De la falta de "brazos" a la "sobrepoblación"

ideología y lucha de clases en el surgimiento del capitalismo en Puerto Rico


Por Rafael Bernabe


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[Este texto es la segunda parte del artículo cuya publicación se inició en un número anterior de momento crítico]

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Para mediados de la década de 1860 en Puerto Rico soplaban vientos de cambio. El fin de la trata de esclavos en la década de 1850 y la abolición de la esclavitud en Estados Unidos sugerían que los días de la esclavitud estaban contados. A la vez se acentuaba la agitación abolicionista en Puerto Rico y España (también animada en parte por abolicionistas puertorriqueños). Para la década de 1860, algunos hacendados estaban a favor de, o estaban dispuestos a considerar, la abolición con algún tipo de compensación [1]. A la vez, el régimen de la libreta se estaba deshaciendo debido a la falta de controles, la resistencia de los jornaleros y su poca eficacia aun cuando se intentaba aplicar [2] Los hacendados se quejaban de la falta de vigilancia de las autoridades. Algunos se querellaban de daños a sus propiedades, que atribuían a jornaleros descontentos por haber recibido anotaciones negativas en sus libretas. Otros certificaban la condición de los jornaleros como empleados, como exigía la ley, a cambio de menos días de trabajo que lo que tal empleo conllevaría [3]. Sin embargo, era lógico pensar que eliminar la libreta concedería más libertad a los jornaleros para evitar el trabajo asalariado, dada la accesibilidad de tierra, sobre todo en el interior de la isla.


El gobierno español, consciente de que algunas reformas eran ineludibles y del descontento de sectores liberales (y luego de su nada gloriosa retirada del intento de recolonizar la República Dominicana), abrió dos consultas o informaciones sobre posibles cambios. La primera, en la isla (convocada por el gobernador José María Marchesi), se refería al futuro del régimen de la libreta; la segunda, en Madrid, examinaría posibles reformas al gobierno de las colonias (Cuba y Puerto Rico).


La consulta sobre el sistema de la libreta develó la división que existía entre los hacendados sobre este tema. La queja de la falta de "brazos" seguía siendo casi universal [4]. Por otro lado, persistía la queja de los vicios de los trabajadores, síntoma de que el problema no era la falta de brazos, sino la poca disposición al trabajo asalariado (que los patronos concebían como un vicio). Así, un hacendado de Hato Grande, citado por Gómez Acevedo, advertía que "para ellos no hay pretérito ni futuro, todo es presente; el baile, los placeres sexuales, el juego, la embriaguez y perpetua holganza constituyen su dicha, su religión, su todo" [5]. Los informes, organizados por municipio demostraban la división: 25 favorecían mantener la libreta, 30 se oponían y 13 proponían enmiendas sustanciales al sistema existente [6].


En sus intervenciones en el debate, los liberales puertorriqueños Manuel Alonso, Román Baldorioty y Salvador Brau se pronunciaron por la abolición de la libreta [7]. La intervención de Baldorioty combinaba la defensa de las ventajas del trabajo libre contra la esclavitud y la coerción estatal, la afirmación de los derechos ciudadanos y la crítica del discurso de los patronos sobre la "vagancia". Los jornaleros que cumplían la ley, según Baldorioty, tenían que invertir tiempo informando a las autoridades municipales, una especie de castigo a pesar de su respeto por la ley. La situación de los que tenían anotaciones negativas en sus libretas también era injusta. ¿Por qué, preguntaba Baldorioty, se daban por buenas las alegaciones del patrono sin que se ofreciera prueba y sin que el acusado o afectado tuviese oportunidad de responder o defenderse? [8]. Reconocer los derechos del jornalero como ciudadano, concluía Baldorioty, sería justo y beneficioso, pues la experiencia demostraba que el trabajo libre era más productivo que el trabajo sometido a algún tipo de coerción (como era el caso de la esclavitud o la libreta de jornaleros).


Sobre la alegada falta de brazos, Baldorioty opinaba que "todo el que quiere en el país peones los tiene en abundancia si los paga". Lo cual no era otra cosa que un llamado a aumentar los salarios para atraer a los trabajadores, consejo que seguramente no cayó bien entre los hacendados. En cuanto al alegato de vagancia, Baldorioty señalaba que todo lo que se había construido en Puerto Rico era obra de los alegados vagos: "Esta sola verdad, palpable en toda la Isla, me autoriza a preguntar: ¿dónde está y cómo se descubre esa supuesta plaga de vagos que inunda este país? Los que existen, ¿qué prejuicios graves pueden acarrear al trabajo cuando hay jornaleros laboriosos para todo? Las rocas colosales de granito que forman el célebre camino de la Pandura, entre Yabucoa y Maunabo, ceden cuando hay dinero al esfuerzo de estos hombres: ellos en cierto periodo no lejano abrieron y construyeron sin jornal y a veces hasta sin alimentos… los caminos vecinales que tenemos; los edificios públicos y privados de la Isla son obra de nuestros jornaleros; los frutos denominados menores…; los granos, los tubérculos, la base verdadera de la alimentación de las masas, a ellos se debe; y por último… los frutos valiosos de la caña, del café y de la ganadería, serían verdaderamente insignificantes si no fuera por el trabajo precioso de los hombres libres" [9].


Los modelos de Baldorioty al exigir la abolición de la esclavitud y la libreta eran seguramente Inglaterra o Estados Unidos (después de la Guerra Civil o los estados libres, antes de esa fecha) que combinaban vigorosas economías capitalistas con el reconocimiento de significativos derechos ciudadanos. Estos son aspectos fundamentales de lo que marxistas han llamado democracia formal, no porque los derechos que reconoce son insignificantes sino porque son compatibles con la explotación de los productores, o, más concretamente, del trabajo asalariado. La coerción legal o estatal se hace superflua toda vez que, en la sociedad capitalista, la desposesión de los productores libres los obliga a buscar empleo asalariado. Los derechos ciudadanos se pueden extender entonces con un "efecto mínimo en las desigualdades o relaciones de dominación y explotación en otras esferas" [10]. Tomando como modelo una economía capitalista funcional, Baldorioty proponía el reconocimiento correspondiente de los derechos ciudadanos de las clases trabajadoras.


Pero, como señalaban muchos hacendados ante tales argumentos, en Puerto Rico, las premisas de las propuestas de Baldorioty estaban ausentes. Como muchos jornaleros tenían acceso a la tierra, la producción agrícola-comercial en gran escala exigía algún tipo de coerción directa sobre el trabajo. En tal situación, los derechos ciudadanos y las libertades promovidas por Baldorioty serían algo más que formales: menoscabarían los modos existentes de explotación (como la esclavitud) y las maneras de imponerla (como la libreta).

Refiriéndose a los oponentes de la libreta (como Baldorioty) un patrono de Salinas escribía en 1866: "Muchas personas han pedido a ese superior gobierno se supriman las libretas… pretenden… que son inútiles e innecesarias… Hombres hay, que, sentados en su bufete, la pluma en la mano, echan sobre el papel magníficas teorías, por desgracia irrealizables en la práctica, y luego contentos de sí mismos, se figuran haber salvado la Patria". Y añadía: "a esos señores quisiera verlos… entregados a faenas de campo, lidiando… con trabajadores libres, y luchando con mil tropiezos… estoy bien seguro que muy pronto cambiarían de parecer" [11]. En su estudio, Gómez Acevedo se toma la molestia de señalar que Baldorioty y sus colegas liberales no eran marxistas, pues no abrazaban la "lucha de clases" [12]. No hay duda de que no eran marxistas, pero la propuesta de abolir la libreta era sin duda una intervención en la lucha de clases, intervención que favorecía a los explotados, como los patronos entendían muy bien.


En 1866, mientras se realizaba la consulta sobre la libreta en la isla, el gobierno español convocó a Cuba y Puerto Rico para que enviaran delegados a Madrid para discutir posibles reformas al gobierno colonial. Tres de los cuatro delegados de Puerto Rico eran conocidos abolicionistas: José Julián Acosta, Francisco Mariano Quiñones y Segundo Ruiz Belvis. Los tres comisionados radicaron en Madrid un brillante alegato contra la esclavitud que llamaba a la "inmediata, radical y definitiva abolición de la esclavitud". Su elocuente consigna era: abolición "con indemnización o sin ella" [13].


Aunque radical en cuanto a su propuesta de abolición, el documento no incluía medidas para repartir tierras a los esclavos después de su emancipación. Al contrario, ante el argumento de que sin la esclavitud los esclavos caerían en el ocio y la vagancia, los comisionados planteaban que los antiguos esclavos, desprovistos de medios de trabajo, estarían obligados a buscar empleo como trabajadores asalariados [14]. Los comisionados insistían que ese trabajo libre era "más fecundo y relativamente más barato" que el trabajo esclavo, es decir, era más productivo y generaba más excedente comparado con su costo [15]. Por supuesto, muchos explotadores consideraban que las condiciones para esto no existían en Puerto Rico, ya que demasiados trabajadores aun eran capaces de encontrar un pedazo de tierra y vivir precaria pero independientemente.


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La insurrección de Lares de 1868 intentó aunar distintas vertientes del descontento isleño: de los esclavos y jornaleros contra la esclavitud y el régimen de la libreta, de los pequeños campesinos y hacendados contra los comerciantes españoles, y de los profesionales contra la administración española que discriminaba contra los criollos [16]. Como se sabe, la insurrección fue reprimida y disuelta rápidamente.


En 1873, el gobierno de la primera y breve república española decretó el fin de la esclavitud en Puerto Rico. Betances subrayó que la abolición no era un regalo de Madrid sino una conquista arrancada por una larga lucha abolicionista, que había incluido a la insurrección de Lares de 1868 [17]. Pero ni Betances ni sus colaboradores hicieron propuestas referentes a los esclavos recién liberados. En este punto el mayor mérito corresponde al liberal Rafael María de Labra [18]. Labra había nacido en Cuba, vivía en España, pero fue una figura clave del liberalismo puertorriqueño como su más destacado representante en la península. Entre 1865 y 1873 fue miembro prominente de la Sociedad Abolicionista Española, dirigida por el puertorriqueño Julio Vizcarrondo. Su modelo para una política post-emancipación en Puerto Rico era el Freedmen's Bureau y las políticas adoptadas durante la Reconstrucción radical en los antiguos estados esclavistas de Estados Unidos después de la Guerra Civil. El Freedmen's Bureau, explicaba Labra, había promovido la educación de los libertos y contratos de empleo justos. Había creado bancos de ahorro y distribuido algunas tierras a los antiguos esclavos, medida que Labra aplaudía. Se había creado una nueva universidad, Howard, para los negros y libertos. Labra no dejaba de indicar que estas medidas habían provocado el choque frontal entre los Republicanos radicales y el presidente Andrew Johnson, así como la reacción organizada de los sectores dominantes en el sur, incluyendo el surgimiento del Ku Klux Klan [19]. Labra favorecía una reconstrucción radical en las Antillas. Desafortunadamente, para el momento en que Labra publicó su estudio en 1873, la Reconstrucción radical estaba en franca retirada en Estados Unidos, bajo los golpes de la reacción sureña y del pacto de los sectores norteños dominantes con la primera [20].


La abolición de la esclavitud coincidió con el fin de la libreta de jornaleros. En 1874 el gobernador José Laureano Sanz abrió una nueva consulta sobre el tema del empleo y el trabajo [21]. Los patronos agrícolas volvieron a quejarse de que no encontraban suficientes "brazos" a salarios aceptables [22]. Tres años después, en 1877, hacendados de Guayama se quejaban de lo que, según ellos, "podría llamarse la huelga pasiva pero constante e indudable de los jornaleros" [23]. De hecho, el siglo entero estuvo atravesado por esa "huelga pasiva" de buena parte de la población rural y por los intentos del estado y los patronos de quebrarla.


El Círculo Agrícola de Guayama no pudo evitar los argumentos que ya habían esgrimido los cabildos en 1809 en las instrucciones al diputado Ramón Power: "El bracero puertorriqueño," planteaba, "no tiene la punzada poderosa de las necesidades. Es por naturaleza, y por las condiciones climáticas en que vive, indolente" [24]. Por supuesto, lo que no permitía a los patronos asegurar un número adecuado de jornaleros no era ni la vagancia ni las bondades del clima, sino la medida en que los productores aun podían encontrar tierra para trabajar por su cuenta. Como retener ese acceso a la tierra no dependía de la venta exitosa se su producción, los campesinos no sentían el apremio de la competencia capitalista a incrementar la productividad, lo cual muchos observadores tomaban como muestra de indolencia y vagancia. Entre 1874 y 1877 grupos de hacendados propusieron nuevas reglamentaciones de la movilidad de los trabajadores, que exigirían, por ejemplo, que los contratos laborales se registraran en las oficinas municipales y fueran monitoreados por los alcaldes. El gobierno español consideró que estas propuestas no eran prácticas y las descartó [25].


Autores liberales como Salvador Brau no endosaron esas propuestas. En 1882, por ejemplo, Brau justificó la abolición de la libreta a la vez que rechazó la descripción de los jornaleros como "apáticos, perezosos e indolentes". Brau no era ni revolucionario ni radical, pero su propuesta de crear cooperativas de los trabajadores del campo (hacía referencia al modelo Rochdale) no era el tipo de idea que generaría mucho entusiasmo entre los terratenientes [27].


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Para mitad de la década de 1880 la industria del azúcar, que había sido el eje de la economía comercial de Puerto Rico, estaba atravesando por una profunda crisis. Internacionalmente, el siglo XIX se caracterizó por el ascenso de la industria del azúcar de remolacha en Europa, basado en innovaciones industriales y agrícolas y amparado por incentivos y protección estatal. Según la competencia se intensificaba y los precios caían los productores de azúcar de caña tenían que reducir sus costos o perecer [28]. Los antiguos ingenios tenían que dar paso a las modernas centrales azucareras. Esto exigía nuevas inversiones, para instalar nuevas máquinas y para adquirir más tierras o, alternativamente, la creación de un sistema confiable de suplido de caña por agricultores independientes. A la misma vez debían asegurarse suficientes "brazos", sobre todo durante la zafra, la primera mitad del año. Para la década de 1880 era evidente que los productores en Puerto Rico estaban naufragando en las encrespadas aguas del mercado internacional. La producción decaía año tras año y la crisis se prolongó hasta el inicio del nuevo régimen colonial instalado por Estados Unidos a partir de 1898, cuando la industria del azúcar experimentó una rápida transformación y renacimiento.


Entre 1880 y el fin de siglo, el café remplazó al azúcar como el eje de la economía de exportación de Puerto Rico. La consolidación de las grandes haciendas del interior montañoso consumó la desposesión de la mayoría de los productores libres. La vía de escape del trabajo asalariado contra la cual los explotadores y explotadores potenciales habían protestado tanto desde 1809, se cerraba. La esclavitud y la libreta ya no serían necesarias [29]. Ahora se podría obtener trabajo "libre", ya que los productores no tendrían otra opción que venderse por un salario [30]. La relación de agrego se mantendría: el hacendado concedería al trabajador alguna tierra para ubicar su bohío y para algunos cultivos, pero ahora las condiciones impuestas serían más duras, dada las cada vez más limitadas oportunidades de evadirlas.


Pero la expansión del cultivo del café incluyó un creciente conflicto entre la riqueza agrícola y comercial, según la describe Bergad [31]. Parte importante del excedente que los cafetaleros extraían de sus trabajadores pasaba a manos de los comerciantes, de los cuales compraban insumos y a quienes vendían sus cosechas, a la vez que pagaban intereses por préstamos y provisiones recibidas a crédito. Buena parte de estos comerciantes eran españoles y buena parte de esa riqueza salía de la colonia. El boom del café, al igual que el anterior auge del azúcar, dejo pocas bases para el desarrollo económico futuro [32].


En 1885, según la situación de la industria del azúcar empeoraba, el liberal José Ramón Abad redactó interesantes comentarios sobre la situación económica de Puerto Rico [33]. En cuanto a la industria del azúcar advirtió que el capital no debía atarse a la compra de más tierras. La mayor eficiencia exigía que los aspectos industriales y agrícolas de la producción azucarera se condujeran separadamente [34]. Pero Abad iba más allá: "las artes o industrias manufactureras", planteaba, "tienen una base tanto más firme, un desarrollo más normal y resultados más fecundos, cuantos más numerosos y variados son los elementos que entran a formarlas" [35]. El progreso económico exigía una pluralidad de industrias, no la especialización unilateral. Puerto Rico tenía que "dar variedad a la acción de sus aptitudes y ensanche al campo en que se mueven; de no hacerlo así", advertía, "constituiríamos una sociedad dislocada e incompleta, en las que serían parásitas todas las actividades sin empleo y todas las aptitudes sin acción" [36]. Pero Puerto Rico no seguiría el camino de la diversificación propuesto por Abad, sino, más bien, el camino "dislocado" e "incompleto" del monocultivo exportador y de la extracción de excedente por el capital externo (mayormente capital comercial español hasta 1898 y capital agrícola, industrial y financiero estadounidense después).


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En el periodo entre el colapso del gobierno español en partes de la isla (a partir de agosto de 1898) y la instalación firme de las autoridades de Estados Unidos (a principio de 1899), surgieron en el campo las llamadas partidas sediciosas o tiznaos, compuestas por desposeídos y algunos que ya vivían al margen de la ley. Las partidas saquearon y destruyeron haciendas y comercios y en ocasiones escarmentaron a hacendados, comerciantes y capataces, hechos sin duda complejos (también incluyeron violaciones, por ejemplo) pero que delataban las tensiones existentes en el campo puertorriqueños en las últimas décadas del siglo XIX. Un cónsul de Estados Unidos informaba que "estos incendios han sido cometidos mayormente por trabajadores que por años han sido obligados a laborar por salarios de hambre" [37].


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A partir de 1900 el naciente imperialismo estadounidense impuso una nueva relación colonial en Puerto Rico que a su vez propició una profunda transformación económica y social. En 1901 se estableció el libre comercio entre Puerto Rico y Estados Unidos. La palabra libre es muy agradable al oído. Sugiere la posibilidad de escoger, la presencia de oportunidades, la ausencia de coerción. Pero en realidad la libre competencia en condiciones de dependencia en el mercado para sobrevivir (la necesidad de vender para poder comprar) impone un estricto cumplimiento de los imperativos de aumento de las ganancias, reducción de costos y aumento de productividad, bajo amenaza de desplazamiento y extinción. Dada la disparidad de tamaño y productividad entre las economías de Puerto Rico y Estados Unidos, el comercio irrestricto entre ellas tan solo podía conducir a la invasión del mercado de Puerto Rico por productos industriales y agrícolas de Estados Unidos; la especialización de Puerto Rico en los cultivos que tenían un mercado rentable en Estados Unidos y la presencia dominante del capital de Estados Unidos en la economía unilateral que de ese modo se consolidaría. Parte de esto fue señalado desde muy temprano.


Henry K. Carroll, encargado de preparar un informe sobre las condiciones económicas y sociales en Puerto Rico, advirtió que, si Puerto Rico quería diversificar sus industrias y desarrollar su mercado interno, tenía que protegerse de la competencia de la industria estadounidense, como Estados Unidos había hecho en el pasado [38].


Pero ni el Congreso ni el gobierno insular escucharon este consejo. Al contrario, el "libre" comercio fue decretado poco tiempo después. Esto provocó cambios inmediatos que sin embargo perpetuaban la unilateralidad de la economía isleña. Los cultivos comerciales más importantes de Puerto Rico experimentaron un vuelco en direcciones opuestas. La industria del azúcar, que casi había desaparecido en la década de 1890, entró en un periodo de expansión acelerada. La transición de los obsoletos ingenios a los modernos molinos azucareros, las centrales, se completó rápidamente. La presencia del capital estadounidense creció a igual ritmo. Para mediados de la década de 1920 las centrales propiedad de capital estadounidense producían mitad del azúcar en la isla [39]. El capital externo también entró en la producción de cigarros y el procesamiento de hojas de tabaco para exportación. En ese caso, más que desarrollar la gran producción agrícola, el capital subordinaba a pequeños productores, que retenían un precario control sobre sus fincas.


A la vez que la industria del azúcar florecía, los productores de café en el interior enfrentaban crecientes dificultades. Sus instalaciones y campos fueron devastados por el catastrófico huracán San Ciriaco en 1899. El acceso preferencial a algunos de sus mercados tradicionales se perdió. Era difícil penetrar el mercado de Estados Unidos en el que el café (a diferencia del azúcar) no gozaba de protección arancelaria y en el cual enfrentaban la fuerte competencia de Brasil y otros productores. En 1905, Walter E. Weyl, en un informe al U.S. Bureau of Labor, ya señalaba que: "Desde 1898 … una completa revolución ha tenido lugar en la agricultura puertorriqueña, con el resultado de que la industria del café ha reducido su volumen grandemente … a la vez que … la industria del azúcar ha crecido grandemente" [40]. Weyl destacaba el carácter unilateral de la economía isleña: "La isla no es, como es Estados Unidos, un vasto complejo de agricultura, industria y comercio, mutuamente dependientes y en conjunto autosuficiente". La isla era fundamentalmente agrícola, pero "hay poca diferenciación, poca especialización, poca subdivisión del trabajo" [41].


La Primera guerra mundial aceleró el crecimiento de la industria del azúcar, profundizó la depresión de la zona cafetalera e inicio la extensión de la industria de la aguja que empleaba mayormente a mujeres en hogares y en talleres. Las terribles condiciones de trabajo, los bajos salarios y la pobreza estimularon la emigración hacia Estados Unidos, donde los puertorriqueños podían trasladarse sin restricciones desde temprano en la década de 1900. Para mediados de la década de 1920 ya existía una colonia puertorriqueña en East Harlem, aunque los puertorriqueños también se asentaron en otras partes de la ciudad [42].


En 1905, Weyl fue uno de los primeros en presentar la sobrepoblación (es decir, el exceso de "brazos") como causa de la pobreza generalizada. Su informe planteaba que "The chief cause of the low wages in Puerto Rico is the excessive population of the island" [43]. El cambio no podía ser más tajante. Durante la mayor parte del siglo XIX, los patronos habían identificado la falta de "brazos" como el problema fundamental para sus actividades y el crecimiento económico. Ahora la pobreza se atribuía a la sobrepoblación, como si la isla repentinamente hubiese generado una población excedente. De hecho, tanto la idea de la falta de brazos antes de 1898, como del exceso de población después eran representaciones deformadas de la verdadera situación y transformación social y económica: no de la falta al exceso de "brazos", sino más bien, del acceso a la tierra (aún sin título de propiedad), que permitía a muchos productores evadir el trabajo asalariado (descrito por los explotadores como "falta de brazos"), y a la plena implantación de las relaciones capitalistas bajo las cuales la falta de acceso a la tierra y otros medios de producción obliga a los trabajadores a buscar empleo asalariado y bajo las cuales los niveles de salario se mantienen dentro de los límites exigidos por la acumulación y la ganancia capitalistas a través de la presión de los desempleados sobre el sector empleado de la clase trabajadora, es decir, de la existencia de lo que Marx llamó el "ejército industrial de reserva" (representado como exceso de brazos o de población). Por su puesto, ese "ejército industrial de reserva" es mucho más extenso en una economía dependiente, colonial y unilateral como la de Puerto Rico.


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En la medida que las relaciones económicas aun no les aseguraban la oferta de brazos que requerían, las clases poseedoras puertorriqueñas habían favorecido la esclavitud o alguna forma de coerción legal o estatal que intentara obligar a los productores a entrar por el camino del trabajo asalariado. No podían abrazar los reclamos de derechos ciudadanos formulados por liberales como Baldorioty (o de repartición de tierras, planteado por Labra). Al contrario, repudiaban tales llamados como poco realistas y nocivos. Los derechos democráticos en tal contexto no serían formales, sino que afectarían, es decir, menoscabarían, las instituciones y medidas de coerción necesarias para perpetuar la esclavitud y para intentar asegurar la explotación de los productores libres (a través de reglamentaciones como la libreta). En 1874 el gobernador José Laureano Sanz todavía se quejaba del "abandono y licencia en que viven los braceros, amparados por instituciones democráticas mal comprendidas y peor aplicadas" [45].


El colonialismo estadounidense, en el contexto de la generalización de las relaciones capitalistas de producción, en que la desposesión obliga a los productores a buscar empleo asalariado, podía extender derechos democráticos que en tal contexto se convertían en derechos formales, en el sentido que hemos indicado. (A diferencia de cuando en 1866, todavía en tiempos de la esclavitud y la libreta, Baldorioty proponía el reconocimiento de derechos que atentaban contra esas formas de explotación). Así, después de 1898 Puerto Rico vivió una extensión de aspectos de la democracia capitalista. Repitamos: como no depende de la coerción legal o estatal de los productores, la explotación capitalista (a diferencia de la esclavitud o la servidumbre, por ejemplo) es compatible con el reconocimiento de importantes libertades y derechos (incluyendo el sufragio). Llamamos a esto democracia formal, no porque sea insignificante sino porque no se extiende a las relaciones económicas existentes que siguen siendo el reino de la explotación del capital por el trabajo, regulado por las decisiones de las empresas privadas en la búsqueda de la mayor ganancia posible.


A partir de 1898, Puerto Rico experimentó tanto la generalización de las relaciones capitalistas como la institución de aspectos de la democracia capitalista. Pero experimentó (y sigue experimentando) no el capitalismo en general sino un capitalismo colonial, dependiente y unilateral. De igual forma, la democracia formal exportada a Puerto Rico era una versión colonial y recortada de la democracia capitalista—aunque era un progreso comparado con el régimen español que había sido igualmente colonial, pero menos democrático.


Las mismas decisiones del Tribunal Supremo de Estados Unidos en los Casos insulares que crearon la categoría de territorio no incorporado, definido como posesión, pero no parte de Estados Unidos, produjeron la distinción entre aspectos fundamentales y no fundamentales de la constitución de ese país. Los derechos fundamentales aplicaban en los territorios no incorporados, como Puerto Rico. La extensión o no extensión del resto era prerrogativa del Congreso. La libertad de expresión, por ejemplo, se consideraba un derecho fundamental. La dominación estadounidense ha tenido ese doble carácter, a la vez colonial y liberal. Como planteó el marxista Richard Levins en 1965, muchos defensores del régimen colonial han enfatizado esos aspectos liberales (reconocimiento de derechos individuales fundamentales), como si esto borrara su carácter colonial, a la vez que el análisis de no pocos independentistas no ha tomado en cuenta esos aspectos. Para una comprensión adecuada del colonialismo capitalista estadounidense en Puerto Rico ambos aspectos deben tomarse en cuenta [46]. La obra de figuras como Hostos (entre 1898 y su muerte), de Rosendo Matienzo Cintrón y Rafael López Landrón, entre otros, fue un intento de construir ese análisis.


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Así, Hostos describió el gobierno creado por la Ley Foraker de 1900 como "un ensayo de gobierno híbrido, mezcolanza de régimen a la americana y de coloniaje a la española" [47]. "Régimen a la americana", porque reconocía ciertos derechos democráticos; "coloniaje a la española", porque no dejaba de ser un nuevo gobierno colonial que Hostos consideraba contradictorio con los ideales democráticos que asociaba con Estados Unidos. Hostos atribuía la desviación respecto a esos ideales al surgimiento de grandes concentraciones de capital que empujaban a la república por la senda imperialista. Esas concentraciones de capital eran una amenaza tanto a los derechos de las Antillas como a la democracia americana misma. Ante esa amenaza, Hostos abrazaba otro modelo estadounidense: la economía del homestead, del pequeño y mediano agricultor comercial, que él asociaba con la democracia política y con una más igualitaria distribución de la riqueza.


El homestead, planteaba Hostos, daba la propiedad "al trabajo, no al capital" y no fomentaba aspiraciones imperiales [48]. Hostos deseaba transferir ese modelo a Puerto Rico y contaba con su renacimiento en Estados Unidos [49]. La idea no era nueva: en 1882 había propuesto la división de las plantaciones azucareras y una "economía rural" asentada en las pequeñas fincas, perspectiva que había reafirmado en 1889 al comentar la crisis y el futuro de la agricultura en República Dominicana [50].


Hostos pensaba que en Estados Unidos se gestaba un "estallido" en respuesta a "las coaliciones del capital contra el trabajo, la producción y el consumo". Ese "estallido" debía derribar la "máquina de los usurpadores de la riqueza y el poder" y dejar en pie a la "poderosa democracia" que no soñaba con "extensiones de terreno y territorio" porque sabía que "la honrada posesión del Homestead vale más que la injusta o sangrienta ocupación de Filipinas y de las Antillas" [51]. Acorde con esa perspectiva, Hostos advertía contra la otorgación de privilegios a "Compañías de monopolio (sindicatos, trusts, etc.)" en Puerto Rico [52].


Pero la historia no tomó el rumbo señalado por Hostos. La "máquina de los usurpadores de la riqueza y el poder" no fue desarticulada. Lo que descendió sobre Puerto Rico no fue una democracia agraria asentada en el homestead sino el dominio de la gran propiedad capitalista. Pero desde temprano también surgió la visión, no de romper la gran propiedad, sino socializarla.


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En 1910, el abogado laboral Rafael López Landrón publicó un balance de la primera década de gobierno estadounidense. Sus artículos fueron recogidas en el periódico Unión Obrera. López planteaba que, en términos de derechos individuales, capacidad productiva, estabilidad monetaria, estado de caminos y carreteras, servicios de salud, educación y oportunidades para las mujeres, el progreso era innegable. El cambio de gobierno había sido "una resurrección a la vida moderna" [53]. Puerto Rico había pasado de un sistema "monárquico, borbónico, tradicional, cuasi-sacerdotal" a un orden "republicano, democrático, renovador, secular, profano", dotado de un sentido "francamente racionalista y libre" [54].


Pero a pesar de ese retrato admirativo, López advertía que las instituciones de Estados Unidos no eran "las más perfectas" [55]. Estados Unidos, planteaba en 1913, era el país de la "extrema riqueza" y la "extrema pobreza". El pueblo "tiene derecho de gobernar pero no gobierna; de legislar pero no legisla; de administrar la justicia pero no la administra". Allí, la "aristocracia del nacimiento" había sido remplazada por la "aristocracia del dinero" [56]. La nobleza había sido sustituida por la plutocracia [57]. Puerto Rico, bajo el gobierno de Estados Unidos, había pasado del "monopolio teocrático-militar" al "monopolio de la burocracia exterior" [58]. López subrayaba que magnates como Rockefeller y Morgan no podían ser controlados a través de los mecanismos de la anticuada Constitución de Estados Unidos o a través de legislación anti-trust o antimonopólica, como la Ley Sherman [59].


López destacaba lo que hemos descrito como el carácter formal de la democracia capitalista. Se reconocían derechos políticos y legales, pero se dejaba intacta la explotación del trabajo. "Vivimos," escribe, "bajo el imperio de las ficciones democráticas y bajo la tremenda realidad de la esclavitud económica" [60]. Las libertades formales no eran suficientes. "Todo despotismo del hombre sobre el hombre recae siempre sobre el producto de su trabajo". Por eso, explicaba López, "la libertad del ciudadano no viene a ser otra cosa que el disfrute íntegro del producto de su trabajo. La medida en que cada hombre y cada pueblo disfrutan del producto de su trabajo es la medida exacta en que disfrutan de su libertad" [61]. López concluía en otro escrito: "El hombre no puede emanciparse en lo político mientras el trabajo no se emancipe del capital" [62].


En 1907, López ya había señalado: "Hoy no hay más fórmula que el socialismo" [63]. Las fuentes de riqueza debían colocarse en manos del pueblo. La cooperación debía reemplazar a la competencia. En 1913 López contrastaba una futura república puertorriqueña (como él la concebía) con Estados Unidos. En Estados Unidos "prevalecen las leyes del capital"; en la república puertorriqueña "deben prevalecer las leyes del trabajo". En Estados Unidos dominaba la tendencia a la "concentración de la riqueza"; en Puerto Rico debía dominar la tendencia a la "difusión de la riqueza producida". El sistema legislativo en Estados Unidos protegía "al poderoso y el fuerte"; en Puerto Rico debía servir al "pobre y el menesteroso". En Estados Unidos el dólar era el fin y la humanidad el medio; en Puerto Rico, "el fin de la vida" debía ser, no "el comercio, sino el bienestar humano". Y añadía: "Que no trabajemos para producir lo que otros acaparan, sino que produzcamos para consumir lo mismo que producimos". En Estados Unidos el lema era "cada uno contra todos". En Puerto Rico debía ser "cada uno para todos y todos para cada uno". Puerto Rico había imitado a Estados Unidos al eliminar la "aristocracia del nacimiento"; ahora debía "superarle" suprimiendo la "aristocracia del dinero". En Estados Unidos reinaban los trusts o monopolios privados "que organizan la riqueza con la mira de la conquista comercial y la agresión"; Puerto Rico debía aspirar a crear "un solo trust, el trust perfecto, el trust por excelencia, el trust de todos para todos, el trust del pueblo, en que todos seamos gobernantes y gobernados, patronos y obreros de nosotros mismos, funcionarios al servicio común del país" [64]. La perspectiva de López sin duda se nutría del auge del movimiento obrero en Puerto Rico a partir de 1899, que incluiría la creación de la Federación Libre de Trabajadores de 1899 y del Partido Socialista en 1915, historia que sobrepasa el tema de este artículo.


López adoptaba una perspectiva internacionalista. Puerto Rico no tendría que emprender los cambios sociales necesarios aisladamente. El capitalismo, explicaba, "va marchando… a una organización internacional. Sus troncos se llaman trusts, sus ramas y tentáculos … sucursales y agencias" [65]. A "los movimientos cosmopolitas del capital" había que oponer el "el movimiento cosmopolita del trabajo". La "inmensa familia humana de los productores" debía desafiar a la "pequeña familia de los ociosos" [66]. El capital mismo era el modelo para seguir: "La unidad universal cosmopolita, el capital, he aquí el ejemplo, he aquí la enseñanza" [67]. Dicho más brevemente: "Haced lo mismo que el trust. UNIOS" [68].


Uno de los muchos méritos de López Landrón fue vincular la lucha obrera a las luchas por la emancipación de la mujer. Según él había que liberar a la mujer "de su perpetua reclusión en la vida privada, de su olvido en el hogar doméstico" [69]. "La patria," advertía, "no es masculina ni femenina; es sencillamente neutra es humana. Patria masculina, es feudalismo, dominación de clase sobre clase, despotismo tradicional del hombre sobre la mujer" [70]. La subordinación de la mujer estaba amarrada a otras formas de dominación. López explicaba, refiriéndose a los enemigos del sufragio femenino: "Automatizados en la repetición inconsciente del monopolio privado de la producción, del monopolio privado de la riqueza pública, del monopolio privado del trabajo común, del monopolio privado de los medios de comunicación, del monopolio privado de las subsistencias, no conciben el sexo sino bajo el monopolio del femenino por el masculino; ni el voto, sino como otro monopolio de clase. Para esas gentes…, el voto es cuestión y problema de sexo, porque el sexo es objeto también de monopolio, es decir, de explotación" [71]. El feminismo, proclamaba López en 1916, "tiene su siglo: el siglo XX… Ha rebasado las fronteras. No se circunscribe a ninguna patria…La causa del feminismo es internacional, es universal, como la causa del trabajo" [72]. López Landrón murió en 1917 en Nueva York, luego de participar en la fundación del Partido de la Independencia en 1912 y del Partido Socialista en 1915 [73]. Sus ideas nos parecen tan válidas hoy como cuando se formularon hace poco más de un siglo.


12

El capitalismo, como hemos visto a lo largo de este escrito, depende de la separación de los trabajadores y trabajadoras de los medios de producción y subsistencia: esa separación es la condición que les coloca bajo "la compulsión económica a vender su fuerza de trabajo" [74]. Por eso los patronos siempre protestan contra cualquier circunstancia que reduzca esa separación y que, por tanto, debilite esa compulsión. En el siglo XIX protestaban contra la práctica de los productores de ocupar tierras y trabajar por su cuenta y exigían medidas para obligarlos a emplearse como trabajadores asalariados. Sus estribillos eran la "falta de brazos" y la necesidad de combatir la "vagancia". Para ellos quien no trabajaba para ellos o se asentaba en un pedazo de tierra sin título de propiedad era un vago.


Recientemente, la COVID-19 ha obligado a muchos gobiernos capitalistas, incluyendo el de Estados Unidos, a crear programas de apoyo económico a las personas que perdieron su ingreso durante la pandemia. Estas medidas, que han garantizado cierto ingreso a los cesantes y desempleados les permiten, mientras duran, evitar el empleo si los salarios son más bajos que las ayudas, o esperar a que aparezcan mejores ofertas de empleo. No es raro que inmediatamente haya surgido la queja patronal de "falta de brazos" y de que mucha gente quiere vivir sin trabajar. Así escuchamos al secretario de Desarrollo Económico, Manuel Cidre, y al secretario del Trabajo, Víctor Rivera, repetir los alegatos formulados por los patronos hace dos siglos en las instrucciones de 1809 a Ramón Power. El Departamento de Trabajo incluso ha creado un portal electrónico para que los patronos informen el nombre de los trabajadores que se rehúsan a regresar al empleo, a los que se les suspenderían las ayudas, algo que bien puede describirse como una libreta del siglo XXI, con los mismos objetivos que la libreta de jornales abolida en 1873 [75]. En aquella época se atacaba el acceso a la tierra para abrir paso al capitalismo; en la nuestra se ataca el acceso al PUA y programas similares para asegurar el funcionamiento de la economía capitalista del modo más favorable posible a los patronos. Que algunos trabajadores y trabajadoras que se han acogido a programas de ayuda prefieran no regresar a sus empleos, se debe, no a la generosidad de las ayudas, sino a la miseria de los salarios. Al perseguirlos, humillarlos y demonizarlos, como pretende la nueva libreta, tan solo se intenta proteger, perpetuar y seguir imponiendo esos salarios de miseria.


Alguien dirá que los labradores del siglo XIX trabajaban por su cuenta, pero los desempleados de hoy no trabajan. Es cierto, pero esto no es culpa de los desempleados. El PUA (o el PAN o la ayuda por desempleo), como se sabe, da acceso, no a medios de producción, sino cierto (limitado) acceso a medios de consumo. Esto corresponde al gran cambio que nos separa del siglo XIX: el pleno establecimiento del capitalismo, que separa a los trabajadores de los medios de producción, y que no puede funcionar sin reproducir esa separación.


Por lo mismo, la campaña contra la "vagancia" y contra las ayudas a los pobres y desempleados (desprestigiada y estigmatizada con términos como "mantengo") no es nueva. Patronos e ideólogos patronales, intentan dividir a los trabajadores y trabajadoras indisponiendo a quienes tienen empleo contra los desempleados: mientras ustedes trabajan, les dicen, aquellos cobran sin trabajar y viven del "mantengo". Pero mientras peor sea la situación de los desempleados más fuerte será la presión para que los trabajadores empleados acepten peores condiciones de empleo, con tal de evitar las consecuencias del desempleo. Eliminar las ayudas sociales no creará más empleos. Tan solo empobrecerá a los desempleados y a los empleados también. Conviene a los empleados defender las mejores condiciones posibles para los desempleados, entre los cuales, además, pueden encontrarse en el futuro. En lugar de estigmatizar a quienes reciben ayudas de algún tipo debemos denunciar al capitalismo que hace tales ayudas necesarias, debido a su incapacidad de proveer empleo e ingreso adecuadamente.


Pero, claro está: la garantía de cierto ingreso o nivel de consumo para todas las personas tan sólo reduce y limita, pero no suprime la compulsión económica a vender la fuerza de trabajo. Por tanto, a la vez que luchamos por cualquier alivio a la situación de los desposeídos tenemos que luchar por, no solo atenuar, sino abolir esa compulsión.


Los desposeídos en tiempos de Pedro Yrisarri, antes del surgimiento del capitalismo, podían resistir a los explotadores fugándose hacia a una vida precaria en el monte. Dos siglos después podemos y tenemos que resistir a los explotadores de nuestra época planteándonos la socialización de las fuentes de riqueza creadas por el capitalismo. Como decía López Landrón en 1907: "Haced lo mismo que el trust. UNIOS" [76].


Notas

[1] Christopher Schmidt-Nowara, Empire and Antislavery. Spain, Cuba, and Puerto Rico, 1833-1874 (Pittsburgh: University of Pittsburgh Press, 1999), 102.

[2] Figueroa, Sugar, Slavery and Freedom, 167.

[3] Gómez Acevedo, Organización y reglamentación del trabajo, 68, 80.

[4] Gómez Acevedo, Organización y reglamentación del trabajo, 24, 53, 130.

[5] Gómez Acevedo, Organización y reglamentación del trabajo, 61.

[6] Gómez Acevedo, Organización y reglamentación del trabajo, 138, 220-21.

[7] Gómez Acevedo, Organización y reglamentación del trabajo, 244, 465-466.

[8] "Carta particular de don Román Baldorioty de Castro" (1866) en Gómez Acevedo, Organización y reglamentación del trabajo, 456.

[9] "Carta particular de don Román Baldorioty de Castro" (1866), 458.

[10] Ellen Meiksins Wood, Democracy against Capitalism, 224.

[11] Gómez Acevedo, Organización y reglamentación del trabajo, 361.

[12] Gómez Acevedo, Organización y reglamentación del trabajo, 373.

[13] Segundo Ruiz Belvis, José Julián Acosta, Francisco Mariano Quiñones, Proyecto para la abolición de la esclavitud en Puerto Rico (Río Piedras: Edil, 2008), 95, 96.

[14] Proyecto para la abolición de la esclavitud, 57, 59, 71, 73.

[15] Proyecto para la abolición de la esclavitud, 57.

[16] Bergad, Coffee and the Growth of Agrarian Capitalism, 139. Ver Francisco Moscoso, La revolución puertorriqueña de 1868: el Grito de Lares (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2003); Olga Jiménez de Wagenheim, El Grito de Lares: sus causas y sus hombres, Trad. Carmen Rivera Izcoa (Rio Piedras: Huracán, 1985).

[17] Ramón Emeterio Betances, "La abolición de la esclavitud en Puerto Rico y el gobierno radical y monárquico en España"(1872) en Las Antillas para los antillanos, Carlos Rama, ed. (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1975), 70, 76. También en Haroldo Dilla, Emilio Godinez, Ramón Emeterio Betances (La Habana: Casa de Las Américas, 1983), 127-132.

[18] Schmidt-Nowara, Empire and Slavery, 98.

[19] Rafael María de Labra, La emancipación de los esclavos en los Estados Unidos (Madrid: Sociedad Abolicionista Española, 1873), 54, 55, 67.

[20] Sobre este tema ver: Eric Foner, Reconstruction: America's Unfinished Revolution (New York: Harper and Row, 1988).

[21] Figueroa, Sugar, Slavery and Freedom, 145.

[22] Figueroa, Sugar, Slavery and Freedom, 146; Gómez Acevedo, Organización y reglamentación del trabajo, 265. Dietz, Economic History of Puerto Rico, 50.

[23] Figueroa tiene el mérito de haber encontrado estas memorables expresiones. Figueroa, Sugar, Slavery and Freedom, 171.

[24] Figueroa, Sugar, Slavery and Freedom, 171. Al no poder consultar el texto original en español, hemos retraducido al español la versión en inglés incluida en el libro de Figueroa. Las palabras quizás han variado, pero el concepto está claro.

[25] Figueroa, Sugar, Slavery and Freedom, 169-170; Gómez Acevedo, Organización y reglamentación del trabajo, 298, 299, 304; Dietz, Economic History of Puerto Rico, 50.

[26] Salvador Brau, "Las clases jornaleras en Puerto Rico"(1882) en Ensayos (Río Piedras: Edil, 1972), 27, 57.

[27] Brau, "Las clases jornaleras en Puerto Rico" (1882), 67, 69-70.

[28] Vladimir P. Timoshenko y Boris Swerling, The World's Sugar. Progress and Policy (Stanford: Stanford University Press, 1957). Ver también Bill Albert y Adrian Graves, eds., Crisis and Social Change in the International Sugar Economy, 1860-1914 (Edinburgh: ISC Press, 1984); Scarano, Sugar and Slavery in Puerto Rico.

[29] Bergad resume el proceso: "The virtual absence of a free labor market before 1850 was linked to land availability in this central highland area of the island… Slavery was the only system assuring the manpower to produce commercial crops. Conversely, when the frontier began to close, a free labor market developed on a broad scale". Bergad, Coffee and the Growth of Agrarian Capitalism, 55.

[30] En ese sentido la proletarización no fue resultado de la invasión estadounidense. Ver César J. Ayala, Laird W. Bergad, Agrarian Puerto Rico: Reconsidering Rural Economy and Society, 1899-1940 (Cambridge: Cambridge University Press, 2020). En 1899, Henry K. Carroll indicó que "[t]hose who depend upon daily wages for support constitute the great majority of the people". Uno de sus informants indicaba: "There are three clases of property holders here—those who have large estates, those who have only small estates, and those who live on a borrowed piece of land on which they are working, and who, the day they cease to work for the owner of it, take up their household effects and depart... The latter class is the most numerous". Henry K. Carroll, Report on the Island of Porto Rico, (New York: Arno Press, 1975, originally Washington: Government Printing Office, 1899), 48, 524. En la década de 1960, Henry Wells planteó que las haciendas de café se caracterizaban por "personal relations between landowner and campesinos", que daban "psychological as well as economic security to all members of the hacienda community". La administración de las haciendas era "personal, and often paternalistic". Henry Wells, The Modernization of Puerto Rico (Cambridge: Harvard University Press, 1969) 47, 91. En la década de 1970 Ángel Quintero Rivera formula una idea similar de las haciendas como una mezcla de explotación con una cultura de "deferencia" y "paternalismo", no animadas por la "maximización de ganancias" sino, más bien por el deseo del hacendado de "ser respetado, admirado y querido por los trabajadores de la hacienda" (A.G. Quintero, "El desarrollo de las clases sociales y los conflictos políticos en Puerto Rico" en Conflictos de clase y política en Puerto Rico (Río Piedras: Huracán, 1977), 115. La investigación de Bergad demuestra que los hacendados eran despiadados buscadores de ganancia, a costa de la seguridad de los explotados y poco preocupados por su respeto o admiración. Bergad, Coffee and the Growth of Agrarian Capitalism, 196, 216.

[31] Bergad, Coffee and the Growth of Agrarian Capitalism, 49.

[32] Bergad, Coffee and the Growth of Agrarian Capitalism, xviii, 157, 169, 185, 213, 215.

[33] Abad fue uno de los fundadores del Partido Autonomista. Antonio S. Pedreira, El año terrible del 87: sus antecedentes y sus consecuencias en Obras de Antonio S. Pedreira, (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1970 [1937]), I, 197.

[34] José Ramón Abad, Puerto Rico en la feria exposición de Ponce en 1882 (San Juan: Coquí, 1967 [1885]), 243-246, 248.

[35] Abad, Puerto Rico en la feria, 305.

[36] Abad, Puerto Rico en la feria, 305, 306. Estas dos páginas contienen muy interesantes reflexiones sobre la interconexión de los diversos trabajos realizados por una sociedad y la consecuencia de su poca o gran diversidad. Comentando el mismo evento que propició el texto de Abad, Hostos había expresado ideas parecidas poco tiempo antes. Eugenio María de Hostos, "La feria de Ponce" (1882), Obras completas, XIV, 333-341. En 1876 Alejandro Tapia formuló una versión juguetona de esta idea en un escrito cuyo personaje busca a Puerto Rico en una enciclopedia y se alegra de leer la descripción de un país próspero, dotado de una industria y agricultura diversa, con múltiples mercados externos, una red de ferrocarriles y caminos internos, tierra ampliamente distribuida y un campesinado educado y próspero. Pero el personaje pronto se da cuenta que ha estado leyendo sin sus espejuelos. En realidad, la enciclopedia no tenía una entrada sobre Puerto Rico. "Puerto Rico, visto sin espejuelos por un cegato" (1876), Alejandro Tapia y Rivera, Cuentos y artículos varios (San Juan, 1945), 59.

[37] "...these burnings have mostly been committed by laborers who for years have been compelled to work at starvation wages." Traducción nuestra. Henry K. Carroll, Report on the Island of Porto Rico (New York: Arno Press, 1975, reprint of Washington: Government Printing Office, 1899), 795.

[38] Henry K. Carroll, Report on the Island of Porto Rico, 132, 134. Carroll indicaba: "it seems to me extremely important for the future of the island that you should diversify your industries. If you desire prosperity… you must establish new industries, because in establishing new industries you give employment to poor people, and… they get a larger income and become larger consumers; … and Puerto Rico will be one of your best markets" (134). Según él "The history of industry in the United States shows that if you want to establish a new industry, you have to protect it, and in order to protect it you have to levy a duty upon the same article coming from other countries, which may temporarily raise the price of the article. But it is considered so important to add new industries that the people very cheerfully bear that additional burden, which, as I have said, is only temporary, in order that they may have a new source of employment and a new source of wealth. And it is for the people of Puerto Rico to consider whether they want industries established in this island in that way" (132).

[39] César J. Ayala, American Sugar Kingdom: The Plantation Economy of the Spanish Caribbean, 1898-1934 (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1999).

[40] Traducción nuestra de: "Since 1898… a complete revolution has taken place in Porto Rican agriculture, with the result that the coffee industry has greatly diminished in volume… while… the sugar industry has grown greatly". Walter E. Weyl, "Labor conditions in Porto Rico," Bulletin of the Bureau of Labor, 61, November 1905 Washington D.C., 749.

[41] "The island is not, as in the United States, a vast complex of agriculture, industry, and commerce, mutually dependent and altogether self-sufficing"; "there is little differentiation, little specialization, little subdivision of labor". Weyl, "Labor conditions in Porto Rico", 723, 724. Tomamos la primera traducción de Félix Córdova, Ante las fronteras del infierno. El impacto social de las huelgas azucareras y portuarias de 1905 (Rio Piedras: Huracán, 2007), 30.

[42] Ver Virginia E. Sánchez Korrol, From Colonia to Community: The History of Puerto Ricans in New York City (Berkeley, Los Angeles, London: University of California Press, 1983).

[43] Weyl, "Labor conditions in Porto Rico," 764.

[44] En palabras de Marx: "Lo maravilloso de la producción capitalista es que no solo reproduce constantemente al obrero asalariado como tal obrero asalariado, sino que además crea una superpoblación relativa de obreros asalariados proporcionada siempre a la acumulación de capital. De este modo, se mantiene dentro de sus justos cauces la ley de la oferta y la demanda de trabajo, las oscilaciones de los salarios se ajustan a los límites que convienen a la explotación capitalista; y finalmente, se asegura la indispensable subordinación social del obrero al capitalista…", Marx, El capital, Vol. I, 653.

[45] Gómez Acevedo, Organización y reglamentación del trabajo, 266, 284.

[46] Richard Levins, "Review of Gordon K. Lewis, Puerto Rico: Freedom and Power in the Caribbean," Science and Society, 29.1, (Winter, 1965): 96-101.

[47] Hostos, "El gobierno civil en Puerto Rico" (1900), Obras completas, (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1969), V, 223.

[48] Hostos, "El 'Homestead'" (parte de "El derecho público americano aplicado a Puerto Rico," 1899), Obras completas, V, 198.

[49] Hostos, "Cartas públicas" (1899), Obras completas, V, 290.

[50] Hostos, "La feria de Ponce" (1882), Obras completas, XIV, 339; "Falsa alarma" (1889), Obras completas, XIV, 147, 148, 149, 160. Al asumir el modelo del homestead, Hostos proponía algo similar a lo que Lenin en esos años llamaba el camino "farmer" o americano al capitalismo, que contrastaba favorablemente con el camino "Junker". Ver V.I. Lenin, "El programa agrario de la socialdemocracia en la revolución rusa (1905-1907) (1907) y "Nuevos datos sobre las leyes de desarrollo del capitalismo en la agricultura. Fascículo I. El capitalismo y la agricultura en Estados Unidos de Norteamérica" (1915).

[51] Hostos, "El 'Homestead'," 198. Ver sobre Hostos: "Hostos ante el nuevo poder colonial," "Hostos y las contradicciones del desarrollo" en Rafael Bernabe, Respuestas al colonialismo en la política puertorriqueña. 1899-1929 (Río Piedras: Huracán, 1996); "Hostos at the Hotel America," CENTRO Journal, XXI:1 (Spring 2009), 219-229.

[52] Hostos, "El gobierno civil en Puerto Rico" (1900), Obras completas, V, 245. Trust era uno de los términos para referirse a las grandes corporaciones en esa época (era uno de los mecanismos legales para crearlas).

[53] Rafael López Landrón, Cartas abiertas para el pueblo de Puerto Rico (San Juan: Imprenta Venezuela, 1928, [1910]), 38-39.

[54] López Landrón, Cartas abiertas, 12, 52.

[55] López Landrón, Cartas abiertas, 1.

[56] López Landrón, "Seleccionemos," La Independencia, I:1, 1 febrero 1913, 22.

[57] López Landrón, "La plutocracia americana," Revista de las Antillas," I:2, abril 1913.

[58] "Mitin político en Bayamón," La Correspondencia, 23 marzo 1912.

[59] López Landrón, "La plutocracia americana".

[60] López Landrón, La mujer puertorriqueña y el Bill Jones (San Juan: Boletín Mercantil, 1916), 10.

[61] López Landrón, Cartas abiertas, 103.

[62] López Landrón, La mujer puertorriqueña y el Bill Jones, 28.

[63] "Discurso de Rafael López Landrón," Tierra, III:4, 10 septiembre1907, 96. En 1907 López Landrón publicó "Los ideales socialistas" en el libro Gobierno propio ¿Para quién? junto a un texto de Santiago Iglesias (San Juan, 1907).

[64] "Seleccionemos," 22-24.

[65] "Discurso de Rafael López Landrón en Maunabo" (julio 26, 1907), Tierra, III:20, 30 julio 1907, 20.

[66] "Discurso de Rafael López Landrón en Maunabo" (julio 26, 1907), 20. Ver también "Discurso de Rafael López Landrón" (1907), Tierra, III:21, 10 agosto 1907, 20. Y también "La plutocracia norteamericana".

[67] "La cooperación," Tierra, III:21,10 agosto 1907, 11.

[68] "Discurso de Rafael López Landrón en Patillas," Tierra, III:22, 20 agosto 1907, 37.

[69] López Landrón, La mujer puertorriqueña, 3.

[70] López Landrón, La mujer puertorriqueña, 11.

[71] López Landrón, La mujer puertorriqueña, 14.

[72] López Landrón, La mujer puertorriqueña, 12.

[73] Para más datos sobre López Landrón y el Partido de la Independencia ver: Rafael Bernabe, Respuestas al colonialismo en la política puertorriqueña, 1899-1929 (Río Piedras: Huracán, 1996); Mario R. Cancel, Anti-figuraciones. Bocetos puertorriqueños (San Juan, Santo Domingo: Isla Negra, 2003); Juan Diez de Andino, "Don Rafael López Landrón", El Mundo (Suplemento), 5 mayo 1962.

[74] Mandel, "El libro tercero", 216-217

[75] Brenda A. Vázquez, "Empleados que se nieguen a trabajar perderán el desempleo", El Vocero, 14 enero 2021; "DRRH crea portal para que patronos denuncien a empleados que no regresan a trabajar", Metro, 16 marzo 2021; Brenda A. Vázquez Colón, "A rendir cuentas los empleados privados", El Vocero, 17 marzo 2021.

[76] "Discurso de Rafael López Landrón en Patillas", 37.


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Rafael Bernabe es senador, profesor de la Universidad de Puerto Rico, activista social y político, autor de libros y artículos sobre historia y literatura puertorriqueña.