Capitalismo y catástrofe

Por Rafael Bernabe





[Este publicación es una reseña del libro de Andreas Malm, Corona, Climate, Chronic Emergency. War Communism in the Twenty-First Century (London: Verso, 2020)]


Corona, Climate, Chronic Emergency. War Communism in the Twenty-First Century (London: Verso, 2020) de Andreas Malm es un libro extraordinario. El tema —la doble catástrofe del COVID-19 y la crisis climática y su relación con la globalización capitalista— no podía ser de mayor actualidad. La presentación es clara. Los argumentos están bien documentados. Las conclusiones son tan radicales como la magnitud de la crisis descrita. Es un libro breve, repleto de información. Veamos algunos de sus planteamientos más importantes.


Capitalismo y pandemia

Los medios, analistas y la mayoría de la población tienden a ver la pandemia del COVID-19 como un golpe externo que ha caído sobre la humanidad, como un hecho natural que golpea a la sociedad desde afuera. Por supuesto, la izquierda y los sectores más críticos señalan cómo el capitalismo acentúa y reparte desigualmente el impacto de la pandemia. El neoliberalismo, con sus políticas de privatización y su reducción de instalaciones de salud (camas disponibles, por ejemplo) en búsqueda de la mayor eficiencia (es decir, mayores ganancias) desarticuló los sistemas de salud que ahora han sido incapaces de responder adecuadamente a la pandemia. Por otro lado, las desigualdades económicas, que ya se traducían en condiciones de salud muy distintas entre las clases sociales, implican ahora un impacto diferenciado de la pandemia: las poblaciones que ya padecían de mala salud (mayor incidencia de diabetes, alta presión, etc.) son más vulnerables al COVID-19. El efecto desproporcionado de la pandemia sobre la población negra en Estados Unidos es un ejemplo dramático de este fenómeno. El distanciamiento es, por supuesto, más fácil en los vecindarios de las clases más ricas, muy difícil en las comunidades y las zonas más pobres y, por lo general, más hacinadas. La situación se agrava ya que el capitalismo también implica acceso a servicios de salud diferenciados: las poblaciones más vulnerables son las que menos acceso tienen a cuidos de calidad después de contagiarse. La pandemia, en fin, no discrimina, pero el capitalismo sí lo hace. Por tanto, la pandemia afecta más a los pobres que a los ricos, a los trabajadores que realizan labores esenciales (por lo general mal pagadas, como la producción y distribución de alimentos) que a los ejecutivos y profesionales mejor remunerados. Pero, aunque el capitalismo agrava y reparte desigualmente el efecto de la pandemia, la última se sigue concibiendo como un hecho que impacta a la sociedad desde afuera, como un meteorito que cayera del espacio. Por lo mismo, se espera que una vacuna logre contener la pandemia y que todo regrese a la "normalidad". Para la izquierda, por supuesto, se trata de una normalidad repleta de injusticias que es necesario combatir.


Andreas Malm no cuestiona ni rechaza este análisis de la izquierda. Pero sí plantea que es insuficiente. La pandemia del COVID-19, explica Malm, no es un hecho externo a la sociedad. Al contrario, es resultado y consecuencia de la acumulación capitalista. No es la primera vez que un fenómeno como esto ocurre en años recientes. Es, de hecho, un evento que podía pronosticarse y fue pronosticado. Por lo mismo, en la medida que la acumulación capitalista se perpetúe, esta pandemia no será el último evento de este tipo. Es decir, no estamos ante un hecho aislado, que terminará con la invención de una vacuna, sino ante una "emergencia crónica", como dice el título del libro, mientras el capitalismo sobreviva.


Para entender este argumento, hay que recordar el mecanismo básico detrás del estallido de la pandemia. La pandemia del COVID-19 es resultado del salto de un patógeno (en este caso el coronavirus SARS-CoV-2) del reino animal (probablemente murciélagos a través de otras especies) a los seres humanos. No es la primera vez que esto ocurre en el pasado reciente. Ese fue el caso del HIV en la década de 1980, del virus Nipah (en Malasia) en 1998, del virus del Nilo en 1999, del coronavirus que causa SARS en 2002, del coronavirus que causa el MERS en 2012, del virus que causa el ÉBOLA (en África Occidental) en 2014. Este salto de patógenos (virus, bacterias, amibas, etc.) de animales a seres humanos también subyace en brotes como el Zika, que afectaron a América Latina y el Caribe en 2015.


Este contacto con y salto de patógenos a seres humanos es resultado de la puesta en contacto de personas con nuevas especies, de la invasión del hábitat de especies ya conocidas, de la migración obligada de especies fuera de sus hábitats y de la presión sobre esas especies como resultado de la destrucción de esos hábitats. Y esto, a su vez, es resultado de la tendencia de la acumulación capitalista a someter cada pulgada de territorio y los recursos explotables que alberga en fuente de ganancia privada a corto plazo. La acelerada deforestación es el ejemplo más dramático de esta invasión capitalista de cada rincón del planeta. Si bien en la actualidad los asaltos más espectaculares a la naturaleza ocurren en los países subdesarrollados o semi industrializados (en América Latina, África y Asia), las fuerzas que impulsan esos procesos residen en las economías capitalistas desarrolladas. La producción de cuatro tipos de exportaciones (carne de res, soja, aceite de palma y productos de madera) fueron responsables del 40 por ciento de la deforestación realizada entre 2000 y 2011. Es decir, los patógenos que viven en otras especies no vienen a nosotros, el capitalismo nos lleva a su encuentro.


Otra cara de esta invasión capitalista de cada rincón de todo el planeta es la creación de una red mundial de intercambio y movimiento cada vez más acelerado de materiales y personas. La explosión del transporte aéreo es quizás su ejemplo más dramático. Por tanto, una vez propicia el salto de un nuevo patógeno a los seres humanos, la globalización capitalista se ocupa de propagarlo por todo el planeta con una velocidad sin precedentes. Cuando esto se combina con una infección que puede ser contagiosa antes de presentar síntomas o sin presentarlos (como es el caso del SARS-CoV-2), se tiene la fórmula para una pandemia como la del COVID-19.


Capitalismo y catástrofe

Por supuesto, la misma expansión capitalista que subyace a la pandemia del 2020 es el motor que nos ha traído a la crisis climática. El capitalismo, construido sobre la quema de combustibles fósiles, ha provocado la concentración de gases de efecto invernadero, causante del proceso de calentamiento global. Sus consecuencias más dramáticas son conocidas: la desaparición de los hielos polares y glaciares, el ascenso del nivel del mar, la mayor frecuencia de eventos extremos (huracanes, sequías, inundaciones) la acelerada extinción de especies, fuegos forestales sin precedentes, desertificación, pérdida de fertilidad de tierras, la creación de zonas no habitables (como resultado de la mezcla de altas temperaturas y alta humedad), etc. El cambio climático, por su lado, al alterar los hábitats de distintas especies, obligarlas a emigrar y entrar en contacto unas con otras y con seres humanos, propicia el proceso ya indicado que subyace al surgimiento de nuevas pandemias.


Al igual que el COVID-19 afecta con más fuerza a los sectores desposeídos y discriminados que no son responsables de la tendencia ecocida del sistema capitalista, el cambio climático, resultado de la misma tendencia, afecta con más fuerza a los países y poblaciones más pobres y que menos han contribuido a la crisis y que menos recursos tienen para responder a ella.


Una y otra vez, las economías capitalistas y sus gobiernos han demostrado su incapacidad para responder a la crisis climática: hacerlo afectaría las ganancias de un importante sector de la clase capitalista. Desde hace treinta años o más, se conocen las causas y efectos de la crisis climática. Las metas y acuerdos para atenderlos siempre han fracasado ante el imperativo central de las economías capitalistas: el crecimiento propulsado por la búsqueda de la ganancia privada. Las emisiones han seguido aumentando. El capitalismo y sus portavoces prefieren ver cómo pueden adaptarse a la catástrofe climática, y hasta ver cómo pueden convertirla en un buen negocio, antes que tomar acción para evitarla.


2020 ha sido el año de repetidos huracanes en el golfo de México, de fuegos monumentales sin precedentes en California y en Australia y de la pandemia global del COVID-19. Ya no habrá regreso a la normalidad, ni siquiera a la normalidad capitalista. Bajo las reglas del capitalismo, la catástrofe es la nueva normalidad.


Anticapitalismo y catástrofe

Pasando a las posibles respuestas al capitalismo de la catástrofe, Malm examina tres opciones que agrupa bajo las categorías generales de socialdemocracia, anarquismo y leninismo. La socialdemocracia, explica Malm, ha tenido sus logros en los periodos de crecimiento del capitalismo, libres de grandes conmociones. Confía en el cambio gradual y en que la sociedad cuenta con tiempo para lograrlo pacientemente. En otras palabras, lo opuesto de lo que se necesita ante la amenaza de una catástrofe. En su formulación clásica por Eduard Bernstein a principios del siglo XX, la socialdemocracia aseguraba que el capitalismo (a través de la extensión del crédito, de la coordinación entre grandes empresas y de la legislación social) había logrado superar sus contradicciones y evitaría, por tanto, futuras crisis y depresiones. Cuando tales conmociones, como el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, se han desatado, han provocado por tanto la crisis, la parálisis, el colapso de la socialdemocracia.


Desde principios del siglo XX el marxismo revolucionario de figuras como Vladimir Lenin, León Trotsky y Rosa Luxemburgo se fundamentó en la premisa opuesta: el capitalismo sí conduciría a agudas crisis y catástrofes. Para ellos la Guerra Mundial y sus consecuencias catastróficas no fueron una sorpresa, sino una confirmación. Este marxismo no era ajeno a la noción de catástrofe. Uno de los textos más importantes de Lenin de 1917, en el periodo de preparación de la revolución de Octubre, se titula precisamente "La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla". Este texto, presenta una serie de medidas, como el control de suministros, nacionalización de bancos, apertura de libros de las grandes empresas, entre otras; y la presentaba más como necesarias para evitar una catástrofe inmediata que para crear una nueva sociedad. Se trataba de evitar el hambre y el frío. O, dicho de otro modo: la necesidad de evitar el hambre y el frío era la catástrofe que exigía tomar medidas anticapitalistas.


Rosa Luxemburgo había planteado esta alternativa en términos más generales al comienzo de la guerra con su famosa consigna "Socialismo o barbarie". Esta no es una afirmación optimista. No es una proclama de la inevitabilidad del socialismo. Esta fórmula no significa que el socialismo sea inevitable porque la alternativa sería la barbarie. Significa lo opuesto, la barbarie es inevitable, la catástrofe es inevitable, en términos de Lenin en 1917, a menos que la revolución intervenga a tiempo para evitarlo. Y para esa intervención no tenemos todo el tiempo del mundo. Puede llegar el momento en que sea demasiado tarde.


Leninismo ecológico

Regresando al presente, tendríamos que decir que nuevas catástrofes, incluyendo el agravamiento de las consecuencias del cambio climático y nuevas pandemias, son inevitables, mientras sigamos sometidos a las reglas de la acumulación capitalista. Malm no lo menciona, pero está lógica también la expresó Walter Benjamin cuando planteó que la revolución no debe concebirse como la locomotora de la historia, sino más bien como el freno de emergencia que detiene el tren antes de que caiga al abismo. Si algo nos recuerdan la crisis climática y la pandemia del COVID-19 es precisamente que el capitalismo es ese tren camino del abismo.


Malm explora una de las metáforas más populares para describir la lucha contra la pandemia y el cambio climático: la guerra. Lo relaciona a su vez con cierta dinámica de la Segunda Guerra Mundial o la guerra contra el fascismo. Malm considera que la imagen tiene el mérito de subrayar la urgencia del problema y la necesidad de acción decisiva, integrada y masiva para atenderlo. Pero plantea varias objeciones, entre ellas el hecho de que el esfuerzo de guerra no contradecía los intereses inmediatos de las clases capitalistas, es decir, el enriquecimiento de las clases capitalistas. La clase capitalista de Estados Unidos se enriqueció como resultado de la guerra. La "guerra" contra la pandemia y por evitar futuras pandemias y contra el cambio climático no puede realizarse sin atacar los privilegios del capital, sin violentar las reglas del capitalismo.


Formulando uno de sus argumentos más provocadores, Malm señala que, si se quiere una analogía histórica más acertada que la Segunda Guerra Mundial, es mejor recordar el llamado "Comunismo de guerra", es decir, las políticas implantadas por los Bolcheviques entre 1919 y 1921. Malm no propone adoptar las medidas adoptadas en aquel momento, sino la lógica de la acción de los revolucionarios encabezados por Lenin y Trotsky. Lo que se hizo durante esos años no fue resultado de un plan. De hecho, los Bolcheviques favorecían una transición gradual a una economía planificada y socializada, que no implicaba la inmediata expropiación de muchas empresas, ni la supresión inmediata del comercio privado, ni medidas similares. Pero estuvieron dispuestos a implantar tales medidas contra sus planes e intenciones iniciales, ante las exigencias impuestas por la guerra civil iniciada por los ejércitos blancos con apoyo extranjero. Hicieron lo necesario para sobrevivir y triunfar en medio de la catástrofe. Hoy también tenemos que atrevernos a proponer lo que sea necesario para enfrentar la catástrofe que nos amenaza. Necesitamos, concluye Malm, un leninismo ecológico.


… y antiestalinista

Malm reconoce que el "Comunismo de guerra" incluyó no solo acciones contra la empresa y la propiedad privada, sino también prácticas autoritarias que contribuyeron a la posterior consolidación de la dictadura estalinista. El anarquismo, plantea Malm, señala correctamente estos peligros de toda gestión estatal y ejercicio del poder político. El anarquismo propone evitar este peligro renunciando a la toma del poder político. Malm rechaza esta solución. Su efecto real, plantea, es dejar el poder político en manos de los que ahora gobiernan y los intereses económicos que representan. Eso no puede evitar la catástrofe que nos amenaza. El tren sigue en manos de los mismos conductores, para seguir con la imagen de Benjamin. Pero los peligros señalados por el anarquismo existen. Por tanto, concluye Malm, hay que asumir esos peligros y hay que tratar de neutralizarlos. Malm señala correctamente que existe una tradición que ha intentado lidiar con este dilema, que no renuncia al ejercicio del poder político, pero reconoce sus peligros: la tradición que él llama leninismo antiestalinista. Trotsky es sin duda figura central de esa corriente. Malm se refiere en varias ocasiones a la obra de Daniel Bensaid, a la cual nosotros añadiríamos figuras como Ernest Mandel, Michael Löwy y otros continuadores de la corriente fundada por Trotsky en la lucha contra el estalinismo.


Es desde la perspectiva de esa corriente del marxismo revolucionario que también pueden formularse algunas críticas al libro de Malm. Su mérito más importante es vincular el origen de la pandemia a las consecuencias de la acumulación capitalista y el señalamiento de la necesidad de tomar acción verdaderamente radical, es decir, francamente anticapitalista, para enfrentar "la catástrofe que nos amenaza". Sin embargo, la acción radical tiene que convertirse en un reclamo de la mayoría y para eso no basta con formular la analogía o recordar las iniciativas más admirables del "Comunismo de guerra". Se necesita un programa de transición, es decir, un conjunto de medidas inmediatas, que respondan a los problemas planteados y que sean comprensibles a la mayoría de la población, con su grado de conciencia política y ambiental actual; y que a la vez conduzcan a un creciente cuestionamiento del capitalismo y sus imperativos. El ya mencionado artículo de Lenin es un ejemplo magnífico de un programa de transición. Los artículos y libros recientes de Daniel Tanuro, otro integrante del marxismo antiestalinista destacado por Malm, son aportaciones importantes en esa dirección en el tema del cambio climático. Desde la perspectiva anticapitalista, el Green New Deal es sin duda insuficiente, pero la lucha por muchas de las medidas incluidas en el Green New Deal es importante para construir un creciente movimiento anticapitalista.


Puerto Rico ¿excepción o norma?

Es muy común presentar a Puerto Rico como un caso especial o excepcional. Lo cierto es que en los pasados cinco años hemos tenido un curso intensivo en desastres leves, moderados y severos: la aguda sequía de 2015 (en mi zona llegamos a tener servicio de agua solo dos días a la semana), el brote de Zika de 2016 (tuvimos que luchar para que no fumigaran al país entero con Naled), el huracán María de 2017, la secuencia sísmica del 2019-2020 y ahora la pandemia de 2020. A estos se combinan una depresión económica que ya dura catorce años que, sumada a los problemas crónicos del capitalismo colonial, hace más difícil responder a esos desastres. Pero, a la luz del libro de Malm, esto parece ser más parte de la norma que una excepción, aunque quizás nos ha tocado vivir la norma con más intensidad. Puerto Rico es una advertencia para el mundo. Esto quiere decir que no estamos solos en el desastre. Quiere decir que nuestra lucha (por anular la deuda, por ejemplo, problema que también compartimos con muchos otros pueblos) es parte de una más amplia. Y quiere decir que tenemos que redoblar la lucha anticolonial y anticapitalista desde una perspectiva ecosocialista. El libro de Malm es un arma importante para impulsar esa lucha.

Rafael Bernabe es profesor de la Universidad de Puerto Rico, activista social y político, autor de libros y artículos sobre historia y literatura puertorriqueña.

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