La radicalización del individualismo burgués como estrategia política

Por Ángel Rodríguez Rivera


[Ponencia leída en la actividad "Yo te creo. Debates en torno a la cultura de cancelación y el 'call-out'", celebrada en la Universidad de Puerto Rico en Cayey, el 14 de septiembre de 2021.]


El advenimiento de la era de la informática y la tecnología ha traído a las sociedades contemporáneas un sinnúmero de elementos que, hace escasamente 25 años, nos parecían inconcebibles. Estos procesos se han entronizado en lo que somos como sociedad y como individuos. De la misma manera, ligado a este desarrollo de la informática, el desarrollo de las redes sociales se ha convertido en elemento fundamental de comunicación social y política. Sectores que no tenían capacidad para comunicarse y constituirse como colectividad encuentran en el espacio de la virtualidad de las redes sociales un vehículo de constitución como grupo de acción política, social y cultural. Movimientos sociales como la Primavera Egipcia, movimientos estudiantiles en Puerto Rico, el verano de Ricky Renuncia en Puerto Rico, movimientos sociales en Chile y el posterior comienzo de una nueva constitución en dicho país y movimientos feministas en múltiples países encuentran en las redes sociales una manera de comunicarse y organizarse que hubiera sido impensable décadas atrás.


Sin embargo, las redes sociales también se convierten en la personalización del trabajo político. Se constituyen en la manifestación más clara de la individualidad burguesa en momentos de crisis del estado. El ejercicio de participación en las redes se da desde la "soledad". Es una acción social, como toda acción humana, que no tiene contacto inmediato con el/la otro/a. Por tanto, no está sometido a consideraciones hacia la otredad. La posibilidad de deshumanizar al contrario/a, enemigo/a u opositor/a se hace sencilla. El insulto, la amenaza, la rabia y otras acciones completamente individuales se escriben desde la soledad de un teclado móvil u ordenador que no son sometidas de manera inmediata a un escrutinio social. Al no someterse a ese crisol, permite la reacción visceral sin mayores consideraciones.


La modernidad, y el capitalismo como elemento constitutivo de la misma, establecen nuevas maneras de producir bienes y acumulación de riquezas. Sin embargo, el proceso de desarrollo capitalista moderno también establece la formación de un nuevo sujeto. El sujeto moderno tiene, según los axiomas de la modernidad, la capacidad de establecer su propia voluntad. Se habla de un sujeto centrado que es la base del desarrollo capitalista. Ese individuo burgués, a través de la razón y la lógica, tendría la capacidad de su emancipación como ente social. Esa emancipación y consecución de la libertad plena se convierte en un adagio fundamental del contrato social burgués. El estado nacional, como creación también de la modernidad burguesa, es el redentor de esa individualidad burguesa. El contrato social, acuerdo de hombres libres (como Rousseau lo llama) personificado en el estado, tiene la responsabilidad de velar por las condiciones del juego social, político y económico burgués, de velare por esa promesa burguesa de la emancipación del sujeto.


A partir de los años 70 el modelo de acumulación de capital y las concepciones de la modernidad fordista entran en una crisis. El excedente de capital acumulado, ligado al desarrollo de la tercera revolución industrial, la tecnológica, cambia las reglas de juego en la producción de bienes y los acuerdos sociales que constituían el contrato social burgués/fordista. La promesa de emancipación del sujeto individual centrado, hecha por la modernidad burguesa, se viene abajo. De la misma manera “se vive de forma intensa la desestructuración de toda idea de comunidad, de toda capacidad de representación social… la sociedad es un agregado de individuos atomizados y narcicísticamente orientados hacia una infinita gratificación de los propios deseos e intereses” (Souza, Maria de Lourdes, 1999; pág 1). Es decir, el nuevo régimen neoliberal, más que revertir un elemento de individualismo propio del capitalismo moderno, magnifica y radicaliza esa concepción anticolectiva.


Por otro lado, el estado como “redentor” de esos derechos individuales que conducirían a la emancipación del sujeto burgués/moderno pierde, al trastocarse los acuerdos sociales de su génesis, gran parte de su acción consecuente para la población. La desconfianza que el capital privado desarrolla con respecto al estado, esa desconfianza que lo lleva a la búsqueda de su desaparición a través de procesos de privatización acelerados, se traslada a la percepción individual de los sujetos en la sociedad capitalista contemporánea. El imaginario del estado como redentor o defensor del ciudadano se disuelve al mismo tiempo que el capital lo deja de ver como instrumento capaz de adelantar sus intereses.


Este fenómeno lo vemos de manera clara en las redes sociales. Este espacio se convierte en punto de trasformación propia de este “nuevo” paradigma capitalista. En las redes dejamos de ser subalternos para convertirnos en víctimas. Dejamos de conceptualizarnos como sujetos colectivos enmarcados dentro de una historicidad multilateral de relaciones de poder para convertirnos en la concepción individualizada de la manifestación de las situaciones sociales: la víctima.


El imaginario de víctima, sujeto sin agencia social, se traduce en acciones individuales a través de las redes sociales. Ante la desconfianza en el estado, las redes se convierten en el espacio de juzgar a los victimarios. El proceso, aunque fuera del estado, no modifica las concepciones paradigmáticas del estado punitivo. Por el contrario, en la medida en que se radicaliza la individualidad también se radicaliza el ejercicio punitivo. No se rige por reglas, leyes o elementos de juicio. Por tanto, a través de las redes el juicio es acelerado y sin oportunidad de defensa. El veredicto es inamovible.