Al final de la fila. Escritos sobre docencias desplazadas en la UPR.

Por Félix Córdova Iturregui


[Nota: El siguiente texto sirvió de punto de partida para presentar el libro Al fina de la fila. Escritos sobre docencias desplazadas en la UPR, publicado por Editorial APPU, en un evento especial con sectores sindicales el jueves, 8 de julio en el local de la UTIER]


De este libro se puede decir que destila coraje, ira, decepción, amargura y hasta cansancio. Pero hay una actitud ausente en las veintinueve unidades que lo componen: la derrota. Por el contrario, brota del libro una sorprendente energía intelectual, una compleja manifestación de espíritu de resistencia. Si bien cada caso de la docente o el docente sin plaza tiene rasgos personales propios, matices que lo hacen único, la diversidad de las experiencias acentúan un sentido profundo de comunidad. Todos los relatos se mueven sobre un escenario compartido: la precarización de la vida intelectual, de la enseñanza y de la investigación. El libro es resultado de un trabajo colectivo, de la combinación de múltiples esfuerzos, incluso de un aprendizaje en talleres literarios, pero la unión de tales esfuerzos proyecta un poderoso sentimiento de lo común subyacente a la diferencia, la conciencia de pertenecer a una comunidad en crisis. Ahora bien, esa comunidad se caracteriza por la ubicuidad de una compleja experiencia: el deterioro planificado de la academia. Se escribe, por tanto, como urgencia ante lo inseguro.


Observo en este libro algo de enorme importancia. Desde esta comunidad doliente urge organizar un esfuerzo de transformación social, el empuje necesario para cambiar y salvar la universidad y el país. No hay en estos relatos odio a la universidad. Hay un profundo rechazo y desprecio a su cuerpo directivo: presidente, rectores, decanos, administradores, personajes advenedizos vinculados a los partidos políticos e incluso a los docentes acomodados en sus plazas, las llamadas “vacas sagradas”, como se dice en uno de los textos. El espacio de la escritura de este grupo de docentes sin plazas también ha sufrido un severo desplazamiento y se articula en función de la universidad de puerto rico, en minúsculas, “la de acá abajo, la de ras de suelo, la que come tierra, la que se enrolla las mangas, la submarina, la que no está, ni ha estado nunca, en manos del capital ni del partido” (153). Es la universidad querida, a quien una estudiante le escribe una carta de despedida, valiéndose de la figura de una vibrante prosopopeya.


El libro comienza con esta importante figura retórica. En el primer relato la voz narrativa corresponde a la agenda de Mía, una profesora transeúnte, sin oficina, cuya inestabilidad no tiene otra opción que ser calendarizada con precisión. Relata la agenda: “Me pinta con bolígrafos de colores, me maquilla con marcadores, me pone borradores blancos y me vuelve a colorear” (21). Hay situaciones dramáticas entre la agenda y Mía que vale la pena oír: “Pero los mejores momentos entre Mía y yo es cuando me abre de par en par y me deja leer sus ojos, perderme en su mirada ya perdida” (21). El recurso literario de darle vida a la agenda, convirtiéndola en voz narrativa, le permite a Mía verse fuera de sí en el mapa de su trabajo precario y en la ruta de su infortunio. Las páginas, llenas de marcas y colores, le indican la sobrecarga de un trabajo incompleto, el tiempo requerido para organizar lo inestable, y como consecuencia, el olvido de sí misma. Mía se borra como persona en los excesos impuestos por el trabajo incompleto y vacío. “Le muestro los meses, las divisiones por semanas y los días. Todos llenos. Le muestro también cuándo se ha olvidado de ella, cuántas veces ha pospuesto el café pendiente, cuánto de ella es su trabajo y su cumplimiento” (23).


La obsesión por el calendario ronda estos relatos. El calendario puede ser el cuerpo de un plan que recuerda otro plan de vida transitoria o precaria: el plan médico. Si para el docente sin plaza todo termina con su contrato, para luego comenzar con el próximo contrato, si tiene plan médico se ve ante la surreal necesidad de calendarizar sus enfermedades. Cuando no tiene plan médico sencillamente no se puede enfermar. “La administración puede que les regale una agenda para que así puedan organizar los días en que se van a enfermar fuera del calendario académico” (27). Y si tiene la desgracia de que su dentista le cancele una cita en las postrimerías del plan médico, colocándosela fuera del tiempo contractual, se enfrenta a una severa crisis.


Otro término agudo, imaginativo, es de el de “cátedras abreviadas, esporádicas y evanescentes”. El despojo sufrido por el docente sin plaza queda expuesto en su radicalidad extrema ante la figura de la muerte. La muerte tiene una función de desnudamiento ante el cuerpo como despojo. De esta forma ilumina la vida del docente sin plaza a quien se le reduce a “ser un cuerpo-acuerdo-transitorio, un cuerpo-acuerdo-temporal” (29). La construcción de ese cuerpo-acuerdo tiene una función metonímica poderosa. El desmantelamiento de la universidad pública con el fin de convertirla en una empresa más, introduciendo el mercado en su interior y profundizando su función como productora de mercancías, define la muerte del docente sin plaza: “murió exacerbado por la tangencia de un conocimiento que lo transformó en manufactura de industria, en producto de empresa" (29).


Las figuras retóricas y los conceptos se van desplegando dándole visibilidad a la imagen inestable de una comunidad. Para este ver novedoso, el trabajo parcial no se mira propiamente de frente, sino por detrás, donde presenta su verdadero rostro como desempleo parcial. Es una zona donde el docente sin plaza rebota, no tiene estabilidad. El docente sin plaza es un personaje que lleva la sombra adjunta a su nombre, Pablo Sombra, que se repite en la obtención de diversos doctorados, como si su precariedad se hubiese convertido en parte inseparable de su nombre.


Cuando algún estudiante visita la oficina de una profesora sin plaza, si es que la tiene, observa un espacio reducido y sobrecargado. La profesora tiene que hacer sitio, liberar una silla desplazando una pila de papeles. Su sonrisa es más grande que su escritorio. El estudiante oye voces y se percata que vienen de la taza de café, la agenda o de la torre de carpetas acumuladas. “Todos los objetos del cubículo hablan simultáneamente y Christian se pierde entre las facturas sin pagar, los reclamos sin atender y las vidas sin cambiar” (39). La profesora es madre de “el par de niños encuadrados” que la llaman desde sus fotos. El tiempo dedicado al estudiante no dura mucho porque ella tiene que salir con prisa “a su segundo trabajo” (40).


La relación docente sin plaza-estudiante tiene sus momentos de tensión. La inseguridad laboral, el hecho de entrar al salón de clases después del agobio de buscar un estacionamiento, porque ni eso tiene asegurado, acentúa su mirada de sospecha cuando se enfrenta a un estudiante que en lugar de cumplir con la clase se dedica a hacer dibujos. La mirada del estudiante llegó a atemorizar al docente. Finalmente el estudiante se dio de baja, pero fue a agradecerle al profesor su trato respetuoso, abrazándolo. Aunque el estudiante no terminó el curso y fue malinterpretado por el profesor, el trato respetuoso tuvo un efecto educativo importante. Sin embargo, el trato respetuoso es lo que no existe de parte de la universidad hacia la docencia desplazada.


La profesora-madre sin plaza es un personaje abundante. Puede ir por la calle de la urbe arecibeña acompañada de su hija que va soplando burbujas al aire, enfrentarse a una vitrina y ver un maletín verde que le puede ser útil para su trabajo. La hija la inclina a entrar en la tienda y una estudiante suya en el pasado, también de vida precaria, la atiende. La profesora, estimulada por su hija, compró el maletín. Al observar a su madre tambaleándose entre la culpa del gusto-lujo y el sacrificio-premio, la niña le preguntó: “¿Mami por qué eres profesora?”. La madre no pudo ni quiso evadir la pregunta y contestó: “Porque enseñar es lo que amo hacer” (48). El diálogo entre madre e hija expresa con gran delicadeza la relación educación-aprendizaje que fluye en dos direcciones. Va de la madre a la niña pero también de la hija hacia su madre.


El accidente en el interior de la vida precaria de estudiantes y maestros crea una madeja de malos entendidos y contradicciones. Sobre todo cuando un padre-docente sin plaza tiene una hija estudiante. La geografía se complica cuando el automóvil falla y los acuerdos de horario se descomponen. La crisis en el interior de la crisis desata acontecimientos reveladores donde brota la solidaridad en un beso o en la acción generosa de un grüero: allí donde el mercado ha sido echado a un lado y la medida de las cosas adquiere una dimensión humana. La solidaridad florece entre los necesitados y contrasta con la adhesión a la costumbre del “seniority” de la mezquina creatividad que se acomoda en la silla de la rectoría gracias a vínculos con los partidos del poder.


Los recursos utilizados en estos cuentos pueden ser lúdicamente agresivos. Una docente sin plaza utiliza el poder de la alegoría o, tal vez más preciso, de una metáfora extendida para hacer visible el escándalo de la injusticia y desbaratar su falsa solidez: la universidad se compone de once fincas dirigidas por una Junta de Rajieros, asediada por la Junta de Control Fiscal que es una Junta de Hienas, con un presidente Gallina de Palo semejante a un dinosaurio en miniatura. Los rectores son cerdos y los docentes sin plaza son abejas sin panal. Las hormigas anaranjadas son los no-docentes, que están muy bien organizadas (64-65). El docente desplazado recurre a la metáfora para desbaratar y disolver la estabilidad de la fuerza que genera su inestabilidad. Deja su ira caminar por la metáfora, la desencadena y la extiende.


La ira metafórica, podríamos decir, abre el espacio a los presagios. Aparece en escena el fantasma de la huelga. Ahora docentes y estudiantes van unidos. El espíritu de solidaridad será más fuerte que los acomodos de viejos luchadores, lenines desgastados, absorbidos por un sistema de privilegios envejecidos y estrechos. Pero también el desgaste recibe su repudio en la carta preparada para un rector por un docente sin plaza quien lleva años luchando por conseguirla, dándose el lujo de no aceptar el programa ofrecido como repudio a la política bipartidista que ha hecho cundir la mediocridad docente y administrativa. No siempre los acomodados son viejos luchadores dados de baja. La voz narrativa también se desliza hacia un docente protegido por el poder, veterano en el no hacer nada, diestro en agotar el reloj, que preparó su última clase hace 25 años, convertido en un mecanismo vacío de repetición. Su situación contrasta con docentes mujeres negras que son forzadas a crear nuevos cursos durante el período navideño, fuera del tiempo contractual, a quienes se les estruja trabajo impago de forma absoluta, sin cobrar un centavo, como si el fantasma de la esclavitud todavía rondara en una institución considerada fundamental para el ejercicio de la libertad. Pero no todo es traición o desgaste. Siempre sobrevive la constancia, la yerba mala que nunca muere y mucho menos se jubila.


Si un olor a muerte sale del decanato, por vía de una metáfora metonímica, ya sea porque el hedor de la podredumbre de la administración ha descendido hasta la universidad de abajo, la de acá, la inestable, donde conviven docentes y estudiantes en la precariedad, o porque la peste de la universidad neoliberal invade y privatiza los espacios de una universidad pública, la descomposición no podrá esconderse valiéndose de la retórica del engaño utilizada por el poder. El cuerpo administrativo que la usa, con su chaquetón y corbata, exuda podredumbre.


La sección de poesía de este libro, curiosamente, formula con precisión lo que puede considerarse un aspecto importante de las condiciones de trabajo del docente sin plaza: “En esas condiciones, ¿cómo ser y estar en el puesto de profesora y en el puesto de vivir?” (132). La interrogación apunta a una ruptura entre el trabajo y la vida. Si pensamos que una de las riquezas principales de la poesía es su capacidad y su flexibilidad para trabajar con la ausencia, ahora nos enfrenta a formas de ausencia que rompen la unidad entre trabajar-vivir. La ausencia de plaza, la ausencia de condiciones adecuadas para la reproducción del trabajo intelectual docente, acentuada por la educación remota, en tiempos del Covit, donde el contacto presencial desaparece, provocan el sentir de una doble ausencia en el docente, la ausencia del trabajo y de la vida. Ausente de ambos espacios surge la pregunta inevitable: “¿Quedó prohibida esa amistad fundamental entre trabajar y vivir?” (132). Cuando surge una pregunta como esta en el seno de la docencia, cuando el libro material de papel se evapora frente al libro de cristal, en estas condiciones de trabajo, algo radicalmente nuevo ha madurado en la universidad pública. Vemos la compañera de un docente sin plaza, como también podría ser el compañero, que se siente transformada en una lonchera, obligada al viaje inestable de la sobrevivencia, porque hay “días en el mes en que solo cargo una manzana”. La quiebra de la relación vida-trabajo afecta todos los niveles. El yo repugno que altera la experiencia del beso, del tacto amable de los labios, surge de la cosificación del ser, y sus efectos llegan hasta la vida íntima de los hijos.


Pero el menoscabo de sí mismo o de sí misma no viaja solo. Constituye la sustancia común de la vida precaria que llega a la conciencia de ser vida rota, de vida que exige “un universo de manos / solidario, un abrazo” (135). Como pieza de rompecabezas, la vida precaria no tiene opción que destilar amor desde su intenso dolor, de estirar su mano para formar una red de apoyo y de acción comunitaria. No hay otra forma más efectiva para derrotar la “fábrica de idólatras del becerro de oro”, porque la “praxis benévola” para derrotar “tanta carencia” solo puede surgir de un “nosotros”. A final de la fila es un libro de urgencia, un llamado colectivo a la solidaridad que requiere acción pronta y determinada para comenzar a abolir ese inmenso departamento de profesores desplazados, con su angustiosa situación de vivir “Misplaced, displaced, wondering at what cost” (138).


Ahora bien, la responsabilidad de reconstruir la Universidad de Puerto Rico no se limita a una lucha de los docentes desplazados. Es mucho más amplia y se relaciona con la urgencia de transformar la sociedad en su conjunto. El trabajo precario es inherente a la política neoliberal y se ha regado como malojillo por toda la sociedad. Las formas de la solidaridad no deben limitarse a la comunidad universitaria, sino extenderse por todo el cuerpo social. Como dicen las décimas al final del libro, es necesario colocarse en el zapato de los docentes desplazados para imaginar lo que sienten. Ese punto de colocación es muy importante porque el adoptar la posición de la parte más agredida, permite captar la universidad desde su punto más frágil, desde la radicalidad de sus crisis. Desde allí podría observarse la terrible contradicción de un creciente cuerpo de docentes con excelentes preparaciones académicas obligados a moverse en condiciones de trabajo deficientes e inadecuadas. Y no podemos olvidar que las condiciones de trabajo de la docencia, incluyendo sus salarios, son las condiciones de la educación de nuestra juventud y las condiciones de los procesos de investigación. La erosión de esas condiciones tienen un inevitable efecto de mutilación sobre nuestro futuro al afectar el proceso de enseñanza de la juventud.


Termino ahora mi presentación por el principio del libro, por el prólogo. Escribimos, nos dice, para conocernos y para profundizar la comunión, el sentido de comunidad. La acción de escribir rompe el silencio, conlleva el empeño de compartir la palabra, pero sobre todo el espacio de su posibilidad. Esa palabra compartida provoca una complejidad de efectos. Si nos alivia la carga llevada en la soledad es porque abre el espacio para construir la esperanza, porque nos permite ver que cada paso que damos puede formar un camino, darnos una dirección colectiva en la medida que elaboramos un propósito. Romper el silencio, como dice el prólogo, significa romper la soledad, abrir el espacio de lo que se junta y quiere organizarse. Los golpes que recibimos no son aislados. Responden a una fuerza concentrada. Para enfrentarlos con éxito, debemos recogernos, organizarnos y hacer de nuestra multitud otra fuerza capaz de articular una alternativa de cambio.


Felicito a la Asociación Puertorriqueña de Profesores Universitarios por haber promovido y organizado este hermoso esfuerzo colectivo. El resultado ha sido una poderosa manifestación de resistencia y de voluntad de transformación social.


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Félix Córdova Iturregui es profesor jubilado de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras.