 2005 el Año Internacional de Einstein para celebrar el centenario de sus famosas publicaciones de 1905.


La fama mundial sin precedentes de Einstein se produjo cuando en 1919 el científico inglés Sir Arthur Eddington llevó a cabo la primera confirmación pública de la Teoría General de la Relatividad cuando demostró que la predicción de Einstein que la luz proveniente de una estrella debería ser doblada por el efecto de la gravedad del sol en el espacio-tiempo se pudo probar durante un eclipse solar. Obtuvo el Premio Nobel de Física de 1921, no por la Teoría de la Relatividad, sino por su explicación del efecto fotoeléctrico, incluida en unos de sus artículos científicos del Año Milagroso.


Einstein fue pacifista y activista antiguerra desde la Primera Guerra Mundial. Aunque firmó la famosa carta al Presidente de Estados Unidos Franklin D. Roosevelt advirtiéndole del programa nazi de crear armas nucleares, que contribuyó al inicio del Proyecto Manhattan y al desarrollo de la bomba nuclear, después repudió su uso. Agnóstico, rechazó la religión organizada, pero adoptó la causa judía, aunque criticó las políticas del nuevo estado de Israel y favorecía un gobierno conjunto árabe-israelí. Defensor de ideales políticos antitotalitarios, sus ideas en todas estas áreas eran tan conocidas y diseminadas por todo el mundo, que el FBI le abrió un expediente que ya contenía miles de páginas cuando Einstein murió en 1955. Hasta llegó a ser acusado por algunos de ser un espía comunista.


Einstein fue muy conocido como promotor de la paz mundial, el control del uso de las armas nucleares, el antiimperialismo, el antifascismo, el antimilitarismo, el internacionalismo, el federalismo mundial, los derechos civiles (fue miembro del NAACP y de la Cruzada Americana para Detener los Linchamientos), condenó el racismo estadounidense y se opuso al macartismo y a las políticas de la guerra fría de Estados Unidos. Como admirador de Gandhi, estuvo a favor de la resistencia activa al totalitarismo. En 1947 declaró que “con todo mi corazón creo que el sistema mundial actual…solo puede llevar al barbarismo, la guerra y la inhumanidad y que solo la ley mundial puede asegurar progreso hacia una humanidad pacífica civilizada”. Hacia el final de su vida cabildeó por detener las pruebas nucleares y el desarrollo de futuras bombas.


Einstein fue miembro fundador en 1918 del Partido Democrático Alemán, un partido liberal. Pero más tarde en su vida se opuso al capitalismo y favoreció el socialismo. Ofreció charlas en la década de 1920 en el Colegio Marxista de Trabajadores del Partido Comunista sobre “Qué un Trabajador debe conocer sobre la Teoría de la Relatividad”. Llegó a decir que su vida estaba dividida entre la política y las ecuaciones. Sobre Vladimir Lenin dijo: “Honro a Lenin como un hombre que se sacrificó por completo y dedicó toda su energía a la realización de la justicia social. Yo no considero sus métodos prácticos, pero una cosa es cierta: hombres de su tipo son los guardianes y restauradores de la conciencia de la humanidad”.


En 1949, a sus 70 años, Einstein trabajaba en el Instituto de Estudios Avanzados en Princeton, New Jersey. Ya habían pasado 30 años desde la gran demostración del eclipse de 1919 que probó que su Teoría General de la Relatividad podía predecir la acción de los cuerpos celestes, y 16 años desde que había emigrado de Alemania a Estados Unidos para escapar la persecución nazi contra los judíos. Su buen amigo Otto Nathan, economista socialista de la Universidad de Princeton, instó a Einstein a escribir el ensayo para la revista que su amigo Leo Huberman, junto a Paul Sweezy, iba a fundar.


Albert Einstein no fue un santo (trató mal, si no maltrató, a su primera esposa y llegó a exponer ideas racistas contra los chinos) y no debemos creer que por haber sido un genio todo lo que dijo y escribió se tiene que aceptar como dogma. Pero sus ideas sobre por qué hace falta el socialismo son tan relevantes hoy como cuando las publicó en Monthly Review hace casi 72 años atrás.


Jorge Colón es Catedrático en el Departamento de Química de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Es miembro de Democracia Socialista.


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"¿Por qué el Socialismo?"


Por Albert Einstein

[Publicado en el primer número de la revista Monthly Review; New York, mayo de 1949.]


¿Es recomendable para alguien que no es un experto en cuestiones económicas y sociales expresar opiniones sobre el tema del socialismo? Yo creo por varias razones que lo es.


Consideremos primero la cuestión desde el punto de vista del conocimiento científico. Puede parecer que no hay diferencias metodológicas esenciales entre la astronomía y la economía: los científicos en ambos campos intentan descubrir leyes de aceptabilidad general para un grupo circunscrito de fenómenos para hacer la interconexión de estos fenómenos tan claramente comprensible como sea posible. Pero en realidad estas diferencias metodológicas existen. El descubrimiento de leyes generales en el campo de la economía se hace difícil por el hecho de que los fenómenos económicos observados se ven afectados a menudo por muchos factores que son muy difíciles de evaluar por separado. Además, la experiencia que se ha acumulado desde el principio del llamado período civilizado de la historia humana –como es bien sabido– ha sido influida y limitada en gran parte por causas que no son de ninguna manera exclusivamente económicas en su origen. Por ejemplo, la mayoría de los grandes estados de la historia debieron su existencia a la conquista. Los pueblos conquistadores se establecieron, legal y económicamente, como la clase privilegiada del país conquistado. Se apropiaron para sí mismos el monopolio de la propiedad de la tierra y designaron un clero de entre sus propias filas. Los sacerdotes, en control de la educación, hicieron la división de la sociedad en clases una institución permanente y crearon un sistema de valores por el cual la gente estaba a partir de entonces, en gran medida de forma inconsciente, dirigida en su comportamiento social

Pero la tradición histórica es, por así decirlo, de ayer; en ninguna parte hemos superado realmente lo que Thorstein Veblen llamó “la fase depredadora” del desarrollo humano. Los hechos económicos observables pertenecen a esa fase, e incluso las leyes que podemos derivar de ellos no son aplicables a otras fases. Puesto que el verdadero propósito del socialismo es precisamente superar y avanzar más allá de la fase depredadora del desarrollo humano, la ciencia económica en su estado actual puede arrojar poca luz sobre la sociedad socialista del futuro.


En segundo lugar, el socialismo está guiado hacia un fin ético-social. La ciencia, sin embargo, no puede establecer fines e, incluso menos, inculcarlos en los seres humanos: la ciencia puede proveer los medios con los que lograr ciertos fines. Pero los fines por sí mismos son concebidos por personas con altos ideales éticos y –si estos fines no son endebles, sino vitales y vigorosos- son adoptados y llevados adelante por muchos seres humanos que, medio inconscientemente, determinan la lenta evolución de la sociedad.


Por estas razones, debemos estar en guardia para no sobrestimar la ciencia y los métodos científicos cuando se trata de problemas humanos; y no debemos asumir que los expertos son los únicos que tienen derecho a expresarse en las cuestiones que afectan a la organización de la sociedad.


Innumerables voces han estado afirmando desde hace algún tiempo que la sociedad humana está atravesando una crisis, que su estabilidad ha sido gravemente destrozada. Es característico de tal situación que los individuos se sientan indiferentes o incluso hostiles hacia el grupo, pequeño o grande, al que pertenecen. A fin de ilustrar lo que quiero decir, déjenme registrar aquí una experiencia personal. Discutí recientemente con un hombre inteligente y bien dispuesto la amenaza de otra guerra, que en mi opinión pondría en peligro seriamente la existencia de la humanidad, y comenté que solamente una organización supranacional ofrecería protección frente a ese peligro. Entonces mi visitante, muy calmado y tranquilo, me dijo: “¿Por qué se opone usted tan profundamente a la desaparición de la raza humana?”.


Estoy seguro de que hace tan poco como un siglo atrás nadie habría hecho tan ligeramente una declaración de esta clase. Es la declaración de un hombre que se ha esforzado en vano por lograr un equilibrio interior y que ha perdido más o menos la esperanza de conseguirlo. Es la expresión de una soledad dolorosa y del aislamiento que tanta gente está sufriendo en estos días. ¿Cuál es la causa? ¿Existe una salida?


Es fácil plantear tales preguntas, pero difícil contestarlas con cierto grado de seguridad. Debo intentarlo, sin embargo, lo mejor que pueda, aunque soy muy consciente del hecho de que nuestros sentimientos y esfuerzos son a menudo contradictorios y oscuros y que no pueden ser expresados en fórmulas fáciles y simples.


El hombre es, a la vez, un ser solitario y un ser social. Como ser solitario, trata de proteger su propia existencia y la de los que están más cercanos a él, para satisfacer sus deseos personales y para desarrollar sus capacidades innatas. Como ser social, busca ganar el reconocimiento y el afecto de sus semejantes, compartir sus placeres, consolarlos en sus pesares, y mejorar sus condiciones de vida. Solamente la existencia de estos esfuerzos variados, frecuentemente conflictivos, explican el especial carácter de un hombre, y su combinación específica determina la medida en que un individuo puede alcanzar un equilibrio interno y puede contribuir al bienestar de la sociedad. Es muy posible que la fuerza relativa de estos dos impulsos esté, principalmente, determinada por la herencia. Pero la personalidad que finalmente emerge está determinada en gran parte por el ambiente en el que un hombre se encuentra durante su desarrollo, por la estructura de la sociedad en la que crece, por la tradición de esa sociedad y por su valoración de tipos particulares de comportamiento. El concepto abstracto “sociedad” significa para el ser humano individual la suma total de sus relaciones directas e indirectas con sus contemporáneos y con todas las personas de generaciones anteriores. El individuo es capaz de pensar, sentir, luchar y trabajar por sí mismo; pero depende tanto de la sociedad –en su existencia física, intelectual, y emocional– que es imposible concebirlo, o entenderlo, fuera del marco de la sociedad. Es la “sociedad” la que provee al hombre alimento, ropa, un hogar, herramientas de trabajo, lenguaje, formas de pensamiento y la mayoría del contenido de su pensamiento; su vida se hace posible por la labor y los logros de muchos millones en el pasado y en el presente que se ocultan detrás de la pequeña palabra “sociedad”.

Es evidente, por lo tanto, que la dependencia del individuo ante la sociedad es un hecho de la naturaleza que no puede ser abolido – tal como en el caso de las hormigas y de las abejas. Sin embargo, mientras que la vida de las hormigas y de las abejas está fijada hasta el más pequeño detalle por rígidos instintos hereditarios, el patrón social y las interrelaciones de los seres humanos son muy variables y susceptibles al cambio. La memoria, la capacidad de hacer nuevas combinaciones, el regalo de la comunicación oral han hecho posibles desarrollos entre los seres humanos que no están dictados por necesidades biológicas. Tales desarrollos se manifiestan en tradiciones, instituciones, y organizaciones; en la literatura; en los logros científicos y de ingeniería; en las obras de arte. Esto explica cómo sucede que, en un cierto sentido, el hombre puede influir en su vida a través de su propia conducta y que en este proceso el pensamiento y el deseo consciente puedan desempeñar un papel.


El hombre adquiere en el nacimiento, por herencia, una constitución biológica que debemos considerar fija e inalterable, incluyendo los impulsos naturales que son característicos de la especie humana. Además, durante su vida, adquiere una constitución cultural que adopta de la sociedad a través de la comunicación y a través de muchos otros tipos de influencias. Es esta constitución cultural la que, con el paso del tiempo, es sujeta a cambiar y la que determina en un grado muy importante la relación entre el individuo y la sociedad. La antropología moderna nos ha enseñado, a través de la investigación comparativa de las llamadas culturas primitivas, que el comportamiento social de los seres humanos puede variar grandemente, dependiendo de patrones culturales que prevalecen y de los tipos de organización que predominan en la sociedad. Es en esto en que aquellos que se están esforzando en mejorar la suerte del hombre pueden basar sus esperanzas; los seres humanos no están condenados, por su constitución biológica, a aniquilarse entre sí o a estar a la merced de un destino cruel y autoinfligido.


Si nos preguntamos cómo la estructura de la sociedad y la actitud cultural del hombre deben ser cambiadas para hacer la vida humana tan satisfactoria como sea posible, debemos ser constantemente conscientes del hecho de que hay ciertas condiciones que somos incapaces de modificar. Como se mencionó antes, la naturaleza biológica del hombre es, para todos los efectos prácticos, inmodificable. Además, los desarrollos tecnológicos y demográficos de los últimos siglos han creado condiciones que están aquí para quedarse. En poblaciones relativamente densas asentadas con los bienes indispensables para continuar su existencia, una rigurosa división del trabajo y un aparato productivo altamente centralizado son absolutamente necesarios. El tiempo –que, mirando hacia atrás, parece tan idílico– en el que individuos o grupos relativamente pequeños podían ser totalmente autosuficientes se ha ido para siempre. Es solo una leve exageración decir que la humanidad constituye incluso ahora una comunidad planetaria de producción y consumo.


Ahora he alcanzado el punto donde puedo indicar brevemente lo que para mí constituye la esencia de la crisis de nuestro tiempo. Atañer la relación del individuo con la sociedad. El individuo es más consciente que nunca de su dependencia ante la sociedad. Pero él no experimenta esta dependencia como un activo positivo, como un lazo orgánico, como una fuerza protectora, sino como una amenaza a sus derechos naturales, o incluso a su existencia económica. Por otra parte, su posición en la sociedad es tal que los impulsos egoístas de su ser se están acentuando constantemente, mientras que sus impulsos sociales, que son por naturaleza más débiles, se deterioran progresivamente. Todos los seres humanos, cualquiera que sea su posición en la sociedad, están sufriendo este proceso de deterioro. Sin saberse prisioneros de su propio egoísmo, se sienten inseguros, solos y privados del ingenuo, simple y sencillo disfrute de la vida. El hombre puede encontrar sentido a su vida, corta y arriesgada como es, sólo a través de una entrega de sí mismo a la sociedad.


La anarquía económica de la sociedad capitalista tal como existe hoy es, en mi opinión, la verdadera fuente del mal. Vemos ante nosotros a una comunidad enorme de productores cuyos miembros están incesantemente esforzándose por privarse uno a otros de los frutos de su trabajo colectivo –no por la fuerza, sino en general en fiel cumplimiento de reglas legalmente establecidas. A este respecto, es importante darse cuenta de que los medios de producción –es decir, la capacidad productiva entera que es necesaria para producir bienes de consumo, así como bienes de capital adicional– pueden legalmente ser, y en su mayor parte son, propiedad privada de individuos.


En aras de la simplicidad, en la discusión que sigue llamaré “trabajadores” a todos aquellos que no comparten la propiedad de los medios de producción – aunque esto no corresponda al uso habitual del término. El propietario de los medios de producción está en posición de comprar la fuerza de trabajo del trabajador. Usando los medios de producción, el trabajador produce nuevos bienes que se convierten en propiedad del capitalista. El punto esencial acerca de este proceso es la relación entre lo que produce el trabajador y lo que se le paga, ambos medidos en términos de valor real. En la medida en que el contrato de trabajo sea “libre”, lo que el trabajador recibe está determinado no por el valor real de los bienes que produce, sino por sus necesidades mínimas y por lo que estipulan los capitalistas de fuerza de trabajo en relación con el número de trabajadores compitiendo por trabajar. Es importante entender que incluso en teoría el salario del trabajador no está determinado por el valor de su producto.


El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos, en parte debido a la competencia entre los capitalistas y en parte porque el desarrollo tecnológico y el aumento de la división del trabajo animan la formación de unidades de producción más grandes a expensas de las más pequeñas. El resultado de este proceso es una oligarquía del capital privado cuyo enorme poder no se puede controlar con eficacia incluso en una sociedad organizada políticamente de forma democrática. Esto es así porque los miembros de los cuerpos legislativos son seleccionados de los partidos políticos, mayormente financiados o influidos de otra manera por los capitalistas privados quienes, para todos los propósitos prácticos, separan al electorado de la legislatura. La consecuencia es que los representantes del pueblo no protegen suficientemente los intereses de los sectores desposeídos. Más aún, bajo las condiciones existentes, los capitalistas privados controlan inevitablemente, de forma directa o indirectamente, las principales fuentes de información (prensa, radio, educación). Por tanto, es extremadamente difícil, y de hecho en la mayoría de los casos absolutamente imposible, para el ciudadano individual llegar a obtener conclusiones objetivas y hacer un uso inteligente de sus derechos políticos.


La situación que prevalece en una economía basada en la propiedad privada del capital está así caracterizada por dos principios fundamentales: primero, los medios de producción (capital) son poseídos de forma privada y los propietarios disponen de ellos como juzguen conveniente; en segundo lugar, el contrato de trabajo es libre. Por supuesto, no existe una sociedad capitalista pura en este sentido. En particular, debe notarse que los trabajadores, a través de largas y amargas luchas políticas, han tenido éxito en asegurar una forma algo mejorada de “contrato de trabajo libre” para ciertas categorías de trabajadores. Pero tomada en su conjunto, la economía actual no se diferencia mucho del capitalismo “puro”.

La producción se lleva a cabo por lucro, no para uso. No hay provisión que todos los que puedan y quieran trabajar estarán siempre en una posición de encontrar empleo, existe casi siempre un “ejército de desempleados”. El trabajador está constantemente temeroso de perder su empleo. Como los desempleados y los trabajadores mal pagados no proporcionan un mercado rentable, la producción de los bienes de consumo está restringida, y la consecuencia es una gran privación. El progreso tecnológico produce con frecuencia más desempleo en vez de facilitar la carga de trabajo para todos. La motivación del lucro, conjuntamente con la competencia entre capitalistas, es responsable de una inestabilidad en la acumulación y en la utilización del capital que conduce a depresiones cada vez más severas. La competencia ilimitada conduce a un desperdicio enorme de trabajo, y a esa paralización de la conciencia social de los individuos que mencioné antes.

Considero esta mutilación de los individuos el peor mal del capitalismo. Nuestro sistema educativo entero sufre de este mal. Se inculca una actitud competitiva exagerada al estudiante, que es entrenado para adorar el éxito adquisitivo como preparación para su carrera futura.


Estoy convencido de que hay solamente un camino para eliminar estos grandes males, a saber, mediante el establecimiento de una economía socialista, acompañado por un sistema educativo que estaría orientado hacia metas sociales. En tal economía, los medios de producción son propiedad de la sociedad misma y utilizados en una forma planificada. Una economía planificada que ajuste la producción a las necesidades de la comunidad distribuiría el trabajo a realizar entre todos aquellos capaces de trabajar y garantizaría el sustento a cada hombre, mujer y niño. La educación del individuo, además de promover sus habilidades innatas, procuraría desarrollar en él un sentido de responsabilidad hacia sus compañeros en lugar de la glorificación del poder y del éxito que se da en nuestra sociedad actual.


Sin embargo, es necesario recordar que una economía planificada no es aún el socialismo. Una economía planificada como tal puede estar acompañada por la completa esclavitud del individuo. El logro del socialismo requiere la solución de algunos problemas sociopolíticos extremadamente difíciles: ¿cómo es posible, en vista de la centralización del poder político y económico, prevenir que la burocracia se vuelva todopoderosa y arrogante? ¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo y con ello asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?


La claridad sobre los objetivos y problemas del socialismo es de suma importancia en nuestra era de transición. Dado que, en las circunstancias actuales, la discusión libre y sin trabas de estos problemas se ha vuelto un poderoso tabú, considero la fundación de esta revista [Monthly Review] como un importante servicio público.


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